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Feste e tradizioni

 

 

 

   
 

Venezuela - Las Cruz de Mayo y San Juan en la memoria

 

Asociación Cultural Teatro Alameda

Para finales de la década del 50, la comunidad de Barlovento y en  general de mirandinos, es cada vez más númerosa en Caracas, de  manera que se podía observar como algo común, en los períodos  comprendidos entre mayo y junio, manifestaciones de la religiosidad,  un tanto diferentes a la liturgia a la que la iglesia católica  acostumbraba realizar. 

Era una promesa decía el ahijado de doña Santiaga, el cual era  fusilado a preguntas sobre el, extraño rito que en su casa se  preparaba. 

Las señoras de los hogares vecinos, vestían una cruz hecha de  madera, con papel de seda de muchos colores, no faltaban las gamás  de rojos, amarillos, rosa, verdes, azules y hasta plateados y  dorados, porque cada cruz debía ser mucho más linda que las de las  otras. 

Ya el día 3 de mayo cada año, a tempranas horas, comenzaba a  construirse un altar en el que se colocaban todas las cruces traídas  a la casa donde habría de realizarse el rito del "velorio de cruz de  mayo" , y que tendría efecto los viernes y sábados de mayo. 

El altar debía semejar el cielo, por lo que se construía colocando  taburetes sillas o cajas de cartón, cerca de una pared de la sala de  la vivienda teniendo diferentes niveles, a manera de repisas y se  cubría con sábanas de colores preferiblemente blanco o azul muy  claro, en estos niveles habrían de colocarse las distintas cruces 

traídas por los vecinos para ser adoradas.  Así continuaban los preparativos, viendo que no faltara de comer y  tomar para los invitados, De comer lo más usual era hacer un consomé  de gallina, bollitos de maíz, y trocitos de queso blanco; de tomar a  parte de caf,, para poder permanecer en vela, aguardiente de caña,  ron y cerveza, para alegrar a los tamboreros, decimistas e invitados  en general. 

A eso de las 8 de la noche, alguno de la casa podía iniciar el  velorio haciendo un rezo y explicando las razones del pago de la  promesa para la cruz, y a continuación podía rezarse un rosario y  proceder entonces a solicitar a los músicos el comienzo de su labor,  del canto y toque de la fulía, con las palabras: 

"Tambor y canto", que por momentos se alternará con las décimás. 

La fulía, es un genero musical ejecutado con cuatro, tambores,  maracas y un plato de peltre percutido con una cuchara metálica, en  la que coro y solistas se turnan para expresar en sus letras  distintos temás que pasan de lo humano a lo divino, según el animo  del velorio, al igual que la décima la cual se dice para transformar  un poco la tónica de la música y también permitir el descanso de los  músicos. 

Como la mejor enseñanza es el ejemplo, vamos a colocar aquí una 

muestra de algunas de ellas: 

Ya que mis saludos di 

al público con cariño 

voy a tomar el camino 

que me condujo hasta aquí 

mientras viva tendré en mí 

recuerdos halagadores 

la ruta he de retomar 

mil gracias por sus favores 

y ahora para terminar 

abrazo a todos señores

Es una décima con la cual podía despedirse un decimista que debía 

partir. Otra podía ser, para hablar de la efímera belleza física, 

que con los años se convierte en su contrario, se recitaba: 

Goza mujer tu eres bella 

tu edad está floreciente 

mientras mañana tu frente 

no brillara como estrella 

no escucharás más querellas 

tu ilusión terminará 

no habrá quien te diga nada 

y esa cabellera ondeada 

mañana blanca será 

Igualmente podían versar, sobre la Pasión de Cristo, la desconfianza  para con los compradores del producto del trabajo en el conuco,  agradecimiento a los santos por los favores recibidos, las hazañas  de Simón Bolívar, o cualquier otro pasaje de la Independencia, etc. 

Ellos se colocaban frente al altar y cuando paraba el toque,  recitaban sus poesías que podían ser improvisadas o aprendidas, para  cualquier caso. 

En estos eventos, era usual la controversia entre dos o varios  decimistas así como entre los cantantes que se intercalaban y solían  discutir, en versos por diversos motivos, bien porque el contrario  no tenía buena pronunciación, bien porque, estaba desafinado, o bien  porque al expresar un punto de vista en la décima o el canto, según  su contendor, había errado. 

Los tamboreros, el cuatrista, y el que tocaba el plato de peltre se  colocaban en forma de arco frente al altar y los cantadores a su  lado, pasándose en algunos casos una flor, para turnarse en el uso  de la copla a cantar. 

