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Letteratura

 

 

 

Secreta mudanza, la palabra emboscada



Antonio Correa Losada, Pitalito, Huila, Colombia, 1950. Escritor y poeta, editor, gestor cultural, es autor, entre otros, de los libros El vuelo del cormorán, Húmedo umbral, Desolación de la lluvia y El corazón del pan, editados en Colombia, México y Ecuador, donde actualmente reside y coordina la Campaña Nacional de Lectura de ese país.

 

 

 

Ignacio Ramírez - Director de Cronopios

 

 

El asombro de un niño que camina hacia la muerte y Hombres como animales marcados que llevan la palabra emboscada, son dos de los versos que me quedaron fijos tras la primera lectura de Secreta mudanza, el libro que acaba de editar en Quito el poeta colombiano Antonio Correa, quien hace un año regresó al Ecuador para hacerse cargo (con mucho éxito) de la Campaña de promoción de la lectura en ese país, donde hace mucho tiempo vivió y fraguó y dio a luz su primer poemario: El vuelo del cormorán.

Entre el niño que envejece sin dejar de serlo y el acoso de la palabra como perseguidora, instrumento para tocar y esgrimir en el camino, se ha desenvuelto la vida viajera y palpitante de Antonio, un hombre que saluda a los vecinos mientras pasan los muertos por el aire.

Escrito en la superficie de la lluvia, atravesado por personajes insomnes que abonan el olvido, escrutado por un ojo con cardos entre los párpados, o sin párpados, ojo náufrago en el sueño, donante de su brillo a la arena, Secreta mudanza semeja un ser alado bautizado y confirmado por la más alta tristeza, aquella que nada tiene que ver con la nostalgia ni la melancolía que aparecen en los diccionarios de sinónimos, sin serlo, y sí, en cambio, con la saudade, esa palabra portuguesa que no es palabra sino estado del alma, sensación de vivencias y recuerdos ambiguos vitales y mortales donde caben la selva, el sueño, el árbol, la noche secreta de las plantas, los animales vegetales, el agua ensedecida, el alcohol huyendo perseguido por una especie de Amok despavorido, la muerte en todas partes, la ausencia, la familia como una sucesión de inevitables imágenes de daguerrotipo, la tristeza-tristeza declarada, puesta a volar en el canto del que huye, Secreta mudanza llena de misterios, trasteo de símbolos y claves para leer el paso de los años, uno de los libros de bella poesía más desolados que he vivido.

 

Conozco y quiero y aplaudo y abrazo al poeta Antonio Correa desde toda la vida. Es mi amigo y mi hermano y creo en su poesía como aliciente para los pasos que hicieron al andar el camino y para los que quedan. El primero de sus poemas que aprendí de memoria (porque sé muchos que me auxilian cuando los necesito) me hizo volar por extraño y delirante: “Soñé que regresaba con un libro/ escrito en las escamas de un pez” –decía--. Y no era necesario nada más para palpar la poesía. Entonces, primero adiviné y luego comprobé que Antonio tenía un pesado y difícil compromiso más allá de las palabras: crear el hálito, prender y atizar el fuego de aquella estética que no es lugar común ni artificio conformista para creer y proclamar que se es poeta.

 

Han pasado los años y aquí tengo conmigo los recuerdos compañeros que de la poesía de Antonio se me grabaron como palabras tatuadas en la memoria: “El cuerpo,/ solo la casa a que me aferro”...”suspendan los leños ardientes/ del toluchi en mi cuerpo”... “Ebrio y feliz/ mi padre cabalgaba en bestias sudorosas”... “La vida/ busca/ el desolado corazón”... “El oro de la cerveza/ borra toda palabra/ en mi garganta”...”¿Quién ató con bramante/ el llanto al sueño?”... y más y más y más imágenes, y más y más y más atmósferas y más y más y más sensaciones que se quedan en la mente de lector (no las palabras) sin saber cómo y sin saber por qué y que repetimos o recordamos o sentimos en determinados momentos de la vida, sin llamarlas, porque acuden solas como las buenas compañeras. He ahí el milagro de la poesía. He ahí la luz y la razón y la gracia de la poesía de Antonio Correa.

