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el portal del Caribe |
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No es extraño ver caminar por las calles de Arica a personas morenas,
de pelos rizados y narices anchas. La cercanía con Perú nos hace identificarlos
con ese país, o bien, con las nuevas olas inmigratorias de cubanos. No obstante,
son chilenos que en su sangre llevan también la cadencia de los tambores
africanos y la milenaria cultura de ese continente.
Es que Chile es un país multicultural. A pesar del tardío reconocimiento de esa
condición y de acotarla a indígenas, mestizos, extranjeros europeos y
orientales, nuestro país posee múltiples colores y el negro es el que predomina
en Arica, sobre todo en el Valle de Azapa, lugar donde existe una comunidad de
afrodescendientes organizados en una agrupación cultural y social llamada
Lumbanga.
Son cerca de cien personas las que participan de las reuniones y actividades de
Lumbanga y que tienen como objetivo "reunir y crear conciencia en la ciudadanía
y el Estado sobre la presencia y el aporte importante que tuvo la diáspora
africana que se desperdigó por toda Latinoamérica", señala Cristián Báez
coordinador general de la organización.
Quienes comenzaron con esta iniciativa se dieron cuenta que la única forma de
rescatar sus costumbres, tradiciones y conocer sus orígenes, era a través de los
relatos de sus abuelos, por lo que crearon una Mesa Redonda donde se reúnen
periódicamente quince adultos de más de 65 años y donde los más jóvenes pueden
ir a escuchar, preguntar y empaparse un poco de sus raíces.
"Es un Consejo de Ancianos donde se van contando las vivencias, historias,
pasados, luchas, todo el pasar de ellos. Así fui conociendo su historia en
Chile", explica Ana Lucia Guerra Gama, profesora encargada del área de educación
de Lumbanga. "Hay reuniones seguidas y ellos comentan, participan, lo pasan
bien. De ahí sacamos los bailes, los cantos, los ritos, un montón de vivencias
que, gracias a ellos, podemos dar a conocer a la ciudadanía", cuenta.
Esta agrupación es reciente. Hasta hace poco, los afrodescendientes no estaban
concientes de que la suya era una condición particular porque, tan negra como
las aceitunas que hacen famoso al valle de Azapa, era la mayor parte de su
población. Aunque las dudas sobre su origen eran pensamientos que persistían en
sus cabezas.
"Al saber que hay dos líneas en la Historia que dicen que en Chile hubo negros
esclavos, por el solo hecho de criarme con mi abuelita, que era una negra azul,
negrita, negrita… me entra la duda ¿venimos o no del África?. Mis abuelos y mis
padres no era algo que tuvieran claro. Ellos no creían que eran negros porque
donde vivían había puros negros - en el valle de Azapa- entonces, para ellos era
algo normal. Cuando llega la televisión, cuentan los abuelos que recién se
dieron cuenta que existían negros en África y ellos no entendían por qué eran
negros acá", narra Cristián.
El desconocimiento en la Historia de Chile de la presencia afro los había
mantenido "ocultos" durante 400 años. Los textos escolares nombran escuetamente
a pequeños grupos de esclavos africanos que llegaron al país, pero no hablan de
ellos como personas arraigadas al territorio, con actividades agrícolas ligadas
a su comunidad, como la producción de caña de azúcar, árboles frutícolas y
algodón. Incluso, para explicar su ausencia, se dice que no fueron capaces de
adaptarse al clima y murieron.
Mitos que ahora Lumbanga intenta derribar con campañas de difusión de su
cultura. Mitos que se asemejan a los de la chilenización del norte del país, una
historia que, según aseveran, posee más aristas de las que se conocen y
episodios de horror y persecución que aún permanecen en las pupilas de sus
abuelos.
La otra Historia
En la época de la Colonia, cientos de esclavos provenientes de África, en
especial de Angola y Congo, llegaron hasta América para ser comercializados. Lo
hacían a través de la ruta del Caribe, Panamá, Colombia y Perú, autorizadas por
la Corona, pero también por vías de contrabando.
Hasta fines del siglo XIX, Arica y la provincia de Tarapacá eran territorios
peruanos, lugar donde la esclavitud era de gran importancia para las actividades
comerciales y, al igual que en otros países americanos, otorgaba estatus social
a quienes "poseían" negros.
