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Feste e tradizioni
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un día de reflexión
Andrés R. Castro Hurtado y Gustavo Bueno Rojas enviado por los autores a www.latinoamerica-online.info
foto: Andrés Ricardo Castro Hurtado antea29@hotmail.com
En medio de la selva chocoana y atravesada por el río Atrato está Quibdó; la capital del departamento del Chocó que en el mes de septiembre y en algunos días de octubre, se engalana para rendirle un homenaje a su patrono, San Francisco de Asis.
Cuando nace la idea de ir al Chocó, más exactamente a sus fiestas patronales, se manifiesta la latente de ir detrás de la descarga de los redoblantes y los clarinetes como si se escarbara en busca de El Dorado. Un tesoro que sí se descubre, y que desde que en Cali nacen las ínfulas conquistadoras en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, se pretenden como lo más puro del raudal folklórico de la cultura de esta región, la alegría sin destilar, lo más embriagante de los bombardinos y las tamboras creciendo en los árboles y por entre las fisuras de las paredes construidas en concreto y madera. La expedición de La Palabra atravesó los cañaduzales que van más allá de Cartago. Una pestaña del departamento de Risaralda y su ambiente cafetero. Y se incrustó en esa selva tropical húmeda nacida desde el municipio de Santa Cecilia en donde las facciones de la mayoría de la gente ya se tornaban afrocolombianas e indígenas. 17 horas de viaje, de las cuales 10 son caminos de herradura. Bultos llenos de zapatos no dejaban que los tristemente reclinables asientos del bus, que parecía en proceso de demolición, no se inclinaran aunque sea un poquito para facilitar la labor de los expedicionarios en busca de las orillas del Atrato. Finalmente llegamos a Quibdó después de que los ojos se sentían llegando a un mundo nuevo, a una dimensión paralela al ladito del Valle del Cauca, mientras la boca se hacía agua deseando un chapuzón en uno de los innumerables ríos cristalinos que se encuentran en el camino. Antes de la llegada hay que estar dispuesto a esperar lo necesario para que los trabajadores del Instituto Nacional de Vías remuevan la tierra de los diferentes derrumbes que hay a lo largo del camino que aun está sin pavimentar. También hay que estar listo para las innumerables requisas del ejército o de cualquier otro grupo, y hay que aguantarse el temor de una carretera desolada, que guarda entre pueblo y pueblo, caserío y caserío las marcas de la Colombia violenta, de la que solo se ve en las noticias. Además, los afiches proselitistas, y la búsqueda de una gallina perdida en la selva que se voló a sus dueños mientras paraban el bus y que casi todos los viajantes nos bajamos a buscar para poder seguir con nuestro camino. Es un viaje largo y un tanto tortuoso, pero que es compensado por la belleza del paisaje porque el viajero tiene un guía muy especial: El río San Juan, que lo acompaña hasta Tadó, el pueblo que queda antes de Quibdó. Desde Tadó hasta la capital chocoana, el San Juan le entrega la batuta de guía al Atrato, que es el encargado de poner al viajero en Quibdó, perla morena entre dos ríos. ¡Ay San Pachito, Mi Amor! Todo
comenzó cuando el misionero
fray Matias Abad llegó en 1648 y festejó la primera fiesta patronal el 4
de octubre, día de San Francisco de Asis. No sin antes soportar
protestas de los indígenas, quienes quemaron imágenes de santos y
mataron varios religiosos que acompañaban a fray Matías. La imagen del santo
patrono que hoy se encuentra en el altar de la catedral, construida en
1945, fue traída de España en la última década del siglo XIX. De allí
en adelante la devoción por San Francisco era tal, que para algunos párrocos
alcanzaba un cierto grado de superstición y la consideraron pagana,
llegando al punto de tratar de acabar con la fiesta de San Pacho, siempre
en vano. El Chocó
manifiesta a través del San Pacho su sincretismo entre lo católico, los
vástagos de las religiones africanas y la brujería. Este último tema es
de especial consideración que incluso ya se están realizando estudios
para comprobar los daños que se pueden hacer por medio la magia negra
ante la ley ordinaria. Al patrono se le atribuye la extinción y la
provocación de incendios, pues una vez, de las tantas, salvó a la gente
