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di Mariella Moresco Fornasier
Pinochetazo - Documento sonoro: Las últimas palabras de Salvador Allende al pueblo chileno (16 settembre 2003)
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Pinochetazo(v. documento sonoro: Las últimas palabras de Salvador Allende al pueblo chileno (video y música ) Cita con ángeles
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30 años después del Pinochetazo en Chile, que asesinó a Salvador Allende y a Víctor Jara y aceleró el cáncer de la tristeza a Pablo Neruda, Cronopios ha encontrado textos escritos al tiempo con esas muertes que convirtieron en mártires a quienes las padecieron.
Ignacio Ramírez
Al querido Maestro, que
murió de cáncer en la lengua
El
turco Yamid tenía la costumbre de acercarse constantemente
a los teletipos. Leía todos los cables, a veces se los aprendía de
memoria. Era su manera de calmar los nervios. Otra, apostar los jueves en
las carreras de caballos. —¡Qué
vaina! —dijo. Nos
puso alerta. Estaba realmente conmovido. Y le daba una risa que no podía
contener. Pero ya lo sabíamos: la manera de llorar del turco, era la
carcajada nerviosa. No
hubo preguntas. La redacción tenía rituales y derechos tácitos. En un
caso como este, la noticia pertenecía al primero que la viera o
presintiera. Había que esperar en silencio, tensos, que fuera comunicada
por el afortunado del hallazgo. Al
turco no le gustaba hacer teatro. Se puso blanco y quedó mudo por un
instante largo. Esperó a que se hiciera una pausa en el teletipo y arrancó
la hoja cuidadosamente. Entonces leyó en voz alta: —El
Palacio de La Moneda está a punto de ser bombardeado. Aviones
Hawter-hunter sobrevuelan la ciudad. El Presidente Salvador Allende ha
sido notificado por los militares insurrectos azuzados por el general
Augusto Pinochet. La sede del gobierno será tomada por la fuerza, si es
necesario. Allende dice que morirá peleando. La
noticia cayó en la redacción como un baldado de agua fría sobre el ánimo
de todos. Estuvimos de acuerdo: el ánimo también se moja y se entristece. Hacía
apenas veinte días que Allende había visitado nuestro país. Todos los
de la redacción nos fuimos a cubrir el suceso sin que nadie nos mandara.
Cansados de batirle incienso diariamente al cariquemado Misael, como llamábamos
a Pastrana, resultaba todo un acontecimiento salirnos de la rutina oficial,
conocer en carne y hueso al hombre que había sido capaz, por primera vez
en la historia, de ganar la presidencia de un país sin el respaldo de los
ricos ni de los gringos. Se nos creó una allendependencia aguda. Fuimos
detrás de él a todas partes, nos acostumbramos a un lenguaje cómplice
de gestos para aprobar cada cosa que él decía y burlarnos a más no
poder de las metidas de pata del flamante cariquemado quien, como
presidente de nuestro país, tenía que acompañarlo a donde fuera. El
Maestro andaba furioso porque dejábamos solo el noticiero durante todo el
día. No le fallábamos. De pronto llegábamos a las cinco de la tarde y
volvíamos la redacción a lo que era: un manicomio en manos de cuyos
locos estaba la responsabilidad del informativo de las siete. Veníamos de
perder el miserable sueldo en el hipódromo y nos desquitábamos actuando
las noticias sin libreto en las cuevas alcohólicas de Inravisión. La
imparcialidad era un fantasma con sabor a brandy barato. La objetividad un
mito. Las noticias no nos iban a manejar a nosotros, los amos y señores
del cuarto poder. Venga trago y marihuana para todos. Yo no fumo, gracias.
