|
|
|
Pagina iniziale Il nostro sito Mappa del sito/Archivio Appuntamenti della cultura Per contattarci |
|
|
|
Julio Cortázar habla de los grandes temas de su obra
Foto de Cortázar tomada por Dasso Saldívar durante el coloquio en 1977
Dasso Saldívar
Carlos
Fuentes confesó en alguna ocasión que todos los días, al despertarse,
piensa en su amigo Julio Cortázar, lo cual es una prueba máxima de la
admiración y el afecto que le tenía. Vargas Llosa escribió en alguna de
sus columnas de Piedra de Toque que el escritor argentino fue, a pesar de
las divergencias ideológicas, uno de sus mejores amigos y su modelo
intelectual y personal durante muchos años. García Márquez, por su
parte, admitió que el autor de Rayuela
es el ser humano más impresionante que ha tenido la suerte conocer, y
celebró el grato privilegio de haber sido su amigo. Y así, si hiciéramos
una encuesta entre todos los que fueron amigos de Cortázar, grandes y
pequeños, famosos o simples ciudadanos de a pie, creo que la mayoría señalaría
el hecho de haberlo conocido y tratado como uno de los grandes dones de sus
vidas. Pero este sentimiento no es sólo unánime entre sus amigos, sino
incluso entre quienes hemos leído sus relatos o quienes en algún momento
lo hemos visto y tratado aunque sólo hubiera sido por un instante. Tal fue
mi caso y el de algunos contertulios que tuvimos la suerte de departir con
él en el coloquio de Madrid de finales de octubre de 1977, a raíz de la
publicación de su libro de relatos Alguien
que anda por ahí.
El
encuentro tuvo lugar en una de las últimas plantas del edificio modernista
de Torres Blancas. Alrededor de una mesa blanca, que tenía una extraña
forma de flor de gladiolo, estaban sentados Cortázar y sus interlocutores
inmediatos: el filósofo Fernando Savater, el novelista José María
Guelbenzu, el poeta Félix Grande y el crítico Rafael Conte. El coloquio
fue moderado por Jaime Salinas, el entonces director de Alfaguara. Rodeando
la mesa, en un ángulo de elevación respecto de su base, estábamos toda
la aristocracia de gallinero: lectores, periodistas, escritores y
aprendices. Obviamente, la presencia del escritor en Madrid había
despertado una gran expectación en ese momento de la historia de España,
y el hecho hubiera sido motivo para rebosar una sala de conciertos, pero
era evidente que los que estábamos allí reunidos en un pequeño espacio
alrededor de Cortázar, estábamos convocados y restringidos por el mismo
pudor del escritor a convertirse en un espectáculo público. Así que el
ambiente era más bien de intimidad y familiaridad, el de un verdadero
encuentro de Cortázar con sus amigos y lectores. Tal vez por eso, él se
sintió cómodo y durante el coloquio desplegó todo el encanto y todo el
prodigio de su personalidad excepcional. Sus oyentes quedamos, por supuesto,
hechizados, con la convicción duradera de que nos habíamos ganado el
cielo durante dos horas. Recuerdo perfectamente, al final del acto, la visión
conmovedora del poeta Félix Grande, enjugándose de las lágrimas: “No
lo puedo evitar: ¡cada vez que lo escucho tengo que llorar!”.
Para mí fue, sin duda, el momento más intenso y luminoso que he
vivido junto a otro hombre, pues yo, aprendiz de escritor, aprendiz de
hombre y aprendiz de casi todo en ese momento, aprendí todo lo que no había
encontrado ni encontraría en cientos de volúmenes
de la mejor literatura.
Volver a escuchar sus palabras y reproducirlas aquí para
compartirlas con sus lectores, pretende ser nuestro particular homenaje al
rey de los cronopios, ese escritor mayor que ha conseguido, además, que
todos sus lectores nos sintamos también sus amigos del alma. Fernando
Savater: Si lo
fantástico es un ordenamiento extremadamente crítico de la realidad y señala
un atajo al auténtico corazón de lo real –demostrado en emblemas como
“La autopista del sur”, “Casa tomada” o “La noche boca arriba”-,
¿Cómo es posible que haya cuentos cortazarianos literalmente realistas,
debido a una serie de elementos de cotidianidad, sociales, políticos,
etc., que de algún modo no encaja perfectamente con lo real? ¿Qué piensa
Cortázar sobre la idea de lo fantástico como un atajo a lo real, no como
algo que se queda en una periferia, sino como algo que busca una respuesta
más exigente y crítica de la realidad?
