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280 años de Universidad de la Habana: Colonia, Neocolonia y Revolución

 

 

Graziella Pogolotti

 

www.cubarte.cult.cu

 

No es la más antigua del Continente. No benefició de los esplendores virreinales. Nació en 1728, cuando estaba a punto de asomar el siglo de las luces. Creció despacio, sin alcanzar el aura del Seminario de San Carlos y San Ambrosio. Constreñida en su desarrollo por el poder colonial, fue instaurando una tradición de enseñanza. Con las insatisfacciones, maduraron proyectos de reformas, siempre renovados en la medida que se articulaba el vínculo con la historia y la cultura. En el contexto de la primera intervención norteamericana, uno de los más preclaros intelectuales cubanos, Enrique José Varona, diseñó la transformación de los planes de estudio alentado por el espíritu de la modernidad. Reclamó un espacio inédito para el fomento de la ciencia y la técnica. En el terreno de la práctica, poco pudo hacerse entonces. A pesar de las buenas intenciones, la Universidad parecía condenada a seguir suministrando, de acuerdo con la demanda social, médicos, abogados e ingenieros.

La primera gran sacudida real habría de manifestarse coincidiendo con las señales de cambio en la política y la cultura durante la llamada década crítica, entre los veinte y los treinta del pasado siglo. Mientras la vanguardia sacudía la rutina en las artes y las letras, se organizaban los sindicatos y se fundaba el primer partido marxista. En ese punto de giro, la Universidad se colocaba en el meridiano de la América Latina, donde el llamado renovador se había hecho sentir desde Córdova en la Argentina. Al fundar la Federación Estudiantil Universitaria, Julio Antonio Mella vinculaba para siempre el proyecto modernizador de los planes de estudio a la necesaria transformación de la sociedad. La instalación del centro de educación superior en el lugar que hoy ocupa, un promontorio sobre la ciudad, afirmaba simbólicamente su inserción en los conflictos de la urbe. Una vez construida, la monumental escalinata se convertiría en escenario idóneo para las grandes batallas contra los desmanes del poder instituido.

La lucha contra la prórroga de poderes de Gerardo Machado, la caída del estudiante Rafael Trejo el 30 de septiembre de 1930, la participación del Directorio Estudiantil Revolucionario en los acontecimientos que siguieron a la caída del tirano y condujeron al gobierno Grau-Guiteras de los cien días, hicieron irreversible y convirtieron en tradición viva la lucha por transformar sociedad y tarea intelectual, interdependientes la una de la otra. Las manifestaciones siguieron bajando de la escalinata a la ciudad, aún en etapas de relativo apaciguamiento durante los gobiernos auténticos de 1944 a 1952.

El golpe de estado de Fulgencio Batista impondría otra vuelta de tuerca. Desde el primer momento, en la colina se agruparon quienes aspiraban a organizar la resistencia frente al régimen. Los gestos simbólicos iniciales dejaban constancia del latir de la resistencia. Con la radicalización del proceso, se definió una estrategia de lucha. José Antonio Echevarría tomaba el relevo de Mella. Una vez más, cultura, sociedad y renovación académica se articulaban en un mismo propósito. Animador de lo mejor de la vanguardia arquitectónica, José Antonio atrajo a la colina importantes expresiones de la creación artística de su tiempo mientras hacía de la Universidad trinchera de combate frente a la dictadura.

Con el triunfo de la Revolución cubana en 1959, otra imagen simbólica consagró la tradición de lucha. Una tanqueta se instaló en la Plaza Cadenas, corazón histórico de la Universidad. Estaban pendientes todavía los antiguos sueños de modernización. En 1962 se promulgaba la Reforma universitaria. De la reestructuración radical surgieron nuevas carreras. Docencia e investigación se entrelazaron desde la base del sistema, el departamento docente, fragua primordial del trabajo donde se involucraban, en un mismo empeño, estudiantes y profesores. En el terreno de las ciencias naturales y exactas, se requería un gigantesco salto hacia adelante. La física y las matemáticas se situaron en las coordenadas de la contemporaneidad. Comenzó la formación de biólogos. En incesante multiplicación celular, la vieja matriz devino fuente de desprendimientos sucesivos. Los estudios agropecuarios se asentaron en zonas rurales. Una ciudad universitaria albergó la preparación de ingenieros y arquitectos. Las Facultades de Medicina tomaron otros rumbos. Y, de ese origen común surgieron los grandes centros de investigación científica. La posibilidad de realizar sueños tantas veces postergados potenció la creatividad latente y convocó la reserva intelectual del país a cubrir las vacantes dejadas en los claustros por quienes prefirieron tomar otros rumbos.

Con su corpachón de matrona romana, el Alma Mater contempla la ciudad desde lo alto de la escalinata. A sus espaldas, el recinto de sabor clásico, donde alguna vez se escuchó el lamentar de Medea, parece empequeñecido. Generosa, la madre nutricia ha dejado su semilla a lo largo de la isla. Allí, sin embargo, reside el testimonio tangible de una historia fecunda, de resistencia y de preservación de un saber en la prolongada lucha por construir la nación cubana.



Fecha del articulo: 11 de Enero, 2008

 

Febrero de 2008

 

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Direttore responsabile Mariella Moresco © Tutti i diritti riservati  ISSN 1824-1360 

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