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Breve,
intensa, diáfana
Freda
Mosquera, escritora colombiana en Florida, USA.
Especial/El
Nuevo Herald – Enviado por su autora para Cronopios
El
encanto de la mujer dormida, abandonada a su suerte, indefensa en el lecho,
junto al amante que se satisface sólo con mirarla dormir, como en los
cuentos de hadas, es ''la esencia del placer'', en Memoria de mis putas
tristes, [1] la reciente novela de Gabriel García Márquez,
breve, intensa y diáfana como sus primeros cuentos y la única ficción
publicada por el autor en los últimos diez años.
La novela
se abre con una epígrafe de La casa de las bellas dormidas de
Yasunari Kawabata y el primer capitulo --la historia de un hombre de
noventa años que se regala una noche de amor con una virgen--, es un
cuento en sí mismo. Los cuatro capítulos siguientes narran el desvarío
del anciano por la niña dormida, sus reflexiones sobre la vejez y llevan
al lector a una ciudad, a principios del siglo XX, en la que se escuchan
los bramidos de los buques anclando en el puerto, que se llena de brisas en
Diciembre y que no puede ser otra que la ciudad donde Gabo pasó parte de
su infancia, donde vivió como escritor y periodista, y a la que ha
regresado muchas veces en sus ficciones: Barranquilla. Si bien, García Márquez
no la menciona, ni tampoco la bautiza con un nombre imaginario, sus pistas
nos dan la certidumbre: la casa del anciano enamorado en el barrio de San
Nicolás, las vitrinas del Alambre de Oro, el Cementerio Universal y la
mención de personajes tan barranquilleros como Figurita y Marcos Pérez.
Pero también podría ser cualquier otra ciudad del Caribe, abrasada por el
calor, casi fantasmal, como eran las ciudades y los pueblos de Colombia a
la hora de la siesta.
La
fascinación por esa niña que duerme bajo los efectos de la valeriana, a
quien el amante de noventa años le lee cuentos para niños, nos recuerda
otras historias de García Márquez. En su cuento El avión de la bella
durmiente narra la belleza que exhala el cuerpo de una joven
profundamente dormida, junto al pasajero que la contempla durante un vuelo
trasatlántico, que hace la ruta París-Nueva York. ''Me fue imposible
escapar al hechizo de aquella criatura de fábula que dormía a mi lado''.
Y no podemos dejar de evocar, por el carácter casi incestuoso de la relación
que se establece entre el anciano y la niña dormida, los trágicos amores
de Florentino Ariza con una colegiala, América Vicuña, que se suicida
bebiéndose un frasco de láudano, cuando presiente que Ariza no volverá
nunca más a buscarla.
Pero en Memoria
de mis putas tristes, García Márquez no sólo regresa a sus
obsesiones literarias, sino que retoma uno de los grandes temas en nuestras
letras latinoamericanas y que él exploró en varios de sus cuentos y
novelas anteriores: el prostíbulo. Ese lugar encantado, habitado por
mujeres pobres y tristes, capaces de prodigar a los hombres con una
felicidad que no encuentran en sus esposas, con una matrona de sabiduría
infinita, Rosa Cabarcas, conocedora de todas las dolencias del alma, con la
palabra cierta, en el momento justo. El prostíbulo fue siempre el paraíso
en la novelística de Gabo y la prostituta, su cómplice y amiga.
Otros
amores suyos, el periodismo y la música clásica, habitan las páginas de
esta novela en donde el personaje es un solterón, escritor, melómano y ''putañero'',
que pasa el año de sus noventa años, acompañado por el fantasma de
Delgadina y escuchando la mejor música de la tierra: Wagner, Bruckner y
Debussy. Pero más que una memoria de sus amores y desamores, esta novela
virgen es un regalo que Gabriel García Márquez se hizo a sí mismo al
cumplir sus setenta y seis años, porque no cabe duda, que la escribió
para sí mismo. ''Hoy sé que no fue una alucinación, sino un milagro más
del primer amor de mi vida a los noventa años''. Si es o no la mejor de
sus obras, es irrelevante. Tiene la transparente belleza de sus historias,
el humor y la riqueza de su lenguaje, el tono bíblico, pero sobre todo,
los símbolos de su universo literario, que ya son parte esencial del
imaginario popular.
¿Qué
pasaría si la bella despertara? Esa niña que crece en el lecho, como la
niña muerta, ''La santa'', de otro de Los doce cuentos peregrinos
de García Márquez. ¿Qué hubiera pasado si Ursula no se quita el cinturón
de castidad, si Amaranta no muere solterona y virgen, si Remedios la bella,
no asciende a los cielos, sin conocer hombre? La historia de la humanidad
es la historia de la represión sexual. Si el sexo femenino es para
Fernando Vallejo una cavidad oscura y babosa por la que se multiplica la
especia bípeda, para García Márquez, en cambio, en Memoria de mis
putas tristes es cerradura inexpugnable. No importa si la niña dormida
no conoce el goce, al anciano le basta con el placer de custodiar su sueño,
le basta con imaginar el color de sus ojos, le basta con inventarla ''novicia
enamorada a los veinte, puta de salón a los cuarenta, reina de Babilonia a
los sesenta, santa a los cien'', y en esa mansedumbre esta su salvación.
Gabriel García Márquez, Memoria
de Mis Putas Tristes. Norma Mondadori, Bogotá, 2004, página 12.
cronopios@cable.net.co
26 de Noviembre de 2004
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