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Latinoamerica-online Cultura, Società e Il Mondo dei Caraibi |
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di Mariella Moresco Fornasier
La novela de sus recuerdos (26 novembre 2002) Controversial combination of Spanish and English making its way into mainstream (19 novembre 2002) Manos fuera de la eñe (5 novembre 2002)
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La
novela de
sus recuerdos
Fidel Castro Gabo y yo estábamos en la ciudad de Bogotá el triste día 9 de abril de 1948 en que mataron a Gaitán. Teníamos la misma edad: 21 años; fuimos testigos de los mismos acontecimientos, ambos estudiábamos la misma carrera: Derecho. Eso al menos creíamos los dos. Ninguno tenía noticias del otro. No nos conocía nadie, ni siquiera nosotros mismos. Casi medio siglo después, Gabo y yo conversábamos, en vísperas de un viaje a Birán, el lugar de Oriente, en Cuba, donde nací la madrugada del 13 de agosto de 1926. El encuentro tenía la impronta de las ocasiones íntimas, familiares, donde suelen imponerse el recuento y las efusivas evocaciones, en un ambiente que compartíamos con un grupo de amigos del Gabo y algunos compañeros dirigentes de la Revolución. Aquella noche de nuestro diálogo repasaba las imágenes grabadas en la memoria: ¡Mataron a Gaitán!, repetían los gritos del 9 de abril en Bogotá, adonde habíamos viajado un grupo de jóvenes cubanos para organizar un congreso latinoamericano de estudiantes. Mientras permanecía perplejo y detenido, el pueblo arrastraba al asesino por las calles, una multitud incendiaba comercios, oficinas, cines y edificios de inquilinato. Algunos llevaban de uno a otro lado pianos y armarios en andas. Alguien rompía espejos. Otros la emprendían contra los pasquines y las marquesinas. Los de más allá vociferaban su frustración y su dolor desde las bocacalles, las terrazas floridas o las paredes humeantes. Un hombre se desahogaba dándole golpes a una máquina de escribir, y para ahorrarle el esfuerzo descomunal e insólito, la lancé hacia arriba y voló en pedazos al caer contra el piso de cemento. Mientras hablaba, Gabo escuchaba y probablemente confirmaba aquella certeza suya de que en América Latina y el Caribe los escritores han tenido que inventar muy poco, porque la realidad supera cualquier historia imaginada, y tal vez su problema ha sido el de hacer creíble su realidad. El caso es que, casi concluido el relato, supe que Gabo también estaba allí y percibí reveladora la coincidencia, quizás habíamos recorrido las mismas calles y vivido los mismos sobresaltos, asombros e ímpetus que me llevaron a ser uno más en aquel río súbitamente desbordado de los cerros. Disparé la pregunta con la curiosidad empedernida de siempre. "Y tú, ¿qué hacías durante el Bogotazo?", y él, imperturbable, atrincherado en su imaginación sorprendente, vivaz, díscola y excepcional, respondió rotundo, sonriente, e ingenioso desde la naturalidad de sus metáforas: "Fidel, yo era aquel hombre de la máquina de escribir". A Gabo lo conozco desde siempre, y la primera vez pudo ser en cualquiera de esos instantes o territorios de la frondosa geografía poética garciamarquiana. Como él mismo confesó, llevó sobre su conciencia el haberme iniciado y mantenerme al día en "la adicción de los best-sellers de consumo rápido, como método de purificación contra los documentos oficiales". A lo que habría que agregar su responsabilidad al convencerme no sólo de que en mi próxima reencarnación querría ser escritor, sino que además querría serlo como Gabriel García Márquez, con ese obstinado y persistente detallismo en que apoya como en una piedra filosofal toda la credibilidad de sus deslumbrantes exageraciones. En una oportunidad llegó a aseverar que me había tomado dieciocho bolas de helado, lo cual, como es de suponer, protesté con la mayor energía posible. Recordé después en el texto preliminar de Del amor y otros demonios que un hombre se paseaba en su caballo de once meses y sugerí al autor: "Mira, Gabo, añádele dos o tres años más a