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Feste e tradizioni

 

 

 

 

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Colombia - Rio Sucio de Carnaval

 

Andrés Ricardo Castro Hurtado     antea29@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

fotos de Santiago Lozano

Entre el 6 y el 12 de enero, se celebró en Riosucio, Caldas, Colombia, el carnaval de ese municipio. Fiesta en honor al diablo, a la música, los disfraces y la palabra versada.

La espera


En Riosucio se festeja el Carnaval intensamente durante seis días cada dos años. Insuficiencia que se ha transformado en virtud, pues para el riosuceño, los otros setecientos veinticuatro, -mientras recoge café, reclama las remezas que le envía un familiar de los Estados Unidos o recuerda las épocas de la bonanza minera- no son más que una espera del Carnaval. Empieza un viernes y termina un miércoles, procurando que entre un día y el otro haya un 6, día de los Reyes Magos. Incluso desde julio del año inmediatamente anterior se da inicio como tal, pues en esa época tiene lugar el “Decreto de Instalación de la Republica del Carnaval”. A partir de entonces no hay nada más vibrante que un riosuceño esperando la llegada del Diablo para que tome su lugar como soberano. Mientras arriba, su majestad tiene representantes en la tierra, parodia política por excelencia, con dignatarios y leyes propias, matachines y decreteros, abanderado y pregoneros que trasmiten las órdenes de fraternidad y alegría, un presidente y una alcaldesa que incluso llegan a tener potestad sobre las fuerzas vivas del municipio (bomberos, defensa civil, policía, etc.).

El Diablo I

El Diablo del Carnaval hace parte de una cosmogonía ya propia y única del municipio, puesto que a este diablo no se le debe relacionar totalmente con la amenaza cristiana, y en él podemos apreciar los componentes triétnico de la cultura colombiana. 

Para Carlos Gómez, Coordinador de etnoeducación y cultura del resguardo indígena de Cañamomo y Lomaprieta, perteneciente a Riosucio y a la familia de los Emberá Chamí, “hay en la esfinge del diablo elementos que dan cuenta de eso: unos cachos grandes negros que representan la fortaleza del toro y además representan la fortaleza de la raza negra; los ojos rasgado, como los del jaguar, representan lo indígena; y la raza blanca, lo que tiene que ver con el tridente, que representa a la religión católica y su símbolo de castigo”. 

¿Pero y de dónde salió este diablo? La cosmogonía popular vuela fácilmente por el imaginario colectivo y dice que fue parido del vientre hinchado del Ingrumá, el imponente cerro que domina el paisaje riosuceño. Pero además de este nacimiento mágico hay que tener en cuenta que este diablo surge de un proceso de aculturación. “Tiene una historia desde tiempos de la colonia en la que los esclavos traídos del África que trabajaban en Quiebralomo, en las minas de Vendecabezas, tenían la oportunidad de salir y disfrutar de un tiempo de libertad para poder divertirse. 

Entonces utilizaban unas mascaras de diablos elaboradas por ellos mismos, se armaban con vejigas de toro que ponían a secar y que amarraban con cabuyas. No existía ni el aguardiente, existía una bebida que se llamaba la penca, y cuando ya se envalentonaban y se sentían sabrosos, se ponían esas caretas y se iban detrás de la gente, dando latigazos, persiguiendo a las muchachas más que todo y haciéndolas entrar a las iglesias. En ese entonces no se denominaba Carnaval de Riosucio sino “Matachines”, como le decían a estos personajes. Luego empezó a evolucionar y entonces se configuró como símbolo la esfinge del Diablo, pero como un símbolo de alegría. Tomando la idea de las mascaras que utilizaban los esclavos de Quiebralomo”. Complementa Carlos Gómez.

Cuadrillas Infantiles

Alrededor del carnaval y el diablo, hay diferentes eventos que lo enriquecen cultural y simbólicamente. Por ejemplo el viernes 7 de enero, se realizó el desfile de las cuadrillas infantiles. 

Las cuadrillas se formaron de la unión de diferentes matachines para salir a hacer lo suyo en las calles, al empezar a salir como grupos de aproximadamente ocho personas. Se organizaron con letras y canciones en común, y los trajes con los que recorrían el pueblo empezaron a ser temáticos. Más allá del Diablo, las cuadrillas son el objeto expresivo máximo del carnaval, es en las cuadrillas donde los riosuceños hacen uso de la expresión carnavalera. 

 

El rompimiento de los límites con el poder, de las clases sociales, de la política, de la desigualdad entre riqueza y pobreza, desgarra los límites entre lo cómico y la tragedia, entre lo solemne y lo ordinario; se burla cantando grande verdades y genera carcajadas al pueblo y risitas tímidas entre los aludidos, pasándose los roles de burlados y burladeros entre unos y otros con la facilidad de una tonada y cuatro versos. Es así como el desfile de cuadrillas infantiles viene a ser el aquelarre de iniciación de los pequeños matachines a todo el misticismo de las cuadrillas. Esta es la forma en que la tradición del carnaval se sostiene, no se premia ni se castiga por la mejor o la peor cuadrilla de los adultos, sino que se promueve en la población infantil su amor por estas fiestas. Sus disfraces sobre todo dirigen mensajes al cuidado del medio ambiente, o resaltan personajes de cuentos o famosos matachines ya desaparecidos, aunque siempre hay un diablo que revolotea por en medio de cada comparsa, molestando a sus compañeros o bailando. Ellas llegan al proscenio de la plaza San Sebastián y pasan, una a una de las 11 cuadrillas que participaron este año, a cantar. Es también uno de los actos que se cuida con celo, pues así se preserva la exaltación a la tierra, al Ingrumá, al diablo y al carnaval por medio del canto y la literatura matachinesca.