Julio
Cortázar: Muchas
veces he tenido la impresión, y ha llegado a ser una convicción, de que
si pudiera explicar lo fantástico, nunca habría escrito cuentos fantásticos.
El haberlos escrito es para mí el único comercio que tengo con lo fantástico.
Declaro honestamente que la concepción que tengo de este terreno no entra
en lo racional. Por eso no es casual que hable de sentimiento de lo fantástico:
no es nunca una idea, no es un concepto; es un sentimiento de apertura, de
intersticio en lo real, de otras modulaciones de lo real. He sido siempre
incapaz de estableces con precisión el límite entre la realidad y lo fantástico.
Mis lectores saben que ninguno de mis cuentos es absolutamente fantástico.
Son cuentos muy realistas que comienzan en un lugar determinado, con gente
como nosotros, en un tranvía, en un café, en una casa, y en un momento
dado hay esa apertura, es especie de, yo le llamaría, invasión de lo fantástico.
Yo soy su primera víctima, la sufro en primer lugar, y el cuento es el
exorcismo de esa invasión. Creo haberme curado de algunas neurosis
escribiendo cuentos fantásticos, evitando así la visita al sicoanalista.
José María Guelbenzu:
Sabemos
que después de los cuentos fantásticos
primeros, a Cortázar le preocupaba en especial una problemática sobre
la literatura, la creación de estructuras cerradas, pero que al escribir
“El perseguidor”, la visión de Cortázar se abre hacia una problemática
más existencial, que es la que luego explicitará en sus novelas: en Los
premios, en Rayuela, novela
imán, debido a que en ella se encierran los procedimientos que Julio Cortázar
había empleado hasta entonces y que empleará después, tanto en las
novelas citadas como en sus cuentos posteriores y en los libros de miscelánea.
Conocemos también que en Los
premios la hilazón la da el argumento, los personajes, mientras que en
Rayuela esta hilazón argumental
desaparece, porque en ésta todo tiene más importancia que el argumento en
sí. Como en este tiempo se produce una variación en la trayectoria
literaria de Cortázar, quisiera que nos explique en qué consistió este
cambio.
Julio
Cortázar: Es
verdad que “El perseguidor” se me aparece a mí mismo ahora como una
especie de bisagra que divide en dos lados todo lo que yo he escrito. Al
escribirlo no tenía la menor idea de que estaba escribiendo algo diferente
de lo que precedía. Era un cuento más, que me interesaba por mi amor al
jazz, por la admiración profunda a Charly Parker, por una serie de
elementos vinculados con la vida de los músicos del jazz y con la ciudad
de París, específicamente, donde se desarrolla la acción. Es decir,
escribí ese cuento sin ningún propósito determinado que no fuera el dar
salida a esa serie de sentimientos, de admiraciones y de nostalgias.
Actualmente, sin embargo, puedo ver que ese cuento significa el acceso a
una nueva manera de sentir la realidad y de moverme en ella. De alguna
manera, si yo no hubiera escrito “El perseguidor”, no hubiera escrito
tampoco Rayuela, porque el
destino de Johny Carter prefigura en pequeño el destino de Horacio
Oliveira. De alguna manera, los dos son los perseguidores, son los
buscadores, pero ¿qué es lo que buscan? A través de ellos me buscaba yo.
Tanto “El perseguidor” como Rayuela
son libros de un estricto individualismo: están centrados en una búsqueda
sumamente personal, que, a riesgo de caer en pedantería, yo llamaría una
búsqueda ontológica. Los personajes de estos dos libros están centrados
en su propia individualidad, la encuentran insatisfactoria y falsa, se
sienten como fuera de sí mismos en tanto que individuos. Eso se traduce
naturalmente en angustia e insatisfacción. En definitiva, esos dos libros
son dos búsquedas de un destino personal. En ambos se refleja la persona
que yo era cuando los escribí: alguien que no tenía en absoluto el
sentimiento de la historia, alguien situado fuera de ella en un plano, al
comienzo, estético, luego, metafísico y ontológico, y que se buscaba a sí
mismo en un plano individual, sin tener el sentimiento preciso de su prójimo
y, por extensión, el sentimiento de su pueblo y el de la humanidad en su
conjunto. Ese proceso había de producirse más tarde y, con el tiempo,
llevaría a obras como Libro de
Manuel.
