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di Mariella Moresco Fornasier
Palabras que no dan vida, matan (Augusto Monterroso) (4 marzo 2003) La tradición oral en "Fugas y socavones " (18 febbraio 2003) L'ultimo saluto ad Augusto Monterroso (11 febbraio 2003) Las plagas secretas y otros cuentos de Juan Manuel Roca (4 febbraio 2003) Las obras completas del argentino Julio Cortázar se editan a partir de noviembre (4 febbr. 2003)
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Palabras que no dan vida, matanAugusto Monterroso (1921-2003)
La muerte del pequeño gran oveja dinosaurio tomó a todos los Cronopios por sorpresa. Tanto, que bien sabemos que aún estará aquí. Por eso llegan textos reveladores y oportunos, como este del Cronopio editor del Dominical de El Universal de Cartagena. Por David Lara Ramos
La
frase del poeta Vicente Huidobro: “Adjetivo
que no da vida, mata”, para referirse a su uso excesivo en algunos
textos literarios, podría
transformase, en el ideario de Augusto Monterroso en: “Palabras
que no dan vida, matan”. Si
bien su legado, luego de su partida —7 de febrero de 2003— es su obra,
las teorías y comentarios sobre la escritura breve quedarán como el
ejemplo de un creador que removió cientos de palabras para resucitar un
texto. Supo
que entre menos, mejor. Que el verdadero disfrute,
luego de escribir, estaba en prescindir de las palabras que
sepultaban una historia. Tenía
vocación de podador, cirujano, peluquero, talador o reductor, y, a pesar
de haber escrito ensayos extensos, reservó para sus relatos la brevedad. Quería
establecer una comunicación
telepática con los lectores y lograr el efecto deseado: cautivar. Pero...
¿por qué lo hacía? ¿Por qué despreciar una argumentación más
amplia? ¿Por qué no usar la retórica para convencer? El
periodista y escritor argentino, Mempo Giardinelli, le pregunta: —¿Qué
es lo que más valoras en la prosa? ¿Qué prefieres: concisión o
precisión? —De
la claridad —contesta
Monterroso—, la firmeza, la
precisión (que viene a ser lo mismo que la concisión), no se desprende
necesariamente la brevedad. Considero la brevedad no como un término de
la retórica, sino de la buena educación. Uno
no debe ocupar mucho la atención de la gente, ni recargar su memoria con
detalles inútiles”. Asumió su papel de escritor de relatos cortos por educado. Un hombre parco, silencioso. Despreciaba las entrevistas, las cámaras de televisión y las invitaciones sociales, prefería pasar desapercibido, incógnito y hacer lo que más le gustaba: observar la realidad y escudriñar en la naturaleza humana. En el cuento El mono que quiso ser escritor satírico traza algunos de sus propios rasgos: “Estudió mucho, pero pronto se dio cuenta de que para ser escritor satírico le faltaba conocer a la gente y se aplicó a visitar a todos y a ir a los cocteles y a observarlos por el rabo del ojo mientras estaban distraídos con la copa en la mano. “Así llegó el momento en que entre los animales era el más experto conocedor de la naturaleza humana, sin que se le escapara nada...” Dejémoslo allí, para decir que su respeto hacia el oficio, provenía también del valor que daba a sus lectores: “Les tengo un gran amor, me conmueven, me hacen sentir solidarios con sus males y hasta con sus vicios”, explicó a la agencia Reuter, al cumplir sus 80 años.Monterroso nació en Tegucigalpa, Honduras, el 21 de diciembre de 1921. A la edad de cinco años, su familia se estableció en Guatemala. Un hecho curioso en su vida. En 1937, consigue trabajo en una carnicería y su jefe, de nombre Antonio Sáenz, lo estimula a leer los clásicos, en especial los españoles. Lecturas que siempre agradeció: “Mi relación con España ha sido muy grande: espiritual y físicamente. Nací en el seno de una familia en la que todo lo español estaba muy vivo. En mi familia se recibían revistas españolas, se leía a autores españoles y se admiraba a cupletistas y toreros. Todo lo que venía de España repercutía en nuestra vida, y principalmente en la de mi padre, periodista, fundador de revistas culturales y sobre todo gran bohemio. Luego, mi formación como escritor comenzó cuando me di cuenta de que debía conocer el español, los antecedentes de la literatura en español. Entonces me dediqué durante varios años a la lectura de los clásicos del Siglo de Oro en la Biblioteca Nacional de Guatemala. Ahí leí mucho a Cervantes, Quevedo, y leía a Gracián en sus primeras ediciones. Era lo que tenía en ese momento, fue una relación literaria muy profunda con España e influyó en mi formación”. Vivió en Guatemala hasta 1944, año en que se fue al exilio, perseguido por la dictadura de Jorge Ubico. Fue uno de los firmantes del denominado Manifiesto de los 311, donde se pedía la renuncia del dictador.México fue su siguiente destino. Allí conoció a uno de sus grandes amigos. Con él compartió su pasión por la lectura y el oficio creativo: Juan Rulfo. “Con
