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Letteratura

 

 

 

“La historia de la literatura no se hace con figuras excepcionales, sino con soldados de segunda fila”

 

Margarita Rodríguez  

 

Una de las plumas más destacadas de Colombia estuvo en Londres. Tras dictar la conferencia: “Literatura colombiana: entre la guerra y la paz”, Óscar Collazos habló con ExpressNews on line sobre su vida y su obra. Contrario a pensar que las sociedades son entidades estáticas, el autor ve en la generación de conflictos uno de los ejes de la literatura de su nación. Aunque lo acepta con tristeza, dice que la literatura no se alimenta de la felicidad, sino de las desgracias. Cronopios reproduce el reportaje cuya versión original está en  http://www.expressnews.uk.com/dondeencontrarnos.htm   

Nació en Bahía Solano (Colombia) en 1942. Sus abuelos habían sido arrieros y la familia de su madre había sido casi toda analfabeta. “La mayor hazaña de mi vida es haberme vuelto escritor siendo pobre. Me crié entre Buenaventura y Cali y en mi casa no había libros, lo único parecido a uno era la revista Selecciones y la de Mecánica Popular. Pasé mi infancia sin leer. Al terminar bachillerato apareció uno de mis maestros con dos libros. En bachillerato me di cuenta que leer me abría la imaginación a un mundo que no conocía”, le contó Oscar Collazos en una ocasión a los jóvenes del barrio Siloé, de Cali. Hoy, los pasillos de la biblioteca Pascual de Andagoya, en Buenaventura, lo recuerdan con el orgullo de un padre y la admiración de una madre.

Viviendo los traumas de un adolescente común y corriente y sin entender nada de lo que sucedía en su convulsionado país, Collazos empezó a escribir cuentos, en los cuales el factor violencia era inexistente. “La primera vez que tomé la vieja máquina de escribir de mi padre, no pensaba que iría a ninguna parte. Escribía porque necesitaba escribir”, nos contó. Al preguntarle sobre qué representa una necesidad para un escritor, el catedrático respondió: “Tener que decir lo que uno tiene atravesado en la garganta, en el pensamiento. Responder o tratar de contestar preguntas que nadie responde sobre la existencia, la injusticia o el por qué de las cosas”, aseguró.

Se va el que quiere volver

Tras haber publicado sus dos primeros libros “El verano también moja las espaldas” y “Son de máquina”, viajó a Europa del Este y Francia. En La Habana, dirigió el Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas y posteriormente se radicó durante diecisiete años en Barcelona.

Tras salir de su país y establecerse en el exterior, vio como “toda Europa se llenaba de prófugos de las dictaduras de Sur América y eso se convirtió en una obsesión que terminó en ‘El exilio y la culpa'. Conocí la incertidumbre y el sueño de volver de los exiliados y el drama de muchos de los que habían pasado por campos de concentración”, comentó.

Después de veinte años de ausencia, Collazos retornó a Colombia en 1989. Fue un momento de reflexión terrible para el autor, quien tuvo la sensación de que había estado ausente de la violencia y del proceso de lo que denomina la “criminalización” de la sociedad colombiana. Era volver a un país que había dejado crecer monstruosamente sus problemas. “La ética ciudadana era diferente a la que yo conocía cuando me fui”, contó.

“Yo nunca fui un inmigrante forzado. Emigré porque quería viajar y deseaba horizontes diferentes. Nunca se me impidió volver a mi país, jamás estuve amenazado por el hecho de ser escritor. Octavio Paz decía algo muy hermoso: ‘Solamente se va el que quiere volver'. Regresé a Colombia cuando el país vivía los más altos índices de criminalidad y violencia. Los dueños de ese país, a través del chantaje y el miedo, eran Pablo Escobar y el narcotráfico. Quizá de una manera temeraria quería volver a aquello de lo que me había perdido y a recuperar las raíces de mi país en lo más trágico y no me arrepiento de haber regresado”, relató.

“Yo no me iría de Colombia, pese a que este año empecé a recibir amenazas preocupantes por mis escritos en la prensa. No concibo un sitio donde pudiera irme a vivir y a pasar el resto de mi vida”, explicó el literato. “Colombia se ha vuelto uno de los países más difíciles para opinar públicamente e informar. Hay ciertas cosas que no se pueden tocar a menos que asumas el riesgo. La realidad colombiana tiene un semáforo en su agenda informativa: si hay una luz verde, se puede escribir sobre ese tema con libertad; si hay una luz amarilla, hay una advertencia (pasa con cuidado), y, si ves una luz roja, es el llamado a que de pasar esa señal, debes atenerte a las consecuencias. No sólo es el narcotráfico, sino el paramilitarismo, la guerrilla, la corrupción”, aseveró Collazos.

