La
verdadera muerte de un Presidente
(v.
documento sonoro:
Las
últimas palabras de Salvador Allende al pueblo chileno
Silvio
Rodríguez Domínguez (palabras):
(video
y música
) Cita
con ángeles
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Gabriel García Márquez
A la
hora de la batalla final, con el país a merced de las fuerzas
desencadenadas de la subversión, Salvador Allende continuó aferrado a la
legalidad.
La contradicción más dramática de su vida fue ser al mismo tiempo,
enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado, y él creía
haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile permitían
una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad
burguesa.
La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un
sistema desde el gobierno, sino desde el poder.
Esa comprobación tardía debió ser la fuerza que lo impulsó a resistir
hasta la muerte en los escombros en llamas de una casa que ni siquiera era
la suya, una mansión sombría que un arquitecto italiano construyó para
fábrica de dinero y terminó convertida en el refugio de un Presidente
sin poder.
Resistió durante seis horas con una metralleta que le había regalado
Fidel Castro y que fue la primera arma de fuego que Salvador Allende
disparó jamás.
El periodista Augusto Olivares que resistió a su lado hasta el final, fue
herido varias veces y murió desangrándose en la asistencia pública.
Hacia las cuatro de la tarde el general de división Javier Palacios, logró
llegar hasta el segundo piso, con su ayudante el capitán Gallardo y un
grupo de oficiales. Allí entre las falsas poltronas Luis XV y los
floreros de Dragones Chinos y los cuadros de Rugendas del salón rojo,
Salvador Allende los estaba esperando. Llevaba en la cabeza un casco de
minero y estaba en mangas de camisa, sin corbata y con la ropa sucia de
sangre. Tenía la metralleta en la mano.
Allende conocía al general Palacios. Pocos días antes le había dicho a
Augusto Olivares que aquel era un hombre peligroso, que mantenía
contactos estrechos con la Embajada de los EE.UU. Tan pronto como lo vió
aparecer en la escalera, Allende le gritó: Traidor y lo hirió en la
mano.
Allende murió en un intercambio de disparos con esa patrulla. Luego todos
los oficiales en un rito de casta, dispararon sobre el cuerpo. Por último
un oficial le destrozó la cara con la culata del fusil.
La foto existe: la hizo el fotógrafo Juan Enrique Lira, del periódico El
Mercurio, el único a quien se permitió retratar el cadáver. Estaba tan
desfigurado, que la Sra. Hortencia Allende, su esposa, le mostraron el
cuerpo en el ataúd, pero no permitieron que le descubriera la cara.
Había cumplido 64 en el julio anterior y era un Leo perfecto: tenaz,
decidido e imprevisible.
Lo que piensa Allende sólo lo sabe Allende, me había dicho uno de sus
ministros. Amaba la vida, amaba las flores y los perros, y era de una
galantería un poco a la antigua, con esquela perfumadas y encuentros
furtivos.
Su virtud mayor fue la consecuencia, pero el destino le deparó la rara y
trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico
del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de Justicia que lo había
repudiado y había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso
miserable que lo había declarado ilegítimo pero que había de sucumbir
complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la voluntad de
los partidos de la oposición que habían vendido su alma al fascismo,
defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que el
se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro.
El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a
la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de
este tiempo, que se quedó en nuestras vidas para siempre.
* Gabriel Garcia Marquez : "El golpe y los gringos" - Taller
UNED
CubaDebate,
11 de septiembre del 2003
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