El recurso
del supremo patriarca
[La
Casa de las Américas editara los títulos Hijo de Hombre; Poesías Reunidas y Cuentos completos
del gran escritor paraguayo Augusto Roa Bastos.
"Augusto Roa Bastos es partícipe
de la tendencia literaria hispanoamericana reconocida como -realismo mágico-y
ha quedado insertado junto con Carpentier, García Márquez y otros, en el
grupo de escritores que ha tratado el tema de las crueles represiones que
han sufrido los pueblos de América del Sur. Hijo de hombre, la primera de
su producción y, según él mismo la que más quiere, plasma el mundo trágico
del hombre paraguayo durante el período de la dictadura de José Gaspar
Rodríguez de Francia. Con el estilo periodístico del autor, la novela
muestra el cuadro sombrío de la pobreza provocada por el abuso del poder,
para ofrecernos una realidad matizada por la imaginación más cruda y
delirante, que convierte al lector en testigo real de su anécdota. Es una
novela de lectura obligada para quienes aman la dignidad humana.
Augusto Roa Bastos nació en
Paraguay, en l917. Es un escritor de amplio espectro, se dio a conocer por
El ruiseñor de la aurora y otros poemas (1942). Poeta, periodista,
dramaturgo y guionista de cine, merecedor del premio Fellow of British
Council (1944) y el Premio Cervantes de la Literatura ( 1989), entre otros,
es autor de títulos tan conocidos como: El trueno entre las hojas (1953),
Yo, el supremo (1957), El sonámbulo (1976), Vigilia del Almirante (1992)
y Madama Sui (1996). La poesía fue su primera vocación, la que luego
quedaría al margen de su obra narrativa, sin embargo en 1983 durante una
entrevista para una revista española reveló que nunca había dejado de
escribir poesías -porque me sigue presionando el más importante de los
géneros,
sin duda alguna, y lo seguirá siendo-.."
Angela
Oramas Camero - Boletin Cubarte
Año 3 Número 37, 29 de Agosto del 2003]
Mario Benedetti
Uno de los más evidentes méritos de Roa ha sido no caer en el primario
sectarismo de algunos historiadores, que satanizan o angelizan a las
figuras de cierta dimensión temporal. El novelista paraguayo pone sobre
el tapete los datos de que dispone, y sobre esos datos monta su aparato
imaginativo.
(…)
En el primer cotejo quien sale extraordinariamente favorecido es Augusto
Roa Bastos, ya que el saldo cualitativo que va de su obra anterior (por
cierto muy estimable, en especial la novela Hijo de hombre) a Yo,
el Supremo, es sencillamente notable. De ser un buen novelista local,
este paraguayo se eleva ahora (entre otras cosas, por haber profundizado
en su esencia y raigambres nacionales) a la categoría de un escritor
latinoamericano de primerísimo rango.
Aunque el juicio pueda parecer irreverente, estimo que, desde Pedro Páramo,
la excelente narrativa latinoamericana no producía una obra tan original
e inexpugnable como Yo, el Supremo. En ese lapso se publicaron por
lo menos diez o doce grandes novelas, notables en algunos casos por su
nivel estrictamente literario, en otros por la oportunidad del tema o el
carácter testimonial, y entre otros más por su propuesta experimental.
Pero quizá ninguna como la de Roa sea a la vez un excepcional logro
literario, un testimonio apasionante y una obra de vanguardia.
Me atrevo a decir que Yo, el Supremo pasará a integrar la todavía
magra lista de nuestros clásicos, siempre que concedamos a esta palabra
sus connotaciones de obra maestra, garantizada permanencia, solidez
estructural y expresión artística de todo un pueblo.
