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Latinoamerica-online Cultura, Società e Il Mondo dei Caraibi |
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di Mariella Moresco Fornasier
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Cómo leer la
Literatura colombiana
Consuelo Triviño
Anzola*
Una
obra literaria se ve necesariamente obligada a nacer a través de otras
precursoras y en esa medida suele ser respuesta a obras anteriores, y
esto no es más que una obviedad. Así las cosas, el corpus de la
literatura colombiana estaría constituido por un conjunto de textos que
a su vez podrían ser respuesta a textos anteriores, incluso si el autor
desconoce su tradición literaria:
Las
tres obras mencionadas son textos obligatorios dentro del sistema
escolar, no sólo colombiano, sino hispanoamericano y yo diría que en
parte también del español, ya que García Márquez y el boom es
uno de los pocos temas, si no el único de literatura hispanoamericana,
incluidos en los planes de estudio en el bachillerato en España. Y
ellas son parte del canon de lo que designamos como Literatura
Hispanoamericana.
Pese
a esa gran diferencia que acabo de señalar, lo cierto es que estas tres
novelas han sido releídas, revisadas y reinterpretadas, tanto por la crítica
colombiana, como por los creadores que en ocasiones también son críticos,
como Rafael Humberto Moreno Durán y Juan Gustavo Cobo Borda, por poner
sólo dos ejemplos contemporáneos. Las tres novelas nos proponen
modelos estéticos y en ellos nos hemos educado varias generaciones de
colombianos. Situamos a María dentro del Romanticismo, a La
vorágine dentro del Regionalismo y a Cien años de
soledad dentro del Realismo mágico.
Otra
forma convencional de ver la literatura colombiana sería desde el
concepto orteguiano de generación: Generación del Centenario, Los
Nuevos, Piedra y Cielo, Cuadernícolas, Mito, etc., “movimientos”
que tuvieron como sede la capital del país, aunque muchos de sus
miembros procedían de las distintas regiones. El enfoque generacional
también es insuficiente porque las edades de los autores no
necesariamente coinciden con las estéticas dominantes. Baldomero Sanín
Cano es contemporáneo de José Asunción Silva y debería según ese
criterio ser considerado un modernista. Pero su fina ironía, su
originalidad a la hora de desmontar falsas dicotomías y su vocación
por las paradojas, lo sitúan más cerca de la posmodernidad. Pero esta
peculiaridad es desconocida por los críticos que sencillamente no lo
han tenido en cuenta cuando se han acercado a la literatura colombiana.
Una
tercera posibilidad de acercarse al corpus de la literatura colombiana
es la que deslinda las distintas regiones del país, como hace Raymond
Williams: Literatura del Caribe con autores (García Márquez, Germán
Espinosa, Marvel Moreno y Roberto Burgos Cantor); Literatura del
Altiplano cundi-boyacense (J. M. Vargas Vila y José Antonio Osorio
Lizarazo y Elisa Mújica); Literatura de la zona de Antioquia La grande
(Tomás Carrasquilla, Manuel Mejía Vallejo, Alba Lucía Ángel y
Fernando Vallejo), Literatura del Gran Cauca (Jorge Isaacs, Eustaquio
Palacios, Arnoldo Palacios). Este enfoque puede ser útil para situar a
los autores en un contexto, pero es insuficiente, ya que haber nacido en
una región no siempre vincula al autor a una supuesta literatura de esa
región.
Aunque
esta forma de ver la literatura colombiana tenga sus inconvenientes,
debe conocerse esta diversidad para que no incurrir en generalizaciones
erróneas como las de una reconocida crítica y especialista en el
modernismo (Iris Zavala) quien llega a la conclusión de que José
Asunción Silva es la manifestación caribe del Modernismo. Su error está
en creer que la cultura colombiana se limita a región del Caribe (y
esto es así porque fuera de Colombia
la obra García Márquez se identifica con la totalidad del país).
García Márquez puede ser el más universal de los escritores, pero su
obra no abarca la compleja diversidad del país y esto es muy importante
cuando interesa determinar el referente cultural de las obras.
Respecto
a la actitud de los escritores frente a la tradición que es otro de los
puntos que quiero plantear en esta mesa, me permito recordar una cita de
García Márquez en una de sus columnas en los años sesenta: “La
literatura colombiana es un fraude a la nación”, decía, y no sé si
al decirlo pensaba en los autores no reconocidos por la cultura oficial.
La afirmación del joven García Márquez sintetiza una actitud: de
descontento, o rechazo a la cultura oficial excluyente. Es poco probable
que por entonces él conociera tan a fondo la literatura colombiana, ya
que las regiones vivían apartadas, sin carreteras y la única vía de
acceso al territorio nacional era el río Magdalena. Resultaba más fácil
la relación con otras culturas que con las regiones del país. Por todo
esto Cien años de soledad implica una ruptura respecto a esa
situación. La obra supera el aislamiento y llega a los circuitos
internacionales por sí misma y ese es nuestro mayor orgullo.
Ahora
bien, la actitud frente a la literatura colombiana por parte de
escritores y críticos, defiende una postura estética y yo diría que
hasta idiosincrásica, ya que ha sido muy corriente en el discurso
intelectual decir que se ignora la literatura colombiana (o a los
autores nacionales).
Se
puede descalificar una literatura por solemne o excesivamente retórica
y esto ha dado buenos frutos. También se puede hacer una lectura
marxista de María y decir que es producto de la visión de mundo
reaccionaria de los terratenientes que veían en el progreso una amenaza.
