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Encuentros
con el inflador de cables y otros personajes
Julio
Olaciregui, escritor colombiano. Trabaja en la Agencia France Press en París
Los
recuerdos pueden ser como fotos perdidas y recobradas, textos a punto de
borrarse y de repente mecanografiados, fotocopiados, enviados. El olvido y la
memoria como cosas para botar o guardar.
Ahora que acabo de leer la última ficción de Gabriel García Márquez, Memoria
de mis putas tristes, sobre el periodista de 90 años, jubilado de su oficio de
"inflador de cables", enamorado de una virgen dormida (la literatura)
quisiera evocar esos lazos entre la materia bruta de los días, lo efímero de
las noticias, en este caso los "cables", y la tendencia a novelar que
nos anima siempre, el deseo de la duración.
La
ilusión del amor y el periódico de mañana
Ese
día del año 1974 Alfonso Fuenmayor bajó a la redacción y me preguntó, con
su discreción habitual, si quería irme para Cartagena a entrevistar a Gabriel
García Márquez, quien acababa de llegar de Barcelona. Después de Cien años
de soledad él comenzó a volverse « noticia », siendo fotografiado donde
quiera que se aparece, tan querido y popular como Pelé, Daniel Santos o Celia
Cruz.
En 1974 Gabriel ya no jugaba a ser el doble de Kafka, como lo hizo durante sus años
de estudiante de derecho en Bogotá, sino que era un joven de cuarenta años con
dos canas, una en el mostacho carbonífero y otra en su pelambre de cantante,
muy coqueto, tipo escritor en vacaciones camino a Hollywood.
Tal
vez habíamos visto primero esa foto que lo muestra saliendo de un hotel con un
maletín (al fondo airosas las palmeras) donde carga los originales de la novela
que está escribiendo. Ya sabemos que la literatura es una fiesta y siempre,
mientras vive, está escribiendo el poeta, creando un mundo, un estilo, una visión.
En el vetusto edificio de El Heraldo, situado en esa época cerca de la plaza
Colón, en el centro de Barranquilla, donde los dos amigos, Alfonso y Gabriel,
habían trabajado años atrás, aún subsistía algo de la mitología y el
ambiente que ellos evocan en sus cuentos y memorias.
Las jornadas se estiraban por la fiebre de escribir "en letras de
molde". Tras redactar los artículos y notas del día bajábamos
desde el acuario de la redacción hasta la caverna de los linotipos, verdaderas
máquinas tragaldabas fabricando hasta más allá de la medianoche lingotes de
frases, con las barras de plomo plateado, sobre lo ocurrido ese día en la
ciudad y el mundo. Mientras la rotativa despachaba los primeros ejemplares del
periódico de mañana compartíamos con los obreros y tipógrafos ese vértigo,
la sensación de repetición y desperdicio en esas miles y miles de millones de
palabras y páginas sobre lo efímero, al fin y al cabo guardado en las
hemerotecas o en los archivos.
Una vez cerrada la edición algunas veces nos íbamos, como personajes de
Conversación en la catedral, la novela de Mario Vargas Llosa, a conversar hasta
altas horas de la madrugada con las bailarinas de "El tinajón del diablo",
en la calle Murillo con la Avenida de los Estudiantes. Justo en esos años
estudiantiles leíamos el libro de Vargas Llosa, Historia de un deicidio, en el
que el peruano afirma que su colega colombiano había querido substituirse a
Dios al plantear la saga de Macondo.
Alfonso Fuenmayor era el subdirector de El Heraldo. García Márquez vivía en
Barcelona y estaba escribiendo lo que después llamaría El otoño del
patriarca, según él su libro más autobiográfico. El tema de la entrevista,
sugirió Fuenmayor, debía ser el anuncio hecho en esos días por don Gabito,
dizque no volvería a publicar más mientras no cayera Pinochet; un año atrás
el traicionero militar había arrasado con los sueños de los chilenos y la
Unidad Popular asestando la pesadilla del golpe de Estado contra el presidente
Salvador Allende.
Nunca olvidaríamos la sala de teletipos del periódico escupiendo esa mañana
del 11 de septiembre de 1973 los boletines urgentes con los anuncios del asalto
al Palacio de la Moneda. Lejos estaba yo de imaginarme que 25 años después
andaría de enviado especial por las calles de Londres "cubriendo" las
manifestaciones de los exiliados chilenos presionando para que juzgaran al ex
dictador, detenido en 1998 en aquella
ciudad.
