Compay y
una entrevista exclusiva
Jorge Petinaud Martínez (Prensa Latina)
Lo encuentro con su sombrero a lo Compay, su impecable terno azul oscuro
en combinación con la camisa de un tono más claro y la corbata estampada
en blanco.
Me invita a sentarme a la mesa cuadrada de cedro de su terraza, donde le
gusta desayunar, almorzar con los amigos y leer -aún sin espejuelos- la
prensa y muchos escritos, entre ellos lo que se publica acerca de él en
todo el mundo.
La casa está situada apenas a una cuadra del mar, cerca de la brisa y el
salitre, como en los tiempos de la playa de Siboney, donde nació y se crió,
allá en la antigua provincia de Oriente.
Inicia el diálogo refiriéndose a una de las grandes alegrías que vivió
en este año, el Primer Coloquio acerca de la Trova Cubana, a cuya
inauguración asistió, apenas ocho horas después de su regreso de Perú.
-Es muy importante para la cultura que por primera vez la trova
entre en el Aula Magna de la Universidad de La Habana como un tema de
estudio, y que Silvio Rodríguez, un trovador, presidiera ese seminario en
el que participaron el ministro de cultura y académicos de mucho
prestigio.
-¿Para usted qué es la trova?
-El corazón de nuestra
historia, un manantial de cultura. Mira si la trova es fuente de
conocimiento, que por ella puedo explicarme lo que aconteció en la I
guerra mundial.
Desde niño recuerdo un texto que no se si lo escribió Rosendo Ruiz o
Sindo Garay, a esa edad ya yo estaba en la tabaquería y los tabaqueros la
cantaban, de ellos la aprendí. Ahora me sirve para comprobar cómo anda
mi salud mental.
Apoya las manos semicerradas de
artesano sobre el cedro, y como acariciándolo, golpea suavemente con los
nudillos para marcar el tiempo de la pieza que canta íntegramente.
-
Hace más de 80 años que la aprendí y no se me olvida. Por eso me sentí
muy contento de reunirme en la universidad con todas las generaciones de
trovadores. Vi muchachos muy jóvenes que ahora se inician, vi a Silvio,
quien me invitó, a María Teresa Linares y a César Portillo de la Luz,
que ya andan por los 80, y estaba yo, a punto de cumplir 95. Esto es muy
bueno para
la cultura. Tiene tanta
vigencia la trova, que próximamente voy a grabar, en homenaje a Sindo
Garay, El huracán y la palma. Yo la pienso empezar así...
Golpea
suavemente con ambas manos sobre la mesa, a la manera de una fanfarria, y
después hace la primera y la segunda voz de este clásico del legendario
bardo bayamés.
Cuando
concluye sonríe alegre como un niño ante el estreno de un juguete y
emite la expresión con la que aprueba los buenos resultados: ¡Eeechaa¡
-Tuve la suerte de aprender muchas de esas canciones directamente de Sindo
(Garay), primer músico al que vi en mi vida. El llegó a mi casa con su
guitarra y una guayabera blanca, pidió agua. Después la vida me dio la
oportunidad de recorrer toda la isla de Cuba junto a él.
Yo estaba en el conjunto de Miguel Matamoros en la emisora Mil 10, se
realizó una gira desde La Habana hasta Santiago en la que participaban
muchas figuras que formaban parte del talento de esa estación radial. Me
relacionaba mucho con Sindo y con su hijo Guarionex. Durante esa gira él
me enseñó muchas de sus obras.
-¿Cuál es el secreto de un artista que triunfa en todo el mundo después
de 80 años de trabajo?
-La lealtad del individuo a lo que cultiva. Siempre me gustaron la
guitarra, las canciones. Aprendí a tocar el tres y a esta variante que
inventé y que hasta hoy he tocado, le puse por nombre armónico, muy
similar a la guitarra pero diferente porque en el centro tiene dos
cuerdas
emparejadas -o sea son siete-, que le aportan un sonido una octava más
alta, además de poderla utilizar como guitarra y también como cencerro o
campana en los montunos o estribillos. Logra una gran armonía con el
resto de las cuerdas, por eso su nombre.
Creo que he llegado a este momento porque fui músico serenatero como se
decía antes, pero también estudié solfeo y teoría. Primero con Noemí
Toro, mandolinista y violinista, casi una niña como yo, hija de Guillermo
Toro, director y dueño de la escuela primaria a la que asistí. Gracias a
ella se cumplieron 80 años de aquel día de julio en que llegué a la
mitad del método de solfeo de Hilarión Eslava.