Rafael Conte:
En Rayuela,
Cortázar plantea la ruptura de la continuidad sicológica de los
personajes, la continuidad espacial y la temporal, dando pistas externas
con la ordenación o desordenación sabia de los capítulos: las posibles
lecturas del libro. En 62, modelo
para armar se produce también tal ruptura pero sin dar ninguna pista.
Todo funciona en el interior del libro: los personajes van hablando en
muchas voces, como una pequeña colectividad, pero desde el punto de vista
subjetivo siempre; los escenarios se confunden; el tiempo va y viene,
rigurosa, implacablemente. Todo, pues, funciona como un solo bloque que
tiene para el lector una versión distinta en cada lectura. Para mí, 62,
modelo para armar es una obra maestra; para otros, un fracaso. ¿Qué
opina Cortázar?
Julio Cortázar: Desde
luego que no es una obra maestra ni tampoco un fracaso. 62
podría ser calificado como una tentativa de quebrar los moldes típicamente
sicológicos de la novela. Una mayoría abrumadora de las novelas de la
literatura universal son novelas que corresponden a una casualidad de tipo
sicológico: los sentimientos, las pasiones, las manifestaciones de la
voluntad, el odio, el amor, la ambición… Pensemos en una novelística
tan genial como la de Balzac: está íntegramente movida por las pasiones
humanas. A éstas, de una manera general, las podríamos llamar la sicología
del ser humano. Se me ocurrió si sería posible escribir una novela que,
en la medida de lo posible, escapara a esa tiranía de los sicológico, que
tendría que ser sustituido por otras formas de relaciones humanas. Para
ello había que enfrentarse con una dificultad fundamental: había que
hacer caer un aparato previo que autor y lector conocen de antemano, por
sus propias pasiones, e intentar que la novela diera paso a otro tipo de
acciones y, sobre todo, de interacciones. Yo acudí a la noción de figura
y a la de constelación para referirme a esos sistemas de causas y efectos
que no corresponden a nuestras leyes perceptibles. Creo que nuestra vida
está dirigida de alguna manera y condicionada por causas y efectos de los
que no estamos plenamente conscientes. Cocteau decía que las estrellas que
forman una constelación no saben que la forman. Solamente nosotros al
observar las estrellas en el cielo lo notamos. En este sentido, esta imagen
se aplica a lo que yo quería hacer en esa novela. Es decir, mostrar que en
algunos momentos de la vida de todos nosotros podemos desencadenar efectos
de los cuales no tenemos sospecha, y terminar esos efectos en personas que
tampoco se imaginan la causa. En la novela, por ejemplo, hay una muñeca
que circula en distintos capítulos, una muñeca que alguien le regla a una
mujer y que esa mujer decide luego enviar a otra mujer en otra ciudad, sin
tener la menor idea de que esa muñeca va a desencadenar una serie de
efectos que se van a volver en contra del primer personaje: del que al
comienzo había dado la muñeca. La muñeca es entonces la objetivación de
esa constelación que se forma entre cuatro o cinco personajes y que
termina la tragedia final de la novela. Esto, como me lo diría cualquier
profesor de lógica, no es lógico, no responde a la causalidad habitual.
Sin embargo, yo creo que toda persona dotada de suficiente sensibilidad
puede haber sospechado en algún momento de su vida que determinadas
acciones suyas o de otras personas desencadenaron efectos totalmente
inesperados en su propia vida. Ese es el núcleo central que me llevó a
escribir la novela, y si, en alguna medida, ella es un fracaso, yo creo que
se debe a que no podemos quitarnos tan fácilmente de encima la causalidad
lógico-aristotélica, no la podemos sustituir tan fácilmente por algo que
algunos críticos han llamado magia, aunque no lo es para mí. Tú sabes
muy bien que, además, allí entró en juego una vieja obsesión mía, que
es la vampirología, y
entonces allí se infiltraron elementos obscuros, pero que precisamente por
ser obscuros se prestaron a ese juego de las constelaciones y de las
figuras.