ese caballo, porque uno de once meses es un potrico". Después, al leer la novela impresa, uno recuerda a Abrenuncio Sa Pereira Cao, a quien Gabo reconoce como el médico más notable y controvertido de la ciudad de Cartagena de Indias, en los tiempos de la narración. En la novela, el hombre llora sentado en una piedra del camino junto a su caballo que en octubre cumple cien años y en una bajada se le reventó el corazón. Gabo, como era de esperarse, convirtió la edad del animal en una prodigiosa circunstancia, en un suceso increíble de inobjetable veracidad. Su literatura es la prueba fehaciente de su sensibilidad y adhesión irrenunciable a los orígenes, de su inspiración latinoamericana y lealtad a la verdad, de su pensamiento progresista. Comparto con él una teoría escandalosa, probablemente sacrílega para academias y doctores en letras, sobre la relatividad de las palabras del idioma, y lo hago con la misma intensidad con que siento fascinación por los diccionarios, sobre todo aquel que me obsequiara cuando cumplí 70 años, y es una verdadera joya porque a la definición de las palabras añade frases célebres de la literatura hispanoamericana, ejemplos de buen uso del vocabulario. También, como hombre público obligado a escribir discursos y narrar hechos, coincido con el ilustre escritor en el deleite por la búsqueda de la palabra exacta, una especie de obsesión compartida e inagotable hasta que la frase no queda a gusto, fiel al sentimiento o la idea que deseamos expresar y en la fe de que siempre puede mejorarse. Lo admiro sobre todo cuando, al no existir esa palabra exacta, tranquilamente la inventa. ¡Cómo envidio esa licencia suya! Ahora aparece Gabo con la publicación de su autobiografía, es decir la novela de sus recuerdos, una obra que imagino de nostalgia por el trueno de las cuatro de la tarde, que era el instante de relámpago y magia que su madre Luisa Santiaga Márquez Iguarán echaba de menos lejos de Aracataca, la aldea sin empedrar, de torrenciales aguaceros eternos, hábitos de alquimia y telégrafos y amores turbulentos y sensacionales que poblarían Macondo, el pequeño pueblo de las páginas de cien años solitarios con todo el polvo y el hechizo de Aracataca. De Gabo siempre me han llegado cuartillas aún en preparación, por el gesto generoso y de sencillez con que siempre me envía, al igual que a otros a quienes mucho aprecia, los borradores de sus libros, como prueba de nuestra vieja y entrañable amistad. Esta vez hace una entrega de sí mismo con sinceridad, candor y vehemencia, que le develan como lo que es, un hombre con bondad de niño y talento cósmico, un hombre de mañana, al que agradecemos haber vivido esa vida para contarla.
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Controversial combination of Spanish and English making its way into mainstreamby Deborah Kong
Immigrants still learning English may turn to Spanglish out of necessity. Bilingual speakers may dip into one language, then weave in another because it's more convenient.
preferences, said spokeswoman Claudia Santa Cruz.
Stavans' work signals Spanglish's move into academe: He also teaches a class on Spanglish and is working on a Spanglish dictionary, to be published next year.
Minority Issues, 9 november 2002 |
Manos fuera de la eñe
De pronto, como ahora, resurgen voces europeas amigas de acabar con la letra eñe. Esos tales no pasarán.
De acceder a tan desteñida solicitud de estos ñoños o ñiquiñaques, la comunidad europea exigirá después la cabeza de otras letras.Para empezar, pedirá que se acabe la hache, dizque porque ni truena ni suena. Rezarán un réquiem por la vocal o, añadiendo que tiene sospechosas coincidencias anatómicas con el cero que se podría habilitar como vocal. Invitarán a las exequias de la erre y de la elle porque para lo que hay que decir con una sola letra basta. Sin ponerse pálidos, aventurarán la vasectomía de la v pequeña o de la b labial, con el amoroso alegato de que beso con “v chiquita sabe igual que con be larga”. Y no preña, como pensaban ingenuas e ingenuos en el pasado.