Rulfo tuve una larga y fraternal amistad, desde mucho antes de que
publicara sus libros, vale decir, desde cuando ambos éramos aprendices de
escritores. No hablábamos mucho de literatura porque nuestros gustos y
nuestras lecturas eran muy diferentes. Mientras yo leía a Plutarco o a
Góngora él leía novelas de autores escandinavos que yo no podía
seguir, ocupado como estaba con Cervantes, Flaubert, Gogol, Swift o
Melville. Pero en cambio hablábamos de la materia prima de que están
hechos los cuentos y las novelas: la gente, que le interesaba sobremanera,
y hablaba siempre de ella, a veces con ternura, pero por lo general, con
cierta acritud. Sí; hubo también bastante alcohol compartido, la verdad
que no mucho más que con otros amigos; pero con él, no en forma de
parranda bulliciosa y multitudinaria, sino más bien un tanto taciturna,
en conversaciones personales que se prolongaban hasta altas horas de la
noche”. Juan
y Augusto eran amigos en la obsesión por depurar un texto, pero en
especial se caracterizaban por el pudor
que les producía sacar sus creaciones a luz. “Juan
era también un hombre que cuidaba enormemente sus textos. Fue sumamente
sobrio para publicar, y yo lo quise imitar en eso, pero nunca pude
conformarme, es decir llegar a esos extremos tan grandes de publicar dos
libros centrales. Entiendo que eso puede ser, pero la calidad de Juan
Rulfo es muy superior y en esa contención para publicar y en esa calidad
me hubiera gustado poder imitarlo mucho más”. Augusto
Monterroso fue un escritor de experiencias. A pesar de no poseer título
alguno, siempre afirmó que una mesera de café, una prostituta o un
gobernante, podían enseñar más de la vida que lo que se estudia en el
colegio. Para
escribir, le bastaba su Decálogo
del escritor,
que en realidad son doce. Al final, da la opción para borrar
dos. Queremos
resaltar el cuarto:
“Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que
con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás
escribas nada con cincuenta palabras”.
Y
el noveno:
“Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero
no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba
la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor”. Los
últimos años de su vida, Monterroso los dedicó a la enseñanza, pero
también al dibujo, actividad que desarrollaba con la gracia de un niño. La
noche del 7 de febrero de 2003 su corazón se detuvo. El hombre del relato
corto, de la palabra precisa y la mirada sarcástica había partido. Siempre afirmó que al ser humano le gustaba dar consejos y recibirlos, pero lo que en realidad prefería era no hacerles caso. Ahí nos quedan los suyos.
Cronopios – Agencia de Prensa cronopios@cable.net.co |
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"Fue un gran hombre y un gran escritor. Todo lo que diga, está de más". Queste le brevi parole di commemorazione di Gabriel García Márquez, arrivato insieme a molti altri scrittori ed intellettuali latinoamericani a rendere l'ultimo omaggio a "Tito", l'ottantunenne scrittore guatemalteco scomparso giovedì 6 febbraio a Città del Messico. La sua prosa fu caratterizzata da uno stile inconfondibilmente sintetico, pieno di humor e paradossi. "Tito fue un escritor muy particular, sobre todo por escribir por lo general cuentos breves, pero cargados de ironía" ha detto la sua vedova, la scrittrice messicana Bárbara Jacobs. Al suo più celebre racconto, definito "il più corto della storia della letteratura", di sole sette parole, "El Dinosaurio" (v.Augusto Monterroso . Pequeño gran dinosaurio), era ispirato un omaggio singolare posto sul suo feretro, un piccolo dinosauro di pezza. Tra
i suoi ironici paradossi può essere annoverata questa sua frase, detta
nel corso di una intervista:"Yo, para descansar de la literatura, me meto en la literatura, no me queda otro remedio".