Félix Grande: Julio
Cortázar es un gran poeta en prosa y en alguno de sus versos. Pero en
buena parte de su producción en verso, su calor poético, su intensidad poética,
no se da casi nunca. ¿Puede ser debido a que en él se da esa dictadura
del elemento festivo y lúdico que choca con el carácter intimista y trágico
de la poesía? ¿Puede ser debido a que el poema en verso tiene su propio
organismo, independientemente de que en un autor haya una gran cantidad de
poesía en sus resultados? ¿No
será que en efecto el poema en verso no es intercambiable siempre y en
todo momento? ¿O no será entonces que, siendo así, y ésta es la
pregunta torturadora, en Cortázar no hay la misma maestría
a la hora de sentarse a escribir poesía en verso que poesía en
otros géneros?
Julio Cortázar: Yo creo que tienes toda la razón, es decir, que no ha habido ninguna tortura. Todo lo que has dicho lo sé sobre mí mismo hace mucho tiempo. El hecho de que de tiempo en tiempo reincida en poemas en verso es simplemente porque hay determinados momentos en mi vida que no puedo expresar de otra manera, que solicitan el verso como vehículo para tratar de manifesta rse. Pero, sobre
todo, estoy de acuerdo contigo, por más vanidoso que parezca, en el hecho
de que, fundamentalmente, y al margen de la división entre prosa y verso o
prosa y poesía, yo creo que mi manera de captar la realidad, mi manera de
verla, de sentirla y de vivirla, es una actitud de poeta. No me niego a mi
mismo, con falsa modestia, esa calificación; muy al contrario, tengo la
impresión de que si escribo prosa, sólo he podido escribirla porque el
motor era un impulso de tipo poético. Lo que es difícil naturalmente –tú
mismo te verías en dificultad para caracterizarlo y definirlo- es dar, si
no una definición, por lo menos una caracterización aproximada de la
condición poética, del hecho de ver la realidad como un poeta. Yo sé que
eso no es posible. En mi caso yo no puedo hacerlo. Pero puedo dar algunos síntomas,
por ejemplo: que frente a cualquier manifestación de la realidad,
entre la explicación y la aceptación racional, inteligible de la
cosa, yo suelo optar por otro tipo de explicación, tiendo a ver otra clase
de cosas. A propósito de 62,
hablábamos de otro tipo de causalidades. Eso se puede seguir
extrapolando a toda mi manera de sentir la realidad. Por ejemplo, en este
mismo instante en que yo estoy con ustedes, esto es una cosa tangible,
palpable, mensurable, y al mismo tiempo estoy viendo esto como una especie
de dimensión porosa llena de aperturas y de agujeros que no podría
definir ni calificar, pero que dentro de una semana o un año pueden quizá
dar un relato o el comienzo de una novela o, acaso, también un poema. La
poesía en verso que solamente he escrito en forma esporádica para una
satisfacción de tipo personal, no llena mi noción del universo. Yo
necesito, además, ver, describir y entrar en el mundo de las cosas que
pasan, en el mundo de las acciones, en el mundo del conflicto de las
pasiones, y no en el plano personal, que es la característica del poeta lírico,
que en principio habla siempre de sus amores, de sus odios, de sus
sentimientos, aunque pueda extrapolarlos artificialmente hacia otros
personajes. Yo creo que en mí hay un poeta y un novelista, si la cosa es
posible; es acumular demasiados títulos, pero el hecho es que la manera de
escribir mi prosa es una manera en que la conducta poética no se
diferencia de la que tengo cuando escribo poemas. Nunca he notado un cambio
perceptible en mí cuando escribía un cuento y cuando escribía un poema.
El único cambio está en los diferentes problemas técnicos que plantea la
prosa y que plantea el verso y en la diferencia de contenido, pero no de
sentimiento ni de actitud. Si ser poeta es quizá ser, además de poeta en
verso, otras cosas, yo creo que soy muy poco poeta en verso, pero soy un
poco las otra cosas.
Dasso Saldívar: Si en
la base de la obra de Cortázar existe una actitud poética ante la vida,
como se ha señalado y admitido antes, creo que una actitud filosófica
ante la vida no es menos cierta. ¿Cómo llegó Cortázar a esa simbiosis
poesía-filosofía que nutre su obra?
Julio Cortázar:
En la
medida en que, desde muy temprana edad, la curiosidad por los llamados
problemas filosóficos que plantearon primeramente los griegos, los del
tiempo, del espacio, de la vida y de la esencia, fue lago que me hostigó a
partir de entonces de manera simultánea con un sentimiento poético de la
realidad, llegando a la coexistencia de preocupaciones de uno y otro tipo.