Siguiendo con estas desabridas interpretaciones, más simples que beso de boba, la comunidad europea concluirá que así como el mundo puede vivir sin abogados o sin periodistas, también puede vivir sin vocales llenas o débiles. O sin consonantes eréctiles en una palabra en la que hay orgía de vocales, como en Aracataca, la tierra del Nobel caribeño García Márquez que ha propuesto la muerte de la ortografía, nunca de la eñe.
Y así, sucesivamente, hasta hacer desaparecer el mundo hispanoparlante. Una cultura que no habla porque se quedó sin letras es un mundo que no existe. Salvo que deseen que no existamos para poder vender más computadores sin eñe. ¡Cómo ño, moñito¡
Puede que las palabras que empiecen por eñe no sean muchas, pero se dan mañas para aparecer en alguna parte en miles de palabras que en cualquier momento necesitamos. Es más: tal vez nunca utilizaremos algunas voces con ñ como ñandú o ñacurutú, pero eso no es razón válida para desaparecerlas de la faz del diccionario. Desde muchos semestres antes de que lo pergeñara con su péñola don Pedro Calderón de la Barca, la vida es un sueño. Sin la eñe, la vida no sería siquiera eso.
Cualquier perico de los palotes se podría preguntar la mejor forma de traducir a nuestra lengua aquella frase de Shakeaspeare: “La vida está hecha de la misma tela de nuestros sueños”. ¿Qué tal que no existiera el sueño, el mejor invento por encima de la mujer, inclusive? ¿Qué tal que no durmiéramos y siguiéramos derecho, sin sacarle punta a la rutina, sin hacer una pausa para editorializar para nosotros mismos roncando y soñando?
Víctor Hugo dejó dicho per saecula saecolurom que el primer hijo es la prolongación de la última muñeca. Un hijo es la niña de los ojos de mamá. ¿Y qué es una niña sin su muñeca? Las muñecas, señorones traficantes de computadoras, son el ángel de la guarda sin carne y sin hueso de las pequeñas. Tal vez no lo saben los sabihondos made in Europa, un continente desolado donde para ver un niño, hay que importarlo de América.
Sin la eñe, las cigüeñas tendrían los días contados. ¿Quién traería los niños desde París en vuelos sin escalas? Difícil encontrar otro pájaro blanco, tierno y anoréxico que se le mida a atravesar el charco sin abrir la boca un segundo. Para muchos, la palabra ruiseñor es las más bella del idioma español. Pero sin la eñe, el ruiseñor sería un pájaro sin mayores ínfulas. Haría cursillo para carroñero gallinazo. Quienes alimentamos una vieja morriña por los madroños tendríamos que cambiar esta fruta por insípidos algarrobos o chontaduros, o por cualquiera otra huérfana de la letra que quieren sacar por la puerta de atrás del diccionario.
Sin contar con la ñapa de que Colombia quedaría reducido a un peladero sin antioqueños, caleños, manizaleños, bogotanos y bogoteños. Nos quedaríamos sin los ruidosos costeños del Atlántico y del Pacífico. ¿Quién pondría entonces los futuros nobeles de Literatura? Báilenme ese trompo en la uña, amigos empeñados en imposibles. Los ñatos, esos antípodas de los narizones que inmortalizó Quevedo, serían seres tan anónimos como sus narices.¿Qué tal un tahúr que no pueda cañar con par doses en el juego del póker?
Taurinos hay que aseguran que con la eñe habría que cantar un réquiem por la fiesta brava porque los toros no volverían a embestir en solidaridad con sus colegas los astados de Mondoñedo. Así que, señores, les informamos que nos tienen hasta ñatos con ese cuento recurrente de caparle la eñe al castellano. Déjense de ñoñerías mañosas. Empéñense más bien en vender más computadores con la ene con virgulilla, nombre que tiene el pacífico policía acostado que le da vida a la eñe. Esa es una verdad de a puño.
Así como nadie puede renunciar a ser feo, ni uno solo de los casi 500 millones de personas que hablamos español, renunciamos a la eñe. Además, millones quedaríamos desmadrados, joder, si España se nos convierte en Espana. “¡Coño!”.
Cronopios, Diario virtual para hombres y mujeres de palabra - Sábado 2 de noviembre 2002
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