(v. A. Monterroso: "No sé cómo se hace un cuento" - El eclipse - Homenaje al escritor: Y Monterroso aún estaba ahí )
[S.d.F.] 10 febbraio 2003
Escritor guatemalteco aunque nació en Tegucigalpa, capital de Honduras y desde 1944 fijó su residencia habitual en México, país al que se trasladó por motivos políticos. Desde muy joven Augusto Monterroso se implicó en la actividad política de su país, que compaginó con la temprana actividad en el campo de la literatura. Ya había publicado algunos relatos cuando participó en la fundación de la revista Acento, que sería uno de los núcleos intelectuales más inquietos de Guatemala en una época de incesantes convulsiones sociales: la controvertida presidencia del liberal Jorge Ubico Castañeda, los alzamientos populares de 1944, sucesivos cuartelazos y la omnipresencia en todos los órdenes de la vida nacional de la compañía estadounidense United Fruit Company, son algunos de los episodios más representativos de este periodo. En el exilio, Augusto Monterroso comienza a publicar sus textos a partir de 1959, cuando entregó a la imprenta Obras completas (y otros cuentos), colección de historias donde ya se prefiguran los rasgos fundamentales de lo que será su personalísima narrativa. Una prosa concisa, sencilla, accesible, donde siempre late la conciencia de los grandes hitos de la literatura y una abierta inclinación hacia la parodia, la fábula y el ensayo, sienta los cimientos de un universo inquietante, cuyo idioma oficial oscilaría entre el nonsense, el humor negro y la paradoja. Otros títulos de su producción, signada siempre por la brevedad, son: La oveja negra y demás fábulas (1969), Movimiento perpetuo (1972) o la novela Lo demás es silencio (1978), donde da vida al heterónimo Eduardo Torres. También inclasificables, aunque más próximos al área de la reflexión literaria, no exenta de creatividad y fantasía, son los textos: La letra e: fragmentos de un diario (1987), Viaje al centro de la fábula (conversaciones, 1981) o La palabra mágica (1983). Su composición Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí está considerada como el relato más breve de la literatura universal. Ha sido galardonado con el premio Villaurrutia en 1975 y en 1988 con la condecoración del Águila Azteca. En 1996, año en que dio por concluido su exilio, se le otorgó el Premio Juan Rulfo de narrativa y reunió en el volumen Cuentos, fábulas y lo demás es silencio el conjunto de su obra de ficción. Actuó además como intermediario en las negociaciones de paz entabladas entre el Gobierno y la guerrilla revolucionaria de su país.
(De: Enciclopedia Microsoft(R) Encarta(R) 98. (c) 1993-1997 Microsoft Corporation.) Fuente: Universidad de Chile |
Las plagas secretas y otros cuentos de Juan Manuel Roca
Maravillosos destinos los de los libros. Tiempos después de publicados, como en el caso de los cuentos de Roca, tan admirados y aplaudidos, otro poeta se maravilla y regodea en ellos como quien da las gracias al espejo.
por Juan Francisco Remolina Caviedes
Parodiando
con Las Armas Secretas de Julio
Cortázar, Juan Manuel Roca, agujereador del agua, intenta sembrar no solo
rosas y espinas sobre la piel de los ríos: también juega a ser amanuense
del diablo, pues como él mismo dijera... el
diablo ama los oficios inútiles, sacando de su sombrero de palabras Las
plagas secretas y otros cuentos,
aparición que le ha merecido el Premio Nacional de Cuento publicado
por la Editorial Universidad de Antioquia. Pero, aunque el diablo hace
mucho tiempo abandonó los estanques de los potreros, ubicados en las
afueras de las toscas ciudades capitalinas, Juan Manuel vuelve incesante
sobre su propia sombra y con su maleta de seres recortados a contraluz se
enfrenta con su mayor dilema, su mayor reto: reemplazar al hierático señor
de las tinieblas.
Desde
que conocí esos mundos fantásticos, esas ciudades perdidas, esas
tertulias de ausentes, adosados todos y todas contra un muro leproso de
tiempo y memoria, Roca fungía de demiurgo y prestidigitador. Muchas
noches lo vi salir de parranda con el mismo diablo, se escapaban cogidos
de la mano, como amantes sigilosos que se escudan en las sombras para
estrenar sus dagas. Los mejores pases mágicos los aprendió en una y otra
noche de soberbia borrachera, se hizo maestro de los calendarios
perforados, con mágica fluidez clavó luz en ojos invidentes, preparó
los calderos del infierno para inaugurar la eterna danza iniciática de
los herederos del verbo, ajustó las riendas de su cuerpo y arremetió
contra sí mismo, siendo exiliado de lo que nunca tuvo: patria y dios.