Y es entonces cuando hay que tener en cuenta que la filosofía empezó
siendo poesía y ésta, filosofía. No hay más que pensar en ese grupo de
griegos que se llamaron los presocráticos o eleáticos. Parménides, Heráclito…
fueron gigantes poetas. Lo
que nos queda de ellos puede ser considerado no sólo desde un ángulo
estrictamente filosófico, como indagación metafísica u ontológica, sino
como una poesía de altísima calidad. Es decir, que hay un terreno común
que luego la historia y la especialización inevitable de las disciplinas
fue separando, hasta el punto en que el filósofo y el poeta se situaron en
caminos diferentes, y Platón, filósofo, echó a los poetas de la República
por considerarlos nocivos para la ciudad. En este sentido, yo he dicho de
Lezama Lima, uno de los más grandes escritores de nuestro tiempo, que él
pertenece a la especie de los presocráticos, es decir, ese momento en que
el pensamiento del hombre no distingue exactamente entre razón e intuición
pura, no distingue demasiado entre realidad y magia, entre prosa y poesía,
para decirlo de una manera más simple. Entonces, las operaciones
literarias que nacen de eso son de tipo presocrático, como bien pudo ser
los poemas de Parménides o los fragmentos de Heráclito. Yo sé muy bien
que lo mío se sitúa en un terreno diferente con relación a Lezama Lima,
pero creo que comparto con él ese sentimiento en que lo filosófico y lo
poético no son dos actividades separadas: las sigo sintiendo unidas.
Félix Grande:
En Libro
de Manuel, aparte de muchas otras cosas, Julio Cortázar interpreta, en
relación con la política y la literatura, algo sustancial: que la
revolución, la lucha política, no tiene que olvidar en ningún momento
que está hecha para la alegría, que está hecha desde la nostalgia de la
alegría hacia la obstinación de la alegría. Esta es una de las razones
por las cuales el libro se ha visto agredido, pero también es una de las
razones por las cuales el libro puede y debe ser d
Julio
Cortázar: Es muy
cierto, y en mi opinión muy lamentable, que parte de las críticas
negativas que tuvo este libro se basó en la permanencia de un tono lúdico,
de un tono de juego, pero el juego es una cosa muy seria, como lo saben los
niños que juegan muy seriamente sus juegos. Y ello llevó a muchas
lectores que militan activamente en el campo de la política –cuando
dicho que militan en el campo de la política, quiero decir el campo al
cual pertenezco yo mismo- a reprocharle al libro que un tema tan grave como
es un tema que toca los problemas actuales de América Latina y las
actividades de un grupo guerrillero urbano, que eso fuera tratado con un
tono en donde, con frecuencia, la broma, el juego y el absurdo incluso,
tienen una parte muy importante. Yo sabía que ese tipo de reproches me sería
hecho y asumí el riesgo, porque, como tú lo has dicho admirablemente, es
inconcebible una revolución que no tenga por fin la alegría, entendiendo
por alegría una cosa mucho más amplia: la supresión de todo lo que es
dolor antes de la revolución, la supresión de todo lo que nos humilla,
nos explota, nos aliena, nos distancia, nos mutila. Entendiendo por alegría
entonces el hecho de llegar por fin a nosotros mismos. Es mentira que
nosotros estemos en la historia, estamos en la prehistoria. El hombre está
todavía viviendo una especie de edad de las cavernas a pesar de su gran
tecnología y los viajes a la luna, porque, en primer lugar, no sabe bien
quién es él mismo, no ha encontrado todavía el término de esa larga
exploración de la filosofía y la literatura en su conjunto, y, además,
está muy lejos de haberse librado de todo lo que lo condiciona, de todo lo
que le quita la alegría. Nuestras alegrías son artificiales, son
individuales, y, sobre todo, son momentáneas. Pero la alegría no es
solamente la carcajada; tal como yo la veo, es la condición humana en que
el contexto exterior y el interior estén
finalmente en armonía y permitan entonces que un hombre se sienta
realmente en su propio destino, en su identidad. Esto no es un juego, no es
lúdico, pero, sin embargo, forma parte del mundo lúdico, porque el hombre
nació para reír, para jugar. Todo esto que estoy diciendo parece pueril y
en el campo de la política se olvida con demasiada frecuencia. Las
revoluciones se vuelven serias, se vuelven grisallas, se vuelven sordas. La
gente deja de vestirse con colores alegres, si alguna vez las usó. Todo se
vuelve grisalla. ¿Por qué? Bueno, hay razones que lo explican, hay
problemas imperiosos, hay etapas que deben franquearse. Pero esas etapas
deben franquearse sin olvidar los fines últimos, sin olvidar que el hombre
es una animal lúdico como es un animal erótico, y eso, me permito
agregarlo a lo que tú dijiste, es el otro elemento que a mí me pareció
importante agregar a Libro de Manuel
cuando lo escribí. Es decir, uno de los problemas de América Latina ha
sido siempre, y es también un problema español, que en materia erótica
estamos también en la prehistoria. Hemos dado algunos pasos adelante, pero
aún queda mucho camino por avanzar. Todo esto traté darlo en ese libro,
porque me pareció que si era leído por jóvenes –yo pienso sobre todo
en los jóvenes- a quienes le movía un impulso político,
una ideología, un afán de justicia social, ese libo podría, no
darles respuestas –no soy hombre de dar respuestas-, pero sí plantearles
ese tipo de preguntas: ¿Cómo son ellos, que quieren cambiar el mundo, cómo
son cuando se trata de su mujer o cuando se trata de cualquier juego?
