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Haiti - La maldición blanca
Eduardo Galeano
México D.F. Lunes 5 de abril de 2004
enviado por Guillermo C. Cohen-Degovia
cohen_degovia@hotmail.com
El primer día de este año, la libertad cumplió dos siglos de vida en el
mundo. Nadie se enteró, o casi nadie. Pocos días después, el país del
cumpleaños, Haití, pasó a ocupar algún espacio en los medios de
comunicación; pero no por el aniversario de la libertad universal, sino
porque se desató allí un baño de sangre que acabó volteando al presidente
Aristide.
Haití fue el primer país donde se abolió la esclavitud. Sin embargo, las
enciclopedias más difundidas y casi todos los textos de educación atribuyen
a Inglaterra ese histórico honor. Es verdad que un buen día cambió de
opinión el imperio que había sido campeón mundial del tráfico negrero;
pero la abolición británica ocurrió en 1807, tres años después de la
revolución haitiana, y resultó tan poco convincente que en 1832 Inglaterra
tuvo que volver a prohibir la esclavitud.
Nada tiene de nuevo el ninguneo de Haití. Desde hace dos siglos, sufre
desprecio y castigo. Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario
de esclavos, advertía que de Haití provenía el mal ejemplo; y decía que
había que "confinar la peste en esa isla". Su país lo escuchó.
Estados Unidos demoró 60 años en otorgar reconocimiento diplomático a la más
libre de las naciones. Mientras tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo al
desorden y a la violencia. Los dueños de los brazos negros se salvaron del
haitianismo hasta 1888. Ese año, el Brasil abolió la esclavitud. Fue el último
país en el mundo.
***
Haití ha vuelto a ser un país invisible, hasta la próxima carnicería.
Mientras estuvo en las pantallas y en las páginas, a principios de este año,
los medios trasmitieron confusión y violencia y confirmaron que los
haitianos han nacido para hacer bien el mal y para hacer mal el bien. Desde
la revolución para acá, Haití sólo ha sido capaz de ofrecer tragedias.
Era una colonia próspera y feliz y ahora es la nación más pobre del
hemisferio occidental. Las revoluciones, concluyeron algunos especialistas,
conducen al abismo. Y algunos dijeron, y otros sugirieron, que la tendencia
haitiana al fratricidio proviene de la salvaje herencia que viene de Africa.
El mandato de los ancestros. La maldición negra, que empuja al crimen y al
caos.
De la maldición blanca no se habló.
***
La revolución francesa había eliminado la esclavitud, pero Napoleón la había
resucitado:
-¿Cuál ha sido el régimen más próspero para las colonias?
-El anterior.
-Pues que se restablezca.
Y, para reimplantar la esclavitud en Haití, envió más de 50 naves llenas
de soldados.
Los negros alzados vencieron a Francia y conquistaron la independencia
nacional y la liberación de los esclavos. En 1804, heredaron una tierra
arrasada por las devastadoras plantaciones de caña de azúcar y un país
quemado por la guerra feroz. Y heredaron "la deuda francesa".
Francia cobró cara la humillación infligida a Napoleón Bonaparte. A poco
de nacer, Haití tuvo que comprometerse a pagar una indemnización
gigantesca, por el daño que había hecho liberándose. Esa expiación del
pecado de la libertad le costó 150 millones de francos oro. El nuevo país
nació estrangulado por esa soga atada al pescuezo: una fortuna que
actualmente equivaldría a 21 mil 700 millones de dólares o a 44
presupuestos totales del Haití de nuestros días. Mucho más de un siglo
llevó el pago de la deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En
1938 se cumplió, por fin, la redención final. Para entonces, ya Haití
pertenecía a los bancos de Estados Unidos.
***
A cambio de ese dineral, Francia reconoció oficialmente a la nueva nación.
Ningún otro país la reconoció. Haití había nacido condenada a la soledad.
