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"No
sé cómo se hace un cuento"
Nuria
Azancot
Augusto
Monterroso repite con frecuencia de sí mismo que es "tan chiquito
que no le cabe la menor duda". Tampoco demasiadas certezas. Por
ejemplo, sí cree en la literatura como arte y en la política como acción.
En sus amigos, muchos de ellos jóvenes escritores que le reconocen como
maestro. En la brevedad a la hora de contar una buena historia. Acaso por
todo ello, el pasado octubre recibió el premio Príncipe de Asturias de
las Letras en reconocimiento además a su "ejemplar trayectoria y la
extraordinaria riqueza ética y estética de su obra".
A
pesar de saberse enemigo acérrimo de las entrevistas, Augusto Monterroso
(Tegucigalpa, 1921) se presta a conversar con la paciencia y el ingenio
del mejor de sus personajes. Conoce el periodismo y sus prisas, e incluso
confiesa haber sentido tentaciones de escribir en Prensa sobre asuntos de
actualidad. Sin éxito. Cuando lo ha intentado ha revisado tanto lo
escrito que al acabar era ya más historia que actualidad. Pero hoy la
actualidad es él. Está a punto de llegar a España junto a su esposa, Bárbara
Jacobs, con la que preparó la Antología del cuento triste.
-Esta semana recibe el premio Príncipe de Asturias de las Letras. ¿Puede
anticiparnos el contenido de su discurso? ¿Qué le parece recibir un
premio que han obtenido Juan Rulfo, Uslar Pietri, Vargas Llosa o Carlos
Fuentes?
-Preferiría no hacerlo, por respeto a quienes lo tendrán que escuchar en
la ceremonia de entrega. En cuanto a lo segundo, por supuesto que me
siento muy contento y honrado de unir mi nombre al de estos grandes
escritores y amigos míos. Es el reconocimiento a tantos años de
persistencia literaria.
Cuestión de temperamento
-El ganador del año pasado fue Günter Grass, con el que comparte usted
una evidente preocupación por la ética, por el hombre de nuestro tiempo,
pero ¿cree que aún es necesario que el escritor tome partido o la
literatura debe permanecer al margen? ¿Debería ser útil en la lucha política?
-Pienso que todo escritor es libre de involucrarse o no en los problemas
del hombre de su tiempo, vale decir en la política. Es cuestión de
temperamento, hasta de vocación. Y ha habido escritores que han puesto su
vida y su obra al servicio de las causas en las que han creído, con
admirable espíritu de sacrificio. Yo, en lo personal, he hecho un
deslinde entre literatura y política y pretendo no mezclarlas: la
literatura como arte y la política como acción. Siempre lo tuve muy
claro y la acción la ejercí en la clandestinidad y en las calles
luchando abiertamente contra la tiranía que me tocó vivir; pero cuidé
mucho no confundir esto con mi vocación literaria. En ocasiones la
tentación fue muy fuerte y escribí cosas con determinado tinte político;
pero me ocupé de que en todo caso en esos escritos predominara el valor
artístico sobre el político.
-La literatura iberoamericana parece estar en un gran momento: ¿Tienen
razón los que afirman que asistimos a un nuevo boom? ¿cuáles son los
autores jóvenes latinoamericanos que lee?
-La literatura latinoamericana ha estado siempre en un gran momento; pero
existe la desdichada circunstancia de que el éxito, como producto de la
desaforada comercialización que se desató durante el último medio
siglo, hace que se conozca muy poco a una gran cantidad de autores tan
excelentes que todo se les dificulta. Es un pecado de nuestra época. En
cuanto a los escritores jóvenes actuales, resulta que muchos son amigos míos
y no podría mencionar a unos sin dejar de lado injustamente a otros
igualmente destacados.
Apasionado de los clásicos, a los que se aficionó a muy temprana edad,
ha reconocido que: "El joven les puede agarrar el gusto acercándose
a ellos. Yo lo tuve que hacer por necesidad, porque no tenía dinero, era
de una familia que había sido acomodada, pero se convirtió en pobre. Viví
una infancia con muchas dificultades económicas y tuve que trabajar desde
los dieciséis años en trabajos muy duros; no estudié una carrera
universitaria, me eduqué sólo. Eso me llevó a la biblioteca, que como
toda biblioteca pobre sólo tiene libros buenos. No me quedó otra que
aficionarme a ellos. Ahora lo veo como una suerte, pero casi también como
una maldición, porque nunca he podido dejar de leer los clásicos; otros
no me satisfacen mucho. Hago el esfuerzo, porque tengo que ponerme al día,
pero vuelvo a lo que más me gusta. Claro que hay una gran literatura,
Baudelaire en Francia, o James Joyce en Inglaterra, pero resulta que esos
también son clásicos aunque en otra época".
