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Carlos Arturo Truque: Pacificción para conjurar el olvido

 

 

Fabio Martínez - escritor colombiano. Profesor titular de la Universidad del Valle.

 

 

 

En acto solemne dentro de la X Feria del Libro del Pacífico en Cali, se lanzó ayer Vivan los compañeros, del escritor Carlos Arturo Truque, uno de los cuentistas colombianos más notables del siglo XX, pero injustamente relegado hasta ahora al olvido. Cronopios reproduce el prólogo, de donde surge la idea de la Pacificción como memoria y como elemento para hacer justicia a nuestros hombres de palabra.

 

 

Algunos críticos como Cyrus Stanley en Estados Unidos y Peter Schultze-Kraft en Alemania, que se han encargado de traducirlo y divulgarlo en sus respectivos países, lo consideran un cuentista a la altura de Horacio Quiroga y Onelio Jorge Cardozo.

 

En Colombia, sabemos de él, gracias al conocido crítico Eduardo Pachón Padilla, quien en su tiempo, lo incluyó en sus importantes antologías literarias.

 

En 1973, tres años después de su muerte, Colcultura publicó su libro El día que terminó el verano y otros cuentos. Sin embargo, existen otros más, dispersos en periódicos y revistas de su época, pero que aún continúan siendo desconocidos para el público.

 

Al hablar de Carlos Arturo Truque, tenemos que empezar diciendo que estamos enfrentados a un excelente narrador. A un maestro del cuento, que era su fuerte.

 

 

Los primeros años

 

Nacido en Condoto, Chocó, un año antes de que naciera Gabriel García Márquez y en el mismo año en que nació Álvaro Cepeda Samudio (1927), los cuentos de Carlos Arturo Truque están impregnados de aquella atmósfera especial inventada por el maestro Willian Faulkner, y que más adelante adoptarían otros escritores como Carson McCullers y el mismo García Márquez.

 

Desde sus primeros relatos, escritos entre los veinte y veinticinco años, es notoria su directa influencia de la narrativa norteamericana. Desde los fabulosos cuentos del patriarca Mark Twain, pasando por O´Henry, William Faulkner y Ernest Hemingway, de quien heredó el buen uso de la frase corta y los diálogos magistralmente elaborados.

 

Sus primeros veinte años transcurrieron entre Buenaventura, Cali y Popayán, donde realizó sus estudios, y bajo el seudónimo de “Charles Blaine” se inició literariamente, dejando truncada la carrera de

Ingeniería, que había comenzado en la Universidad del Cauca.

 

Indudablemente es Buenaventura y la costa del Pacífico, el marco central que le permite crear a Truque aquella atmósfera “húmeda y reverberante”, que habíamos encontrado en sus primeros cuentos.

 

Pero es solo en 1953, que sus narraciones logran alcance nacional, al ganar en aquel año el Premio Espiral, con su libro Granizada y otros cuentos.

 

Es importante señalar que para ese mismo año, un desconocido escritor, como era Juan Rulfo en aquella época, publicaba su libro de cuentos El llano en llamas, y Álvaro Cepeda Samudio se iba a preparar al año siguiente con Todos estábamos a la espera.

 

 

 

Una botella lanzada al mar

 

Con Granizada y otros cuentos Carlos Arturo Truque empieza a ganar un peldaño dentro de la joven narrativa colombiana de la época. Sus relatos, que se sitúan en el ámbito de lo telúrico, comienzan a ser reconocidos no solo por su temática, que es de un fuerte contenido social, sino por la forma como está tejido su discurso narrativo. Si se quiere, Granizada y otros cuentos produce un efecto positivo, que posteriormente va a influir en la narrativa colombiana, como lo produjo también La hojarasca de García Márquez, aparecida dos años más tarde.

 

Pero las condiciones de difusión en aquella época no son las mejores. De Granizada y otros cuentos apenas se publican doscientos ejemplares, que se van a agotar rápidamente.

 

Truque, olfateando los años de censura que se avecinan, le da dos ejemplares de su libro a un amigo marinero para que los ponga en el extranjero. El primer ejemplar se queda en Panamá y el otro va a caer en manos de Cyrus Stanley, futuro editor de la revista “Afro-Hispanic Review”, que lo descubre un día en la Biblioteca del Congreso de Washington.

 

Es así como sus cuentos empiezan a traducirse a otros idiomas y a ser conocidos internacionalmente.

 

Vale la pena recordar que en 1951, Truque ya había conseguido un premio en el Festival de Berlín con su drama, “Hay que vivir en paz”.

 

 

Una década difícil

 

Los años cincuenta en Colombia, se inician con el recrudecimiento de la violencia  en el campo y la hegemonía de un gobierno que desde el punto te vista de la libre circulación de las ideas, cierra periódicos y emisoras, limitando la libertad de expresión. Son los años difíciles de la censura y la represión a sangre y fuego.

 

Sensibilizado por esta situación, Truque, al igual que muchos escritores de su generación, recoge en algunos cuentos esta cruda temática.

 

De esa época son los cuentos “Vivan los compañeros”  y “Sangre en el llano”. El primero, una pequeña obra maestra traducida al francés y al ruso, que obtuvo en 1954, el Tercer Premio en el Concurso de la Asociación de Escritores y Artistas de Colombia. El primer Premio habia sido otorgado al joven escritor García Márquez con su cuento, “Un día después del sábado”.

 

Esta temática, que obsesiona a más de un escritor, y que más tarde va a dar pie a lo que los críticos han llamado como “literatura de la violencia”, va a afectar la obra del escritor, pero solo desde el punto de vista temático.

 

Es claro que a partir de  “Vivan los compañeros”, Truque será el escritor maduro, con un tono y una voz depurada, como se verá cuatro años más tarde con el cuento “Sonatina para dos tambores”, que mereció el Primer Premio en el Concurso Nacional de este género.

 

En este relato, así como en “El día que terminó el verano”, el escritor volverá a retomar aquellos ambientes cálidos y reverberantes, propios del Pacífico colombiano, donde los personajes marcados por el sino de la fatalidad y la desgracia, seguirán caminando por aquel triángulo peligroso donde todo es alcohol, sexo y violencia.

 

Hasta hace poco, en Colombia, ser negro y al mismo tiempo escritor, era un despropósito que se pagaba con el olvido.

 

Carlos Arturo Truque, quien murió en Bogotá a la edad de cuarenta y tres años, no fue ajeno a esta forma de exclusión.

 

Hoy, el Programa Editorial de la Universidad del Valle publica sus cuentos completos, bajo el título Vivan los compañeros, como una manera de luchar contra el olvido.  

 

 

cronopios@cable.net.co  14 de marzo de 2004  

 

 

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