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Los mundos que amo, de Daína Chaviano

 

     

Red Literaria

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


La editorial Alfaguara, de Colombia, acaba de publicar Los mundos que amo, una novela corta de Daína Chaviano, como parte de su colección Franja Roja para jóvenes. Inspirada en un relato perteneciente al libro de igual nombre —con el que su autora ganara el premio nacional de ciencia-ficción en su país de origen—, la novela enriquece la idea original, centrada en los extraños sucesos vividos por una joven estudiante.  

 

Los mundos que amo es un alegato a favor de la tolerancia y la comprensión entre seres diferentes. La obra también aborda aspectos especulativos relacionados con la espiritualidad y las mitologías precelta y precolombina. 
      

Daína Chaviano, que ganara el Premio Azorín de Novela con El hombre, la hembra y el hambre, muestra ahora otra faceta de su estilo. En una conversación con Red Literaria, reveló que aunque "se trata de una obra de ficción, el cuento original tuvo su germen en hechos ocurridos durante mi época de estudiante universitaria". Ahora la historia se amplía con un nuevo elemento que, según sus palabras, “está inspirado en una reciente experiencia personal que, por pertenecer al terreno de esas vivencias que quedan sin explicación, preferí incorporar a la literatura". 
      

El relato inicial, del que se vendieron en Cuba más de 200.000 ejemplares, impactó y marcó a toda una generación por su estilo testimonial. 

     

Por el momento, el libro se encuentra disponible en las librerías de Colombia y el resto de los países del Pacto Andino. Por su parte, Alfaguara-USA ya ha anunciado su lanzamiento en Estados Unidos durante la Feria Internacional del Libro en Miami, el domingo 14 de noviembre.

 

 

 

LOS MUNDOS QUE AMO 
(fragmento)


A muchas personas les suceden cosas extrañas en su vida: ven moverse objetos sin que nadie parezca estar cerca, escuchan voces aunque se encuentren solas, sueñan con acontecimientos que luego ocurren, o meditan sobre ciertas ideas para terminar descubriendo que alguien más estaba pensando en lo mismo. Sin embargo, casi siempre el temor de no ser comprendidos o de que alguien se burle, les impide compartir con otros estas experiencias.

                              (Fragmento del prólogo)


 

Una noche a mediados de julio, y después de haber leído poco más de media hora, como es mi costumbre antes de acostarme, apagué la luz y me dormí. No sé exactamente cuánto tiempo habría pasado, pero creo que serían alrededor de las tres o las cuatro de la mañana cuando me desperté. Sentía un sueño terrible y los párpados me pesaban, pero no podía volver a dormirme.
        

Me senté sobre la cama, perpleja, preguntándome qué sucedía. Sabía que estaba ocurriendo algo extraño. Sin embargo, el sueño no me dejaba pensar con claridad. La habitación estaba a oscuras y sólo se escuchaba el tic-tac del reloj... No. No era sólo el tic-tac. Un ruido inusual a esa hora de la madrugada se mezclaba con el del reloj colocado en la cabecera de mi cama. Era un tap-tap rítmico, parecido al de las gotas de agua cuando caen de un grifo que ha quedado medio abierto. «¡Eso debe ser!», pensé. «Alguna llave del baño no quedó bien cerrada y está goteando». Y volví a acostarme.
        

Pero no.  Aquel curioso sonido no era producido por el agua.  Abrí los ojos de nuevo.  El ruido era seco, sordo, y se producía a intervalos regulares de aproximadamente tres segundos.  Ahora estaba segura de que no provenía del baño, pero de momento no pude determinar su lugar de origen.  Más bien parecía brotar de todo el dormitorio...  Lo absurdo de la situación casi me enfureció.  Me froté los ojos con rabia, queriendo arrancarme los restos del sueño que sentía acumulado en ellos, y me senté de nuevo en la cama.
       

De pronto comprendí que el ruido provenía de más arriba de mi cabeza. Casi por instinto miré hacia el techo del cuarto. ¡El ruido provenía de la azotea! ¿Estaría alguien caminando por allá arriba? «Pero no pueden ser pasos», pensé, «porque los pasos no son tan uniformes y no se producen a intervalos de tiempo tan grandes».
        

Tenía miedo. Me di cuenta de eso cuando me sorprendí a mí misma preguntándome si debía o no subir hasta allí. Al final, venció mi curiosidad.
        

Me vestí a oscuras, procurando evadir los muebles, mientras me estremecía de excitación. Despacio, abrí la puerta de mi dormitorio y subí la escalera de puntillas.

 

 

www.red-literaria.com    1° de noviembre 2004

 

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