Diablo II: Estertores por dos años


El Sábado 8 es el día más esperado, el día que cada riosuceño, vecino del municipio o en la diáspora, es un volcán que ha estado comprimiéndose durante dos años y hoy va liberar todo su fuego carnavalero. 

 

Una multitud se agolpa alrededor de una carroza que oculta a su majestad con una lona que se eriza por casi 4 metros de alto. Se pone música que sugestiona al más escéptico, decibeles sonando a 5 cuadras a la redonda con apartes de la banda sonora del Drácula de Coppola. Al Diablo lo van a preceder 3 caravanas que son grupos disfrazados totalmente distintos a las cuadrillas. Aleteando por aquí y por allá, más disfraces sueltos tratando de superar la imaginación del Dante. Son las 8 p.m., la salida era para las 7. No hay quejas. Se grita pidiendo la llegada de su majestad, pero se le habla a él, no a los técnicos que organizan y demoran la carroza. Ocho y treinta, la lona empieza ceder, va dejando ver una gárgola verde, las cabezas de unas calaveras, una serpiente coral atacando, otra gárgola. “¡Bienvenido Diablo, bienvenido! ¡Llega a Riosucio Satanás, llega a m!í” se escucha con ahínco. 

 

Cuando se libera a su majestad de la lona la euforia es total, digna del rincón más oscuro del Averno, la piel se pone de gallina, en ese momento el foráneo y el nativo se vuelven habitantes de una sola republica, la del Carnaval. 
El recorrido del diablo por el pueblo dura casi tres horas, hasta llegar a la plaza de San Sebastián y allí se escucha por primera vez su voz, una carcajada ronca que rompe los estertores de dos años sin su presencia, pidiendo cuentas de las andanzas parroquiales, nacionales y del mundo e invitando a toda la gente a disfrutar de su republica. 


Su posición es en abandono del trono para buscar el frente de batalla. Músculos en carne viva, sin piel, rojizo, listo para una clase de anatomía. Ojos y colmillos de jaguar, y un arete con dos plumas. En la diestra empuña un tridente rustico del palo del café, en la izquierda, el calabazo con el guarapo de nunca acabar. Alas de diablo, taparrabo en sus partes nobles. En esta versión mueve la cabeza para echar fuego por su boca. Ruge. Gustavo Adolfo Cardona, creador de este diablo lo define:“Es un Diablo libertador, por eso la posición. Es una posición guerrera, muy activa, no es tan pasiva, no está sentado. La idea entonces es trasmitir esa energía. Es libertador porque nos está liberando de las amarguras, de las tristezas, de todas las cosas que no queremos tener en la vida y que se acumularon durante estos 2 años, y libera por medio de la alegría de esta fabulosa fiesta”.


Cuadrillas de adultos


Los jóvenes se han autonombrado La Colonia Infernal, a su cuadrilla le han puesto Vesania, y como su nombre lo indica, las letras de las canciones están dedicadas a la locura y se acompañan con rock. 

La siguiente letra lleva la música de La Vida de los Fabulosos Cadillacs: 

 

Es el diablo la pasión del festín ¡oh, oh¡

nos invita a vivir ¡oh, oh¡

sin devoción y con ego

Un romance con el carnaval ¡oh, oh¡

nos invita a gozar ¡oh, oh¡

una explosión de excesos. 

 

La cuadrilla Espíritus de la Madre Tierra, del resguardo indígena de Cañamomo y Lomaprieta, con música más autóctona, cantan sobre un problema nacional pero que muy especialmente afecta a los indígenas: 

 

Tratado de libre comercio

y el ALCA nos van a exprimir

sin calidad y sin precios

no podremos competir. 

 

Muy acorde con sus principios, la vestimenta de ellos representa el aire, la tierra, el fuego y el agua, los 4 elementos de la tierra. 

 

Con música de prendé la vela se canta: 

 

Buitres y arpías

van pál Averno

sexo y guarapo

allí tendremos. 

Es la cuadrilla de los Vargas, Buitres y Arpías, sus trajes llevan inmensas alas y la prominente cabeza de estas aves carroñeras y vengativas.


El Fin 


Pero el carnaval, como todo, tiene su final. 

El miércoles 12 los cuadrilleros y la gente en general se visten de luto, se hacen presente plañideras para darle la despedida al calabazo que contenía todo el guarapo de caña que se ha bebido y para esperar el testamento del diablo del carnaval de Riosucio. 

Se le llama la atención al constructor de la esfinge por no haberle puesto cojones a su majestad, que son aquellos donde las mujeres le piden suerte y bienaventuranza. Se reparte su tridente, sus cachos, sus pesuñas. 

 

Este año se ha decido hacer arder al mismo diablo que desfiló y vigiló las fiestas para construir uno nuevo dentro de dos años, anteriormente se quemaba una imitación más pequeña. Después de tutelar el Carnaval desde la plaza de San Sebastián, la esfinge es bajada hasta la plaza de la Candelaria para organizarla, que no es más que ponerle los tumbarranchos y cohetes, y echarle gasolina. 

Tomando las debidas precauciones, la gente se aglutina alrededor del que hasta ese día será su rey. La gente le dicen adiós a su majestad, se despiden con tristeza endemoniada, la figura imponente de más de cuatro metros de alto pareciera también despedirse desde lo más profundo del fuego que lo consume.

 

Lo último que demora en prenderse es esa risa maleva que nunca olvidaremos y que esperaremos regrese en el 2007.

Febrero 2005

 

 

Latinoamerica-online 

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