Guatemala - Punta de Manabique

 

 

Nely Herrera y Attilio Aleotti       


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Img: reducción de la foto de los autores
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“Los viajes mejores son aquellos donde los protagonistas, después de muchas vicisitudes y dificultades regresan a la casa para contar sus aventuras”. Esto es más o menos lo que Sam Gamgee dice a Frodo cuando se encuentran en lo peor de su peregrinar. Esta conclusión circular y repetitiva del viaje había sido contestada con antelación de un siglo por Baudelaire, que afirmaba que el “verdadero viajero es el que viaja por viajar” reportando a pisar las escenas de las historias del desplazamiento humano a los mongoles di Gengis y Timur Lenk, a los tuaregh, y a todas las civilizaciones nómadas con sus relojes elípticos para medir el tiempo sin estaciones.

Este breve relato no quiere apoyar ni una teoría, ni la otra, además porque no se tratará de un verdadero viaje, sino de una simple excursión que se puede realizar partiendo de Ciudad de Guatemala teniendo a disposición un fin de semana largo. Para los viajes de exploración como los que recorrieron Orellana, Alvar Nuñez Cabeza de Vaca, Richard Burton o Savrognan de Brazzà, ya este planeta no está equipado. Ya son pocos y cada día menos los rincones que pueden dar el espejismo -a quien se quiere dejar embrujar- de vivir una experiencia fuera de lo común... en otras palabras, lejos de lo rígidamente definido, establecido y cumplido por los embrujadores folletos policromos en papel brillante de las agencias de viajes, que prometen (hasta aseguran!) el máximo de confort, el lujo, la diversión en el cumplimiento puntual de la agenda ofrecida.

La península de Punta de Manabique es probablemente uno estos sitios. ¿Cuántos lugares conocemos donde no hay el tendido de luz eléctrica, agua de tubería, carretera, o sendero, ni siquiera tierra para cultivar? Punta de Manabique queda de un lado mirando a Livingston y ojeando a Puerto Barrios, en la orilla opuesta de la Bahía de Amatique, donde Guatemala alcanza su extremo occidental y del otro es una punta de lanza que señala Belice y una barrera verde que enfrenta el oleaje del mar Caribe.

Aquí se encuentran asentamientos y caseríos que aparecen en algunos mapas a pesar de lo liliputiano de su dimensión: así como son, formados por una, dos o tres cabañas puesta a las orillas del mar. Los habitantes son pescadores, todos, con la excepción de los que viven en la Laguna de Santa Isabel que se dedican a la producción del carbón, construyendo fascinantes catastras de madera traído al hombro de las zonas interiores por senderos improvisados entre las interminables tierras cenagosas salpicadas por las raíces del mangle rojo. Aquí, quien no es araña, lo deviene. O mejor dicho, quien no es araña es manatí, porque esto es uno de los últimos escondites donde este fascinante y tímido mamífero -que dio el pie a las fantasías de marinos y poetas que inventaron el mito de las sirenas- sobrevive y se reproduce sin nadie que lo moleste. Esto ha sido posible gracias a la colaboración de varias organizaciones internacionales y proteccionistas, que han luchado para que se declare oficialmente la zona refugio de vida silvestre.

El manatí era muy codiciado por sus carnes. “Tiene siete carnes distintas”, nos indica Yesenia, nuestra anfitriona, “la de pavo, la de pollo, la de cerdo, la de ternero…” Y nos relata una aventura de pesca de cuando era una niña, una vez que salió a pescar con su papá y un amigo de él en los Cayos de Belice cuando un pequeño manatí se enmarañó en las redes. Lo subieron a bordo mientras afuera, la mama manatí, flotaba en las aguas con sus senos llenos de leche y lloraba por su criatura... un embarazo dura 12 meses y de la cría nace un sólo pequeño. Los dos adultos se felicitaban por tan buena suerte -un manatí significaba un buen fajo de billetes en Puerto Barrios- pero los estrépitos y las plegarias de la niña Yesenia fueron tales y tantos, que decidieron tirar de vuelta al mar al pequeño manatí, de regreso con su mamá. Ahora que la veda de la caza del manatí es absoluta y total entre los pescadores artesanales del Golfo de Amatique circula el dicho: -Ni pa’ ti, ni pa’ mi: Manatì-.

Yesenia vive con su familia en Estero Lagarto, el último caserío antes de llegar a la punta de Manabique propiamente dicha. Se trata de unas tres cabañas donde los que allí viven son todos de la familia de Gladis, la suegra de Yesenia, y entre las dos se dividen las tareas de atender a los esporádicos visitantes. La primera se ocupa de los cuartos y la segunda de la cocina y en nuestro caso se improvisó como guía de turismo acompañándonos en una de las vueltas que ofrecen a los que allí vienen a hospedarse.

En realidad, tradicionalmente, este trabajo les competería a los hombres que manejan sus cayucos con la seguridad que recuerda la de los marinos de Ahab durante la caza a las ballenas. Pero, estos varones acostumbrados a enfrentarse con los riesgos y la bravura que el mar reserva a quien recorre sus caminos de agua, frente a los escasos visitantes son más tímidos y callados que un manatí. Todos juntos, mujeres y hombres, conforman un COCOTE; un COCODE familiar porque todos son parientes... hijos, maridos, nueras, nietos, abuelos de alguien más. Aquí, con el apoyo de unas organizaciones de cooperación, se ha construido una casita de dos pisos, compuesta de tres cuartos de dos camas cada una. Aprovecho acá para agradecerle a Melvyn de la ONG CISP que contribuyó a la realización del proyecto turístico de Estero Lagarto, por habernos sugerido este viaje y brindar las indicaciones para llegar.