Yo informo, señoras y señores. Y aquí estoy acabando de bajarme del
lomo de un caballo de carreras. El turco Yamid tiene cara de Yasser Arafat,
yo tengo cara y alma de Cyrano de Bergerac y el Maestro es un gago ingenuo
y generoso, fascista de balalaika, baratísima reencarnación del cónsul
de bajo el volcán. Viva la vida de los reporteros, señoras y señores. El
Maestro dejaba de sudar frío. Sabía que éramos eficientes. Daba
órdenes,
eso sí: “destacar lo que haya dicho el Presidente Pastrana, que el
Allende no es más que un lagarto comunista”. Y nosotros “sí,
Maestro, pero déjenos trabajar que se nos hace tarde”. Se iba. Allende
apenas estuvo cinco días en Colombia, pero ese tiempo fue suficiente para
que nos fanatizáramos. Y se lo merecía: al fin y al cabo era el tema de
disculpa para comenzar a emborracharnos desde la temprana tarde de cada día.
Salvador era un nombre como caído del cielo. Si lo mataban resucitaría
al tercer día. Allende, palabra que siempre se asociaba con los mares. Y
allende los mares y Salvador Gaviota no conjugaban, no encajaban, no tenían
el destino de las matrioskas. Nosotros, en cambio, beba brandy para
paladear el fuego de las noticias. Por
eso nos dio duro la sorpresa. Era imposible que existiera un pueblo tan
estúpido como para tratar de quitarle el poder a un hombre así. Venga
Don Salvador, tómese un brandy con nosotros. Presidente Allende: usted es
el mar. Los ríos vendrán a beber en su lecho oleante y bramante. Si lo
matan, no se nos vaya a morir, Don Presidente. Y si se muere resucite,
Salvador. Pero
la cosa era cierta. El par de teletipos de la redacción no pararon desde
entonces: “Las fuerzas militares unidas para derrocar el gobierno
popular han dado el ultimátum al presidente, quien se encuentra en su
despacho del palacio y persiste en su decisión de morir peleando”. Fuimos
a la radio. Los locutores leían los mismos cables que nos llegaban a
nosotros y en un momento sorpresivo se oyó, en directo, la voz de Allende,
firme. Al fondo se escuchaban disparos, espaciados al comienzo, luego ráfagas
de ametralladora. -
—¡Lo
van a matar! —dijo el turco y a todos se nos aguaron los ojos. -
El
enano César nos hizo despertar del duelo: —
No nos pongamos a chillar. Hay que buscar en el archivo todas las
películas de Allende. Y que el gordo Posada salga ya para estar pendiente
de lo que llegue por satélite. Yo
fui partidario de que el enano se fuera para Santiago, donde tenía
escenario el golpe de Estado. Era un viaje costoso. La decisión final
tendría que tomarla el Maestro, pero yo usurpé el derecho porque el jefe,
al contrario de todos nosotros, detestaba a Allende. El
enano César se largó con
Isidro, el camarógrafo. Ese día lo vi como si fuera un gigante que iba a
presenciar los hechos que luego no podría olvidar la historia. Le
conseguimos dólares como pudimos y lo despachamos. —Vayan
por el pasaporte y vuelen. Móntense en lo primero que salga para allá, o
para cualquier país vecino Pusimos
a Justo Pastor a reburujar el archivo. Queríamos las películas tomadas
hacía veinte días y también todas aquellas en las cuales apareciera
Allende, pues estaba decidido que nuestro noticiero estaría dedicado en
su totalidad a informar acerca del Golpe de Estado. Todo
el mundo se alborotó. Hasta Felipa, la mujer de los tintos, andaba
cariacontecida, con la bandeja temblándole en las manos, como si los
aviones sobrevolaran más bien el territorio del reverbero donde el café
regurgitaba sus grisáceos humos. El
zaguán donde estaban los teletipos se convirtió en centro de operaciones.
