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Cinema e teatro

 

 

 

 

Buenaventurado Maestro

 

¿Último acto?

 

 

En Cali, su tierra natal y centro de su universo, el Maestro Enrique Buenaventura, una de las figuras más valiosas y fundamentales de la historia del teatro colombiano, protagoniza el acto más trascendental de sus 78 años: el cara a cara con la muerte. Cualquiera que sea la solución que dé al reto dramático de la vida real, la ovación por su altísima interpretación de esta farsa que es la existencia, está más que asegurada.

 

 

 

foto: www.kalathos.com

 

 

 

 

 

 

Ignacio Ramírez   Cronopios – Diario virtual  

 

La noticia se ubicó en el aire y se leyó hoy viernes 26 de diciembre en el mundo sin fronteras de Internet: el actor, director, escritor, pintor, compositor, poeta y hombre de palabra Enrique Buenaventura, libra una lucha con la muerte, en Cali, donde nació en 1925.

 

Difundida a través del portal www.gentecontalento.org  que desde hace varios años lidera y sostiene el artista caleño Juan Fernando Cobo, trae también un llamado a los colombianos para que firmen un formulario de apoyo a una idea que desde hace más de 3 años viene flotando en el ambiente cultural del Valle, pero que la politiquería criolla ha mantenido a sospechosa distancia: que el teatro municipal de Cali sea llamado oficialmente con el nombre de Enrique Buenaventura.

 

La propuesta, que apuntala a fuerza de gravedad de la justicia, quizás no le importe mucho (acaso nada) a un prójimo que dedicó la vida al arte en sus más diversas manifestaciones y que en el fondo ha sido ejemplo de cómo  en el hombre no cuentan las palabras si no van acompañadas de actitudes, de razón y crítica.

 

Hace pocos meses un periodista le preguntó al maestro: --¿En qué se parece la vida al teatro, y en qué se diferencia? Y el maestro respondió: --La vida no se puede ensayar y el teatro es un modo de ensayar la vida.

 

Ahí, en el contenido de ese espontáneo aforismo, está reflejada la filosofía de alguien convencido de la necesidad de la acción y el optimismo para que el ser humano entienda el juego en que la existencia se convierte cuando la realidad supera a la ficción, cuando es preciso remontar la imaginación hasta los predios de la fantasía, sin desbordar la realidad, que es eso: puesta en escena del ejercicio de vivir para morir.

 

Morir es lo de menos. Lo inevitable. La lógica de la vulnerabilidad o de la metamorfosis. Enrique lo sabe más que nadie: en sus constantes montajes de A la diestra de Dios Padre, la leyenda universal que entre muchos otros autores escribió a manera de cuento nuestro Tomás Carrasquilla, y que Enrique adaptó para el teatro, un paisa dicharachero y recursivo llamado Peralta amarra a la muerte en la copa de un árbol y se pone a jugar dados y a juerguiar mientras a la tierra la va inundando la vida, que no es ni buena ni aconsejable cuando ya se ha trajinado y va de sobra. Hasta cuando pasa lo que tiene que pasar: que vuelva la señora muerte y se vaya llevando todo lo bueno que en nosotros tope, como decía Beremundo el lelo.

 

Así imagino a Enrique en este juego de tute con la huesuda contendora: muerto de la risa, aunque quizás a quienes estén velando su real o ficticia agonía les parezca muerto de la muerte.

 

Porque la muerte es lo de menos alrededor de un hombre que sido todo vida y todo consecuencia: pintor, escultor y filósofo de academia, nunca estudió teatro formal ni convencional y tal vez por eso se convirtió en la más importante figura de la historia de nuestras artes escénicas, al lado de émulos y discípulos que desde los años cincuenta del pasado siglo tomaron conciencia de cómo un pueblo que no tiene teatro tampoco tiene identidad, que ellos le dieron, aunque falte aún la historia escrita para consolidarla. Pero ya llegará.

