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Letteratura

 

 

 

En las tierras de Gallegos


Yennys Rojas




 

 

 

 

 

 

 

Cuentos, novelas y textos teatrales representan su legado. Fue electo, por voto universal, directo y secreto Presidente de la República. Vivió dos exilios, primero en España y luego en México.



La Guajira venezolana se viste con la manta del cardón y la tierra amarillenta. La sequedad del ambiente, el salteo de los chivos y el ajetreo de los moradores salpica cada centímetro, mientras un grupo de venezolanos sobrevuela el suelo patrio y sucumbe ante la belleza natural.

Un avión surca el aire como un pájaro extraño y una voz cálida anuncia a los ex exiliados en México la entrada a Venezuela. El júbilo baña las mejillas de los pasajeros y las lágrimas inundan el aparato. Sonia y Alexis, los hijos de Rómulo Gallegos, miran y descubren en su padre un mar en los ojos.

“Por fin, sobre la misma tierra”, susurra Gallegos en 1958, cuando el destino le devuelve a su natal Venezuela, tras el derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez y el surgimiento de la democracia en el país.

Y el Zulia, cual mujer enamorada, conquista nuevamente a quien se internó en las aulas y desde allí cultivó la escritura, el mismo que recibiría de Rita Freire Gurucuceaga y Rómulo Gallegos Osío, el soplo de vida el 2 de agosto de 1884.

El sentimiento embarga a su hija, cuando describe, desde Caracas, vía telefónica, la época del exilio de su familia. “Tengo un trauma de ver cómo dos capitanes se lo llevaron preso. Me agarré de las piernas de mi papá llorando y me arrancaron. Vi cómo lo trasladaron en un camión con estacas, lleno de soldados”, cuenta Sonia.

Como un aborto, asume la hija el paso de su papá por la magistratura nacional y, aunque ella y su hermano estaban muy chicos, sí guarda los momentos que precedieron el derrocamiento.

“Esos últimos días fueron de gran tensión para nosotros, nos intimidaron los militares de una forma horrible, mi mamá tenía un gallinero y los soldados se metían y mataban las gallinas y las tiraban con el pescuezo cortado contra las puertas”.

A principios de febrero de 1948, Gallegos era el presidente, pero la inestabilidad político-social crecía y ya para el 19 de noviembre las voces advertían peligros.

“Mis posiciones no son cuestiones personales, sino mandato de las leyes que he jurado cumplir”, manifestaba el novelista.

La insistencia de él no lo libró de una Junta Militar, presidida por el coronel Carlos Delgado Chalbaud, en compañía de los tenientes coroneles Luis Felipe Llovera Páez y Marcos Pérez Jiménez, personaje que finalmente le sustituyó y llegó al poder.


Suelo azteca

En México no todo fue añoranza, pues en los festejos de la independencia azteca, el 19 de septiembre, la familia Gallegos-Arocha visitaba la plaza del Zócalo. “Íbamos y cuando mi papá entraba en un restaurante tocaban el Alma Llanera o el Himno Nacional”, rememora Sonia.

Los aires de Michoacán, donde residieron, auparon la gestación de “La brasa en el pico del Cuervo” o “Tierra bajo los pies”. En la novela afloró el México revolucionario, aunque pocos conocen el libro por el limitado tiraje que hubo.


Andares indígenas

Los pies del caraqueño se calentaron al contacto con la aridez de La Guajira. Él la recorrió ávido de sorber de ella el líquido de sus ancestros, que le serviría de agua para hidratar los párrafos de la novela “Sobre la misma Tierra”, editada en 1943.

Su encuentro con las letras se dio con prontitud en la adolescencia y, aún cercano a la muerte, ocurrida el 5 de abril de 1969, se mantuvo como soldado armado con una pluma y papel.

Sonia y Alexis sintieron la gratitud de tener unos padres, Rómulo y Teotiste, que sin ser biológicos, les impregnaron el amor y la rectitud. La diabetes de ella, conocida desde la juventud, limitó su fertilidad.

“Fue un padre maravilloso -, reconoce Sonia-. Su esposa era nuestra tía abuela en la vida real; nos adoptaron y con nosotros fueron excepcionales. Lástima que ella murió cuando yo tenía 12 años, en el exilio en México, y él quedó con sus dos pajaritos para arriba y para abajo, consintiéndonos”.

Como si se abriera una maleta, los recuerdos van surgiendo y la hija del también político devela cómo recibían, ella y Alexis, regaños cuando cambiaban una “c” por una “s”.

Y es que Rómulo Ángel del Monte Carmelo, como le llamara su padre, concilió sus acciones con la educación y fue tal su empeño que llegó a ocupar el Ministerio en esa área, a su regreso de España, donde transitó el primer exilio que vivió por instancias del dictador Juan Vicente Gómez.

En uno de los salones del Liceo Caracas, un alumno, Jacinto Convit, escuchaba las explicaciones que el novelista le daba, cuando cursaba segundo año de bachillerato. Paradójicamente, no era la literatura la materia que impartía, sino matemáticas y filosofía.

“Aquí creen que Rómulo Gallegos es un escritor únicamente, pero están equivocados. Era un filósofo, de quien aprendí también matemáticas”, dice el venezolano que creó la vacuna contra la lepra.

La voz de Convit, a sus 91 años, suena a lamento cuando rememora que Gallegos, quien era director del liceo, sólo estuvo seis meses allí, pues Gómez le expulsó del país.


