mostra fotografica   arte e cultura   letteratura   musica   cinema e teatro   feste e tradizioni   natura e ambiente   viaggi

popoli indigeni   afroamerica   società   appuntamenti   leggere/ascoltare   studi e ricerche

 

  Archeologia e Storia dei Caraibi

 

 

 

www.caribenet.info

el portal del Caribe

La real historia del tabaco

 

 

Marta Gómez Ferral

 

 

'Me hizo la historia del tabaco', se dice en la isla cuando alguien nos abruma con un relato interminable sobre cualquier tema, tedioso por lo demás. Aquí hablaremos de la verdadera historia de esa planta, muy arraigada en la cultura y vinculada al desarrollo económico del país.

Nunca se sabrá de cierto por cuáles misterios inexplicables de la naturaleza la planta del tabaco, oriunda del continente sudamericano, encontró tierra de promisión en Cuba, la mayor de las Antillas.

De acuerdo con los investigadores, hace unos cinco mil años los indios de Sudamérica conocían las virtudes de la hoja del tabaco, sobre todo sus efectos medicinales. Por ejemplo, los jíbaros del Amazonas, los aruacos o arawaks de la cuenca del Orinoco y más al norte, los aztecas, quienes lo usaron como antídoto contra el implacable veneno de las serpientes.

Se estima que esta planta es originaria de la zona andina, cerca del lago Titicaca, donde se le conocía quizás desde el año 3000 a.n.e. De la mano de los aruacos llegó a la isla de Cuba. Esta etnia de aborígenes es el núcleo originario de los llamados taínos antillanos. En fin, son sus antecesores.

Ese arbusto perteneciente a la familia de las solanáceas, que ellos llamaban cohoba, tenía usos medicinales y hasta religiosos. Aquí y allá se han estudiado evidencias de antiguos usos de la hoja, teniendo en cuenta los efectos de la nicotina, como antitetánico, narcótico y para mejorar el funcionamiento de la vejiga. Además, para curar yagas y heridas. Se colocaba cerca de los cuerpos, quizás con una finalidad protectora, cuando se iba a acampar en parajes intrincados y desolados, a la hora del sueño.

Eran vastos los conocimientos de los behiques -médicos o curanderos indígenas- sobre las propiedades de esta planta, que nunca llega a ser un árbol, sino un arbusto, de un hermoso y armonioso porte. Sus hojas son de un verde brillante y una suave consistencia. Secas y debidamente procesadas, originan hoy uno de los productos más famosos del mundo, los puros habanos y son los cubanos de los de mejor calidad.

De regreso a nuestra historia, la de la suerte de la planta del tabaco en aquellos lejanos tiempos anteriores a la llegada de los españoles a América, se dice que los aborígenes preparaban la planta de cinco maneras fundamentales: en zumo, polvo, pasta, humo y en tisana. Muchas veces 'fumaban' algunos rústicos por la nariz, auxiliándose de un artefacto parecido a un tirapiedras.

Cristóbal colón menciona desde su primer viaje su encuentro con la prodigiosa planta, al escribir en su diario que portaban como unas hojas secas, muy queridas entre ellos, diciendo que se lo habían regalado en San Salvador.

Fray Bartolomé de las Casas habla de unas 'hojas secas metidas en una cierta hoja' o algo así, refiriéndose al arbusto de marras. El gran almirante llevó las preciadas hojas en su primer viaje de regreso a España, junto con tortas de casabe o pan de yuca, piñas, guacamayos y cotorras, así como algunos seres humanos de nuestras tierras. Trajo raíces de caña de azúcar en el segundo, otra planta que sería decisiva, incluso más que la primera, en la historia de la economía de Cuba, de la cual se derivaría el azúcar y al paso del tiempo el aguardiente y el ron, productos que han llegado hasta los días de hoy perfeccionados y con un bouquet de primera. Pero esa ya es otra historia.

El etnólogo y escritor cubano Miguel Barnet expresó una vez que el cohoba -difundido al mundo por los españoles como tabaco, fue el mejor regalo que hicieran los indígenas a los blancos y a los negros. Aquí se adhirió a una expresión dicha por Las Casas: 'Era todo muy santa cosa', quien en el siglo XVI describió el uso que los aborígenes daban a la planta.

Se considera que los primeros europeos en aficionarse al tabaco fueron Luis de Torres y Rodrigo de Jerez, y este último estuvo a punto de arder en los fuegos terrenales, que no en los del Infierno, por dedicarse a actividad tan demoníaca según la moral de su época. Ellos formaron parte de las primeras tripulaciones de las carabelas de Cristóbal Colón.

Aparte de fumarlo, el humo del tabaco fue adquiriendo para la cosmogonía aborigen una importancia significativa y su presencia en los ceremoniales y rituales religiosos fue aumentando. Esto se trasmitió a los esclavos africanos que se fueron introduciendo en la medida en que la crueldad del conquistador diezmaba y llevaba al exterminio a la población nativa.