 

Y lo digo por esto: su obra ensayística es tan vasta y tan importante, que ahí ya tienen los historiadores suficiente hilo para desovillar y suficiente tela de dónde cortar.

 

Lo saben bien también teatreros de alto rango e historiadores y analistas especializados como Carlos Vásquez, Carlos José Reyes, Alberto Castilla, Giorgio Antei,  María Mercedes Jaramillo, Fernando González Cajiao, Gonzalo Arcila,  Beatriz Rizk, y otros y otras que han protagonizado y entendido la importancia de las artes escénicas en la heterogeneidad de sociedades donde a veces se mira y se trata a la cultura con desdén.

 

Enrique Buenventura, aparte de esa multiplicidad de facetas creativas, ha hecho de todo por la cultura, y lo ha hecho bien. En el teatro, específicamente, donde quienes no lo conocen más allá, lo ubican siempre, ha hecho tanto que quizás no haya otro personaje con tanto aporte real: hace ya más de medio siglo puso a marchar la Escuela Departamental de Teatro del Valle del Cauca, de donde vienen las primeras memorias de su En la diestra de Dios padre, el Réquiem por el padre Las Casas, La tragedia del rey Christophe, sus montajes con base en leyendas folclóricas tomadas directamente de las tradiciones populares y muchas otras que infortunadamente no se pueden consignar completas en una breve nota de prensa. El TEC, mientras ha estado bajo su batuta, ha estado a la altura de su historia y de sus exigencias, como tendrá que seguir, pase lo que pase, porque el TEC es pasado y es presente pero es futuro por encima de todo.

 

Vienen luego montajes de tipo clásico y otros de gran impacto diferencial, como el Ubú rey de Alfred  Jarry y de La trampa, de su autoría. Otras memorables: Los papeles del infierno, la adaptación de Los inocentes de Emmanuel Robles, La huella, La orgía, La maestra, Tirano banderas... y sus canciones y sus poemas y sus cuentos y su palabra viva. Su presencia, que es fuego. O su ausencia, que debe ser antorcha.

 

Su devoción por Brecht, que se traduce en innumerables ensayos y montajes, conferencias, propuestas y activismo que condujeron no solo a una pequeña época de oro del teatro colombiano, en los años 60 y 70, sino especialmente a un notable cambio del concepto teatral, que pasó de costumbrismos, desmesuras, candideces y lugares comunes a un teatro moderno, exigente, experimental, cuestionable, retador, que sí: ha servido también para que el público no sea un simple convidado de piedra o un cautivo de la ingenuidad.

 

Un analista teatral llamado Gabriel Flórez Arzayús dijo que Enrique Buenaventura es una mezcla de bohemio y monje. Sí, por caminos paralelos los dos beben vino y se enfantasman con sueños, paraísos e infiernos. Pero, mucho más allá, Enrique Buenaventura ha sido un lúdico maestro que ha gozado la vida y nos la enseñó a gozar a quienes en algún momento lo vimos, lo admiramos, le aprendimos y le aplaudimos desde el lado de las butacas o desde el andén.

 

Por eso, la muerte es lo de menos. Los tolimenses dicen que todos vamos pa’muertos...¡si Dios nos da vida! Que el Teatro municipal de Cali se llame en adelante Enrique Buenaventura es solo un simple resorte de justicia. Aunque eso no suceda, de todas maneras la historia del teatro no se podrá mencionar jamás sin que la luz de su nombre la ilumine. ¿Para qué más? Vivo o muerto, Buenaventurado sea Enrique.

 

 

Ñapa

(un poema de Enrique Buenaventura)  

 

Tenemos que construir algo     

que no sea una casa

sino nosotros mismos

Algo que no ofrezca resistencia

a nuestros cambios

y hay que construirlo

en un lugar público

donde seamos para nosotros

lo que somos para los demás.

 

 

cronopios@cable.net.co   26 de diciembre 2003

 

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