Latinoamerica-online

Cultura, Società e Il Mondo dei Caraibi

Letteratura e lingua

 

di Mariella Moresco Fornasier

 

 

 

 

 

 

 

Los cuentos eróticos de mi abuela     (8 luglio 2003)

 

Boleros en La Habana   (1 luglio 2003)

 

Los cuentos eróticos de mi abuela

  

(de Robert Antoni, narrativa, Anagrama, Barcelona, 2002, traducción de J. Zulaika)  

Texto y foto - María José Furió Sancho

Quien conozca un poco al escritor Robert Antoni (Trinidad, Bahamas, 1958) sabrá que es un hombre de aspecto sosegado, ojos oscuros muy vivos, a quien su castellano algo dubitativo hace poco aficionado a los largos discursos. Si ha asistido a alguna lectura de cualquiera de sus tres novelas, sabrá también que tan pronto arranca a leer sufre una transformación asombrosa. Una voz no oída hasta entonces brota de su garganta y va modelando todo un coro de personajes que se atropellan con su historia reivindicando el protagonismo. La energía de todos y cada uno de ellos se transmite a la fisionomía de Antoni, que parece dejar que su cuerpo y su voz sean la correa de transmisión de un mundo desbordante de sensualidad, humor, exotismo y misterio caribeños. Cuando termina la lectura y este ex profesor de Escritura Creativa en la Univ. de Miami recupera la tranquila expresión de la cara, animada por un rescoldo interrogante en los ojos, el auditorio lanza un suspiro de alivio pero la duda se incrusta: ¿han presenciado la performance de un estupendo actor o el trance de un poseído por los mil demonios de la isla de Trinidad?

           

            --Cuando tengo la voz, tengo el personaje, tengo la novela --dice Antoni, con la voz apagada por el constipado que esta tarde de diciembre le fastidia y provoca en cualquiera añoranza del Caribe.  

 

            --¿Cómo encontraste la voz de la abuela de Los cuentos eróticos? 

 

            --Viene de mis recuerdos de infancia, cuando pasábamos las vacaciones en Trinidad y ella nos contaba esas historias de la isla, que luego he recuperado en los cuentos, buscando sus palabras, su música. Mi abuela era como aparece en el libro. En la segunda guerra mundial, una viuda joven nacida en Venezuela, que tiene que criar a ocho hijos; era la dueña de una plantación de cacao, pero llegaron los americanos y dijeron que le confiscaban la propiedad y que ya le pagarían al terminar la guerra. Con la base militar, la isla se convirtió en una casa de putas y para que los soldados que se alojaban en su finca no se fuesen al burdel después de cenar, ella los retenía con sus cuentos...  

            --Picantes.  

            --¡Muy picantes! Si no, se marchaban.  

            --Desde el principio se ha dicho que tu obra, en especial Divina Trace, recoge la influencia de García Márquez, de Joyce, de Faulkner. Son autores antiautoritarios, tanto en sus contenidos como en dónde se sitúa el narrador respecto a lo que relata.  

            --García Márquez es muy importante para mí, el realismo mágico, es muy evidente en la primera novela. Pero se trata de un reconocimiento al revés. Mi abuela contaba sus historias con ese estilo de García Márquez, leer a García Márquez fue reconocer la tradición de mi abuela. ¿Faulkner?, se refieren a que la isla de Corpus Christi es un territorio literario; además, la estructura de Blessed is the fruit se resume en el diálogo de la señora blanca y la criada negra, así que hay algún rastro claro de él, y Joyce, por el trabajo con el inglés, inventar palabras, todo eso.  

            Robert Antoni no agota la nómina de las influencias, está más interesado en hablar de los argumentos y mitos de la isla que de la carpintería de sus  novelas.  

            --Cuando empecé a escribir, quería contarlo ¡todo! Yo quería hacer lo contrario que los escritores de la generación de 1950, con V.S. Naipul a la cabeza, los grandes autores de Trinidad. Ellos escriben en inglés y luego intercalan palabras del dialecto de Trinidad, pero las ponen entre comillas. Siempre miran hacia Inglaterra, dicen que quieren construir una tradición literaria seria de la isla, pero están mirando hacia la metrópolis. Desde el principio quise narrar desde dentro de la isla, por eso en mis libros los dialectos y el inglés están al mismo nivel, sin signos de puntuación que los separen. Pero, además, mi abuela hablaba así, mezclando el español, el inglés y el criollo. Quiero reproducir el lenguaje, los mitos de Trinidad. Me han reprochado algunas veces que escriba de Trinidad sin ser negro... No saben que una rama de mi familia es de raza negra... Y esos personajes están ya en la primera novela, está Barto, está Magdalena. Pero también está el mono que habla, es el folklore de la isla, son mitos muy antiguos, anteriores a la llegada de los españoles, que conectan con las mitologías hindúes del Ramayana, transplantadas por los indios que llegaron para trabajar y terminaron quedándose porque ya habían echado raíces.  

