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Arti e cultura 

 

Pinocho el subversivo

 

Attilio Aleotti

 

 

 

 

Artículo enviado por el autor y publicado en El Clarín el 4 de septiembre de 2004 . El texto fue escrito en ocasión de la presentación de libro Pinocho en La Habana y pensado para los maestros de las escuelas especiales para niños con handicap y problemas. El texto no obtuvo la autorisación para su lectura durante el evento.

 

Ficha familiar:

  • Adoptado o, mejor dicho, cedido a familia sustituta, sin cumplir con los procedimientos legales establecidos a tal efecto.

  • Padre adoptivo: Geppetto, adulto mayor, soltero, trabajador por cuenta propia, situación económica por debajo del nivel de la pobreza.  

  • Madre: desconocida. 

Se tiene noticia de que una cierta mujer, identificada con el apodo de Niña del Cabello Azul Turquí, sin domicilio reconocido, de presunta ocupación cartomántica-astróloga, se ocupa de él de manera esporádica e irregular.

Las informaciones recogidas por las autoridades competentes tipifican un caso evidente de hogar disfuncional, por lo cual se recomienda la atención de la Asistencia Social.

Ficha personal:

  • Afectado por un trastorno psicomotor, consistente en una visible rigidez articular, reconocible por el ruido que producen sus extremidades inferiores de madera al caminar. Viste pobremente, con ropa hecha de  papel y miga de pan. 

  • Señas particulares: se le identifica por padecer, en determinadas ocasiones, de desorden psicosomático, lo que le provoca un repentino y desmesurado crecimiento de la región nasal. 

Ficha policial:

  • Elemento antisocial, deambulante, acostumbra a relacionarse con sujetos delictivos, malandrines y jineteros notorios. Con la complicidad de un coetáneo, ha cometido abandono del hogar y de la  institución escolar, para fugarse hacia un país que unos sostienen sea  “el más bello del mundo: ¡un país fenomenal!”

  • Se sospecha que consuma substancias psicotrópicas, pues más de una vez ha declarado haberse transformado en cuadrúpedo herbívoro. 

  • Posee antecedentes penales: ya ha sido condenado con anterioridad por peligrosidad social. 

¿Han podido reconocer en esta sombría descripción a Pinocho, el protagonista del libro homónimo? ¿Sí? Bueno, en el caso de que, como supongo, su respuesta sea afirmativa, nos encontramos en un serio apuro: tenemos que explicar por qué seguimos publicando las aventuras de este personaje, aparentemente tan poco edificante y, además,  aconsejamos su lectura a niñas y niños.

¿Cómo reaccionaríamos si un sujeto con estas características y precedentes se presentara para inscribirse en una de nuestras escuelas?

Analicemos objetivamente los datos a nuestra disposición:

a) Proveniente de un hogar disfuncional;

b) portador de discapacidad física evidente;

c) afectado por mitomanía psicosomática; y

d) demuestra severos trastornos de conducta.

En la mejor de las hipótesis sería enviado a una escuela especial para impedidos físicos o, más bien,  su caso sería propuesto para un reformatorio o escuela de conducta a régimen interno, en dependencia del avance de nuestras clasificaciones o de la capacidad de sectorialización de defectología que posea el país.  De cualquier manera no sería llevado como ejemplo para sus coetáneos.

¿Qué es lo que lo hace atractivo para pequeños y pequeñas?

Pinocho ante todo es humano, muy humano. No es el tipo del super héroe a que nos han acostumbrado las historietas y dibujos animados japoneses. Es fácil reconocerse en él, está lleno de todos los defectos y virtudes que identifican a las personas: es perezoso, intransigente, mentiroso, pillo, así como generoso, valiente y apasionado en sus sentimientos. Pinocho se caracteriza por tener muy buenos propósitos, pero, por decirlo con palabras de Oscar Wilde, “puede resistir todo, excepto  las tentaciones”.

Es un curioso insaciable, nunca se cansa de husmear, de explorar lo desconocido, de correr riesgos a fin de tener nuevas experiencias. Es un Ulises existencial. En cada aventura lo pone en juego todo y si hay que pagar un precio por esa búsqueda insaciable, nunca descarga la culpa sobre los demás, paga personalmente y, a menudo, un alto costo.