Géneros favoritos
-Ha cultivado el cuento, la fábula, el ensayo, pero ¿cuál es su género
favorito? ¿Por qué salta tanto de un género a otro?
-Esos son mis tres géneros favoritos, pero en la actualidad me he
dedicado más al ensayo, el ensayo personal, se entiende, aquel en que se
toma un tema cualquiera y uno expresa en él su pensamiento (cuando cree
tenerlo) y hasta sus emociones en ese momento, pero sin ánimo de
demostrar nada ni de convencer a nadie sobre cualquier punto. Lo prefiero
por libre y porque no está de moda. En el pasado salté de un género a
otro, pero ahora estoy firmemente en éste y un tanto en el de las
memorias, que trabajo a ratos.
Secretos del buen cuento
-Decía Faulkner que el fin del escritor es reducir la esencia de la
vida a una frase: ¿cree que lo ha conseguido?
-Y parece que Faulkner lo logró precisamente con esa frase.
-Y Monterroso, con el cuento más breve del mundo, "Cuando despertó,
el dinosaurio todavía estaba allí", que ha dado pie a más de una
anécdota, desde la de la admiradora que "iba por la mitad" a la
de las metamorfosis sufridas por el animal. Así, Vargas Llosa, al
citarlo, lo transformó en unicornio, y Carlos Fuentes, en cocodrilo.
Aunque también ha habido quien lo ha convertido en hipopótamo,
rinoceronte y dragón, algo que divierte enormemente al escritor
guatemalteco, nacido en Honduras por azar.
Maestro del cuento breve, Monterroso explica lo de la necesaria brevedad
de la mejor manera. Obligada, en su caso, pues se trata de un relato
titulado "Brevedad": "Con frecuencia escucho elogiar la
brevedad, yo mismo me siento feliz cuando oigo repetir que lo bueno, si
breve, dos veces bueno. Sin embargo en la sátira 1, Horacio se pregunta o
hace como que le pregunta a Mecenas, por qué nadie está contento con su
condición, y el mercader envidia al soldado y el soldado al mercader.
Recuerdan ¿verdad? Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela
más en el mundo que escribir interminablemente largos textos, largos
textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas,
animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se
amen o derramen libremente su sangre sin sujeción al punto y coma, al
punto. A ese punto que en este instante me ha sido impuesto por algo más
fuerte que yo, que respeto y que odio."
-¿Cuáles son los ingredientes de un buen cuento?
-Una acción, por mínima que sea; todo lo demás son imponderables que
pueden desatar
teoría tras teoría para al final llegar a la conclusión de lo que no
sabemos.
El arte verdadero
-¿Qué cree que le dirían sus personajes si le salieran al paso, se
quejarían como en uno de sus relatos en el que los criticados visitan un
día a un Fabulista para quejarse "de él (fingiendo alegremente que
no hablaban por ellos sino por otros), sobre la base de que sus críticas
no nacían de la buena intención sino del odio. Como él estuvo de
acuerdo, se retiraron corridos"?
-Los de Pirandello se le quejaban; es probable que ningún personaje esté
contento con la forma en que se le trata. Como en la vida misma.
-Dice que un buen cuento siempre será un cuento triste: ¿Tiene razón Sábato
cuando asegura que el arte verdadero siempre es trágico?
-La mayoría de los buenos cuentos son tristes; pero el arte verdadero
nunca es trágico sino una alegría y un gozo. Por eso vamos en busca del
arte verdadero. Por qué en ocasiones nos hace llorar ya es otra cosa.
-¿Qué importancia tiene el humor en su vida y en su obra?
-La que tiene para todo el mundo. En la gran literatura siempre está el
humor, pero qué importancia tenga en una obra queda para los críticos, o
estudiosos, o simples lectores.
-Usted ha hablado del miedo a escribir: ¿cómo lo vence?
