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Centroamérica en acción

 

 

Nelson Herrera Ysla

 

www.cubarte.cult.cu

 

Desde hace algunos años se están produciendo cambios favorables en la imagen habitual que todos teníamos del arte producido en esas 7 naciones que conforman el área centroamericana (incluyendo Belice, debido al importante trabajo realizado allí por el artista, curador y promotor de origen español Joan Durán) gracias a varios factores cuyo origen podemos ubicarlo en la labor de determinadas personalidades de la cultura visual de algunos de esos países.

No puedo descartar, con toda justicia histórica, el hecho de que la Bienal de La Habana, desde su primera edición, hace ya casi 25 años, le haya brindado su espacio a artistas reconocidos de Nicaragua, Guatemala, Honduras, El Salvador, Costa Rica, Panamá, en cuyas nóminas aparecieron en diferentes ediciones Armando Morales, Rodolfo Abularach, Efraín Recinos, Ottón Solís, Guillermo Trujillo, Tabo Toral, Brooke Alfaro, Roberto Huezo, Orlando Sobalvarro, Luis González Palma, y recientemente a grupos y artistas muy jóvenes (Manuel Zumbado, Darío Escobar, Priscilla Monge, Patricia Belli, Humberto Vélez, Caja Lúdica, Asociación Incorpore).

La curadora y crítica costarricense Virginia Pérez-Ratón desde el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo de San José, y luego desde su espacio Teor/éTica para debates, reflexiones y proyectos curatoriales y editoriales, desde los 90 y principios del siglo xxi, ha sido una de las principales promotoras en dar a conocer las nuevas prácticas artísticas de la región. Junto a ella, Rosina Cazali, curadora y crítica de arte guatemalteca, mantiene casi desde ese mismo período una intensa labor para promover lo mejor de su país y de otros del área en línea de continuidad, de otro modo, con Luis González Palma desde Colloquia, ese otro espacio de corto período de vida en la ciudad de Guatemala, sin soslayar, igualmente, la labor de la galería Sol del Río, dirigida por el infatigable paraguayo Víctor Martínez. Lo mismo pudiera decirse de Bayardo Blandino y América Mejía, quienes desde Tegucigalpa en el Museo de Arte de las Mujeres llevan a cabo ingentes actividades de reconocimiento de sus artistas así como proyectos específicos de integración regional, a la par de Mónica Kupfer, la dinámica fundadora y promotora de la Bienal de Panamá, cuya octava edición se llevará a cabo en los próximos meses y de Juanita Bermúdez, galerista independiente, desde el menos favorecido contexto nicaragüense aunque allí puede contarse ahora con la enérgica acción de la artista Patricia Belli, quien dirige el importante taller La Espora, muy en línea con las propuesta pedagógica de Arte de Conducta, liderado por Tania Bruguera en La Habana, con la diferencia de que en el caso de La Espora participan artistas jóvenes de casi toda la región centroamericana. En El Salvador, aun cuando no exista una institución dedicada a la difusión y creación de espacios de comunicación entre y de los artistas del país, se ha desarrollado un movimiento entre los jóvenes artistas para establecer contacto permanente con otros países del área y del resto del mundo mediante un trabajo serio y constructivo en sus propuestas.

En líneas generales todo el esfuerzo mancomunado de estas personalidades ha movido a Centroamérica y la ha colocado, sin dudas, en el mapa del arte contemporáneo pues hoy podemos hallar a muchos de sus importantes artistas en diferentes bienales y eventos internacionales: pienso en Darío Escobar, Regina José Galindo, Gustavo Araújo, Yasser Musa, Walter Iraheta, Humberto Vélez, Alejandro Paz, Adán Vallecillo, Santiago Cal, Federico Herrero, Aníbal López, Regina Aguilar, Karla Solano, entre otros de significación e imposible, todos, de nombrar aquí.

Otro factor aglutinador de este conjunto de expresiones y artistas que comienzan a ser identificados hoy como la vanguardia centroamericana, lo es la Bienal de Arte que cada uno de esos países organiza desde 1978 (año en que comenzó la más antigua de todas: v la Bienal Paiz de Guatemala) y que hoy se replantean cambios reveladores en su organización y estructura para que lleguen a ser consideradas verdaderos espacios de confrontación y diálogo entre artistas, público y expertos, marcos teórico y práctico para una mayor visibilidad del arte de la región, estructuras abiertas a las complejidades de la contemporaneidad.

Dichas Bienales nacionales culminan en una Bienal del Istmo, organizada en un país diferente en cada ocasión, la cual premia en diversas categorías a los artistas ganadores de los eventos nacionales, muy a la manera de los eventos deportivos habituales y que no expresa realmente la fuerza y el empuje de los movimientos que desde hace mucho, y poco tiempo, se vienen desarrollando (pues una vez fundada la Bienal Paiz en Guatemala comenzaron a gestarse las restantes en años sucesivos y con conceptos y estructuras similares.)