No se rinde nunca, ni se desanima a pesar de las dificultades o de lo  dramático de la situación que le toque enfrentar. Busca y encuentra una vía de salida, ya sea cuando cae en una trampa, si se ve transformado en burro, a punto de terminar en una sartén de aceite hirviendo, o así esté encerrado en la barriga de un tiburón.

Sueña con un mundo mejor que él mismo, como todo niña y niño, lleva dentro de sí, un mundo difuso e indefinido, que contrasta y se opone al trágico retardo de aquel otro que la visión de los mayores le propone y llama “real”. Es decir, Un mundo nuevo que las  instituciones de los adultos tienden a negar.

Pinocho no se conforma con un poco, lo quiere todo y ya. Cada vez que algo o alguien limita y amarra sus pasiones y sus instintos primarios, pasa de inmediato al enfrentamiento directo contra pedantes o represores.

Utiliza la última arma de defensa posible de los más débiles, de los indefensos: la mentira. Lanzando una mueca contra el poder, Pinocho se convierte en el paladín del proletariado infantil, enfrentándose a la opresión de los adultos, donde las reglas, las normas, los códigos prefijados e inamovibles, siempre impuestos y nunca discutidos con los más pequeños, constituyen las recias cadenas a quebrantar.

Pinocho el rebelde, sueña la isla feliz, mientras levanta la barricada que marca la separación entre su deseo de vivir y aquello que le prohibe hacerlo a su manera,  la desenfrenada tensión lúdica y la banalidad repetitiva de lo preestablecido. La barricada, como siempre, cierra la calle, pero abre la vía hacia la dialéctica de lo real que busca la superación del estancado y viejo dominio existente. Pinocho anhela el cielo, quiere el paraíso ahora y ya! Para los niños, que aparentemente tienen más tiempo que los adultos, el tiempo no es nunca lo suficientemente rápido. Relojes hambrientos de minutos, en los que los deseos se suceden de manera inmediata y su cumplimiento es apremiante e imperioso: el hambre, la sed, las ganas de orinar, el sueño.

No sabe bien lo que desea, pero tiene idea clara de lo que no quiere: Rechaza el trabajo con sus relaciones de explotación que lo quieren siempre en un papel subalterno, atropellado por un trabajo bestial y sin redención (perro guardián, rueda de molino, etc). No hay que olvidar que en la época en que se escribe el libro, poco años después de la Comuna de París, los derechos de los trabajadores no eran sino una utópica propaganda de agitadores subversivos, y las jornadas de 14 a 16 horas por un miserable sueldo, la cotidianidad de la que no lograban sustraerse ni los más  pequeños.

Pinocho se escapa de una escuela donde solo le enseñan a repetir fechas, nombres y datos sin sentido, para hacer algo que le parece más entretenido y provechoso: pasarla bien, jugar, divertirse.

No quiere la medicina amarga que un par de pseudo médicos le quieren propinar, proclamando de forma grandilocuente:  “Si el enfermo no está muerto, es señal de que está vivo”. Pinocho es una marioneta, pero se comporta, como el niño típico: “porque los niños somos todos así. Les tenemos más miedo a las medicinas que a la enfermedad”.

Con todas sus decisiones erradas y equivocaciones, impone el derecho a la autonomía de los pequeños ante las restricciones de los grandes.

Tal es la fuerza de este rastreo de espacio propio que Pinocho se autonomiza también frente a su autor y le toma la mano. Como sucede a Conan Doyle con Sherlok Holmes, así Collodi se agota con Pinocho y quiere liberase de su criatura. Como el uno muere,  el otro se transfigura mediante la metamorfosis, siguiendo la magia del mito antiguo de Osisris, las transmutaciones de Apuleio, los Misterios Orficos, némesis y catarsis, la muerte que prefigura un renacimiento en la  metempsicosis. Pinocho pasa a través de múltiples reencarnaciones antes de la transfiguración definitiva. En el ciclo de los renacimientos: del burro a la salida de la barriga del tiburón, a la definitiva reencarnación que redimiéndolo lo eclipsa, liberando a Collodi del peso insostenible de inventar nuevas aventuras.

La normalización es la  muerte y la apoteosis que lo ve triunfar sobre su mismo autor. Pinocho el muñeco, se hace niño y desaparece de las páginas impresas, solo para seguir viviendo sus fantásticas aventuras en nuestras mentes y en las de millones de niños y niñas que sueñan la misma metamorfosis al revés: convertirse en un muñeco libre y aventurero.