A partir del viernes esta actividad continuaba indetenible hasta  bien entrado el sábado siguiente, unos podían partir por la mañana  pero otros quedaban cantando bebiendo y diciendo décimás, hasta que  la dueña de casa, o cualquier allegado, solicitaba un reposo para  recobrar las fuerzas, comer, dormir un poco y comenzar nuevamente en  la noche del sábado hasta la tarde del día domingo. 

En el interín, en los alrededores, se protagonizaban todo tipo de  situaciones, las cuales iban desde hombres borrachos dormidos en la  calle, hasta pleitos por celos sobre circunstancias acaecidas en  medio del velorio de cruz, pero que por respeto a la celebración,  debían ventilarse fuera. 

Jamás falto una botella quebrada, una amenaza altanera, y hasta unas  cuantas trompadas. Hay que decirlo, siempre hubo alcohol, pero nunca  frente al altar, por que frente al altar no se podía beber, ni decir  malas palabras. 

Por eso las diferencias suscitadas en medio de la controversia de  las coplas de la fulía o los versos de las décimás, se resolvían  fuera del establecimiento.

Terminando mayo y comenzando junio, se anunciaban las fiestas de San  Juan, por que ya el ambiente estaba preparado para seguir en el  ánimo festivo. 

San Juan es un santo parrandero que adora la cañandonga, el baile y  la algarabía en general. También esta celebración, aunque es común  en todas las poblaciones de ascendencia africana en Venezuela, se  asume en el barrio de manera barloventeña. 

Hoy día se han creado sociedades que preparan cada año la  celebración, donde se han mezclado las tradiciones del centro y  occidente con las de oriente (Yaracuy, Carabobo, Aragua y Miranda),  pero en aquel entonces, eran la señora Santiaga y el señor Juan  Chiquito quienes hacían todas las diligencias para que esta  actividad estuviese cada año a la altura. 

Antes en el barrio no se hacía como en los pueblos de San José y  Curiepe, que sacaban al santo en procesión a golpes de tambor y como  hacen ahora, los jóvenes que han asumido la guardia y custodia de la  continuidad. No, para esta fiesta se contentaban entonces, con sacar  a la calle los tambores Culo e'puya, El mina y La Curbata,  desplegarse en rueda alrededor de los cantadores y tocadores y hacer  gala del don que tienen los negros (y sobre todo las negras) para  mover sus cuerpos al frenético compás del "tiquiquitaqui sobre La  Mina" 

La Mina o El Mina es un tambor construido sobre el tronco de un  árbol de guayaba, que puede medir hasta más de dos metros, es  quemado por dentro para que su corteza pueda ser excavada con mayor  facilidad, sobre uno de sus bordes se coloca el cuero por donde se  ha de percutir al igual que en el cuerpo mismo del tronco; se coloca  para sostenerlo a la altura del tocador, sobre una horqueta, especie  de bípode, que conjuntamente con la parte no forrada del tambor  descansará sobre la superficie, permitiendo esto la estabilidad para  poder ser tocado, Al lado del Mina, también del mismo material  estará la Curbata, más pequeña y con la estabilidad para permanecer  vertical mientras es tocada, con un ritmo regular, mientras que El  Mina va adornando, jugando, dibujando y los laures (son especies de  baquetas, trozos pequeños de madera) tocados por varios músicos  sobre el cuerpo del tronco, también acompañan. 

Los bailadores se dispondrán a bailar juntos de tres o cuatro, en  líneas sostenidos pasando los brazos por encima del hombro del  compañero, no importando mucho la disposición en la que se ubiquen. 

Luego la celebración en desarrollo demandaría cambiar el Mina por  los "tambores redondo", por los Culo e'puya, tres tambores tubulares  de un diámetro variable entre 15 y 18 centímetros, de una altura de  un metro, un metro veinte centímetros aproximado, construido en una  madera llamada Lano, muy liviana, forrados con cuero por ambos  extremos para percutirse solo por uno de los parches. En el toque  canto y baile del Culo e'puya hay una evocación directa a los  ancestros africanos, la belleza de esta manifestación así como la  polirritmia y su manera de bailarse, nos hacen pensar en ritmos que  quizás sean primos-hermanos congéneres de Cuba con la acción de  "vacunar", y la "ombligada" de Brasil, que han pervivido como un  legado en nuestros países de aquellos hombres y mujeres cuya sangre,  aun hoy, bate en nuestros corazones mestizos. 

Estas fiestas se realizaban cada año en Marín, de lo que nos quedó  la admiración y la estima por estos elementos culturales que  poblaron nuestra formación, y que luego, veríamos reivindicados por  un puñado de jóvenes (de quienes hablaremos más adelante) que se  constituyeron en una vanguardia de la negritud en Venezuela y  América: El Grupo Madera.

www.nodo5o.org

Junio de 2005

 

 

Latinoamerica-online

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