Recuerdo que me dijo: -Ya puedes escoger un instrumento y
aprender a tocar con música.
Seleccioné el clarinete y me recomendó que fuera a ver al profesor
Enrique Bueno, director de la Banda Municipal de Santiago de Cuba. Tenía
yo 15 años, cuando le compré a Ernesto Toujares un método para el
aprendizaje del instrumento y un clarinete. Le pagué haciendo tabacos en
un chinchal de su propiedad, donde laboré con dos o tres tabaqueros
más.
En aquel año 1922 también compuse mi primera canción -Yo vengo aquí-,
dedicada a una muchacha achinada de la que me enamoré, por eso al final
en el estribillo digo: "china, tú me has robado el corazón".
Después de aquello estudié con el maestro Enrique Bueno e ingresé en la
Banda Municipal de Santiago de Cuba como clarinetista. En 1929
recuerdo que vinimos a inaugurar la Carretera Central y el Capitolio de la
República.
Cuando se izó la primera bandera, yo toqué el clarinete ahí, pues
nuestra banda había ganado el primer premio en un concurso.
Nunca imaginé que en el entonces lejano siglo XXI pudiera contar toda esa
historia, y mucho menos que llegara a donde he llegado: al Vaticano,
adonde fui invitado por el Papa. Todo eso ha llegado como una sorpresa,
pero yo le tengo ya una canción a esas vivencias, Las flores de la
vida, que dan título a uno de mis discos. Estuvo nominada al premio
Grammy, reconocimiento que otorgan los académicos de la música en
Estados Unidos.
Esa pieza la escribí en Alemania, le puse música en La Habana y la
introducción mientras volaba hacia mi encuentro con el Papa.
-Usted siempre habla de la superación personal, ¿Se Secó el arroyito
es una muestra de ese afán?
-Sí. Con la edad que tengo creo que demostré lo que siempre he dicho: de
compositor pasé a escritor. Y aunque se trata de una obra modesta,
transformada ahora en comedia musical por el director Ulises Salazar, a
partir del conflicto entre ricos y pobres y entre una pareja que ve su
amor frustrado por la influencia de una madre con deseos de que su hija
escale socialmente, reflejada primero en mi guajira Se secó el
arroyito, logré después una obra teatral.
Me impresiona que el público llenó durante tres días la sala grande del
Teatro Nacional, y me emociona que mis amigos del hotel insignia de la
cultura cubana (el Nacional) la seleccionara para agasajarme en ocasión
de mis 80 años de vida artística. Estoy más que agradecido a ellos y a
la vida.
-¿Recuerda su primera actuación como músico?
-Todavía con pantalones cortos, a los 12 años hice el sexteto Los seis
ases, éramos niños del Tivolí, en Santiago de Cuba, y gustábamos mucho.
Competíamos con los del Tropical, del barrio de Los Hoyos. Yo tocaba el
tres y compuse el tema del grupo.
-Entonces en realidad usted empezó a componer desde hace 90 años
-Sí. Pero lo importante no es cuándo uno empieza, sino continuar sin
cansarse. Ahora compuse mi penúltima pieza No hagas el amor borracho,
donde critico el alcoholismo. Parto de la idea de que cuando uno va a
tener un hijo debe estar sano, para que el muchacho crezca saludable. A
través de la jocosidad del cubano critico a las personas viciosas.
-¿Piensa en nuevas canciones?
-Por lo general me inspiro cuando me acuesto, porque cuando voy a la cama
hago el recuento del día, con quién hablé, qué hice, qué dije, si lo
hice bien o mal. Analizo todo lo que pasó. Bueno, pues ahí mismo me
surgen palabras bonitas, que ni tengo la idea de que las pueda decir.
Esa es mi forma de inspiración, según me dijo el musicólogo Danilo
Orozco.
Tres o cuatro frases que nunca había pensado, las escribo enseguida y
después continúo. Así he escrito más de 100 canciones.
Eso me sucede con mi música y con piezas de otros autores de las que ya
nadie se acuerda, se me pegan por la mañana, y ya tengo ahí para varias
horas, hasta que las incluyo en mi repertorio.
-Ochenta años de vida artística en plenitud de facultades otorgan cierta
autoridad. ¿Qué le aconseja a los músicos más jóvenes?
-La música hay que estudiarla además de sentirla, tiene secretos, es una
conversación. Mira si es grande, que si la escribe un chino yo la
entiendo.
Es internacional. Entonces es imprescindible estudiarla.
