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La Italia literaria en Argentina, a través de las revistas de Buenos Aires de los primeros años del Novecientos

 

Alejandro Patat, Un destino sudamericano. La letteratura italiana in Argentina (1910-1970), Guerra Edizioni, Perugia, 2005

 

 

Alberto Fornasier     afornasier2001@yahoo.it

 

traducción al español de Sonia Castillo

 

Como cualquier nación recientemente constituida (sobre todo si se la compara con los modelos europeos o, más aun, con países asiáticos), también la Argentina desde el momento de su independencia (1816), si no antes, tuvo el problema de identidad nacional y cultural que al menos inicialmente, se resolvió, como es comprensible, a pesar que las élites que habían deseado y apoyado la separación de la madre patria fueran de origen ibérica, en dirección contraria y opuesta a la española y, paralelamente, a la adherencia cultural a modelos europeos, en especial modo franceses y británicos. Este proceso de internazionalización del estato argentino se acentuó ulteriormente con la generación “del 1837” la cual, a través de experiencias de lecturas, viajes y experiencias, puso como base el modelo cultural europeo para utilizar como fuerte punto de apoyo y referencia a la naciente conciencia y tradición nacional.

Italia, además de ser fuente general de la tradición literaria clásica, a fines del ‘800 entró en forma preponderante e incisiva en la vida de los argentinos a través de los hombres de las migraciones. Estos fueron sólidos e voluminosos a nivel social como cultural llegando a provocar la respuesta de las élites intelectuales argentinas que querían retomar la cultura popular haciendo el eje de la identidad nacional y que se concretizó con la literatura gauchesca, reescritura culta de la tradición poética de derivación rural. Fue con la celebración del aniversario del nacimiento del estado argentino que este tema de la identidad nacional se demostró con razgos y tonos encendidos: la reivindicación de los valores nacionales viene por un lado exteriorizada de la exuberancia arquitectónica espectacular, y por otro lado realizada a través de planos políticos dirigidos a la homogenización cultural de las masas inmigrantes.

En dirección obviamente contracorriente se situaron los italianos fascistas que, constatando con grande contrariedad cómo los italianos emigrantes, en su mayoría con bajo índice de secularización y poca familiaridad con la lengua oficial de la patria, se olvidaban con bastante facilidad el italiano, temieron en el consiguiente grave peligro de la pérdida de la identidad nacional que les habría llevado lejos de la adhesión de la ideología fascista. A medio camino entre estas dos posturas patrioteras, en uno u otro sentido, se situaron los intelectuales quienes con consciente sentido crítico buscaron resaltar las mezclas con herencias culturales no locales

Siendo el objetivo del volumen de Alejandro Patat, Un destino sudamericano. La letteratura italiana in Argentina (1910-1070) (Perugia, Guerra Edizioni, 2005) afrontar de esta óptica el tema presentado en el mismo título (es decir, la influencia de la literatura italiana en la cultura argentina) el autor, docente de Literatura Italiana para la Universidad de Buenos Aires, al interno de su trabajo de investigación focaliza la atención sobre aquel lugar “literario” que fueron las revistas del primer siglo (las mismas, curiosamente similares a las nuestras, nacidas en aquel lugar del todo real que fueron en cambio los cafées, verdaderos y vivaces centros de encuentro de intelectuales de variadas experiencias artísticas) y que contribuyeron, cada uno a su manera y modo diferente, a la difusión crítica de la literatura italiana, dando un “verdadero viraje” (p. 24), incluso la obra de Gherardo Marone que, como “intérprete absoluto de la literatura y de la cultura italiana en Argentina entre los años ’40 y ‘60” (p. 179), hizo “de puente entre la crítica filosófica y literaria napolitana de inicios del Novecento y aquella que él mismo habría fundado en Argentina” (p. 24), y a quien ha sido dedicado el último capítulo del libro.

La primera de las tres revistas tomadas en consideración es “Nosotros” (1907-1934): fundada por R. Giusti y A. Bianchi, esta publicación tuvo como objetivo difundir “los problemas de la cultura argentina, de las letras a las ciencias sociales”, caracterizándose desde el principio en ser “lugar de encuentro de los estudiosos de la Universidad de Buenos Aires con los críticos literarios de ‘La Nación’, diario representante de la élite conservadora que dominaba el país” (p. 32). En ésto el lado fundamental de la revista: si se quiere superar una deficiencia inicial, que veía la literatura francesa, inglesa y rusa como modelos indiscutibles y centrales, reaccionando con la intención de introducir Pascoli al interno de la corona de los grandes autores (por su “capacidad de llegar a la cúspide del lirismo italiano, pero quedando fiel a una visión humilde y humanitaria del mundo y de los hombres”, p. 36), añadiendo después Carducci (cuya poesía representaba “aquéllo que más civil, vital y viril la Italia poseyera en tiempos tan dramáticos”, p. 37) representa muy bien los cánones estéticos y críticos de tipo reaccionario que “Nosotros” llevaba adelante. En modo tal, que los artículos y ensayos sobre poesía del Doscientos en adelante publicados en la revista fueron caracterizados por una óptica “genealógica” y “extrapolativa” de los temas y de los autores tomados en consideración: si la lectura de Dante “fuera de su tiempo”, en este caso en referencia contínua a los grandes textos de la antigüedad, caracterizó luego la crítica argentina (veáse los Nueve Ensayos dantescos de J. L. Borges), también D’Annunzio viene interpretado en el sentido de “punto de máxima inflexión” (p. 53) del clasicismo italiano, que había llevado todo el recorrido precedente de la literatura que no fue vista sino como un “continuum que termina – culmina – en D’Annunzio” (p. 54).

