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Tendencias en el cine
latinoamericano
Frank Padrón
Año nuevo...¿cine
nuevo?. En su más reciente edición, los filmes en concurso en el
Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana pusieron de manifiesto
continuidades y, apenas, ruptura; mas bien adicciones, a veces, redondeos
en las tendencias ya conocidas y, en el peor de los casos, mimesis al
estilo del peor Hollywood. Con la violencia o no como entorno y móvil, la infancia y la temprana adolescencia señorearon; títulos como Valentín (Alejandro Agresti), Kamchatka (Marcelo Piñeyro), Cautiva ( Gastón Biraben) de Argentina, o B-Happy (Gonzalo Justiniano), de Chile, así como no pocos cortos de ficción, tuvieron a los más jóvenes como protagonistas. Afortunadamente, y al margen del alcance de cada cinta en particular, fue un alivio no encontrar edulcoraciones en los enfoques. Bien se sabe que niños en la pantalla invitan casi siempre a una señalización en forma de lágrima, y aunque éstas resultan casi inevitables, los realizadores huyeron de la peligrosa sensiblería en pro de un estudio más o menos profundo en las sicologías y los contextos: dictadura, desaparecidos, orfandad y relación con los otros (generalmente de otras generaciones) signaron estas propuestas. A niveles narrativos, la más reciente producción muestra dos claras líneas: una más o menos tradicional, que sigue patrones lineales en el relato, aún cuando no deseche el flashback o la anticipación (algo, bien se sabe, desde hace mucho tiempo, incorporado). Aquí pueden hallarse, desde casos notables (Carandirú, de Héctor Babenco, Brasil) hasta otros francamente desdeñables (Red Passport, de Albert Xavier, República Dominicana-USA), que contempla, por supuesto, ejemplos intermedios, pero que polarizan actitudes muy definidas respecto a ese tipo de narración. En el filme de Babenco, lo más admirable resulta la manera en que el veterano realizador resuelve la variedad de tonos (logra amalgamar elementos satíricos y en general humorísticos con la aventura, el drama, hasta desembocar en la llana tragedia sin que se aprecien costuras), a la vez que ofrece a la historia del cine una secuencia memorable (la masacre en la cárcel emblemática, sólo comparable a la homóloga de Odessa en Potemkim, de Einsenstein). Lo que para algunos es sólo una preparación artesanalmente trazada para ese golpe de efecto final, realmente me parece una muestra al canto de narración bien delineada y mejor proyectada a nivel de puesta. Separacoens, de otro veterano también brasileño (Domingos de Oliveira) exhibe rupturas cronotópicas y multiplicidad de puntos de vista narrativos, dentro de una quizá menos abarcadora diversidad tonal pero que incluye un par de registros (humor-drama) dentro de una tónica generalmente operática, que el director resuelve con tino, si bien en este caso sí se echa de menos un mayor sentido de la elipsis, una poda de regodeos verbales y redundancias textuales que afectan estas agudas reflexiones en torno a la pareja, la (in)fidelidad, la vejez, el erotismo y otros tantos ítems que incluye el trayecto. Por el contrario, una ópera prima tan bien recibida como Amarelo manga (Brasil, Claudio Assis), premio en esa categoría, debilita una historia fuerte, de personajes singulares y complejos, justamente por su manera torpe y anémica de ponerla en pantalla: falta vida a la narración, regodeada a veces en detalles anecdóticos sin verdadero peso en la diégesis, y aún cuando la misma avanza cronológicamente, sin saltos ni interrupciones de tipo alguno. La otra tendencia se caracteriza, en oposición a la anteriormente reseñada, por la des-narración o la irrupción de constantes accidentes configuradores de tiempos circulares y/o concéntricos que protagonizan una diégesis alineal. La no-narración sigue fascinando a los nuevos realizadores argentinos, sólo que, en títulos como Extraño (Santiago Loza), Hoy y mañana (Alejandro Chomski), Ana y los otros (Celina Murga), Los rubios (Albertina Carri) o Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor (del mexicano Julián Hernández), uno encuentra, en el mejor de los casos, valores parciales, casi siempre localizados en la ambientación, la trasmisión de estados de alma, de búsquedas y vacíos existenciales en ciudades (Buenos Aires, el Distrito Federal, en México) con problemas sociales harto conocidos, magmas ideales para aquellos. Sin embargo, difícil es hallar en éstos una cristalización de sus relatos; por el contrario, se diluyen los sujetos, se dilatan innecesariamente los motivos, se difuminan los contornos, y la cámara parece especializarse en efectos superfluos, en amaneramientos y contradicciones insalvables, que en ello tienden generalmente a convertir los trayectos fílmicos. Ya lo he dicho: para des-narrar hay que, primero, saber narrar. En tal sentido, resultó estimulante encontrar mucho mejor resuelta la nueva propuesta de un integrante de ese nuevo cine porteño: Martín Rejtman. Los guantes mágicos, que así se llama, significa un evidente salto respecto a la anterior, aquella insufrible Silvia Prieto de hace varios años; la agudeza, la fuerza dialógica, la entereza de los caracteres y, en definitiva, el mejor delineado narrativo, hacen de esta cinta un paradigma de lo que pudiera ser una buena muestra de esta línea (como Sábado, de Juan Villegas, o Caja negra, de Luis Ortega, vistas el pasado año). Una de las escasas películas mexicanas en la competencia, Nicotina, de Hugo Rodríguez, regala una historia 'tarantinesca' (violencia al por mayor, equívocos, relación sutil entre casualidades y causalidades, coincidencias temporales de varios hechos simultáneos, personajes obsedidos, fuerte carga irónica en el guión, etc) con todo lo que de audacia morfológica implica, aunque, en honor a la verdad, con poca sustancia, si bien se agradece que la misma tenga una buena dosis de 'mexicanidad'. El primer Coral en esta edición, Suite Habana, de nuestro paisano Fernando Pérez, es también un saludable ejemplo de una narración anti-convencional (por no emplear el manido y traicionero adjetivo 'nuevo'); justamente, su lúdicro guiño al documental mientras tiende una plataforma fictiva, sus intercambios entre ambas categorías, nos acercan a un concepto del cine cada vez más alejado de las convenciones genéricas. Su tratamiento de la banda sonora, su creadora edición, su laconismo (deudores, ya se sabe, del norteamericano Goofrey Redgio) apuestan por otra narrativa, casi al ciento por ciento conseguida. Al margen de sus tendencias, el cine de la región sigue contando como principales países productores a Argentina, Brasil y Cuba; México, transido por fuertes pegadas neo-liberales, ha cedido su anterior protagonismo a un Chile pujante que, sin embargo, aún muestra evidentes titubeos en su obra de conjunto, sobre todo porque no acaba de encontrar un equilibrio entre taquilla y densidad conceptual. Se asiste a un renacimiento del corto de ficción, el animado, el documental, y sobre todo, a un melánge intergenérico que, en sus mejores momentos, fortalece y enaltece al propio cine. Y lo demás...no es silencio, no: es el propio cine latinoamericano buscando atajos, perspectivas; es el viejo imaginario de los fundadores y los continuadores, perpetuándose en las nuevas proposiciones de los viejos y los nuevos: es el grito o el susurro de los artistas que, como en La película del rey, en medio de las crisis más agudas, sin productor, sin actores, sin dinero, siguen soñando (y haciendo) el cine. Así sea.
www.argenpress.info 20/12/2003 |
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