de uno cuando lo colocaron en frente de las llamas, supuestamente con el
sudor; y en otra oportunidad, cuando el patrono fue ignorado en uno de los
barrios, este se incendió salvando las casas que si habían colocado
altares demostrando su devoción. Siendo el Chocó una tierra
tan rica en platino y oro también es común que los mineros
artesanales ofrezcan las primeras libras para recibir beneficios en su
trabajo, por lo cual la estatua se
ha llenado de cadenas y accesorios en estos materiales, que han sido
necesario guardarlos en el Banco de la República por que la gente no confía
en los curas. La gente se viste con el atuendo, y pretenden que en la
muerte sean enterrados con este vestido por que de esa manera el cielo está
más cercano. ¡Ay San Pachito, mi amor, hazme el milagrito! Llegó San Pacho Desde
el malecón, se ve cómo el río Quito desemboca en el Atrato y cómo las
lanchas cargadas de plátano lo atraviesan. También se siente en el aire
el rumor de la fiesta que empezó el 20 de septiembre y que por estos días,
los primeros de octubre está por terminar. San
Pacho, las fiestas dedicadas al seráfico San Francisco duran veinte días,
en los que gentes llegadas desde todos los rincones del Chocó, se dan
cita en su capital para homenajearlo. El día de fiesta empieza con un
Arco, que es una misa, en donde se reza para que todo salga bien, luego se
hace la entrega de banderas que simboliza la responsabilidad de organizar
una buena fiesta y de atender bien al visitante que venga de otros
barrios o de otras ciudades. Seguidamente, empieza el desfile, en donde
los quibdoseños salen disfrazados y bailan al son de la chirimía, a
estos disfraces se les llama caché y son realizados por la gente del
barrio, que se sientan días enteros a organizar estos trajes para que el
día del desfile todo salga bien. Estos cachés representan princesas
africanas o rinden homenaje a las comidas, también a personajes de
televisión como el Chavo o como a Calimenio, el del comercial de Fruco. El
personaje más importante en estos desfiles son los disfraces, que son
unas carrozas con muñecos que realizan movimientos y representan alguna
situación particular de los chocoanos o de los colombianos. En esta versión
del San Pacho la temática que más se repitió fue la de Dispac, la
empresa de engría del Chocó. El premio a estos disfraces se lo llevó el
barrio Kennedy que hizo una representación sobre este tema que hoy en día
no deja dormir a los habitantes. El desfile empieza más o menos a las 2: 30 de la tarde, en el barrio al que le corresponde organizar la fiesta. La caravana le da la vuelta a la ciudad y al son de la chirimía la gente canta, baila y ríe y se aguanta la lluvia que no deja de caer sobre la ciudad. En las aceras se aplaude al paso de los cachés y del disfraz, y el que quiera se puede meter en una comparsa y bailar hasta que el cuerpo no de más. A eso de las 7 de la noche, en el barrio encargado se montan las tarimas y las orquestas empiezan a tocar, en las casas del sector los equipos de sonido retumban y cada cuerpo es una fiesta y cada fiesta es una hermandad en donde se le brinda comida y bebida a los visitantes. Sancocho de pescado o mondongo, Sancocho de las siete carnes, las ollas hierven en el fogón y sirven hasta donde alcance y casi siempre alcanza para todos. La verbena dura hasta las 8 de la mañana, hora en el que el barrio siguiente empieza a preparar la fiesta. El cuerpo no descansa durante todos estos días, las calles y el Atrato se convierten en el testigo de una alegría desbordada, que desde el cielo está vigilada por San Francisco, con confianza San Pacho, que protege a sus habitantes para que no pase nada malo en las fiestas. Luego
de muchos días de trago, verbena y sancocho, el 4 de octubre, día de San
Francisco, el silencio se toma las calles quibdoseñas en una inmensa
procesión que lleva estatuas del patrono. Las chirimías callan para dar
paso a las plegarias de los habitantes de la ciudad, la gente se viste con
el atuendo franciscano y los sanpacheros
le dan gracias a su santo
por los favores recibidos en la fiesta y en la vida. Esta fiesta para el
quibdoseño representa su vida y lo toma como una extensión del ejemplo
del seráfico padre, que en su juventud, como ellos dicen, fue parrandero:
Pacho, y luego el que se puso a orar de rodillas, el santo: San Francisco.