¿Qué significa Pinocho para los educadores?

Seguramente un llamado de atención y un desafío. 


Recuerda que todo niño y niña conlleva intrínsecamente las trazas del futuro en devenir que podrá desarrollarse, solo y cuando tenga espacio de subjetividad, como autonomía de elección y expresión.

 Nos reta a imaginar y a realizar sistemas de transferencia de la  información, de la reproducción de lo conocido, o sea, un método educativo y pedagógico tan atractivo, libre y emocionante que permita atraer a todo los Pinochos, es decir, a todos los niños, sin rechazar ni separar a ninguno de ellos a pesar de su diferencia, dificultad, o carencia.   Una enseñanza tal que prepare desde la infancia a imaginarse y a trazar  una sociedad siempre más libre, justa e igualitaria, en la cual se priorice la solidaridad sobre la competencia, donde cualquiera luzca por sus diferencias sin desigualdades.

Mientras escribo estas modestas notas sobre un libro tan famoso, cultivo la secreta esperanza, de que en un próximo futuro sean las propias niñas y niños los que escriban libros para sus coetáneos, o quizás para los mismos adultos.

¿Por qué proponerlo todavía?

Entre los libros que se enmarcan en lo que acostumbramos a definir como literatura infantil o juvenil, pocos son aquellos que han sido escritos para un público joven, muchos son textos escritos pensando en referentes adultos (a veces muy adultos, cultos e ilustrados), casi siempre reducidos, despojados del sentido original o reescritos ad usum delphini. Sobran los ejemplos:

·         Moby Dick, para quien lo haya  leído en su versión integral no se necesitan explicaciones. Se trata de una reflexión filosófica sobre ética y moral. Ningún muchacho o muchacha se chuparía un ladrillo de este tamaño.

·         Los viajes de Gulliver, una aguda y corrosiva crítica de las instituciones de su época, redactado con un fin polemista político y cáustico humorista que en otros de sus textos no deja de aconsejar a las madres pobres a salir del peso de los hijos, vendiendo sus bebés para galardonar las mesas de los ricos.  

·         Robinson Crusoe, el relato de un náufrago recogido y relatado por un periodista que, más tarde, reportará la Peste de Londres y en el cual se comienzan a desdibujar las primeras piezas de aquel rompecabezas conocido con nombre de colonialismo.

·         Cándido de Voltaire, ¿un libro para niños? Hágame el favor...

·         Para no citar a Gargantúa y Pantagruel o al Quijote.

·         Los mismísimos cuentos compendiados por los Hermanos Grimm, impregnados de espíritu romántico, tenían que ser únicamente, en la mente de sus metódicos recopiladores,  un aporte que testimoniara  la riqueza de producción cultural de las clases subalternas centroeuropeas, con sus substratos de mitos celtas y germánicos, mediatizados de los horrores de la edad media. ¿Qué tienen que ver con los niños esta horribles sagas de descuartizamentos, antropofagia, necrofagia y quemaderas de bruja?

Hace muy poco tiempo que se ha empezado a escribir libros para un público de menores, no más de 150 años. Pocos son los que se han escrito y de los cuales tenemos todavía memoria: Alicia en el País de las Maravillas (aceptado pero no concedido que se trate de literatura infantil) de Lewis Carrol; Los libros de aventuras de Salgari, pensados para un público de varones; Peter Pan de Barry; El libro Corazón de De Amicis; El Pequeño Príncipe de Saint Exupery; y por supuesto Pinocho de Collodi. De ellos, no todos son dignos de la fama que aún los acompaña.

Hay que reconocer que los últimos decenios han registrado un neto aumento de escritores para la infancia. La difusión de la escuela obligatoria en la mayoría de los países, ha abierto un interesantísimo mercado para quien incursione en este sector, Gianni Rodari, Roal Dhal, J.K. Rowlling, están entre los más conocidos.

La acción de regalar el Pinocho a nuestro pequeños y pequeñas, recuerda aquella del patrón de una fabrica que pone a disposición de  los obreros El Capital. Pero, quizás, no todos los mayores se consideren dueños de los niños y en muchos de ellos siga brillando la chispa del homo ludens.    

 

 

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