La guerra y la literatura

Su presentación en el Instituto Cervantes fue titulada: “Literatura colombiana: entre la guerra y la paz”. En su conferencia abordó el desarrollo de la literatura de su país y se remontó al siglo XIX para culminar en nuestros días. Los colombianos han pasado más tiempo peleando que haciendo la paz, comentó Collazos. Primeramente, hubo un enfrentamiento entre las ideas liberales y conservadoras. Iniciado el siglo XX, con el proceso de modernización, se abrió paso el proyecto liberal y, a la vez, el enfrentamiento entre la civilización y la barbarie. De esta forma, la violencia se convertiría en un tema dominante en la novela colombiana del siglo pasado.

“La lucha por la hegemonía del poder político entra en el inconsciente colectivo y entra en las mayorías nacionales de una manera irracional. Esas mayorías nacionales, marginadas de los grandes proyectos educativos, son utilizadas para hacer de la geografía colombiana un escenario de violencia repetida. Nace en los años 40 otra forma de violencia, ya no son las guerras románticas entre liberales y conservadores que trataban de buscar un modelo de sociedad. Empieza a darse una forma de perversión y crueldad en los procedimientos de esta guerra inimaginable”, relató el periodista.

En 1948, después del asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, se abrieron unas compuertas que estuvieron cerradas durante años, gracias al proyecto civilizador y a la permanencia del contrato social que buscaba la pacificación del país, explicó Collazos. “Numerosos estudios universitarios se han hecho para reflexionar sobre lo que había detrás de la naturaleza del colombiano para llegar a tales extremos de crueldad, de venganza, de fanatismo, de apasionamiento; qué había detrás del alma colombiana para que se lograra un escenario dantesco, repugnante; el que una vez una antropóloga resumió en una frase: ‘matar, rematar y contramatar'. La ritualización de la venganza, de la muerte, se convierte en una especie de patología colectiva en la vida colombiana durante esta década”, ahondó el escritor.

Con su genialidad, Gabriel García Márquez apostó por un proyecto literario que transcurre en paz. Quizá con el fin de dejar de lado lo que consideraba que era un inventario de muertos, no literatura. “La primera gran novela del Nobel, ‘El coronel no tiene quien le escriba' transcurre dentro de la paz de la posguerra”, comentó Collazos.

Con la década de los 60, arribaron las grandes utopías revolucionarias. La literatura colombiana no fue ajena a las grandes pasiones revolucionarias, sin embargo, se dejó permear por las simplificaciones de la realidad.

 El huevo de la serpiente

A principios de los años 70, el narcotráfico comienza a consolidarse, primero en la industria del cultivo de la marihuana y posteriormente en la exportación de la cocaína, contó el autor. Simultáneamente, el negocio toca la sociedad, pero esta no advierte lo que se está formando en su interior. “El narcotráfico trabaja sobre la fragilidad de ciertas instituciones, la corrupción de la vida política, el mundo de los desheredados y desplazados de las barriadas y periferias urbanas, donde encuentra la mano de obra para la industria criminal. Introduce nuevos instrumentos de violencia, va corrompiendo lugares muy sensibles de la estructura del Estado. Cuando los colombianos abrimos los ojos a la existencia de esa organización criminal ya el narcotráfico había creado nuevos arquetipos en la sociedad: el nuevo rico; el exhibicionista; el niño, el joven o el adolescente criminal de barriada; la imposición del inmenso poder del dinero sobre cualquier otra forma de poder; el Robin Hood. Algunos de los grandes capos del narcotráfico, durante la década de los 70 y principio de los 80, eran vistos desde las clases populares como salvadores: el Robin Hood que le robaba, le vendía o enviciaba a los ricos para dar a los pobres. Se ha ido pervirtiendo una sociedad que empieza a encontrar otros métodos de violencia”, reflexionó Collazos.

