Colombia - El desvanecimiento de la máscara precolombina  (I)

 

 

Luz Myriam Gutiérrez y Alberto Torres

 

vientoteatro@yahoo.com        www.geocities.com/vientoteatro
teatro máscara sagrada; mito, mascara precolombina
teatro máscara sagrada; mito, mascara precolombina
Artistas investigadores del grupo Viento Teatro. Han realizado investigaciones sobre la máscara mítica precolombina del rito al teatro, la interpretación dramatúrgica del mito, las técnicas chamánicas en la actuación y manejo de la máscara sagrada, entre otras investigaciones compiladas en textos inéditos. Han creado en Colombia el género de Teatro Danza Ceremonial de la Máscara Mítica.
teatro máscara sagrada; mito, mascara precolombina
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“Desde los más remotos tiempos, la máscara ha fascinado al hombre. Él la creó para proporcionarse un rostro diferente, una cara más; una cara que fuera el escudo ante lo desconocido, el arma mágica para enfrentar los peligros, la nueva personalidad portadora de fuerzas para encarar lo sobrenatural, el espejo que reflejara su inconsciente y aquel mundo fascinante y aterrador a la vez, nacido de su imaginación ante la angustia de las propias limitaciones”
Álvaro Chávez Mendoza (1)



El mundo precolombino nos ofrece no una nueva sino una olvidada visión de la máscara vinculada a una milenaria tradición. Contemplada en el arte precolombino, en el mito y en su religiosidad cósmica, la máscara entra en relación con los astros y con el ritmo cíclico de la naturaleza. Aun hoy la máscara nativa, se sabe esencial en los ritos y en la tradición mitológica, vital en la oralidad, en la palabra antigua, en su narrativa cósmica y ceremonial. Los cronistas, soldados y misioneros testimoniaron el uso de la mascara en todo norte, centro y sur de América. En la literatura oral y escrita de los antiguos pueblos amerindios también se confirma su uso prehispánico.

Es el Mito Antiguo el que materializa la historia sagrada de dioses y héroes civilizadores, y las máscaras traen consigo al mundo el rostro de estos dioses para darles cabida en la tierra. Estos rostros se hacen tangibles en manos del artista, mago del espíritu que esculpe, da forma y colorea los pálidos rostros de los dioses que yacían yertos y secos porque nunca antes habían sido recordados por el hombre. Las tradiciones de máscaras han hecho aparecer ante el mundo, los semblantes que alojan el humor de espíritus de la naturaleza, dioses o demonios. Les construyen un lugar en la tierra, un sitio sagrado que los convoque a estar presentes en la región del espíritu humano: navegando entre los túneles del submundo, volando entre la montaña o surcando los cielos entre vehículos astrales o laberintos de la Vía Láctea.

En Colombia las culturas precolombinas fueron escenario de una legendaria tradición de la máscara ritual. El simbolismo que se le concede a la máscara precisa un trasfondo mítico: el hilo invisible con el que urde el origen de la máscara y la coloca en armonía con los dioses de la naturaleza. Vinculada desde tiempos remotos a una cosmología chamanística, la máscara precolombina reflejó un profundo sentido religioso y estético. Los rostros que fueron repujados en lámina de oro, tallados en hueso, piedra o madera, modelados en arcilla o fundidos en oro o tumbaga, pertenecientes a las culturas Sinú, Tumaco, Tairona, Malagana, Tierradentro, Muisca, Quimbaya, Calima, Malagana, San Agustín, Tolima, contemplan una presencia mágico-religiosa de gran poder de transformación o éxtasis hacia un viaje sagrado.

Para el hermano indígena la máscara es una realidad viva, cuya manifestación sagrada aparece en los episodios míticos o escenas rituales, como una experiencia vital, corporal en los viajes místicos ceremoniales. Las ceremonias con máscaras se definen como “...cosmogonías en acto que regeneran el tiempo y el espacio: Pretenden por este medio sustraer al hombre y a los valores de que éste es depositario, de la degradación que afecta a todas las cosas del tiempo histórico. Pero también son verdaderos espectáculos catárticos, en el curso de los cuales el hombre toma conciencia de su lugar en el universo, ve su vida y su muerte inscritas en un drama colectivo que les da sentido”. (2) Lo que sucede después de la conquista española y una vez perdida la fuente original, “...cuando... las máscaras... fueron cada vez más humanizadas, [es que] no se debe ver allí señal de civilización, sino más bien y sobre todo el creciente olvido del valor del símbolo”.(3)