Despachos fechados en ciudades distintas a Santiago, anunciaban que la
gravedad crecía: “Hay desconcierto general. Francotiradores parapetados
en ventanas altas intercambian disparos con la tropa. En la calle hay
gente que corre desesperada, llorando. Se tendió ya un cerco militar que
impide la llegada de cualquier persona a los alrededores del Palacio de La
Moneda. Nuestra transmisión puede interrumpirse en cualquier
momento..." Todos
teníamos papeles con notas. Los teletipos eran lentos. Nos daba envidia
de la radio, que podía informar al instante; pero secretamente sabíamos
que todo el mundo estaría pendiente de lo que nosotros dijéramos a las
siete de la noche. Tarde
como siempre llegó Margoth, con su alharaca de costumbre. —¡Qué
machera! —fue todo lo que le aceptamos decir. Y la mandamos a trabajar,
con Manuel, el jefe de los camarógrafos. Por
ahora había que ir a preguntarle al pueblo, hacer entrevistas en la calle
y filmar a la gente pendiente de la noticia, pegada a los radios
transistores de las ventas de dulces —como cuando transmiten la vuelta a
Colombia—, porque ya el turco y yo, quienes teníamos a cargo el
manejo de la situación, imaginábamos lo que pasaba en la calle y
planificábamos mentalmente la descripción verbal que haríamos por la
noche, mientras rodaban las películas o las imágenes del satélite. Estábamos
conmovidos de verdad. Sabíamos por qué, pero la emoción opacaba la
bendita objetividad que por aquella época era todo un mito en el mundo de
la información. “La objetividad es lo que a mí me guste”, decía el
Maestro; así que nos aprovechábamos de su singular filosofía, pero a
nuestro favor. Comenzaron
a llegar lagartos que no dejaban trabajar: los sonsos de contabilidad, los
choferes, los amigos del Maestro y gentecita de esa que se mete en las
redacciones. Pero ese día no estábamos para aguantarle a nadie. La
noticia nos dolía y los preparativos para desahogarnos nos tenían con la
tensión a mil. Yo los espanté. Justo
Pastor, con la cabeza gris por el polvo alborotado en la búsqueda de las
películas de archivo, salió visiblemente feliz, pero algo tímido pues
no sabía si lo que había encontrado valía la pena. Era
una peliculita de cuarenta y cinco segundos en la cual Allende aparecía
con casco y ametralladora. De corbata. ¡Qué vaina tan buena! Pero no tenía
sonido, ni texto aparte, ni en el archivo había nota alguna que nos
resolviera cómo, cuándo, dónde, quién, por qué y todos esos
interrogantes propios del reportaje novato. De todas maneras, la "culipelita"
era una chiva sensacional. —Pero
busque más... ¡no joda! —le
grité a Justo Pastor, quien salió corriendo a proseguir la escarbada. El
turco y yo la proyectamos diez veces y, mientras la veíamos, por la radio
se escuchaban los disparos en Santiago. Hubo un momento, justamente cuando
en nuestra imagen Allende levantaba la ametralladora para mirarla, en que
el locutor dijo: “El Presidente Allende ha muerto”. Volamos
a ver el cable. No decía más “—Urgente. El Presidente Allende ha
muerto”. Repetía la frase constantemente como si nadie se hubiera
enterado. A
mí se me salieron las lágrimas. El turco soltó una carcajada
descomunal para permitir que las suyas rodaran por las mejillas. No nos
dijimos nada. Nos secamos con el dorso de la mano y nos quedamos mudos
observando el teletipo inactivo. Yo pensaba que tal vez el periodista que
estaba originando la información andaría en las mismas que nosotros. No
me importó que las lágrimas me resbalaran como los ríos que se van al
mar en busca de la muerte que es la vida turbulenta. La pesadilla. Los
periodistas también somos seres humanos —pensaba, y creía que una de
las maneras de demostrar que se pertenece a la especie, debía ser el
llanto. En ese momento la objetividad me importaba un ajenjo. Estábamos
viviendo la noticia. No
sabemos por qué, pero en ese momento nos dio por salir a tomar tinto a la
calle. —Es
la noticia más triste que me ha tocado vivir —dijo el turco y prendió
un cigarrillo. Dio una gran chupada y después de unos segundos expulsó
tal cantidad de humo gris, que me quedé mirándolo. Subió, subió, subió
hasta confundirse con las nubes de esta tarde sin nombre. Supuse que todas