(…)
Tampoco en Roa Bastos había sido el humor un recurso primordial de sus
narraciones anteriores. Ahora, en Yo, el Supremo, sin llegar a
constituir una primera prioridad, el humor es, sin embargo, un elemento
esencial que el autor pone al servicio de su tarea mayor: el tratamiento
(y desecación) del mito del poder absoluto. En medio de ese colosal fárrago
de ideas y delirios que es el gran monólogo del Supremo, Roa apela a un
humor que es creación verbal: «almastronomí», «panzancho»,
green-go-hom», «clerigallos», «historias de entretén-y-miento», «uno
rasga la delgada terita himen-óptera», «contra la cadaverina no hay
resurrectina», etc., son apenas algunas de las incontables invenciones
verbales, solo comparables a las que Joyce primero, y Guimaraes Rosa después,
incorporaron al consumo literario. Pero el humor del Supremo es sobre todo
imparable escarnio. Su monumental discurso eleva de pronto el libelo a la
categoría de obra maestra. Pocas veces se ha visto en la literatura
universal, y menos aún en la latinoamericana, un manejo tan artísticamente
logrado del agravio, el sarcasmo y la blasfemia.
Quizá la clave de esta proposición, que también es estética, la haya
encontrado la hispanista británica Jean Franco, quien al comentar la
novela, señala que «el purgatorio del dictador es que solo vive en el
lenguaje de los otros, de modo que aun su autojustificación es apenas una
respuesta a las acusaciones». Ese carácter de respuesta es probablemente
el que mejor explica el rencor de la invectiva. Testigos verídicos, pero
también cronistas semiveraces y hasta calumniosos, sembraron la historia
paraguaya y las notas viajeras de contradictorias imágenes del doctor
Francia, el Supremo.
El propósito de Roa Bastos consta en una entrevista que concedió en
Lima: «Yo creo que la manera de leer la Historia exige una serie de
exploraciones nuevas a cada lectura [...] Creo que la Historia está
compuesta por procesos y lo que importa en ellos son las estructuras
significativas: para encontrarlas, hay que cavar muy hondo y a veces hay
que ir contra la Historia misma. Eso es lo que yo he intentado hacer y es
lo que más me costó en la elaboración del texto: este duelo, un poco a
muerte, con las constancias documentales, para que sin destruir o anular
del todo los referentes históricos, pudiera, sí, limpiarlos de las
adherencias que van acumulando sobre ellos las crónicas, a veces hechas
con buena voluntad pero con mucha ceguera.»
La del autor es, por lo tanto, una doble faena: rehacer de alguna manera
la verdadera historia, y otorgar a la reconstrucción una dimensión
rigurosamente novelesca. La hazaña de Roa es haber triunfado sobre el
desafío que él mismo se impuso.
Es interesante releer ahora unas reveladoras palabras del
protagonista-testigo de Hijo de hombre, la anterior novela de Roa:
«Mi testimonio no sirve más que a medias. Ahora mismo, mientras escribo
estos recuerdos, siento que a la inocencia, a los asombros de mi infancia,
se mezclan mis traiciones y olvidos de hombre, las repetidas muertes de mi
vida. No estoy reviviendo estos recuerdos, tal vez los estoy expiando».
¿No podría ser esta una adecuada síntesis del gigantesco monólogo del
Supremo? ¿Qué cosa es esta novela sino una Gran Expiación, un largo y
pormenorizado recorrido por las repetidas muertes de una vida? De los tres
grandes personajes que considero en este trabajo, el Supremo me parece la
única figura (a pesar de los rasgos de oscuro humor antes señalados) que
tiene una indudable dimensión trágica. Más que la influencia de otros
novelistas, del pasado o del presente, veo aquí la presencia de los
grandes trágicos griegos.
Con sus contradicciones, con su sentido absoluto del poder, con sus
constantes desafíos al destino, el Supremo podría haber sido un
personaje de Esquilo o de Sófocles. Y hasta ese retorcido escriba Patiño
(a quien podría aplicarse sin desperdicio el retruécano que, en la
novela de Carpentier, consagra Ofelia a Peralta, el amanuense del Primer
Magistrado, cuando este lo llama «Maquiavelo de bolsillo» y ella retruca:
«Ni eso: si acaso el bolsillo de Maquiavelo») cumple a veces la función
de coro griego.
Hay un lenguaje sobrehumano en ciertas constancias del Supremo: «YO no
soy siempre YO», «YO no me hablo a mí», «YO he nacido de mí», «YO
no escribo la historia. La hago», y particularmente este párrafo
impecable: «Estar muerto y seguir de pie es mi fuerte, y aunque para mí
todo es viaje de regreso, voy siempre de adiós hacia adelante, nunca
volviendo ¿eh? ¡Eh! ¿Crecen los árboles hacia abajo? ¿Vuelan los pájaros
hacia atrás? ¿Se moja la palabra pronunciada? ¿Pueden oír lo que no
digo, ver claro en lo oscuro? Lo dicho, dicho está. Si solo escucharan la
mitad, entenderían el doble. Yo me siento un huevito acabado de poner.»