Tampoco Simón Bolívar la reconoció, aunque le debía todo. Barcos, armas y
soldados le había dado Haití en 1816, cuando Bolívar llegó a la isla,
derrotado, y pidió amparo y ayuda. Todo le dio Haití, con la sola condición
de que liberara a los esclavos, una idea que hasta entonces no se le había
ocurrido. Después, el prócer triunfó en su guerra de independencia, y
expresó su gratitud enviando a Port-au-Prince una espada de regalo. De
reconocimiento, ni hablar.
En realidad, las colonias españolas que habían pasado a ser países
independientes seguían teniendo esclavos, aunque algunas tuvieran, además,
leyes que lo prohibían. Bolívar dictó la suya en 1821, pero la realidad no
se dio por enterada. Treinta años después, en 1851, Colombia abolió la
esclavitud; y Venezuela en 1854.
***
En 1915, los marines desembarcaron en Haití. Se quedaron diecinueve años.
Lo primero que hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudación de
impuestos. El ejército de ocupación retuvo el salario del presidente
haitiano hasta que se resignó a firmar la liquidación del Banco de la Nación,
que se convirtió en sucursal del City Bank de Nueva York. El presidente y
todos los demás negros tenían la entrada prohibida en los hoteles,
restaurantes y clubes exclusivos del poder extranjero. Los ocupantes no se
atrevieron a restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado
para las obras públicas. Y mataron mucho. No fue fácil apagar los fuegos de
la resistencia. El jefe guerrillero, Charlemagne Péralte, clavado en cruz
contra una puerta, fue exhibido, para escarmiento, en la plaza pública.
La misión civilizadora concluyó en 1934. Los ocupantes se retiraron dejando
en su lugar una Guardia Nacional, fabricada por ellos, para exterminar
cualquier posible asomo de democracia. Lo mismo hicieron en Nicaragua y en la
República Dominicana. Algún tiempo después, Duvalier fue el equivalente
haitiano de Somoza y de Trujillo.
***
Y así, de dictadura en dictadura, de promesa en traición, se fueron sumando
las desventuras y los años.
Aristide, el cura rebelde, llegó a la presidencia en 1991. Duró pocos meses.
El gobierno de Estados Unidos ayudó a derribarlo, se lo llevó, lo sometió
a tratamiento y una vez reciclado lo devolvió, en brazos de los marines, a
la presidencia. Y otra vez ayudó a derribarlo, en este año 2004, y otra vez
hubo matanza. Y otra vez volvieron los marines, que siempre regresan, como la
gripe.
Pero los expertos internacionales son mucho más devastadores que las tropas
invasoras. País sumiso a las órdenes del Banco Mundial y del Fondo
Monetario, Haití había obedecido sus instrucciones sin chistar. Le pagaron
negándole el pan y la sal. Le congelaron los créditos, a pesar de que había
desmantelado el Estado y había liquidado todos los aranceles y subsidios que
protegían la producción nacional. Los campesinos cultivadores de arroz, que
eran la mayoría, se convirtieron en mendigos o balseros. Muchos han ido y
siguen yendo a parar a las profundidades del mar Caribe, pero esos náufragos
no son cubanos y raras veces aparecen en los diarios.
Ahora Haití importa todo su arroz desde Estados Unidos, donde los expertos
internacionales, que son gente bastante distraída, se han olvidado de
prohibir los aranceles y subsidios que protegen la producción nacional.
***
En la frontera donde termina la República Dominicana y empieza Haití, hay
un gran cartel que advierte: El mal paso.
Al otro lado, está el infierno negro. Sangre y hambre, miseria, pestes...
En ese infierno tan temido, todos son escultores. Los haitianos tienen la
costumbre de recoger latas y fierros viejos y con antigua maestría,
recortando y martillando, sus manos crean maravillas que se ofrecen en los
mercados populares.
Haití es un país arrojado al basural, por eterno castigo de su dignidad.
Allí yace, como si fuera chatarra. Espera las manos de su gente.
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