Podemos rechazar la obra, pero no ignorar la eficacia de un lenguaje
sobrio y sutil que recurre a las flores para expresar los sentimientos
de los enamorados. Se puede hacer una lectura desde la perspectiva de género
y destrozar a Arturo Cova, el protagonista de La vorágine, como
el más deleznable representante del patriarcado, pero hay que reconocer
que nadie ha sabido describir la selva con la delicada precisión con
que lo hizo su autor (como poeta modernista que también era). Se puede
rechazar el realismo mágico de Cien años de soledad por ofrecer
una visión parcial de América Latina, en la que creemos ver una imagen
folclórica del subdesarrollo, pero nadie puede negar que la voz que
narra procede de un tiempo remoto y que el encantamiento que sufre el
lector está en el tono con el que García Márquez nos hace viajar en
ese trayecto circular que es el tiempo mítico, para hacernos sentir la
soledad de América Latina.
Esto
en cuanto a los autores conocidos, pero ¿y los desconocidos? La
literatura colombiana ha evolucionado, ignorando a autores que merecerían
una atenta mirada. Pero debido quizás a estos estrechos esquemas con
los que se han abordado los estudios literarios, han quedado al margen.
Fuera de Colombia nadie sabe quién es Eduardo Zalamea Borda (1907-1963)
que nos sorprende con aquella novela existencialista: Cuatro años a
Bordo de mí mismo que en 1934 fue un escándalo; ni Osorio Lizarazo
(1900-1964) del que menciono El día del odio (1952), novela
que se alimenta de la desesperación de los menos favorecidos y cuyo
final se cierra con el estallido del Bogotazo en 1948. Su atmósfera me
recuerda la de Los parientes de Ester, la extraordinaria novela
de Luis Fayad, publicada en España en 1981. Sin embargo, algo de Osorio
Lizarazo también se filtra en uno de los relatos de Páginas de
vuelta de Santiago Gamboa, como si la estética tuviera que ver más
con el ritmo de la respiración que nos marca la realidad circundante, o
con una memoria común, que con un contacto directo con las obras del
pasado.
Otra
cosa son los procedimientos con los que los autores se acercan a esa
realidad. La cruel ironía en Sin remedio de Antonio Caballero,
no pasa por alto la desesperanza de los humildes, en contraste con las
mentiras de las que se nutre una elite ridículamente servil a los
intereses extranjeros. La parodia y el humor son los procedimientos de
Rafael Humberto Moreno Durán, más próximo a las tendencias
posmodernas. Así da cuenta del mundo universitario capitalino de los
sesenta y setenta en Fémina Suite. Y tal vez ese humor se apoye
en su conocimiento de la tradición literaria colombiana, desde El
Carnero, texto inaugural del género novelesco. Y en el caso de Germán
Espinosa es la historia colonial, tan ligada a Cartagena, su ciudad
natal, la que impulsa gran parte de su obra narrativa.
La tejedora de coronas, un acontecimiento literario en los
ochenta, se abre paso, entre Crónica de una muerte anunciada y El
general en su laberinto, todo un reto para cualquier escritor.
Con
esto intento decir, que al margen de las rejillas teóricas, un
acercamiento a la literatura colombiana en la actualidad requiere un
conocimiento de algunos aspectos de la realidad política y social, de
la que dan cuenta los autores aquí presentes desde múltiples
perspectivas. Ellos recurren a diversos procedimientos como la parodia,
la fragmentación, la paradoja y subgéneros, como el policiaco o la
novela negra. Supongo que cada uno encuentra en su personal forma de
narrar una vía para exorcizar la violencia que desde los años
cincuenta se ha convertido en la materia literaria, sobre todo en un país
de frágil memoria y de forzoso silencio ante la impunidad. Infamias
como la toma del Palacio de Justicia en 1986 sirven de escenario a la
ficción, al menos en el teatro, que yo sepa, cuando parecían haberse
olvidado. El fenómeno del sicariato ya se conoce en los circuitos
internacionales a raíz de la publicación de La Virgen de los
sicarios, de Fernando Vallejo (otro autor que obtiene un
reconocimiento internacional antes que en su país) y presentan otras
caras en Rosario Tijeras de Jorge Franco. Dos novelas que
familiarizan a los lectores con la ahora tristemente famosa ciudad de
Medellín. Tal vez el papel
elegido por las nuevas generaciones de escritores sea el de construir
una historia, recogiendo los testimonios del ciudadano común,
escuchando los ritmos que alegran o afligen a los compatriotas, pero sin
ningún afán redentor, con el deseo de aportarle algo al país. Otra
cosa es la noción que ellos puedan tener de la cultura. Personalmente
rescato de la tradición libresca, tan denostada por las últimas
generaciones de escritores, inteligencias como la de Sanín Cano que hoy
podrían darnos profundas lecciones de civismo cuando nos dice que
debemos aprender a convivir con el contrario y con los intolerantes, sin
eliminarlos, porque aunque nos parezca difícil aceptarlo “la
intolerancia, como el no saber tienen derecho a la existencia”.
* Consuelo Triviño Anzola (Bogotá, 1956) narradora y ensayista colombiana residente en Madrid, es doctora en Filología hispánica por la Universidad Complutense. Como ensayista ha publicado, entre otros trabajos: Vargas Vila, Diario Secreto (1989), Norte y sur de la poesía iberoamericana (1998), Germán Arciniegas (1999), Pompeu Gener y el modernismo (2000). Como narradora ha publicado: Siete relatos (1981), Prohibido salir a la calle, (1998) y El ojo en la aguja (2002).
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