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Cultura, Società e Il Mondo dei Caraibi

Letteratura e lingua

 

di Mariella Moresco Fornasier

 

 

 

 

 

Cómo leer la Literatura colombiana

 

Consuelo Triviño Anzola*    

Una obra literaria se ve necesariamente obligada a nacer a través de otras precursoras y en esa medida suele ser respuesta a obras anteriores, y esto no es más que una obviedad. Así las cosas, el corpus de la literatura colombiana estaría constituido por un conjunto de textos que a su vez podrían ser respuesta a textos anteriores, incluso si el autor desconoce su tradición literaria:   Nuestra tradición literaria, tan desconocida en los circuitos internacionales, está marcada por tres obras aceptadas como canónicas:   María uno de los libros más leídos en el contexto internacional, desde su publicación en la segunda mitad del siglo XIX, hasta bien entrado el siglo XX, en el mundo de habla española, La vorágine, novela de la selva por excelencia, de gran difusión al lado de Doña Bárbara y Don Segundo Sombra y Cien años de soledad, la novela más leída en lengua española, la más traducida y la más popular.    

Las tres obras mencionadas son textos obligatorios dentro del sistema escolar, no sólo colombiano, sino hispanoamericano y yo diría que en parte también del español, ya que García Márquez y el boom es uno de los pocos temas, si no el único de literatura hispanoamericana, incluidos en los planes de estudio en el bachillerato en España. Y ellas son parte del canon de lo que designamos como Literatura Hispanoamericana.   Sin embargo, la inclusión de Cien años de soledad dentro del canon de la literatura colombiana, implicó un cambio radical en la mirada respecto a la producción literaria en el país. La popularidad de la obra no fue de ninguna manera obra de la Academia Colombiana de la Lengua, el Ministerio de Educación o el Caro y Cuervo. Al margen de estas influyentes instituciones, Cien años de soledad cuestionó la estética defendida por la elite “culta” capitalina, que hasta entonces desconocía las manifestaciones regionales, en ocasiones más abiertas y novedosas, porque no hay que olvidar que en los años veinte Barranquilla era una ciudad más cosmopolita que la capital, Bogotá.    

Pese a esa gran diferencia que acabo de señalar, lo cierto es que estas tres novelas han sido releídas, revisadas y reinterpretadas, tanto por la crítica colombiana, como por los creadores que en ocasiones también son críticos, como Rafael Humberto Moreno Durán y Juan Gustavo Cobo Borda, por poner sólo dos ejemplos contemporáneos. Las tres novelas nos proponen modelos estéticos y en ellos nos hemos educado varias generaciones de colombianos. Situamos a María dentro del Romanticismo, a La vorágine dentro del Regionalismo y a Cien años de soledad dentro del Realismo mágico.   Normalmente nos acercamos a la Literatura Colombiana siguiendo periodos y series epocales: Romanticismo (comprometido con los proyectos nacionales en las jóvenes repúblicas latinoamericanas), Modernismo (con su vocación cosmopolita); Regionalismo (con su retorno a la naturaleza americana y su identificación del hombre con el paisaje), después las Vanguardias, etc. Pero este es un planteamiento insuficiente porque traza una cronología forzosa y artificial y hace coincidir movimientos europeos con los nacionales, como si existiera una sincronía en sus respectivos procesos, y esto es de lo más falso. Por eso llegamos a pensar que la producción literaria colombiana es una mediocre versión de los modelos europeos.    

Otra forma convencional de ver la literatura colombiana sería desde el concepto orteguiano de generación: Generación del Centenario, Los Nuevos, Piedra y Cielo, Cuadernícolas, Mito, etc., “movimientos” que tuvieron como sede la capital del país, aunque muchos de sus miembros procedían de las distintas regiones. El enfoque generacional también es insuficiente porque las edades de los autores no necesariamente coinciden con las estéticas dominantes. Baldomero Sanín Cano es contemporáneo de José Asunción Silva y debería según ese criterio ser considerado un modernista. Pero su fina ironía, su originalidad a la hora de desmontar falsas dicotomías y su vocación por las paradojas, lo sitúan más cerca de la posmodernidad. Pero esta peculiaridad es desconocida por los críticos que sencillamente no lo han tenido en cuenta cuando se han acercado a la literatura colombiana.    