Varias veces se ha hablado, a propósito de El otoño, de «la
soledad del poder». Pero tal vez no exista (al menos, en la región
literaria) un poderoso más solo, más obstinadamente solo, que el
Supremo. Hasta Sultán, el perro viejo que lo acompaña con hostil lealtad,
es, como él, «misógino y cascarrabias». Allá por la página 156, el
Supremo recuerda una frase del Aya, que es un prodigio de síntesis: «Nadie
sabe desertar de su desgracia».
El poder es (entre otras cosas) la desgracia del Supremo, una malaventura
de la que desertará solo con la muerte, cuando Él (en una dualidad que
es también formidablemente teatral) venga a llevarse al YO: «Está
regresando. Veo creer su sombra. Oigo resonar sus pasos. Extraño que una
sombra avance a trancos tan fuertes. Bastón y borceguíes ferrados. Sube
marcialmente. Hace crujir el maderamen de los escalones. Se detiene en el
último. El más resistente. El escalón de la Constancia, del Poder, del
Mando». Desertará del poder con la muerte, pero el poder lo acompañará
hasta el último escalón de la desgracia. Eso se llama revolución, claro.
Algo que de alguna manera avizoró Roa Bastos, cuando expresó en relación
con su novela última: «Yo, el Supremo me acercó a uno de los
hallazgos más fértiles de mi vida de escritor: que solo importa el libro
que hacen los pueblos para que los particulares lo lean. Yo, el Supremo
es, aunque suene extraño, una objetivación del subjetivismo, o sea, la
historia de un subjetivismo llevado a extremos casi inverosímiles (hay
trozos en que solo la historia, presente en los documentos al pie de página,
les da patente de credibilidad) y esa monstruosa suma de poder acaba
siendo una resta: la tremenda disminución del no-poder.
La lucidez con que el Supremo ve, en ciertas instancias de su vida, las
claves de transformación política capaces de convertir a su dolido
Paraguay en una nación hecha y derecha (como simple curiosidad, vale la
pena citar este fragmento de El recurso, donde el Primer Magistrado
parece tenderle una mano, o quizá una garra, al Supremo colega: «Si, por
caprichosa voluntad del Todopoderoso, las carabelas de Colón se hubiesen
cruzado con el Mayflower, yendo a para a la isla de Manhattan, en tanto
que los puritanos ingleses hubiesen ido a parar al Paraguay, Nueva York
sería algo así como Illescas o Castilleja de la Cuesta, en tanto que
Asunción asombraría al mundo con sus rascacielos, Times-Square, Puente
de Brooklyn, y todo lo demás») no alcanza a justificar, ni mucho menos a
hacer plena su existencia. El poder, con todas sus tentaciones de
arbitrariedad, de injusticia, de crueldad, de corrupción, de omnipotencia,
nubla y perturba esa lucidez, desgasta y finalmente deteriora aquella
generosa voluntad de servir, convierte al portavoz de un pueblo en la
aguardentosa voz de un viejo agonizante y rencoroso.
Por eso, las verdades manifiestas (por ejemplo, la tan compartible que
figura en la pátina 385: «He dicho y sostengo que una revolución no es
verdaderamente revolucionaria si no forma su propio ejército; o sea, si
este ejército no sale de su entraña revolucionaria. Hijo generado y
armado por ella») dejan paso a los odios, al rencor incubado y crecido, a
la egolatría sin freno.
Uno de los más evidentes méritos de Roa ha sido no caer en el primario
sectarismo de algunos historiadores, que satanizan o angelizan a las
figuras de cierta dimensión temporal. El novelista paraguayo pone sobre
el tapete los datos de que dispone, y sobre esos datos monta su aparato
imaginativo. Pero el lector no tiene nunca la impresión de estar
asistiendo a una prodigiosa mentira, sino tan solo a la provocativa,
inteligente prolongación de las coordenadas de la realidad.
Tomado de Casa de las Américas. No 98. Septiembre-octubre 1976
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