Reichel-Dolmatoff relata una ceremonia que tiene lugar en la comunidad indígena Kogi de la Sierra Nevada de Santa Marta: “En una ceremonia muy solemne en la cual el sacerdote mayor y su mujer personifican Sol y Luna, los dos se reúnen en un templo iluminado solo por cuatro fogones y, pronunciando fórmulas sagradas, proceden a vestirse el uno al otro, con todo el espléndido atavío que conlleva este ritual. Mientras que la mujer le pone al sacerdote su máscara de jaguar tallada en madera, este coloca sobre la cabeza de ella una máscara de puma, también de madera. El proceso de adornarse mutuamente dura varias horas y se efectúa en presencia de cuatro sacerdotes menores quienes personifican los señores de los puntos Cardinales. Finalmente se extinguen los fogones y todos permanecen en silencio, en la oscuridad. Es entonces cuando los dos personajes que representan Sol y Luna, y los Cuatro Señores de los puntos cardinales consumen simultáneamente un alucinógeno y entonces, según cuentan, se ilumina el interior del templo de una gran luz, no la de los fogones sino la iluminación individual interna causada por el alucinógeno. “ Es entonces cuando comienza a brillar el oro, ” dicen los indígenas; “ se ven brillar los colmillos de oro de las máscaras; brazaletes, los pendientes”. Después de un rato desaparece la visión y en la oscuridad y el silencio, sigue luego un baile solemne acompañado por un canturreo casi inaudible, que se continúa hasta el amanecer. Los personajes del Sol y Luna se quitan mutuamente sus adornos y el sacerdote mayor enciende nuevamente los cuatro fogones con un berbiquí ritual.” (4)

La mitología Kogi describe al jaguar y al puma como los interlocutores más cercanos al mundo de los dioses o padres del mundo. En este vínculo se manifiesta una legendaria solidaridad mística entre el chamán o sacerdote, el animal mítico y los dioses. El camino que conduce a los dioses es vislumbrado a través de la máscara, y la máscara sagrada con su poder de alojar el espíritu del animal se convierte en una potencia física y metafísica en el cuerpo del portador o chamán. Mediante la elaboración mágica de un elemento cultural se accede al reino de los dioses: la máscara que ronda en un tiempo ritual resulta ser ese puente que hace visible las divinidades. El animal mítico consigue ser la encarnación de un Ancestro Mayor que guía al hombre al encuentro con los dioses cósmicos: el Sol y Luna.

El chamán es un pasajero invisible de la máscara sagrada, el animal o ser mítico, su verdadero habitante. La ausencia humana de la máscara ritual es suplida por la presencia mítica de un ser sobrenatural, animal, espíritu o ancestro. No es una transformación aparente sino una transformación mágica la que opera en el ejercicio ritual de la máscara desde su más arcaica tradición. La transformación mágica de hacer visible lo invisible, es la característica fundamental de la función sagrada de la máscara, que esculpe a plenitud su presencia sobrehumana. Durante milenios la máscara se desempeñó como un elemento ritual. Sólo hasta la época de la conquista fue encaminada a su pronta desaparición.

Es por eso reprochable que en nuestra época desacralizada de mitos y símbolos, presa de las contingencias del mundo exterior, se defina en términos generales la máscara como una manera de encubrir o engañar la propia naturaleza humana. Nada más equívoco que confundir y asociar la máscara de los vientos sagrados de la memoria, hecha para un renacimiento espiritual, bien como una fuente creadora en el arte dramático, con la máscara que no potencia el cuerpo y no significa en absoluto, que ha deshumanizado todo asomo de poesía en el mundo de la simulación y el disfraz.

La Tradición de la Máscara Precolombina se desvaneció en el genocidio étnico y cultural que se les propició a los antiguos pueblos. Sin duda, los primeros que sufrieron fueron los herederos de la memoria milenaria, los poetas, chamanes, artistas, magos y guerreros. Los que llevaban en alzas el sostén imaginario y sagrado de una cultura, los creadores y reveladores de símbolos e imágenes míticas, los precursores de una vitalidad estética precolombina, los que preservaban y narraban la historia y conocían el hondo significado de los ancestrales cantos míticos. Con ellos se fue una historia, un arte, el soplo del genio creador, el elocuente canto de la memoria.

La estética de un arte sagrado sufrió su fatuo destino. Desde entonces, la capacidad de lucha por la resistencia y la subsistencia de las comunidades indígenas supervivientes, primaría sobre todo lo demás. La maestría orfebre, la arquitectura, los tejidos, la cerámica, con su curso ceremonial, que exploraba en sus dimensiones estéticas y técnicas los materiales de su creación, fue como el halo de una reminiscencia que se fue sumiendo en el olvido. Sólo mediante el estudio de sus vestigios sepulcrales, sumados además con el saqueo continuo de siglos, las urnas sagradas revelaron muy pronto su valor estético y sagrado, pero difícilmente su valor histórico. Las piezas elaboradas, los rostros, las máscaras, las figuras escultóricas u ofrendas sagradas son testigos del ingenio creativo y de la habilidad manual y técnica del artista precolombino.

Colombia fue el país del paradisíaco resplandor del oro mítico. Las máscaras de oro precolombino escondidas en los templos y malocas, enterradas en tumbas y nichos, bailadas por hombres y mujeres chamanes que encendían sus semblantes sobrenaturales a la luz del fuego y de la noche. O acompañando al mas allá a los muertos, las máscaras funerarias se adherían con hilos a los rostros de sus ancestros. También colgadas de los árboles protegiendo el espíritu del bosque, los rostros míticos yacían suspendidos en las ramas de los árboles tiñendo la vegetación de multitud de aves, saurios, batracios, monos y felinos. Imaginar cómo la musicalidad orfebre iba escenificando en los aires del follaje el mito de una morfología cósmica donde las imágenes sagradas que colgaban de los árboles, guiaron el paso del indígena errante.