“Todavía la literatura no puede expresar esta realidad, frente a la cual hay una cierta incomprensión, no se acaba de digerir del todo. El periodismo trata de hacerlo al denunciar de estos fenómenos escandalosos y desde las Ciencias Sociales se empieza a abordar, pero la literatura no alcanza a expresar su verdadera naturaleza. Los nuevos escritores colombianos empiezan a ver este fenómeno, que se revela monstruoso a finales de la década de los 80, cuando el narcotráfico trata de enfrentarse al Estado en una especie de desafío criminal y a atacar sus bases institucionales con el chantaje del dinero o del crimen. En ese momento parece que la sociedad colombiana se da cuenta de lo que ha salido de la incubación del huevo de la serpiente. Los magnicidios se suceden entre 1988 y 1991. García Márquez de una manera discutible, pero ejemplar en algunos sentidos lo ha reflejado en su libro ‘Noticia de un secuestro'. Ese momento es crucial, pues los colombianos nos damos cuenta cuán grande había sido el grado de complacencia de muchos sectores de la sociedad frente a un fenómeno que era algo más que un fenómeno económico, sino de insurgencia de una nueva industria criminal”, explicó el periodista.

De esta realidad aparecen novelas como “Leopardo al sol”, de Laura Restrepo, en la cual se registra la primera fase del narcotráfico: el cultivo de marihuana en la Guajira, y la Sierra Nevada de Santa Marta y el exterminio de familias involucradas en ese negocio, aseveró Collazos.

“La literatura, la novela, empieza a ver esta situación en términos de categorías morales y éticas, a preguntarse qué ha pasado con la sociedad colombiana para que Robin Hood haya triunfado de esa manera, para que Pablo Escobar sea un ídolo carismático en muchos sectores de la sociedad. Nace una nueva novela colombiana como respuesta a la criminalización de esta sociedad, la que se desarrolla en la última década”, señaló el escritor. Aparecen “La virgen de los sicarios” de Fernando Vallejo y “Rosario Tijeras” de Jorge Franco. El concepto del mal que venía detrás de la industria del narcotráfico empieza a ser expresado en obras literarias fundamentales.

¿Y la paz?

“Ustedes se preguntarán: ‘¿Dónde están la paz y la literatura que refleja una cierta amabilidad de la vida colombiana, que refleje esas treguas, que se salga de los grandes conflictos?' Esa literatura es inexistencia. Quizá la naturaleza más profunda de la literatura sea la expresión de los conflictos y en ese sentido, viene expresando los conflictos la novela colombiana. Desde la conciencia de los poetas, hay una expresión más sutil de los valores, pero también del enorme desencanto social. A esta nueva guerra instaurada por el narcotráfico, se le añade la fusión de nuevos actores sociales en un conflicto que es el que vemos hoy, el que nos desconcierta. Los colombianos entre más información tenemos de lo que pasa en el país, parecería que entendiéramos menos. Es un conflicto que se ha vuelto más complejo con la unión de factores históricos que se pensaba eran antagónicos: el narcotráfico con la subversión política-la guerrilla, el narcotráfico vinculado al paramilitarismo”, aseguró el literato.

A tal punto de penetración en la sociedad colombiana había llegado el elemento corruptor del narcotráfico, que el mundo de la farándula, del espectáculo y de las top models  también fue permeado por él, mencionó el docente. La industria de la belleza había entrado a ser un instrumento del proceso de corrupción. De ahí, surgieron sus dos últimas obras: “La modelo asesinada” y “Batallas en el Monte de Venus”. “Creo que a la moral de cierta pos-modernidad que parece renunciar a las grandes utopías del siglo, ha venido a sumarse otra forma de sí mismo, la aceptación de que cualquier cosa puede ser corrompida si hay una mediación del dinero, la gloria, la fama”, analizó Collazos.

Las obras que vienen

“Algunos de los más jóvenes escritores colombianos tienen razón, la novela colombiana parece haber llegado a la expresión final de lo que tenía que decir sobre el narcotráfico. Es legítimo que los nuevos escritores quieran hablar sobre otras cosas, de los conflictos del alma humana de su generación, del sentido cosmopolita, de las carencias, del que viaja. Ante esta visión pesimista y absurda de la realidad colombiana, los nuevos escritores empiezan a responder”, reflexionó el autor. Finalizó su presentación con una modesta sentencia: “He hablado de mi propia experiencia como escritor al hablar de los otros escritores”.

 

Cronopios  cronopios@cable.net.co   Marzo de 2005

 

 

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