Una tercera posibilidad de acercarse al corpus de la literatura colombiana es la que deslinda las distintas regiones del país, como hace Raymond Williams: Literatura del Caribe con autores (García Márquez, Germán Espinosa, Marvel Moreno y Roberto Burgos Cantor); Literatura del Altiplano cundi-boyacense (J. M. Vargas Vila y José Antonio Osorio Lizarazo y Elisa Mújica); Literatura de la zona de Antioquia La grande (Tomás Carrasquilla, Manuel Mejía Vallejo, Alba Lucía Ángel y Fernando Vallejo), Literatura del Gran Cauca (Jorge Isaacs, Eustaquio Palacios, Arnoldo Palacios). Este enfoque puede ser útil para situar a los autores en un contexto, pero es insuficiente, ya que haber nacido en una región no siempre vincula al autor a una supuesta literatura de esa región.   Sin embargo, la diversidad regional en Colombia es un hecho que no puede pasarse por alto, y es tan importante que oficialmente se reconoce en la constitución de 1991. Algunos sociólogos y antropólogos hablan de siete zonas culturales y 25 subzonas. Manuel Zapata Olivella define ocho tipos étnicos. Lo exraño es que antes de Cien años de soledad no se hablara de las regiones ni de sus literaturas. Claro que en las últimas décadas hay un cambio de actitud en la cultura oficial, un curioso afán de afirmar la cultura popular-regional como uno de los pilares de la identidad nacional.    

Aunque esta forma de ver la literatura colombiana tenga sus inconvenientes, debe conocerse esta diversidad para que no incurrir en generalizaciones erróneas como las de una reconocida crítica y especialista en el modernismo (Iris Zavala) quien llega a la conclusión de que José Asunción Silva es la manifestación caribe del Modernismo. Su error está en creer que la cultura colombiana se limita a región del Caribe (y esto es así porque fuera de Colombia  la obra García Márquez se identifica con la totalidad del país). García Márquez puede ser el más universal de los escritores, pero su obra no abarca la compleja diversidad del país y esto es muy importante cuando interesa determinar el referente cultural de las obras.

 
Respecto a la actitud de los escritores frente a la tradición que es otro de los puntos que quiero plantear en esta mesa, me permito recordar una cita de García Márquez en una de sus columnas en los años sesenta: “La literatura colombiana es un fraude a la nación”, decía, y no sé si al decirlo pensaba en los autores no reconocidos por la cultura oficial. La afirmación del joven García Márquez sintetiza una actitud: de descontento, o rechazo a la cultura oficial excluyente. Es poco probable que por entonces él conociera tan a fondo la literatura colombiana, ya que las regiones vivían apartadas, sin carreteras y la única vía de acceso al territorio nacional era el río Magdalena. Resultaba más fácil la relación con otras culturas que con las regiones del país. Por todo esto Cien años de soledad implica una ruptura respecto a esa situación. La obra supera el aislamiento y llega a los circuitos internacionales por sí misma y ese es nuestro mayor orgullo.
 
Ahora bien, la actitud frente a la literatura colombiana por parte de escritores y críticos, defiende una postura estética y yo diría que hasta idiosincrásica, ya que ha sido muy corriente en el discurso intelectual decir que se ignora la literatura colombiana (o a los autores nacionales).
 
Se puede descalificar una literatura por solemne o excesivamente retórica y esto ha dado buenos frutos. También se puede hacer una lectura marxista de María y decir que es producto de la visión de mundo reaccionaria de los terratenientes que veían en el progreso una amenaza. Podemos rechazar la obra, pero no ignorar la eficacia de un lenguaje sobrio y sutil que recurre a las flores para expresar los sentimientos de los enamorados. Se puede hacer una lectura desde la perspectiva de género y destrozar a Arturo Cova, el protagonista de La vorágine, como el más deleznable representante del patriarcado, pero hay que reconocer que nadie ha sabido describir la selva con la delicada precisión con que lo hizo su autor (como poeta modernista que también era). Se puede rechazar el realismo mágico de Cien años de soledad por ofrecer una visión parcial de América Latina, en la que creemos ver una imagen folclórica del subdesarrollo, pero nadie puede negar que la voz que narra procede de un tiempo remoto y que el encantamiento que sufre el lector está en el tono con el que García Márquez nos hace viajar en ese trayecto circular que es el tiempo mítico, para hacernos sentir la soledad de América Latina.
 