En determinante y pública contraposición a estos comportamientos reaccionarios, “Martín Fierro” (1924-1927) quiso asumir la poética y la enseñanza de las vanguardias históricas como fuente vital para estimular una efectiva autonomía nacional de la cultura europea, contra una asunción pasiva y total del mayor modelo. Si entre los objetivos principales de la publicación estaba ir contra el público burgués y académico, y aquello de “expresar una renovada sensibilidad, o sea, la celebración del moderno”, esta aparente relación epigonal respecto al futurismo italiano debe ser interpretado en el sentido de un “reciclaje de materiales poéticos y literarios efectivamente nuevos para la cultura hispanoamericana de los años ‘20, reutilizados, precisamente, con fines específicos de las propias experiencias artísticas” (p. 78), es así que todo el recorrido de “Martín Fierro” es para comprenderlo como una búsqueda de aquella autonomía intelectual en “frágil equilibrio” (ídem) entre la búsqueda del “nuevo” y su asimilación crítica y no pasiva.

La tercera y última publicación examinada es la importante revista “Sur” (1931-1981) cuya actividad se realizó entre los extremos de las dos precedentes posiciones: si el punto focal quedaba el problema sentido de la mayoría, como se ha visto, del “interrogarse sobre la identidad latinoamericana”, en lo específico la revista fundada por Victoria Ocampo tuvo como finalidad el de “importar en modo sistemático todo lo que a partir de la conciencia de identidad resultase ausente o insuficiente” (p. 111), sin expresar declaraciones precisas sobre valores e indicaciones de principios, mas deseando ofrecer “un discurso coherente, para que un grupo reducido de intelectuales argentinos […] quedasen unidos para llevar adelante una empresa colectiva” (p. 112). Propriedad típica de “Sur”, que tuvo contactos con publicaciones europeas del nivel de la “Revista de Occidente” y de la “Nouvelle Revue Française”, fue el carácter elitario y cerrado de su redacción: todos los colaboradores argentinos eran de hecho unidos por lazos de amistad o relaciones estrechas, y en particolar modo aquellos extranjeros eran amigos muy allegados de la Ocampo. Entre estos, es importante señalar el rol desenvuelto por Leo Ferrero como “imagen espectacular” de la fundadora: integrante de aquella revista florentina, decisiva para la renovación del romanzo italiano donde colaboraron escritores del calibre de Montale, Gadda, Vittorini y Loria, que fue “Solaria” (1926-1936) y con la cual la misma revista “Sur” condividió no pocos puntos (como el europeísmo y la ansiedad de quitar el provincialismo, la oposición de las metodologías positivistas y la puesta en discusión de algunos principios de la doctrina de B. Croce), hijo del historiador Guglielmo y de Gina Lombroso, sobrino del célebre psiquiatra, Ferrero se convirtió en único representante de la cultura italiana en el consejo de redacción de la revista justo por el placer de pertenecer a una élite cultural transnacional que fascinó la Ocampo, que encontró en él una afirmación y correspondencia a sus ideas. Se conocieron en París, para ambos la capital francesa representaba “el único horizonte posible” (p. 123) fuera de los propias fronteras nacionales, según lo expresado en la oscura representación que hizo Ferrero sobre el panorama italiano y que la Ocampo hizo suyo por aquello argentino, publicado en “Sur”, El malestar de la literatura italiana (I, 4, 1931), reelaboración del más famoso y fundamental Por qué la Italia tiene una literatura europea, publicado en el primer número del 1928 de “Solaria”: si, según su visión, típicamente francesa habría sido, para un intelectual, tener el instinto del grupo (a diferencia de aquello italiano, egocéntrico y aislado), seguramente entre los motivos que la fundadora y luego la misma revista tomó de él fue el concepto de élite que, según las palabras de A. Kornfeld citado por el mismo Patat, “habría generado una cultura idónea para que sea plasmada por ciudadanos responsables y […] de impostar una serie de límites y también de generar certezas morales” (p. 120).

El estudio de Patat asume entonces un preciso valor documental y de investigación, ya que, a través el análisis de las cuatro articulaciones importantes (las tres publicaciones y el rol de Marone), se ha logrado recorrer medio siglo del ‘900, siguiendo las modalidades con las cuales la cultura italiana ha logrado cada vez más espazio al interno de la vida argentina entre desacuerdos e interpretaciones parciales, equilibrios y sintonías: en cada capítulo, además de una necesaria introducción de cada tema a tratar, se ha llegado a considerar este argumento del punto de vista ya sea diacrónico, en su desarrollo cronológico, según los diferentes y deformes contactos y lecturas que los intelectuales llevaron a cabo, en la contínua constitución y mutaciones de un “cánon en movimiento”, sea sincrónico, en atención puesta a las influencias, a veces recíprocas, con problemáticas políticas, sociales y culturales argentinas.

 

 

Enero de 2008

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