Desde la otra orilla, en Livingston, intentamos encontrar con la ayuda de los binoculares, la línea costera de punta de Manabique. Sólo nos pareció entrever algo como ramitas de perejil en el horizonte. Se debe a la esfericidad del globo terrestre, que se interpone a la vista y al hecho que toda esta franja de costa se encuentra a sólo medio metro sobre el nivel del mar. Si los científicos que prevén un rápido crecimiento de las aguas aciertan, toda la franja de tierra de esta península, como ciertos atolones Polinesios, será cubierta y englobada por el gran Caribe en poco menos que un cuarto de siglo.

Aquí el mar es una mesa azul sin oleajes y al frente de las cabañas el agua adquiere el frío y mágico tinte rojizo provocado por el óxido de hierro que las agua del Arroyo Lagarto, desembocando justo allí, trae al mar. Un placer impagable refrescarse aquí después de un día pasado en cayuco explorando los lagos internos para admirar los pájaros palustres, caminando en la orilla del mar o monte adentro por buscar los monos aulladores.

Con Yesenia entrarán en la ruleta del desayuno, almuerzo y cena. Para quien ama el pescado (a quien no, se desaconseja el paseo) se entra en el mundo mágico del: nada es cierto. Pasar de la cultura de la planificación rigurosa y de la abundancia ilimitada de supermercado, del “todo lo hay en todo momento” al reino de la escasez y de la inseguridad puede significar un real placer y un alimento para el azar, la fantasía y la improvisación de cada uno, con el añadido de un componente liberador nada despreciable. Exactamente lo contrario de nuestra ordenada y previsible conducta cotidiana. Se comerá lo que caerá en las redes por la noche. Así que insinúa el grillo de la duda: “¿Y si esta noche ningún habitante del mar se dejara atrapar?” Lo cierto es que recuperarán el sentido y el gusto del pescado fresco, de sabores simples pero intensos, comidos en la terraza de la casa de huéspedes con la mirada al mar, omnipresente.

Hay un panel solar que da luz eléctrica por un par de bombillas, pero puedo asegurarles que a más tardar a las nueve de la noche aún el más parrandero buscará su cama o, come hice yo, la hamaca colgada a un kiosquito puesto al final de un embarcadero, en el medio del mar, para ser despertado la mañana siguiente por los gritos de los monos congos y los remos de unos cayucos tempraneros... o quizás con la secreta esperanza de, en las primeras horas de la madrugada, ver deslizarse, silencioso sobre las aguas, alguno de los barcos pirata que los nativos aseguran haber avistado a la vuelta de unas islitas en las noches sin luna...

Traigan agua para tomar, repelente, espirales contra mosquitos y una linterna. Para quien quiera, también una botella de ron y cervezas y por cierto un buen libro para leer. Estas son algunas de las cosas que NO encontrarán en el Estero Lagarto.


Como llegar

Para realizar esta aventura es necesario llegar a Puerto Barrios o a Livingston municipios de Izabal, donde les quede mejor. A Puerto Barrio tienen acceso por autobús, mientras que Livingston se puede alcanzar solo por vía marítima. De uno de estos dos lugares hay cruzar la bahía de Amatique para alcanzar Punta de Manabique. Si contactan a las responsables en Estero Lagarto de la atención a los visitantes: Yesenia Trigueros teléfono 57486858 y/o Gladis Ramírez teléfono 53039822, les envían un cayuco a motor que le costara Q300.00, para llegar hacia Estero Lagarto. También pueden contactar con capitanes que conducen lanchas tiburoneras de 75 caballos de fuerza que encontraran el los embarcaderos que cobran un mínimo de Q600.00 a hasta 1.000. 00 para el mismo viaje. El viaje demora entre 40 minutos y una hora.

Los precios por los servicios son los siguientes (febrero 2007)

Hospedaje por persona Q50.00 la noche
Desayunos y cenas Q20.00
Almuerzo Q50.00

El menú es variado, incluye las variedades que el mar ofrece: sardinas, barracuda, picuda, mojarras, pargo, cubera, atún o pescado bonito entre otros. Los precios de la alimentación pueden modificarse de acuerdo a la variedad de pescado.

Además pueden organizarse diferentes paseos por los siguientes lugares:

- Sendero por el Arroyo Estero Lagarto en cayuco sin motor, donde tienen contacto directo con los magles rojos y una diversidad de pájaros, dependiendo de la hora.
- Caminata de hora y media aproximadamente hacia la Punta de Manabique, por toda la costa.
- Caminada por un sendero en el monte para buscar lo monos aulladores
- Visita en cayuco hacia las comunidades de Cambalache, La Graciosa, pasando por la Bahía Santa Isabel, donde se encuentra el Manatí y luego se llega a la comunidad del mismo nombre donde a un centro de atención a visitantes y diferentes familias que se dedican a la elaboración de carbón.

Para la realización de estos paseos, a excepción de la caminata, se contratan los servicios de la misma comunidad para que los lleven en cayucos, lo cual puede oscilar entre Q60 a Q350 el viaje.