-La única manera de vencer el miedo a hacer algo es haciéndolo. En
realidad siempre he vencido el miedo a escribir pensando que luego viene
el de publicar.
Pero a veces, ni siquiera hace falta interrogar a Monterroso ni pedirle,
por ejemplo, algunos consejos para narradores primerizos. Una de sus máscaras,
el escritor Eduardo Torres, es autor de un Decálogo del escritor con doce
mandamientos "con el objeto de que cada quien escoja los que más le
acomoden, y pueda rechazar dos, al gusto", en el que se puede leer:
"Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas
duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera
sabiduría que puede acompañar a un escritor". Claro que también
proclama, con ironía: "Fórmate un público inteligente, que se
consigue más entre los ricos y poderosos. De esta manera no te faltarán
ni la comprensión ni el estímulo, que emana de esas dos únicas fuentes".
-En Los buscadores de oro recreó su infancia. ¿Habrá una segunda parte?
-Después de Los buscadores de oro me propongo una segunda parte que
contendrá mis años de adolescencia, es decir, los años formativos en
que me decidí a ser escritor y los acontecimientos que me indujeron a
actuar en la vida cívica de Guatemala, lo que me condujo a mi primer
exilio en México.
[Aunque no se considera político, se exilió de Guatemala en 1944 por su
oposición a la dictadura de Jorge Ubico Castañeda. Volvió diez años más
tarde, en un oasis democrático, pero, tras un nuevo golpe de estado y
después de recalar en Santiago de Chile, donde colaboró con Neruda,
regresó, ya para quedarse a México. Era 1956].
-Hace unas semanas, Alfredo Bryce Echenique reflexionaba sobre una expresión
acuñada por usted, "volvedera", para explicar lo que siente un
escritor hispanoamericano cuando abandona Europa: ¿por qué no explica cuáles
son sus síntomas y si se tarda mucho en reponerse?
-Nunca acuñé yo esa expresión, tal vez porque nunca viví largo tiempo
en ningún país de Europa, ni como exiliado ni como simple residente. ¿No
será más bien de mi amigo Bryce Echenique?
Un día más
-¿Cómo es un día en la vida de Augusto Monterroso?
-Es uno más en la vida de un escritor que se resiste a escribir, lee
autores clásicos lo más que puede, teme oír el timbre del teléfono,
mira las nubes, espera con impaciencia la hora de tomar un poco de vino,
se preocupa por sus hijos y sus nietos, escucha música, y disfruta
grandemente el amor y la compañía de su mujer.
-Usted apela por la brevedad en sus textos y reflexiona sobre la condición
humana a través del humor y la sátira. Sin embargo, también hay un
Monterroso de estructuras complejas, narraciones extensas, diversidad de
recursos y que habla de lo humano no sólo mediante la sátira, sino a
partir de la tristeza y el dolor. ¿Podría detallarnos cuál ha sidosu
evolución?
-Empezaré por lo último. En ese, o en todos esos aspectos, no siento que
haya habido una evolución. Ha habido, sí, cambios en cuanto a la forma
de mis cuentos y textos en general; pero creo que ese humor y ese dolor de
que me habla han estado siempre presentes desde que comencé a escribir,
es decir, desde que mi relación con los demás me enseñó cuánto de
ambos elementos había, y hay, en quienes me rodeaban y en mí mismo. Por
otra parte, literariamente hablando, en la búsqueda de la no repetición
de estilos y formas, o de una mayor profundidad, creo que efectivamente he
llegado a ciertas complejidades estilísticas y de sentido de que la crítica
no se ha ocupado hasta ahora, quizá distraída por la brevedad y la
concisión como virtudes que me hace el favor de señalarme.
-Cada nuevo libro de Augusto Monterroso, por lo que tiene de tradición y
de ruptura o de tradición de la ruptura, invita a una redefinición de su
escritura. ¿En qué punto se encuentra ahora?
-Me encuentro, a estas alturas, en el mismo punto en que empecé: en el
punto de la duda de cómo será lo que venga en cuanto a forma, intención
y significado. No he experimentado nunca la sensación de saber cómo se
hace un cuento o un ensayo, y tal vez por eso me he atrevido a decir que
la experiencia literaria no existe. Esto puede ser duro para el escritor;
pero quizá bueno para la literatura.
El Cultural,
30 de diciembre de 2002
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