Catorce años Después
No
hemos olvidado la invasión norteamericana del 20 de diciembre de 1989,
aunque las heridas ya hayan sanado. En buena medida, el presidente
Guillermo Endara hizo un excelente trabajo reconciliando al país,
aunque el precio pagado haya sido alto, en términos de impunidad para
muchos asesinos del régimen militar. Bajo su gobierno y el de su
sucesor, Ernesto Pérez Balladares, se otorgaron veintenas de indultos o
perdones.
Todavía, sin embargo, se repiten sandeces tales como que Endara y sus
vicepresidentes fueron responsables o sino cómplices de la invasión.
Eso no es cierto, por más que hubieran tomado posesión en una base
militar estadounidense en nuestro suelo. El responsable fue el dictador
Noriega y quienes lo respaldaron hasta el final. Se le hicieron todo
tipo de ofrecimientos para que dejara el poder con un mínimo de
dignidad y los rechazó irresponsablemente. El país entero sufrió las
consecuencias.
En buena medida, no hubo mayor diferencia entre Manuel Antonio Noriega y
Sadam Hussein. Ambos fueron esbirros al servicio de los intereses políticos
y militares de Estados Unidos, ambos también se le salieron de control,
convirtiéndose en un estorbo y a los dos hubo que echarlos por la
fuerza con graves pérdidas materiales y humanas para su pueblo.
En uno y otro caso, el comportamiento de la ciudadanía fue degradante y
vergonzoso, en nuestro caso en la ciudad capital, como también lo fue
en Bagdad. Hablamos del saqueo. Gente que no tenía necesidad, se sumó
al robo. Hubo, sin embargo, cosas positivas como lo fue la encomiable
defensa de los barrios por los propios vecinos. En tiempos de crisis
aflora siempre lo mejor y lo peor de los seres humanos.
Los chorrilleros se quejan cada año de lo mismo, como si tuvieran el
monopolio del sufrimiento. Muchos sino todos fueron indemnizados, pero
no así el resto del país que también perdió propiedades y seres caídos.
Su barrio debió haber sido mudado, pero Endara no tuvo la visión
necesaria para hacerlo cuando pudo. Hoy viven en condiciones precarias
por el medioambiente inadecuado, más que nada.
Visto en retrospectiva, fue un hecho doloroso, pero al mismo tiempo
liberador, como un mal parto; sólo que ese día nos renació la
Democracia con todas las libertades.
Ojalá la fecha hiciera recapacitar a quienes nos gobiernan y a los políticos,
también a los ciudadanos, sobre la necesidad de recordar el trauma y el
precio pagado, para que lo acontecido nos impulse a superarnos y a
estructurar un Panamá mejor. El mismo pueblo que fue entonces capaz de
reconstruir su país desde sus cenizas, puede hoy lograr otras grandes
cosas con un poco de esfuerzo y buena voluntad.
http://elpanamaamerica.terra.com.pa
20 de diciembre de 2003
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