Llevarlos a un sentido crítico que los vuelva más eficaces políticamente.
Antes he dicho que con mucha frecuencia se olvida que alguien tan entrañablemente
revolucionario como el Che Guevara llevaba siempre en el bolsillo un libro
de poesía, o una novela, o los cuentos de Jack London, como los llevaba en
el momento del desembarco en Cuba, o llevaba el Canto
general de Neruda al final en la selva Boliviana, es decir, que ese
sentido poético, lúdico, en último término, erótico en el sentido platónico
–porque el eros abarca todo eso-, están presentes y despiertos en el
Che, y todos los que lo conocieron supieron
hasta qué punto tenía sentido del humor, hasta qué punto podía ser como
un cachorro juguetón, siendo al mismo tiempo uno de los ejemplos más
admirables del revolucionario. Bien. En la medida de mis posibilidades
quise meter todo eso en Libro de
Manuel. La crítica no lo vio sino parcialmente, pero ése ya no es mi
problema, el libro debía defenderse solo.
Alberto del Campo:
¿Cree
usted, Cortázar, como el personaje Morelli de Rayuela,
en el poder de la literatura para cambiar las personas y aun la sociedad?
Julio
Cortázar: Sí
creo, pero críticamente y sin optimismos fáciles. Basta leer a los poetas
románticos del siglo XIX, a Shelly, por ejemplo, para ver la actitud que
tenían: veían a la literatura y al poeta, sobre todo, como a un pequeño
dios dotado de poderes inmensos sobre
los lectores y la historia. El poeta era el gran reformador. No hay más
que leer la defensa de la poesía de Shelly, no hay más que leer a Victor
Hugo, por ejemplo. Es decir, había un sentimiento mesiánico en el poeta,
éste sí era el hombre que traía las antorchas de la verdad, de la
justicia y de la libertad. Es evidente que el siglo XX se encargó de
desmentir cruelmente esa ilusión, pero no la anuló totalmente. Yo creo
que ese maravilloso optimismo puede y debe ser mantenido por nosotros
dentro de límites críticos. El diálogo que yo he tenido con mis lectores
a través de muchos años me
ha permitido ver que en una cierta medida, muy por debajo de lo que quisiéramos
los escritores, hay una respuesta positiva en el plano histórico, no sólo
en el intelectual, de esos lectores. Ceo que una cierta literatura es
revolucionaria al margen de su tema explícito; es revolucionaria en la
medida en que al influir en el lector, al plantearle problemas y darle,
acaso, algunas soluciones o señalarle algunos caminos, lo está ayudando
en ese descubrimiento de sí mismo de que hablábamos antes, y sin el cual
ninguna revolución tendría sentido. Entonces, con las restricciones que
he hecho, pienso que la literatura en su conjunto es eficaz en el terreno
histórico.
|
|
Latinoamerica-online Ass. Cult. Imago Mundi - Direttore responsabile Mariella Moresco Fornasier Registrazione presso il Tribunale di Milano n. 768 del 1/12/2000 e n. 258 del 13/04/2004 ISSN 1824-1360 © Tutti i diritti riservati |