Docencia

La semilla pedagógica se había plantado en él. Bajo el cultivo de Jesús Sifontes y J. M. Núñez Ponte, adquirió forma y razón de ser, señala por correo electrónico Rafael Hernández Heres, investigador.

Con sus propias palabras, Gallegos reveló una influencia, según Hernández Heres: “Me eduqué en el Colegio Sucre, del cual era director el doctor Sifontes, uno de los hombres más virtuosos, más católicos y más puros que he conocido (allí cursó el bachillerato)”.

Desde la juventud, el escritor abrazó ideas sobre lo que debía ser la educación venezolana, al punto de legar en un ensayo publicado en la revista La Alborada, en 1909, sus pensamientos pedagógicos, reconoce Hernández Heres.

“Formar para vivir con amor, respeto a la ley y con sostenida responsabilidad social, la educación debe, en definitiva, construir a través de la acción de la escuela, las virtudes de iniciativa e independencia”, argumentó en el ensayo.


De su puño

Las manos de quien fuera el primer Presidente de la República, electo por voto universal y secreto en diciembre de 1947, acariciaban con facilidad el papel y, cual gesto de amor, plasmaron en él sus creaciones. Su genio le acompañaba cuando recorría la geografía patria y el pueblo le reconocía su labor.

Con sus cuentos comenzó a labrarse una senda que lo condujo a la novelística y ésta a su vez se deslizó hacia varias vertientes, entre ellas, a la de civilización y barbarie.

“El maestro de juventudes” como le llamaron, introdujo en el país esa teoría gestada en Argentina, con la obra “Facundo”, en 1845, de Domingo Faustino Sarmiento.

En los textos surgió una suerte de planteamiento tipo híbrido, por la confluencia de géneros como el ensayo, cuadros de costumbres en torno a la figura del gaucho, en la cual el autor lo presenta de un modo negativo o positivo, explica Leysi Montiel, profesora de la Escuela de Letras de La Universidad del Zulia.

“También se muestra la relación ciudad-campo que va a retomar Gallegos... la toma como base para la construcción de novelas como "Doña Bárbara", "Canaima" y "Pobre Negro”, argumenta Montiel.

Su condición de literato ligado a la fundación y dirección del partido Acción Democrática causó escozor en algunos sectores y las consecuencias aún hoy se visualizan en la indiferencia hacia su figura, apunta Javier Meneses, profesor de historia y literatura venezolana en LUZ.

Su escritura provista de complejos, según Meneses, se redescubre hoy, “de esa metafísica en Gallegos poco estudiada, en esa unión de contrarios, en esa búsqueda de una identidad realmente nacional, pero no politizada”.

Y cual libro antiguo, la vida del periodista tiene otras páginas, entre ellas, los siete textos para teatro que escribió, los guiones para el cine e, incluso, uno sobre El Libertador realizado en autoría con Mariano Picón Salas y otro sobre Juana de Arco, llamado “La Doncella”, señala el crítico teatral Orlando Rodríguez, desde la capital de la República.

En la tablas, emergió su talento con la obra “El motor”, cuando recién se encaminaba en el mundo de los cuentos, en 1909. En la comedia dramática manejó dos grandes elementos: la aviación y el cine. La novedad fue notoria para la época, no fue estrenada en su momento sino 83 años después, es decir para 1993, por la alusión al dictador Gómez.

No sólo en las letras le surgieron molinos en forma de monstruos como a “El Quijote”; también recogió discrepancias hacia su estilo de otros colegas como Gabriel García Márquez, el Nobel de Literatura y quien paradójicamente recibiera el Premio Internacional Rómulo Gallegos.

“No le puedo perdonar ciertas actitudes, por ejemplo, cuando Mario Vargas Llosa le hace una entrevista -aún eran amigos- y él dice que lo único que más le gustaba de Gallegos era la descripción de un gallo en Canaima”, recuerda Sonia.

A 120 años del natalicio, con una infinidad de instituciones, escuelas y cátedras con su nombre, la vida del escritor sigue siendo una extensa tierra como la llanura venezolana, el páramo o La Guajira que él pisó.

PLUMAS

-El Mayor icono de Gallegos fue “Doña Bárbara” de la cual se venden entre 2.500 a 3.000 ejemplares al año, señala Pedro Carmona Pérez, dueño de la Editorial Panapo y quien tiene los derechos de publicación en Venezuela.

-De Las Novelas “Canaima”, “Cantaclaro” y “La trepadora” la cifra oscila entre 800 y 1.000 piezas. “Eso ha venido en descenso no sólo por la piratería, sino porque ya han desplazado en muchos colegios y liceos la lectura de Gallegos por nuevos autores”, dice Carmona Pérez.

-Fue Elogiado por unos y criticado por otros, entre los cuales se contaba Arturo Úslar Pietri. “Antes de morir, después de todos los discursos que pronunció en su vida sobre Rómulo Gallegos, una vez le contó a otro escritor que mi papá no tenía vigencia y antes de fallecer dijo que era un flojo mental”, comenta Sonia Gallegos.

-Para esa fecha ya la miel de su talento se había vertido en “Reinaldo Solar” (1920), “La Trepadora” (1925), “Doña Bárbara” (1929), “Cantaclaro” y “Canaima” (1934-1935)

-“Él invitaba al chofer, al guardia y a la enfermera y les decía: "vámonos a Petare a comer chicharrones con cerveza, pero no le digan nada a Sonia". yo siempre lo descubría”, dice la hija del novelista.

 

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