las nubes del cielo iban corriendo al cielo de Santiago. Cuando
llegamos a la cafetería no hice comentario alguno. ¿Para qué? Allí no
pasaba nada. Era en Santiago y en nuestros corazones borrachos donde había
ocurrido el magnicidio. El
dueño del lugar tenía colocado un casete con canciones de Javier Solís;
un muchacho que llegó en bicicleta le alcanzó unos paquetes de ponqué
Ramo y se fue. Y yo me preguntaba cómo podía un muchacho estar
repartiendo ponqués el día del asesinato de Salvador Allende. Y una voz
interior me señalaba que si los muchachos del mundo le hubieran conocido
se hubiesen ido todos en bicicleta a matar al sátrapa de Pinochet. En
la calle parecía que no hubiera muerto Allende. Ni un radio transistor,
ni nada parecido a la Vuelta a Colombia. Desolados,
sin pronunciar palabra, con el engrudo de las lágrimas bien apergaminado
en las mejillas, volvimos a la sala de redacción donde por lo menos habíamos
dejado el silencio de los teletipos. Ahora
escribían vertiginosamente. Dos largueros nos esperaban. Yo arranqué el
de la AFP y el turco se hizo cargo del de la EFE. “La
radio de Santiago, ahora en poder de los militares, habla constantemente
de la victoria y repite que ha sido extirpado el cáncer del comunismo”. “Cercado
por las fuerzas del orden, Allende decidió suicidarse. Se pegó un tiro
en la frente”. “El
Palacio de La Moneda ha sufrido algunos destrozos tras la obstinada
resistencia del expresidente. Algunas señales de abaleo son perceptibles
en el frente de la Casa de Gobierno y aún se elevan pequeños hongos de
humo en el ambiente”. “El
cuerpo de Allende fue hallado sin vida sobre su escritorio, Parece que
estaba sentado cuando tomó la decisión de morir antes que entregarse. A
su lado, varias armas: un fusil, una ametralladora, dos granadas. El
expresidente suicida se había protegido la cabeza con un casco militar
que seguramente le fue facilitado por uno de los últimos leales de su
guardia”. En
ese instante la palabra suicidio en la imaginación me supo a nube negra. Volvimos
a ver la película. Podía ser macabro, pero en el fondo nos daba gusto
que lo hubieran encontrado con casco y armado, porque de esa manera seria
aún más valiosa nuestra exclusiva. Después
siguió el reguero de cables. Cada agencia se mostraba tal como era. Todas
daban la misma noticia pero era fácil descubrir quién la escribía, por
la tendencia de las palabras. Los
teléfonos, que no habían sonado durante toda la mañana, comenzaron a
repicar. César estaba desesperado porque no había vuelos previstos para
ningún lugar cercano. “Pero se va”, le dije. “Se va porque no
podemos perder la exclusividad. Tenemos una película de archivo en la que
aparece Allende armado y con casco”. El
enano dijo que se iría fuera como fuera. Manuel llamaba para pedir más
película. Gastaban material por cantidades, pero no era el momento de
escatimar. Margoth
era atrevida. Decía que a la brava se le había metido al ministro de
Defensa y aunque no había logrado declaraciones, Manuel disimuladamente
le había hecho tomas que mostraban su desconcierto. Así que con el turco
nos poníamos de acuerdo para armar el orden de la edición. Pensamos
en sacarle cinco segundos a la película exclusiva para abrir el noticiero
con ella. Crear la expectativa. Anunciar que éramos los únicos que la
teníamos, para posteriormente lucirnos comentando el hecho mientras
rodaba al aire la imagen del Presidente. Al instante, previo acuerdo con
el productor, la mostraríamos nuevamente, pues se trataba de un documento
periodístico de tal valor, que considerábamos importante que los
televidentes se fijaran en ella. Inclusive podríamos pasarla en cámara
lenta para hacerla más dramática. El
gordo Posada llamó también. El satélite no llegaría hasta las tres y
media de la tarde. Le dijimos que se fuera a ayudar a Manuel y que
recordara que estábamos en emergencia, que no se trataba de una noticia
común y corriente, porque al gordo le gustaba ponerse a jugar billar
durante las horas de trabajo. El
Maestro ya estaba borracho cuando nos llamó para instruirnos acerca de cómo
manejar la información. —Sentido
pésame —dijo cuando contesté al teléfono—. Era sincero. Sabía que
vivíamos ciertas noticias como si fuéramos los dueños de la historia.