El carácter hierático y simbólico que adquiría el esplendor de oro, semen del sol, colmaba de íconos el paisaje precolombino. A la luz del día, imágenes sagradas pendían de las móviles túnicas y casas de los dioses, y un horizonte de oro deslumbraba la mirada taciturna de la luna. Allí, donde las divinidades del maíz y el sudor del dios sol, coloreaba de amarillo mítico el paisaje antiguo. Pero relatan los indígenas que cuando “ la mar había echado unos monstruos marinos, hombres con barbas, a la orilla, que andaban por mar y en casas grandes ” (5), pronto oyeron los rumores del Dorado y enloquecieron, perdieron sus cabezas por el afán de poseer el polvo dorado. La ambición del oro sucumbió la vida. A los indígenas les fueron arrebatados los brazaletes, pendientes e insignias sagradas de oro. Con el sable, el conquistador español fue desvaneciendo el espíritu de la vida precolombina, mutilando orejas, lenguas, manos y pies para que las piezas de oro que una vez fueron el resplandor de sus dioses, cayeran al fango de la podredumbre y fueran a manotadas apiñadas por los saqueadores. Los símbolos maestros de su mundo mítico, las ofrendas rituales del arte precolombino y las máscaras de los dioses fueron cayendo, desapareciendo entre el humo del horno incandescente, se iban desgajando en el fuego, quedando convertidas en lingotes de oro. Desfallecieron, reducidas al estado más profano.(6)

El cronista Fernández de Oviedo menciona este hecho del modo siguiente: “...Adoran al diablo en diversas formas e ídolos, como en esta Indias es costumbre entre estas gentes: pues que, como he dicho, en muchas casas e partes pintan y entallan, y esculpen en madera y de barro, y de otras materias hacen un demonio que ellos llaman cemí, tan feo e tan espantable como suelen los católicos pintarle a los pies del arcángel Saint Miguel o del apóstol Saint Bartolomé; pero no atado en cadenas sino reverenciado; unas veces asentado en un tribunal, otras de pie y de diferentes maneras. Estas imágenes infernales tenían en sus casas, en partes y lugares diputados e obscuros que estaban reservados para su oración...E allí dentro estaba un indio viejo que les respondía a sabor de su paladar, o conforme a la consultación habida con aquel cuya mala vista allí se representaba. En la cual es de pensar que el diablo, como en su ministro, entraba e hablaba con él...” (7)

La conquista, insignia de la cruz y la “salvación”, que abatía el látigo de la esclavitud tras la mortaja de la sumisión, trajo consigo la pesadilla de los dioses precolombinos. La máscara sagrada una vez maldecida, fue lanzada a la hoguera de la inquisición, desangrada su memoria, diluida en el tiempo por la codicia del oro y el dominio omnipotente de un sólo dios. Las máscaras precolombinas fueron para los invasores objetos del demonio. Los misioneros españoles pronto se dieron cuenta que la ritualización de las máscaras representaba el carácter de su religiosidad, el vehículo mágico que los llevaba a un acercamiento real con sus dioses. Vieron en ellas la manifestación de los poderes ceremoniales y chamánicos de integración y unidad de la cultura indígena, el sustento de un pensamiento mágico religioso, el objeto ritual y sagrado que les ponía en comunicación con los dioses y con el mundo sobrenatural. Captaron en las máscaras un obstáculo y un impedimento para la conversión al cristianismo, dominación y sometimiento de la población indígena.

Finalmente, la máscara denigrada como la presencia de Satanás o del demonio, destiló sus últimas gotas de semen divino en el fantasmal río de sangre que aviva el vaho de la muerte. Tildada como imagen del mal, justificó la destrucción de un arte ceremonial. El funesto tiempo a su paso, demoledor, aniquilador de las culturas amerindias, arroja a la historia uno de los más grandes etnocidios, que aun hoy sigue pobremente reivindicado por la memoria histórica. El resultado del hambre de poder y la codicia no ha dejado en pie una posición digna y solidaria que defienda la memoria. Los millones de indígenas lanzados al exterminio fueron difuminando sus huellas, desvaneciéndose en el curso de la historia. Se arrasó con los talleres, templos y pueblos de artistas y chamanes. Fueron los pensadores, los sabedores, los oradores, los que reservaban y protegían las tradiciones; los escultores, los orfebres, los chamanes, los que recreaban un arte ceremonial en las máscaras y demás objetos rituales, los que conocían la antigua tradición orfebre y cerámica, la alquimia mítica de los metales para las curaciones y para el alimento espiritual de los soles y las constelaciones.


(sigue) v. notas a la página Colombia - El desvanecimiento de la máscara precolombina  (II)


Viento Teatro
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Octubre de 2006