40 días de lujuria y uno de reflexión, sin contar los repechajes y sanpachitos
que son las celebraciones de los barrios que no sacan sus disfraces y sus
cachés durante la época oficial de las fiestas y que se alargan hasta
diciembre El
Sentir De Los Disfraces
Sin querer a uno le viene esa idea de que se está en otro mundo, en otro país, mas al adentrarse en el departamento es fácil encontrar carteles que señalan una verdad que pareciera una tautología: “El Chocó también es Colombia”. Lo que parecería tonto en un mapa de división política del país se confirma en el aislamiento que a simple vista se ve. De este problema se sacan la mayoría de los temas para que cada barrio haga su disfraz, puesto que las lamentaciones que son en general para todo el país, en el Chocó alcanzan el limite con lo paradójico y lo fantasioso. Los disfraces (que aquí los debemos entender como una carroza que alegoriza algo y que se construye en cada barrio como si fuera un secreto de estado con la idea de ganar el concurso como el mejor de cada año), se caracterizaron, como me imagino que debe ser en cada fiesta, por la insatisfacción en la prestación de los servicios públicos. Se destacó el disfraz del barrio Kennedy con el título “El Disparate”, que compartía el mismo motivo con el barrio Roma cuyo disfraz llevaba el nombre de “Dispac la cometa loca”, aludiendo a la terrorífica velocidad con que andan los contadores de la empresa de energía DISPAC y las elevadas tarifas con las que cobran sus servicios. Con la misma tónica se presentó el barrio La Esmeralda con el disfraz “En el Chocó es mejor no despertar”, donde se representaba que en la capital y en general en todo el departamento no hay acueducto, ni alcantarillado y un deficiente problema de energía eléctrica. Los disfraces también se caracterizaron por su alusión a la violencia y a la paz. El barrio Alameda Reyes hizo desfilar la cabeza de un negro gigante de donde salían lagrimas y letreros de municipios como Bojayá y Lloró, cuyo título era “¿Y cómo voy?” , siguiendo por la misma línea Yesca Grande, Cesar Conto y Cristo Rey pasearon muñecos que representaban la politiquería, las masacres, las promesas incumplidas, el narcotráfico, la corrupción, el secuestro, los desplazados, la discriminación. Todos estos temas muy tristes que se pasean por la ruta de los barrios Franciscanos no son más que el desahogo con risa, la burla a los problemas que agobian a este departamento tan rico en el que todavía se busca oro en la yesca más grande que atraviesa a Quibdó y que se utiliza como basurero, y a la vez tan pobre como que aún es latente que el departamento sea desmembrado para fusionarlo con otros entes territoriales como Valle y Antioquia. Que
vivan las Fiestas
Después
de tanto gozar y tanto recorrer las calles de Quibdó, en los oídos y en
la cabeza quedó un ambiente festivo y la foto del inmenso río Atrato que
cruza la ciudad. Quedó la amabilidad de la gente que se desborda en
atenciones para que el viajero se sienta como en su casa, quedó el sabor
del aguardiente Platino que acompañó permanentemente la expedición de
La Palabra y también quedó en la retina el olvido de una tierra
que tiene de todo pero que nadie conoce, de una tierra que está ausente y
que a pesar de ello, canta y baila y también reza, porque en medio de la
selva, en donde no hay acueducto, a los habitantes de la perla morena del
Atrato no les queda otro remedio que encomendarse a su Sanpachito querido.
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