Le conté de la exclusiva y le dije que ya el enano iba a bordo de un avión
rumbo a Santiago. Todo le pareció muy bien; sólo recalcó que no debíamos
dar nuestra versión sino exclusivamente la que produjera el nuevo
gobierno, que según él a partir de ese momento sería el único
legítimo. No
había para qué discutirle. Las cosas eran como él las decía y punto.
Además, para qué discutir si finalmente se hacía como nosotros
queríamos. El
Maestro era un hombre desmesurado. Una vez en su juventud había
reporteado al generalísimo sanguinario de España y ese momento se había
convertido en el más grande de su vida. Se llenaba la boca contando cómo
se le habían aflojado las lágrimas cuando Franco lo despidió
cordialmente con un cálido apretón de mano. Con esa imagen creyó en el
tirano y se convirtió en idólatra de gorilas. Para
completar, su vida en Europa había estado marcada por imágenes duras de
poder. Así terminó admirando a Göebbels y a su retorno al
país trató de emularlo en cuanto pudo. Era la época de los
dictadores y al Maestro le tocaba dirigir periódicos oficiales. Curiosa e
irónicamente dirigió uno que se llamaba La Paz, en tiempos de
Rojas Pinilla. Andaba en francachelas con los generales y era ingenuo,
pues pretendía que todo mundo debía deslumbrarse, como él, ante el
poder, viniera de donde viniera. Ahora
las cosas eran distintas. El Maestro seguía siendo un girasol, pero ya la
gente no le caminaba al miedo. Nosotros habíamos aprendido a conocerlo de
tal manera, que inclusive le queríamos de verdad, porque en el fondo no
era más que un hombre bueno, ingenuo, generoso hasta el despilfarro. Su
fascismo era de pose y de ganas de hacerse notar y aunque era el dueño
del noticiero, las noticias las dábamos nosotros. Cuando
colgué el teléfono, el turco me sugirió que mandáramos por una
botellita de Brandy Domec. Mandáramos era un decir, porque yo siempre
pagaba. Y nos la bebimos casi de un sorbo. Y luego la otra y la otra... La
noticia iba creciendo. Por la radio ya sólo se transmitían boletines
emanados de un gobierno militar que recalcaba que a pesar del suicidio del
Presidente, todo se encontraba en calma en Santiago y que se habían
tomado algunas determinaciones únicamente para preservar el orden
público. “En
vista del grado de deterioro moral y del caos social y económico en que
se debatía nuestro pueblo en manos del gobierno comunista, la fuerza
militar decidió poner bajo su control esta anómala situación”. Algunos
cables daban pena. Otros, simplemente volteaban la misma historia. Pero
había algo muy grave: “...se ha suspendido transitoriamente el ingreso
de personas al país”. Entre
esas personas estaban especialmente los periodistas movilizados desde
todos los rincones del mundo para cubrir la noticia. Y el enano —-¡claro!—,
tristísimo y rabioso regresó a la redacción y se puso a beber con
nosotros. A
las cuatro y media entró el gordo Posada con el cuento del satélite. Habían
llegado imágenes que mostraban a Allende minutos antes de morir. Muy
macho y firme, con su casco calado en forma casi idéntica al de la
culipelita nuestra y listo para enfrentarse a los golpistas. Preparado
para morir. También las calles solas de Santiago y los viejos camiones
militares frente al Palacio de La Moneda, cuyo frente estaba destrozado
por los balazos. El
gordo nos contaba y exageraba. Según él, daba miedo. Llegaron
más y más botellitas de Brandy Domec. Cuando
regresó Margoth, encontró la redacción hecha una rumba. Se emborrachó
con nosotros y estuvo de acuerdo en que el noticiero debía salir con toda
la verdad, sin comentarle nada al Maestro, porque había que vivir la
noticia.
Bogotá,
11 de septiembre de 1973 |
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