            --Divina Trace presentaba una estructura muy elaborada con secciones simétricas siguiendo un orden estricto. En Blessed is the fruit dos voces se alternaban en la narración. En Los cuentos... ya no hay estructuras complicadas.  

            --Los cuentos son un divertimento. Las dos primeras novelas eran más densas y arriesgadas formalmente. Cada cuento está relacionado como las islas del archipiélago de Bahamas. Puedes leerlos independientemente pero, a la vez, conforman una novela con el argumento de la presencia de los americanos en la isla.  

            --En estos cuentos revives el mito de la isla feliz, que es una parábola de la infancia, y relatas una lucha festiva contra los colonizadores. Los cuentos de la abuela son ritos de iniciación para Johnny...  

            --Sí, y también mi manera de reivindicar la tradición oral de la literatura caribeña.  

            --Parece que te exigen que el compromiso político con la situación de Trinidad esté en primera línea. El episodio final, cuando la abuela sabotea el triunfo de los nazis y lo hace cambiando una sola palabra, es irónicamente político. Ella se convierte en el centro del mundo, desde esa isla insignificante salva a la humanidad.  

            --Los cuentos son muy antimilitaristas, ¡y antiamericanos! Se cuenta lo que hicieron en la isla, pero se lo está contando a un niño, así que es más importante la historia de la iguana y del coronel Kentucky y del rey de Chacachacari y la verdadera historia de Eldorado. También es algo ambivalente porque al final la abuela les dice “vosotros os vais y nosotros nos quedamos, sin dinero”, etc.  

            --Al niño y a los soldados lo que más les divierte es todo lo escatológico, y lo erótico.  

            --Eso es muy caribeño. En el Caribe están más cerca de la tierra, de la naturaleza, por eso hablan más libremente del sexo y de lo “guarro”.  

            --Tu primera publicación en Estados Unidos coincidió con la moda de reivindicar las literaturas de los sectores marginados: minorías étnicas, mujeres y homosexuales. Entonces dabas clase en la Universidad de Miami, donde esas corrientes de reivindicación habían llegado ya a todos los departamentos de Letras. ¿Ayudó esa moda a que se te prestara más atención?  

            --Un poco sí, pero la moda también hizo que se entendieran unos aspectos y otros no. Se crean muchos malentendidos, porque entonces te encajan una etiqueta. Y estás dentro de esa etiqueta, yo lo estoy. Pero luego vienen las sopresas porque ahora estoy escribiendo una versión de una novela de Hemingway, una parodia de Fiesta. Hemingway está considerado políticamente incorrecto, por machista, etc.  

            --¿Cómo se titula esa novela?  

            --¡Carnaval! Es un regreso a sus orígenes caribeños de dos personajes. El París de Hemingway se convierte en Nueva York en mi novela, porque Nueva York ha sustituido a París como “la Ciudad”. Hago una crítica del machismo pero es también la primera vez en que el ochenta por cien del libro está escrito en inglés puro. Es lo que más me cuesta: no esconderme detrás de voces caribeñas. Pero tenía que hacerlo, escribir en inglés, porque creo que, por encima de las influencias de Joyce, de Faulkner, de todo lo que los escritores americanos podamos reconocer, toda la literatura moderna de Estados Unidos parte de Hemingway. A él le debemos todo.

 

 

Robert Antoni es autor de las novelas Divina Trace (1992, Premio de la Commonweatlh a la mejor primera novela), Blessed is the Fruit (1997) y los relatos de A grandmother’s Erotic Folktales (2001), que ha sido traducido a varias lenguas incluido el español (Anagrama, 2002). Hasta 2001 fue profesor de Literatura y Escritura Creativa en la Universidad de Miami, abandonando la cátedra para dedicarse exclusivamente a escribir.