Recientemente tuve la oportunidad de participar en un encuentro de los patrocinadores y organizadores de cada una de estas Bienales nacionales, y las del Istmo, llevado a cabo en la ciudad de León, Nicaragua (gracias a la generosidad de Ramiro Ortiz, empresario y coleccionista de arte) donde compartimos varias ideas en torno al futuro de dichas Bienales y especialmente la experiencia de las Bienales de La Habana desde su primera realización en 1984. Pudimos debatir acerca de los principales ejes a partir de los cuales se conforma un evento tan complejo hoy como lo es una Bienal, sometido a numerosos cuestionamientos tanto de su concepción como de su puesta en escena y, incluso, de su existencia misma. Una de las conclusiones de dicho encuentro fue que en la próxima edición de la Bienal del Istmo a celebrarse en Honduras en noviembre de 2008, se prevé la incorporación de la Bienal de La Habana en calidad de invitada mediante una exposición de artistas cubanos con el fin de comenzar a incorporarnos a esta nueva época de cambios en una región de la que, de un modo u otro, formamos parte desde la perspectiva insular hispanoparlante.

Y otra conclusión relevante fue la creación de un Centro de Documentación Regional que recopile toda la producción del área y que al mismo tiempo sirva de conexión horizontal entre los diversos proyectos que tienen lugar hoy en cada país, incluyendo por supuesto las bienales nacionales, sin necesidad de intermediarios: de este modo, se sientan las bases para la organización e institucionalidad de la memoria regional tan útil y necesaria para investigadores, estudiosos y expertos nuestros y de cualquier lugar del mundo.

Los juicios allí discutidos redundarán en el mejoramiento de cada Bienal pues se trata de transformar el método, aún vigente, de participación libre sin ejes curatoriales ni conceptos, premiaciones, límites de extensión de obras, los cuales no permiten comprender de qué va dicho evento en sus propios contextos. Todo parece indicar que comienza a gestarse una conciencia mayor acerca del rol de las Bienales en el desarrollo de la escena artística de Centroamérica, por lo general apoyadas y sustentadas en el financiamiento privado de instituciones que luchan contra viento y marea por encima de la ignorancia o incomprensiones de todo tipo, tal y como actúan ahora la Fundación Paiz de Guatemala y la Fundación Ortiz-Gurdián en Nicaragua, las cuales participan, además, en tanto entidades importantes, en el desarrollo de objetivos sociales a mediano y largo plazo. Otros países tienen sus esperanzas cifradas en museos públicos, en institutos o ministerios encaminados hoy a dar pasos cruciales a favor de lo que ocurre en el ámbito de las expresiones artísticas contemporáneas.

Hay un despertar enfático hacia el mundo global y hacia lo más auténtico de expresiones y manifestaciones locales que van más allá de lo establecido por historias particulares del arte de la región luego de décadas de oscuridad o grisura en el plano de su propia proyección. No es ocioso repetir aquello de que a Centroamérica no se viaja sino se pasa por alto mientras volamos en el avión que nos lleva de México… a la América del Sur aunque va quedando atrás cada vez más este otrora lamentable punto de vista.

Existe un propósito real de inserción en ese registro universal que debe incluir, definitivamente, a esta región a partir de obras y proyectos institucionales y alternativos cuya discursividad transita de adentro hacia fuera y viceversa en una acción recíproca que va abriendo caminos hasta hoy inexplorados. Si bien durante años primaron las propuestas orientadas hacia una exaltación de problemas colectivos, sean de naturaleza ética, política, ecológica, social, a través de la utilización de lenguajes apegados a primordiales tradiciones, hoy la movida se orienta a cuestiones esenciales del individuo, sus circunstancias inmediatas, la específica naturaleza humana, aún cuando en ella se observan signos identitarios locales que, felizmente, complejizan el discurso gracias a una eficaz incorporación de lenguajes novedosos, entrecruzamientos de disciplinas, nuevas tecnologías. Es un inteligente compromiso de lo local y lo global sin detrimento de uno u otro pues al fin se han liberados las viejas ataduras que convertían ambas entidades en polos opuestos, distantes.

No solo en Nicaragua y Guatemala se siente esa voluntad de cambio sino en todos los países del área. Entusiasma saber que varias instituciones locales contribuyen hoy con expertos y financiamiento a ese cambio desde posiciones universales sin desconocer el innegable sustento y legado que tienen en la multiplicidad de comunidades, lenguas y culturas, y en las acontecimientos que han vivido en los últimos 30 años, sesgados estos por guerras internas, violencia, corrupción, represiones de diversa catadura, aislamiento sistemático. Y satisface también conocer el respeto hacia las experiencias múltiples de la Bienal de La Habana pues se considera una fuente valiosa para la organización, estructura y enfoques de magnitudes diversas expositivas, puestas en escena, relaciones con el entorno urbano, etcétera.

Nada empaña ni detiene hoy el afán de sus mejores creadores y expertos. En Cuba, afortunadamente, hemos observado parte de esos cambios en exposiciones realizadas años atrás en la Casa de las Américas (Zero, Landings 6-7) y en el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam (1265 kms.), instituciones ambas que reconocen históricamente la producción simbólica regional. Podemos anticipar que Centroamérica ha entrado en una nueva era desde la cual no hay retroceso posible. En igualdad de condiciones participa hoy del incuestionable movimiento que hace de toda Nuestra América una fértil experiencia artística contemporánea del sur.



23 de Enero, 2008

 

Febrero de 2008

 

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Direttore responsabile Mariella Moresco © Tutti i diritti riservati  ISSN 1824-1360 

Reg.Trib.Milano 768 1/12/2000 e 258 13/04/2004