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Letteratura

 

 

 

Adiós a Juan García Ponce, un auténtico hombre de palabra

El escritor yucateco murió a causa de una insuficiencia respiratoria. Desde hace más de tres décadas padecía esclerosis múltiple.

 

Ricardo Pacheco Colín

 


El maestro Juan García Ponce autor de medio centenar de obras murió de una insuficiencia respiratoria; lo malo de morir en estas fechas no es sólo que los amigos estén lejos, sino que dentro de esta tragedia la noticia se dé a conocer un 28 de diciembre, y que la gente la crea una broma de mal gusto.
Pero no es broma. El gran yucateco, uno de los escritores más universales de México, autor de obras tan fundamentales como La casa en la playa o La cabaña, dejó de existir ayer. El maestro está siendo velado en la Agencia Gayosso de Félix Cuevas, en la capilla ocho, donde permanecerá hasta el lunes a la espera de que lleguen del extranjero sus hijos. Ese día, de acuerdo con sus deseos, será incinerado.


Juan nació en Mérida el año de 1932. Como muchos mexicanos de aquellos tiempos, sus primeros estudios los hizo con los padres Maristas, luego vendría a la "gran ciudad" para cursar la carrera que tanto le atraía, Letras; en la UNAM se graduó como profesor de Letras Alemanas.
García Ponce fue dueño de un espíritu inquieto que supo incidir lo mismo en la poesía, el cuento, teatro, novela, ensayo, crítica literaria que en el estudio de las artes visuales.
Fue además un destacado miembro de la llamada generación de "Medio siglo" también conocida como de "La ruptura", a la que pertenecieron nombres de la talla de Jorge Ibargüengoitia, José de la Colina y Sergio Pitol, entre otros.
Se recuerda su trabajo de adaptación de algunos de sus cuentos a guión cinematográfico, como por ejemplo Amalia, Tajimara, El gato.


También participó en el montaje de obras teatrales y fungió como director de distintas publicaciones. Se le recuerda como jurado en certámenes literarios y concursos de artes visuales.
Premios recibidos. La calidad de su obra le hizo merecedor a multitud de galardones nacionales y extranjeros: el Premio Ciudad de México, en 1956; el Premio Nacional de Literatura, en 1984; el IX Premio de ensayo Anagrama, en 1981; la Medalla Eligio Ancona, en 1996. Asimismo obtuvo reconocimientos de los gobiernos de Alemania y Austria, por su labor en la difusión de las letras de aquella parte de Europa.
Se recuerdan sus palabras, leídas por la titular de Conaculta, en la ceremonia para anunciar que García Ponce era el ganador del XI Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo: "Estoy muy emocionado... y orgulloso de recibir este premio que puedo compartir con mis hijos y nietos".


Tal vez una de las influencias decisivas en las letras mexicanas hacia la segunda mitad del siglo pasado fue la labor de García Ponce como difusor, como divulgador y como traductor de autores de gran nivel.
Juan introdujo en el espacio creativo de Latinoamérica a autores europeos como Robert Musil, Heimito Von Doderer, Julian Gracq, Pierre Klossowski, George Bataille, George Trakl.


Son referencia obligada para los estudiosos sus ensayos en torno a Thomas Mann, Luis Cernuda, Henry Miller, Herbert Marcuse, Vladimir Nabokov, Elías Canetti, Ernst Jünger, José Lezama Lima, Styron y Xavier Villaurrutia.
Desde el año de 1958 desempeñó diversas actividades editoriales. Fue director de la Revista Mexicana de Literatura, miembro de la redacción de las revistas Plural y Vuelta y en 1985 fundó la revista Diagonales.
Entre sus principales obras se cuentan Figura de paja (1964), La casa en la playa (1966), La presencia lejana (1968), La cabaña (1969), El libro, El nombre olvidado, La vida perdurable (1970), La invitación (1971), Unión (1973), El gato (1974), Crónica de la intervención (1982), De Anina (1984), Inmaculada o los placeres de la inocencia (1989) y Pasado presente (1993).

 

(Tomado de La Crónica, de México)  Cronopios   cronopios@cable.net.co  28 de diciembre de 2003

 

 

 

 



La dialéctica de la recurrencia en la escritura


Fragmento final del discurso leído por de RH. Moreno-Durán en el homenaje al autor de Tajimara, al recibir el Premio de Literatura Latinoamericana y del
Caribe Juan Rulfo


"Querido Juan: frente a las miserias y al dolor del mundo, has esgrimido esa máxima forma de alegría que es la imaginación hecha escritura. Nuestros ojos leen lo que tus ojos han convertido en oraciones, frases, sentencias, y en nuestra memoria de lectores grabamos esos sueños dictados por tu persistencia, por tu infinito coraje, por ese ejemplar magisterio en que has convertido ‘las huellas de la voz’. En todo, tanto en lo jubiloso y dolorosamente humano, como en lo lúcido y rigurosamente intelectual, has confirmado con tu singular experiencia que no hay estética sin ética. Pero esa singularidad va más allá de los estrictos ámbitos de un estilo y un orbe narrativo propios. Tu prosa, que ha logrado conciliar desde sus inicios el aliento de la reflexión con la euforia expositiva de tus relatos, es inconfundible desde los párrafos tempranos de Imagen primera hasta Pasado presente y la gozosa picardía de tus Cinco mujeres. Ávido bebedor de las más exquisitas tradiciones, has conseguido construir gracias a los dictados de tu sensibilidad una peculiar bibliografía. No la bibliografía de tus obras de creación, que de por sí conforma un anaquel exótico en la literatura contemporánea, sino la bibliografía de tu permanente lectura, integrada por esos autores que has convertido en tu familia espiritual y a quienes consultas una y otra vez, sin agotarlos nunca. Recurrencia es tal vez la palabra que mejor define tanto tu obra de ficción como tu biblioteca de consulta. Recurrencia en los temas que abordas y que multiplicas con nuevas variaciones, libro tras libro; recurrencia también en las diferentes opiniones que nos ofreces, una y otra vez, como resultado de tus charlas íntimas con Musil y Klossowski, con Nabokov y Bataille, con Tanizaki y Heimito von Doderer, con Balthus y Paul Klee. Y esa recurrencia jamás nos fatiga; al contrario, siempre nos estimula y enriquece.
Llego al final de esta carta de batalla escrita al amparo de la admiración y el respeto. Quiero sólo reiterarte lo que de alguna forma has sabido siempre. Creo que la amistad es el único espacio del alma donde una sola persona se vuelve multitud gracias a esa forma de devoción que es la complicidad. Desde ese espacio, querido Juan García Ponce, quiero ahora, en tu compañía y en tu honor, brindar por esa otra forma de absoluta entrega que es el arte. Porque sólo el arte en sus múltiples manifestaciones nos salva de la degradación con que a diario nos golpea la realidad. Y por ello, dispuestos una vez más a abolir la realidad, abjuramos de sus fastos y engaños y optamos por la escritura, pues la escritura es la continuación del amor por otros medios. Salud."
 

 

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