Me consta el “lento proceso” que menciona en este libro. Creo que el sueño y la vigilia, los días y las noches del poeta han estado acosados por la búsqueda, signados por el atafago del hallazgo del vocablo preciso, del silencio, la pausa, el ritmo, la economía del verbo al tiempo con la medida y la luz indispensable de la imagen para una poesía que es relámpago y huella en el agua, como epitafio: “Que una masa de agua sea mi fosa/ y la tierra nunca alcance a cubrirla// Que avance su descomposición// en el hedor rápido y dulce de los grandes ríos”.

 

La Secreta mudanza es el viaje presentido. La muerte que pisa los talones. La iguana y el murciélago, el diminuto dios humano que se deslumbra solo en Tenochtitlán, las palabras que cuelgan como la ropa al sol, la música de Mahler cual viento frenético que sacude la hojarasca, el homenaje necesario para Dávila Andrade y Carlos Fuentes, la dedicatoria para los seres queridos más cercanos, el testimonio de un hombre armado con su imaginación y su persistencia, siempre viviendo, muriendo siempre, regresando siempre: trashumante, ashaverus, oficiante del oscuro ritual:

 

 “El sueño avanza/ golpeado entre delirios/ y la guerra extiende/ su ala necia y extraviada// Insectos gritan y ondulan/ las hojas humedecidas de noviembre// hombres/ como animales marcados/ llevan la palabra emboscada// Ramos enrojecidos/ ramos marchitos/ lleva y deja la muerte entre débiles cruces”.

Secreta mudanza es un delirio con la arquitectura de las cuatro estaciones que pueden ser de tiempo o de silencio, de vuelo onírico: la palabra tatuada, los animales vegetales, otros lugares y el canto del que huye. Una tras otra, una con otra, las estaciones mudan en secreto hacia el olvido, rumbo a la muerte, y por eso: “Los días ya no comen en mi mano/ Los meses huyen a otros años/ a otros lugares// En la pensión/ el extranjero busca/ debajo de los muebles/ monedas milagrosas que apacigüen/ el incendio/ el agobio// y una delgada ave sale de su boca.”

 

Brindo por la saudade y por la palabra emboscada, por el niño que corre hacia la muerte, por la vejez obscena y despiadada, por el ojo de aceite de la fábula, por el ojo sin párpados que me ve desde el poema, por la cabeza que le estorba al cuerpo. Con una copa de sangre de papel, yo brindo, en esta fiesta de Secreta mudanza, hora cero, camino señalado. Por la felicidad de la tristeza brindo y brindo y me emborracho y vuelo.

 

Y el libro del regreso del sueño al fin fue escrito en las escamas de un pez.

 


 

Poemas de Antonio Correa

 

Tomados de su libro Secreta mudanza - Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión  - (2004 – Quito – Ecuador)

 

El poeta

 

Por años el deseo forma las palabras

y elige el centro de su estrella

 

En el Valle

deambulan diminutas certezas

que cubren al que duerme

en atávica nube

 

Y habla quien viaja

con un cardo

entre los párpados

 

 

Profecía

                             A Carlos Fuentes

 

Una línea de caballos

trota solemne y detiene las olas

 

Sobre el espejo negro del horizonte

baja la marca

 

Yo soy el dios solo aquí en Tenochtitlán

otro

viene feroz y acorazado

por el sueño espumante del augurio

 

Hilo falso que corta en dos mi cuello

 

 

Mirada

 

Ah, la vejez obscena

que mis ojos conocen desde niño

 

Alta y soez

recorre la casa como diosa de cobre

en el afán perverso de mostrar sus escombros

 

Luego se instala días enteros en el corredor

a mendigar  con una rota cuchara

y todos los enseres que

arrastra en su despojo

 

 

Casa en el agua

 

 

Bajo el sol palpitante

un gemido

oscurece la casa

 

La ciega caída de los árboles

doblegados

por el baile ebrio de las aguas

 

Su cuello verde y silencioso

rinde el callado presagio del que sueña

 

Casa construida con la fuerza de un puente

en la humedad que avanza

 

Alguien pide clavos   madera

soga y alambre

para afianzar su mundo

mientras una masa arrastra

la piel de las cosas domésticas

 

La lluvia ensordece

sobre las maderas

 

Y del agua emerge

el cuello del animal

y suave

                asciende

la casa estremecida

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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