Aunque a Chile el número de esclavos que llegó no era muy elevado, también lo
hicieron afrodescendientes libres del norte de Perú que compraron tierras en el
valle de Azapa donde cultivaron algodón y caña de azúcar, importante fuente de
ingresos para Arica. Más tarde, los españoles insertarían los olivos y la
producción de aceite y aceitunas, productos que en la actualidad son
representativos de este oasis de vegetación en medio del desierto.
Quienes permanecieron en la ciudad, en tanto, instalaron pequeños negocios o, en
el caso de las mujeres, se desempeñaron como empleadas domésticas, lavanderas y
costureras, según cuentan los actuales afrodescendientes, y poco a poco fueron
agrupándose en un barrio que llevaba en mismo nombre que la organización:
Lumbanga.
Para 1871 los negros puros y sus descendientes representaban el 58% de la
población ariqueña, mientras que la epidemia de paludismo -enfermedad a la que
los negros son inmunes- había disminuido el porcentaje de blancos a sólo el
23.9.
Sin embargo, luego de la Guerra del Pacífico, Chile firmó el Tratado de Ancón
con Perú en 1883 que establecía que en 1929 se llevaría a cabo un plebiscito en
el que la población de Tacna y Arica debía decidir a cuál de los dos países
quería pertenecer. Comenzó una fuerte campaña de chilenización en la zona y los
ritmos del baile africano en el oasis de Azapa se comenzaron a acallar.
Durante este proceso, el Gobierno chileno intentó exacerbar las raíces
nacionales en el norte del país y ahuyentar a los extranjeros que pudieran poner
en vilo la decisión de pertenecer a Chile. La idea era obtener una mayoría
nacional en las urnas y, para eso, comenzaron a perseguir y "espantar" a quienes
les parecieran "peligrosos". Ese fue el caso de los afrodescendientes, quienes
debieron escapar a Tacna o Callao víctimas de la discriminación y la persecución
racial. Aunque el plebiscito nunca se realizó, las familias se disgregaron y
quienes permanecieron en Chile, lo hicieron ocultos y con temor.
"Se habla de chilenización, de hacer patria, pero la chilenización verdadera no
se conoce, sobre todo las violaciones a los derechos humanos. Nuestras familias
se separaron, nuestros padres arrancaron a Perú y mandaban plata porque acá no
podían estar ni trabajar porque los iban a matar. El gobierno cree que nosotros
estamos luchando por volver a ser peruanos y no, no pasa por eso, pasa porque
con el plebiscito prohíben costumbres y tradiciones ancestrales, que vienen de
un continente que fue heredado por nuestros abuelos. El error del gobierno
chileno es que no se dieron cuenta que esta prohibición de cultura, que para
ellos era peruana, venía más atrás que de un país, sino que de una etnia",
relata el coordinador general de Lumbanga.
Las costumbres afrodescendientes fueron vedadas por más de 80 años y
progresivamente comenzaron a desaparecer de las páginas de la Historia de Chile,
páginas que ahora se está rescribiendo.
Los pegajosos ritmos de la música africana fueron la primera estrategia de
difusión que utilizó Lumbanga, realizando talleres y muestras para la comunidad
ariqueña. Más tarde vino el reconocimiento político. Aunque aún no existen leyes
o reglamentos que los incluyan expresamente, "son reconocimientos a través del
discurso. Hemos logrado que los intendentes y gobernadores en sus discursos usen
el término afrodescendiente. Ya se está aceptando la presencia a nivel
político", señala Ana Lucia.
Actualmente, esta iniciativa que une generaciones en pro del rescate de su
cultura, está embarcada en un gran proyecto etnoturístico de difusión de las
tradiciones africanas. Gracias al dinero obtenido de un Fondart, Cristián Báez
está implementando "La Ruta del Esclavo", un recorrido por el valle de Azapa con
diferentes estaciones que mostrará a los visitantes la historia y cultura de los
esclavos y sus descendientes y que, en el futuro, piensan ampliar por todo el
continente americano.
Como en una placa de revelado fotográfico, poco a poco los verdaderos colores de
nuestro país van apareciendo. "Chile no es blanco, tiene color. ¡Qué más
significativo que eso! Como tiene color, obviamente tiene que tener también
sabor y eso es lo que le ponemos los negros", concluye Ana Lucia.
Mayo de 2006
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