LATERAL - febrero 2003   www.lateral-ed.es

Boleros en La Habana

 

Enrique Lopez Oliva       monitorhavana@enet.cu

 

Coincidiendo con el Festival del Bolero en La Habana, se publicó por la Editorial “Garzanti”, de Milán,  la novela policiáca “Boleros en La Habana”, del escritor chileno Roberto Ampuero, nacido en Valparaíso en 1953, quien vivió varios años en Cuba, en la década de los setenta, y actualmente reside en los EE.UU. 

Ampuero declaró durante una entrevista en Roma a éste corresponsal: “Yo no puedo entrar a Cuba por las novelas que he escrito sobre Cuba, por las declaraciones, por las columnas que he escrito sobre Cuba, exigiendo fundamentalmente elecciones libres, sin exclusiones, para todos los cubanos. Pero si bien yo no puedo entrar en Cuba,  mis obras circulan por Cuba, mis libros son leídos por cubanos”.

El novelista chileno expresó que había estudiado Literatura en la Universidad de La Habana, de 1974 a 1979, y después de Cuba viajó a Alemania Oriental y Occidental, donde vivió más de quince años. Posteriormente vivió en Suecia y actualmente hace un doctorado en la Universidad de Ohio, en EE.UU.

Ha publicado entre otros libros: “?Quién mató a Cristian Kusterman?”, en 1993, que obtuvo el  prestigioso Premio de Novela de el periódico “El Mercurio”, de Santiago de Chile, cuyo jurado estaba integrado por los prestigiosos intelectuales chilenos: Ana María Larraín, José Donoso y Jorge Edwards, autor este último de la obra “Cuba Non grata”, dedicada al “caso Padilla”, poeta cubano muerto hace poco tiempo en el exilio y acusado por las autoridades cubanas de haberse dejado instrumentar por “los enemigos de la revolución”, acusación que le provocó un  juicio público, donde resultaron implicados conocidos intelectuales cubanos. 

Otras obras de Ampuero son: “Un canguro en Bernau” (1983)-una colección de relatos- y las novelas: “La guerra de los duraznos” (1982), “El alemán de Atacama” (1996) y “Cita en el azul profundo” (2001), y  la colección de cuentos “El hombre golondrina” (1995). En el dos mil, publicó una novela-autobiográfica  “Nuestros años verde-olivo”, donde recoge su experiencia en La Habana.  

Manifestó al Corresponsal que “Boleros en La Habana” pertenece a una serie de novelas del detective cubano Cayetano Brulé que vive en Chile, y que inicia numerosas investigaciones que lo llevan a diversas partes del mundo. “Trataba de ver –dijo- el mundo, la América Latina, los EE.UU., desde la perspectiva de un cubano, nutrido también por la experiencia chilena, de alguna forma nutrido por mi propia experiencia”.

Reveló Ampuero que algunos personajes de sus novelas son personajes alimentados por varios personajes de la vida real, “en otras razones, porque Cuba me pareció siempre, una especie de ficción, una cosa irreal, a menudo por las situaciones que priman allá. En ‘Boleros en La Habana” hay un poeta que es una mezcla entre Raúl Rivero (periodista condenado recientemente a 20 años de prisión, juzgado junto a otros 74 opositores políticos) y Heberto Padilla, personajes que me dejaron  una huella muy profunda”.

Las novelas del chileno Ampuero  no se pueden adquirir en las librerías cubanas, pese a lo cual es una de las obras más leídas en La Habana por estos días- existen listas de espera para leer los pocos ejemplares que han podido entrar en la isla-, tiene el atractivo de lo prohibido, en los momentos en que el bolero vuelve a ser centro, si lo dejó de ser alguna vez, de la vida de los cubanos. No hay un cubano que no haya cantado alguna vez un bolero, o un “bolerón” , como aquí se le dice, aunque fuera en la ducha.

“Boleros en La Habana” se inicia con un capítulo titulado: “Soy el cantante del amor”,  una definición de los cantantes de boleros, con fragmentos del bolero: “Con los años que me quedan”, de los cubanos residentes en Miami, segunda ciudad del mundo con mayor población cubana, Gloria y Emilio Estefan.

“Con los años me quedan

yo viviré para darte mi amor (...)”.

Ampuero terminó su novela en Gran Caimán, en 1994. ¿Cuándo se podrá publicar en Cuba?: nadie lo sabe. Mientras tanto, seguiremos escuchando boleros.

(vease XVII  Festival Boleros de Oro)

La Habana, 29 de junio de 2003

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Ass. Cult. IMAGO MUNDI

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