Los ritos a los dioses africanos, incluso en los adivinatorios y más allá, incluso en los cultos esotéricos y de la magia negra europea.

Volviendo a los aborígenes cubanos, taínos en su mayoría, aunque existían comunidades de siboneyes y guanajatabeyes, desde entonces conocían las variedades hortense, suave y la silvestre, más fuerte, o 'cosa salvaje' como lo llamaron algunos cronistas.. También ha quedado claro que los europeos no lo asimilaron enseguida.

Fue obra de los marinos el de llevarlo por todas partes del mundo. También se conoce que el español Francisco Hernández de Toledo lo dio a conocer científicamente en el siglo XVI. Pero por muchas razones su uso se mantuvo oculto, y no era precisamente porque entonces se considerara su abuso como dañino a la salud.

En La Habana del siglo XVI el tabaco fue objeto de comercio a iniciativa de los negros. Ellos vendían el producto a las flotas, que como se sabe arribaban incesantemente por su puerto considerado la llave del Nuevo Mundo. Pero pronto la metrópoli les prohibió la venta y el cultivo. Pasó a ser un privilegio que se dieron los blancos conquistadores asentados en la isla.

De acuerdo con testimonios del investigador Barnet, tanto la regla de ocha (santería), la de palo, la sociedad secreta abakuá, las ofrendas a la virgen de la Caridad... usaban y usan los humos en sus ritos. Para el santero casi es imposible actuar sin el humo del tabaco.

Pero volviendo un poco atrás en el tiempo encontramos que el conquistador inglés Sir Walter Raleigh llevó la solanácea a la brumosa Londres, también en el lejano siglo XVI. Se dice que allí hacia 1599, una libra de tabaco costaba el equivalente a 120 dólares de hoy. O sea, que era un lujo de los poderosos en esos días.

En el siglo XVII el tabaco quedó definitivamente arraigado en las costumbres europeas. La gente culta de esa época puso a los rústicos cigarros el nombre de tubanos, por su forma de tubo alargado. Pero este nombre no prendió. Luego se le empezó a llamar cigarro por su lejano parecido con los cigarrones (insectos) de la campiña de algunas regiones de España. Se dice que el cigarrillo envuelto en papel también se lió por primera vez en Cuba.

Muchos habanos fueron convertidos en cigarrettes, cuando se destinaban a las damas europeas. En Turquía lo perfumaron y se dice que en los harenes perdió el sabor y aromas de nota tan viril como el que siempre se le achacó.

En fin, a pesar de los precios prohibitivos en que a veces se llegó a comercializar desde los comienzos de su trasiego, el tabaco conquistó adeptos de diversas clases sociales: obreros, intelectuales, marinos, soldados. Fue símbolo de poder y señorío cuando estaba en la forma de puros y de vida marinera, pastoral o intelectual cuando se le fumaba en pipas.

Los españoles inventaron el rappé, con la hoja triturada del tabaco, quizás como una manera de dimilar una adicción que fue considerada un vicio inaceptable por la santa inquisición, cosa de salvajes, demonios y hechicería.

Tampoco escapó al contrabando de corsarios y piratas con los pobladores de las villas y poblados costeros, en contactos que no siempre fueron invasiones asoladoras de los primeros. Con el tiempo, ese diablejo indiano llevado en primicias por colón y Cortés, perdió su uso ceremonial y medicinal y pasó a ser un placer, que tenía mucho que ver con la sensualidad y la alegría de vivir del hombre.

Su producción, por una u otra razón que en esta historia no hay espacio para mencionar, pasó por un férreo control de siglos. Mucho tuvieron que ver los intereses hegemónicos de la metrópoli, en su papel rector del saqueo a estas tierras.

En los siglo XIX y principios del XX, en Cuba florecieron prósperas industrias de producción de puros. Habanos comenzaron a llamarse desde tiempos coloniales, época en que se hizo indudable que la calidad de los cigarros cubanos superaba con creces a la del resto del mundo. Las tierras de Vuelta Abajo, en la occidental provincia de Pinar del Río, fueron especialmente dotadas por la naturaleza para ese fin. Condiciones que se han mantenido a lo largo de muchos años.

Hoy por hoy, los puros cubanos siguen siendo los mejores y marcas tan legendarias como Partagás, Romeo y Julieta, Montecristo, unidas a otras nuevas como Cohiba, San Cristóbal y Cuava, recorren el mundo para deleite de millones de aficionados, a los que solo les aconsejamos disfrutarlos con moderación, para que al menos, lo puedan hacer por un mayor tiempo y calidad de vida.

 

www.argenpress.info   15/04/2004

 

 

Latinoamerica-online 

Ass. Cult. Imago Mundi - Direttore  responsabile Mariella Moresco Fornasier

  Registrazione presso il Tribunale di Milano n. 768 del 1/12/2000  e n. 258 del 13/04/2004 

ISSN 1824-1360 © Tutti i diritti riservati