Cuando
el acordeón nos llama
Por
Lolita Acosta
Una semana antes de iniciar el
Festival de la Leyenda Vallenata, que este año irá del 29 de abril al 3
de mayo, la expectativa de la gente que vive en Valledupar y de quienes
estando afuera se preparan para ir o para vivir de lejos su entrañable
cita, crece con la misma intensidad que sus paseos, merengues, puyas y
sones, que constituyen el alma de un pueblo que se oxigena y vuela con el
aire de su música, una de las más singulares y cautivantes de cuantas se
conocen en el ambiente popular.
Aunque
para ser vallenato vallenato es indispensable haber nacido en el Cesar o
la Guajira o en los pueblos costeños donde la juglaría escribe con música
la historia, son centenares de miles los vallenatófilos de todos los
rincones de Colombia y aún de diferentes lugares del mundo a donde
gracias a una vertiginosa y eficaz difusión durante los últimos tiempos,
la gente se hace vallenata por adopción, por gusto, por identidad con las
letras y los ritmos que cumplen con lo que hoy tanto necesita el mundo:
alegrar la existencia.
En
el evento se invierten más de 1.200 millones de pesos colombianos y a él
acuden visitantes gozosos de los cuatro puntos cardinales: Trinidad
y Tobago, Panamá, Perú, España, Estados Unidos, Bélgica, Francia,
Inglaterra, en fin, se trata de una convocatoria festiva que atrae a
cualquiera que haya sido tocado por esas canciones excepcionales donde se
construyen desde casas en el aire y simpáticas gotas frías que calientan
los retos, hasta relatos propios de los mas altos trovadores de la
historia.
Para el pueblo, su Festival es lo máximo. Lo espera
con entusiasmo y en Valledupar no se habla de otra cosa. En Bogotá,
cuando se presentan muestras de la fiesta en el Teatro municipal Jorge Eliécer
Gaitán, con capacidad para 2000 personas, el tráfico se paraliza en la
carrera séptima, la más populosa de la capital, y mucho más de un cupo
completo para las butacas del teatro se queda por fuera, esperando una
oportunidad para colarse o la salida de los afortunados que pueden
contarles cómo estuvo la fiesta, allá adentro.
Historia
para la historia
El
Festival de la Leyenda Vallenata ha ido evolucionando al compás del
desarrollo social y económico de Valledupar. Los dos primeros fueron
organizados, desde su casa, por Consuelo Araujo Noguera (Cronopios
publicará pronto un completo perfil de la inolvidable Cacica). Luego, a
partir de 1970 y hasta 1984, por la Oficina de Turismo del Departamento
del Cesar. Y de 1985 a 1986 por el Instituto de Cultura y Turismo del
Cesar. Finalmente, la misma Consuelo creó la Fundación Festival de la
Leyenda Vallenata cuyo principal objeto social es la organización y
realización del evento.
En
1984 se introdujo, como acto de apertura del Festival, el Desfile de
Piloneras con el fin de representar parte de las viejas costumbres de
Valledupar a través de un ritmo de tamboras llamado Pilón, tomado del
nombre de la vasija de madera donde se trituraba el maíz.
En
dos oportunidades se ha celebrado el Concurso Rey de Reyes. En su primera
versión, en el año 1987, resultaron ganadores: Colacho Mendoza y Omar
Geles, como acordeoneros Profesional y Aficionado, respectivamente, y en
1997, en el mismo orden: El Cocha Molina y Hugo Carlos Granados al lado
del compositor y también acordeonero Emiliano Zuleta Díaz, quien obtuvo
la primera corona de Rey de Reyes de la Canción Vallenata Inédita con el
paseo “Mi Pobre Valle”.
En
el Festival de 1999 se realizó por primera vez la coronación de cinco
“Reyes Vitalicios”, seleccionados por representar las distintas
escuelas del vallenato y por su trayectoria como reconocidos acordeoneros
de la región que los cataloga como verdaderos juglares. De esta forma,
estuvieron representadas las tres escuelas del vallenato, así: El
Vallenato Bajero, de la región del sur del Magdalena y Bolívar, por
Pacho Rada Batista y Abel Antonio Villa; el Vallenato Sabanero, de Sucre y
Córdoba, por Andrés Landero, y el Vallenato Vallenato, del Cesar y la
Guajira, por Toño Salas y Lorenzo Morales.
El
Festival de la Leyenda Vallenata ha servido para la proyección nacional e
internacional, primero de la región cesarense y guajira, y luego de su música
y sus intérpretes; además, hoy es la cara amable de Colombia ante el
mundo y la música que identifican como propia todos los colombianos.
Si
puede ir al Festival no se lo pierda. Vale la pena un paréntesis de júbilo
con música en medio del ritmo bárbaro y confuso de las cosas que pasan
en estos tiempos grises.
Cronopios
cronopios@cable.net.co
20
de abril de 2003 |