Claro, los cubanos tenemos nuestros modismos y nos basamos en el cinquillo
-cinco notas donde deben ir seis-, pero nosotros le damos un aire para
hacerlo bailable. Eso le imprime ese sabor sabroso que tanto gusta en el
mundo.
Hay que conocer las notas fuertes, las sensibles o sentimentales que
llegan al alma. Yo tengo un número conocido en el mundo entero, Chan
Chan, tiene sólo cuatro notas, todas sensibles o sentimentales (canta
entonces varias estrofas del primer surco del álbum Buena Vista Social
Club). Eso hay que saberlo, y por eso lo único que les aconsejo a los
músicos más jóvenes que yo, todos, porque soy el más viejo del mundo,
que no se cansen de aprender.
-Habla usted mucho de la cubanía, ¿Cómo la siente?
-Soy estudioso por mi oficio, de niño estuve en las tabaquerías, y ya de
adulto trabajé 20 años en la Montecristo. Conozco de la historia de mi
país desde José Miguel Gómez, Menocal, Zayas, Machado, todos hasta
Batista, quien dio varios golpes militares, y después he visto la
Revolución de 1959 hasta hoy. Vi la época de los partidos, conservadores
y liberales. Todo eso lo he sentido porque han gobernado el país, y sus
errores como pueblo los hemos sufrido.
Yo no soy un político, lo mío es la música. Pero cuando oi por primera
vez que un hombre llamado Fidel estaba en la Sierra Maestra, y que lo
primero que creó fue una escuela para enseñar a los guajiros y a sus
hijos, eso me causó admiración. Eso fue muy bonito.
Ojalá que todos los presidentes tomaran interés en la educación, en la
salud, en la cultura de sus pueblos, no en la política.
Nosotros andamos recorriendo el mundo, y a veces vemos multitudes de
gente que no tienen casas, ni alimentos, ni medicina ni educación y mucho
menos acceso a la cultura, ¿por qué señor?
Vivo feliz porque he visto cómo en mi país se fue formando una población
que hoy llena de orgullo por su cultura. Por eso, si puedo subastar uno de
mis sombreros en 20 mil dólares y donarlos para la salud o la educación
lo hago con gusto. Ya he donado para la salud pública en los dos últimos
años 37 mil 500 dólares. Para mí eso es la cubanía.
-¿Y cuándo va a reclamar los récords Guinness, de los que hemos
conversado desde hace varios años?
-La música no es un deporte. Los récords son de los deportistas. Y
aunque no me opongo a que algún amigo o alguna institución haga esa
reclamación, prefiero dedicar mi tiempo a pensar en otras cosas. Me
entristece mucho todo eso que leo en estos periódicos, conflictos entre
pueblos por el petróleo, por los minerales y hasta por el agua. Matanzas
y masacres de pueblos enteros, terrorismo, guerras criminales, contaminación
de las aguas, aumento de los desiertos, gases que están calentando el
planeta y que amenazan con desaparecer islas completas. Eso debe
preocuparnos a todos.
Los que ya hemos disfrutado de las flores de la vida, ¿qué mundo
dejaremos en herencia a los que ahora son niños o están por nacer?
En el campo a veces se pierden miles de científicos, artistas, maestros,
deportistas, porque la sociedad no les propicia un desarrollo desde la
infancia. Entre los pobres y en el campo hay inteligencias que requieren
ayuda. Cuba ha dado un buen ejemplo. El propio presidente ha
ido al campo, a las montañas, a inaugurar escuelas con televisores,
computadoras y fuentes de energía solar para que no falte la corriente. Y
de los campos han salido valores muy grandes.
Yo no soy un clásico, pero sí me siento en el deber de ser un
pensador, y cambié la palabra arma por alma. En mis viajes por el mundo
lo repito: vamos a cambiar las armas por las almas para ver si con
la cultura podemos salvar a la humanidad.
-¿Cómo se mira a la vida desde la edad de 95 años?
-Como lo único que existe. La muerte es una falacia. Nosotros no morimos,
nos transformamos. De nuestro cuerpo salen gusanitos que después se
convierten en mariposas y emprenden el vuelo. Por eso digo a los niños
que no cacen ni maten a las mariposas, pudiera tratarse de un gran artista
o un gran poeta.
Por eso en mi canción Clarabella concluyo diciendo: Yo nunca
pienso que me tengo que morir.
Resumen Latinoamericano - /DIARIO DE
URGENCIA 300 - julio 14, 2003
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