La
infidelidad es una rareza exquisita, fruta prohibida de los dioses y del
hombre, mango chupado y
jugoso de imposible no-deseo que un día encontró servido mi amigo Juan
Manuel sobre la mesa. Una noche extraña de un año olvidado, picado de
insomnio y aventura, Juan, posiblemente, atravesó el pequeño espacio que
lo separaba de su máquina vieja, aguantó el devaneo de sus dedos sobre
las goteantes teclas y procuró infidelidad contra su milenario íncubo-súcubo.
Aparecieron en la palestra dos señores de aire húmedo y rugoso, uno
tirado en mitad de la noche y de la calle, apellido Ferguson, con cuchillo
enterrado no se sabe si en el pecho; el asesino: mister Graziano.
Necesitaba Roca aventurarse en otro roce de manos y de amores misteriosos,
de otra magia, de otras sábanas más tibias, más sensuales al roce de
los dedos y sin temor en su página se escribió El
Hombre que buscaba su sonrisa, pero su antigua forma de entregarse era
evidente y predecible a la vez, el súcubo,
limpiándose los labios, lo rumoraba mordisqueándole la oreja izquierda.
Alguien cuenta, luego de verlo más de dos semanas con los colores desteñidos
contra su rostro, que la preocupación del barrio pasó de puerta en
puerta, de ventana en ventana y así mismo toda una manzana fue testigo
durante muchas noches de altisonantes quejidos provenientes de su tímida
buhardilla de trabajo. El diablo lo había descubierto y por lo tanto
también lo había abandonado.
No
pudo hablar de un paisaje sencillo y misterioso sin la sórdida influencia
de los colores fétidos, de los olores ácidos. La palabra silencio nunca
más se descolgó de su paraguas, lo obligaba a abrirlo sin atisbo alguno
de lluvia. Éste paisa volvió a encerrarse en sí mismo, quería andar el
camino de los íncubos y los súcubos
por separado, quería volverse uno solo dentro de sí, ser un nuevo luzbel
en la trastienda de los libreros, encontrar con sus propias manos el
elixir de un silencio de una gota, ser el dueño de las estaciones
perdidas, confabularse contra el mismo
Dios para inventarse un tiempo y un mundo donde fueran posibles el
puñal y la sangre sin el filo, donde seres de cabezas emplumadas
volvieran del futuro con sus motocicletas a cuestas, donde el miedo y la
burla se hicieran tan reales, que el espía al otro lado de las letras,
tuviese hormigas en lugar de nervios y un vómito afelpado en lugar de
carcajadas. Y de ahí ese roce afrancesado de alas góticas, comido de sueños
desdibujados que más parecen una pintura abandonada a mitad de la calle
cuando el tráfico marca la hora pico en la ciudad.
Para
Roca bastaba concebir la apariencia de Satán, sobretodo en época de
carnaval, y el fuego cruzado de rosas y pistilos aparejaba el dintel de
los altos campanarios, manos sensibles y sensibleras
abarataban el tañido que convocaba a misa de siete y treinta,
aparecían las señoras con sombreros de ala ancha bandoneándose entre
atrios y plazas desvaídas, viudos con traje de leva acantonando ‘el
libro de agradecimientos a los dioses tutelares del escritor’ y
vociferando el fin del mundo, llamando al arrepentimiento. No era Roca
quien insistía en llevar capa roja y cola de cerdo, eran sus cómplices
señoras con manos de aire, las que siempre acostumbraban tejer vestidos
especiales para ocasiones especiales, como éstas y aquellas; eran ellas
quienes le obligaban a usar calzón de seda en las noches sabáticas y
compraban Tres en Uno para dar
un brillo argentado a las puntas del tridente. Traje de luces, a la hora
de las tinieblas.
Sin
embargo, añora la presencia del maligno, extraña el ronroneo contra la
almohada, a menudo se sorprende desnudo y sudoroso en mitad de la noche,
envuelto en pátina y esperma, haciéndose marchito en sus dedos y deletéreo
en las páginas que escupe. Desde que el cuento abriga sus fiebres, Juan
Manuel es otro y quiere ser otro, pero Luzbel ya no le acompaña, ya no es
su amante, y cómo lo extraño.
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