Esto en cuanto a los autores conocidos, pero ¿y los desconocidos? La literatura colombiana ha evolucionado, ignorando a autores que merecerían una atenta mirada. Pero debido quizás a estos estrechos esquemas con los que se han abordado los estudios literarios, han quedado al margen. Fuera de Colombia nadie sabe quién es Eduardo Zalamea Borda (1907-1963) que nos sorprende con aquella novela existencialista: Cuatro años a Bordo de mí mismo que en 1934 fue un escándalo; ni Osorio Lizarazo (1900-1964) del que menciono El día del odio (1952), novela que se alimenta de la desesperación de los menos favorecidos y cuyo final se cierra con el estallido del Bogotazo en 1948. Su atmósfera me recuerda la de Los parientes de Ester, la extraordinaria novela de Luis Fayad, publicada en España en 1981. Sin embargo, algo de Osorio Lizarazo también se filtra en uno de los relatos de Páginas de vuelta de Santiago Gamboa, como si la estética tuviera que ver más con el ritmo de la respiración que nos marca la realidad circundante, o con una memoria común, que con un contacto directo con las obras del pasado.
 
Otra cosa son los procedimientos con los que los autores se acercan a esa realidad. La cruel ironía en Sin remedio de Antonio Caballero, no pasa por alto la desesperanza de los humildes, en contraste con las mentiras de las que se nutre una elite ridículamente servil a los intereses extranjeros. La parodia y el humor son los procedimientos de Rafael Humberto Moreno Durán, más próximo a las tendencias posmodernas. Así da cuenta del mundo universitario capitalino de los sesenta y setenta en Fémina Suite. Y tal vez ese humor se apoye en su conocimiento de la tradición literaria colombiana, desde El Carnero, texto inaugural del género novelesco. Y en el caso de Germán Espinosa es la historia colonial, tan ligada a Cartagena, su ciudad natal, la que impulsa gran parte de su obra narrativa.  La tejedora de coronas, un acontecimiento literario en los ochenta, se abre paso, entre Crónica de una muerte anunciada y El general en su laberinto, todo un reto para cualquier escritor.
 
Con esto intento decir, que al margen de las rejillas teóricas, un acercamiento a la literatura colombiana en la actualidad requiere un conocimiento de algunos aspectos de la realidad política y social, de la que dan cuenta los autores aquí presentes desde múltiples perspectivas. Ellos recurren a diversos procedimientos como la parodia, la fragmentación, la paradoja y subgéneros, como el policiaco o la novela negra. Supongo que cada uno encuentra en su personal forma de narrar una vía para exorcizar la violencia que desde los años cincuenta se ha convertido en la materia literaria, sobre todo en un país de frágil memoria y de forzoso silencio ante la impunidad. Infamias como la toma del Palacio de Justicia en 1986 sirven de escenario a la ficción, al menos en el teatro, que yo sepa, cuando parecían haberse olvidado. El fenómeno del sicariato ya se conoce en los circuitos internacionales a raíz de la publicación de La Virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo (otro autor que obtiene un reconocimiento internacional antes que en su país) y presentan otras caras en Rosario Tijeras de Jorge Franco. Dos novelas que familiarizan a los lectores con la ahora tristemente famosa ciudad de Medellín. Tal vez  el papel elegido por las nuevas generaciones de escritores sea el de construir una historia, recogiendo los testimonios del ciudadano común, escuchando los ritmos que alegran o afligen a los compatriotas, pero sin ningún afán redentor, con el deseo de aportarle algo al país. Otra cosa es la noción que ellos puedan tener de la cultura. Personalmente rescato de la tradición libresca, tan denostada por las últimas generaciones de escritores, inteligencias como la de Sanín Cano que hoy podrían darnos profundas lecciones de civismo cuando nos dice que debemos aprender a convivir con el contrario y con los intolerantes, sin eliminarlos, porque aunque nos parezca difícil aceptarlo “la intolerancia, como el no saber tienen derecho a la existencia”.  

Consuelo Triviño Anzola (Bogotá, 1956) narradora y ensayista colombiana residente en Madrid, es doctora en Filología hispánica por la Universidad Complutense. Como ensayista ha publicado, entre otros trabajos: Vargas Vila, Diario Secreto (1989), Norte y sur de la poesía iberoamericana (1998), Germán Arciniegas (1999), Pompeu Gener y el modernismo (2000). Como narradora ha publicado: Siete relatos (1981), Prohibido salir a la calle, (1998) y El ojo en la aguja (2002).

 

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