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Elvio
Romero, el adiós a un poeta exquisito
Elegido de Pablo Neruda, vivió exiliado en la
ciudad de Buenos Aires desde 1947.
Jorge Aulicino
jaulicino@clarin.com
El miércoles
murió el poeta paraguayo Elvio Romero. Exiliado en Buenos Aires en 1947,
clandestino —"querría ser anónimo", dijo, después de que el
extinto dictador Alfredo Stroessner le hiciera pasar algunos malos momentos
durante unos viajes—, fue un hombre discreto, de trato agradable y
delicada ironía.
Era, paradójicamente, un cosmopolita: desde ésta, su base, paseó
por el mundo como embajador exiliado de la cultura de su país, invitado a
reuniones y congresos internacionales de intelectuales progresistas.
Romero debió exiliarse a raíz de un frustrado levantamiento de grupos políticos,
los comunistas incluidos, aliados a un sector del ejército. Las fotos, en
sus primeros libros publicados aquí, mostraban un guerrillero de fina
estampa. Conservó el porte. Era un tipo de estatura media, cortés y
atractivo, algo galán. Nacido 22 años después que Pablo Neruda, había
recibido la influencia y la bendición del poeta chileno, quien destacó su
poesía "llena de fuerza y follaje". Sus primeras lecturas en
Yegros, Paraguay, fueron Rubén Darío y los poetas españoles que habían
comenzado a ser conocidos como "generación del 27" cuando él
apenas nacía.
Con más fuerza que follaje, la de Romero fue una poesía que sin
dificultad podía ser asimilada al estilo de lo que fue llamado
"boom" de la literatura latinoamericana; pero si la de ese boom
fue una estética llamémosle gongorina, en el fondo de la de Elvio había
algo de Quevedo, algo ardido, por poner una palabra de su
vocabulario duro, y a la vez sutil. "Y tu nombre aromado / huele más
que a romero, / a pólvora, a reguero / de cuerpo ensangrentado", le
escribió Rafael Alberti en 1948.
La parábola del exilio de Romero, quien durante años fue un refugiado
en la editorial fundada por el español Gonzalo Losada, se cerró con el
poeta convertido en funcionario de la Embajada de su país y ganador del
Premio Nacional de Literatura en Paraguay, cuando allá se normalizó la
vida institucional.
Con todo, y pese a que era de las grandes figuras de aquella América
latina de los años cincuenta y sesenta, no alcanzó la resonancia
internacional de otros poetas, cuyo compromiso político iba parejo con
una poesía de lenguaje llano y coloquial. Romero tenía una inmensa deuda
con la rigurosidad del clasicismo español. Escribía cosas como ésta:
"Rostro tranquilo de mujer afable / que acerca la ternura y el sosiego;
/ gota serena de agua insobornable, /mariposa de fuego", y con una búsqueda
en el corazón humano que rebasaba lo genéricamente llamado
"social": "Y por qué no buscar siempre (...) lo que es
Recuerdo en el Olvido, / lo que es pregunta en la respuesta, / lo que es
jadeo en un suspiro, / lo que es vital de esa alegría, / de esa tristeza
en que vivimos".
Quien escribe estas líneas recuerda la ironía cálida con que se refería
a veces a su propia capilla, el pequeño aunque influyente Partido
Comunista del Paraguay: "Somos pocos, pero sin ningún tipo de
desviaciones", decía; o: "Somos democráticos: nuestras
reuniones son siempre plenarias".
Una suave exaltación, melancólica y vital, había en aquel acento de su
tierra que nunca perdió. "El hombre es un embutido de ángel y
demonio", deslizaba. Solía levantarse muy temprano y escribía sus
poemas de mañanita.
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22 de mayo de 2004
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