La tiranía de los sucesos
James Joyce dice que los periódicos se encargan de lo extraordinario y la
literatura de la ordinario. Tal vez hablaba de la manera de tratar «los
argumentos», la forma de enredar, tejer, combinar, los hilos narrativos puros
que se desprenden de « los sucesos », lo que merece ser contado.
Gustave
Flaubert afirma por su parte que basta con mirar una piedra con detenimiento
para que se vuelva interesante.
El periodismo, tal como García Márquez lo vive y lo goza, se ha dignificado, volviéndose
un género « noble ». Él logró escapar al desencanto de muchos
redactores
afectados por el desperdicio de tanta prosa y esfuerzo, para quienes
trabajar en un diario o en una radio sólo es una manera de ganarse
\la
vida mientras sueñan con poemas imperecederos.
Los oficios que permiten vivir a quienes no se ganan el pan con los libros que
publican suelen ser diversos, desde el periodismo a la enseñanza, pasando por
la medicina y la ingeniería, la abogacía, la venta en librerías, las
bibliotecas.
De lo que se trata siempre es de "comprar tiempo libre para escribir",
como
me lo recuerda el escritor bogotano Mario Salazar Montero, quien vive
en Zurich y se gana los euros con su profesión de ingeniero.
La vocación de no morirnos de hambre
Cuando salió Cien años de soledad, en 1967, el año de nuestro bachillerato, muchos
ignorábamos que se podían estudiar carreras como "periodismo" o
"teatro" y pretendíamos ser ingenieros o abogados. Creo que a nadie se
le ocurrió pensar que se podía ser escritor ni mucho menos ganarse la vida
inventando cuentos y novelas. Poco a poco somos conscientes de que
sí puede ser así, fíjense por ejemplo en Corín Tellado o Marcial Lafuente
Estefanía. Otra investigación filosófica sería saber como nace la "vocación"
de cada muchacho, lo que le gustaría ser y hacer, en vísperas de la edad
adulta o de la universidad, algo misterioso que a veces ni se puede plantear. A
los 18 años hay que escoger entre « las armas y las letras », según
Cervantes.
Algunos nos dedicamos a las letras. Recuerdo que en aquellos meses de nuestras
vidas que nos alejaban de la adolescencia hacíamos fila para leer Cien años de
soledad, que casi no se conseguía. El «chino » Jorge Cárdenas,
uno de nuestros condiscípulos, tuvo la idea de comprar un ejemplar
para rifarlo en el patio del colegio. El erotismo del libro y su ambiente
«costeño», su humor, lo hicieron muy popular entre nosotros, que
a los 16 años teníamos que hacer tareas sobre la Ilíada y Góngora, pero
andábamos más atraídos por el béisbol y el fútbol, por la salsa, por
las verbenas del pre-carnaval, por conseguir novia para ir al mar.
Tal vez pensaba en todo esto mientras viajábamos hacia Cartagena en el carro
del Cachaco Ojeda, jefe de los fotógrafos de El Heraldo en ese entonces, a
entrevistar al novelista que había llegado desde Barcelona a visitar a su
familia.
"Cuando uno está encuevado ni los amigos deben molestar", dijo al bajar
de su habitación en el Hotel Caribe donde estaba hospedado, vestido
como un cantante de boleros, los ojos brillantes y la sonrisa de
jugador de billar en el barrio Rebolo, camisa de flores y pantalón y
mocasines blancos. Ya los periodistas habíamos pasado a formar
parte de esa "señora gorda" (la Fama) así como la describe,
que cada mañana se le aparece en su alcoba mirándolo con detenimiento mientras
él se levanta.
La entrevista giró en torno a su "huelga literaria", a su dolor y
rabia por lo que había ocurrido en Chile.
Un año después, en 1975, saldría por fin El otoño del patriarca. Para
quienes vivíamos en Barranquilla ese texto delirante, escrito para ser leído
en voz alta, nos mostraba, entre muchas enseñanzas, cómo convertir a las
personas en personajes, algo así como la transformación que sufre la «cara
» en la «careta», en la máscara.
En El otoño se cita, por ejemplo, al Negro Adán, un cocinero barranquillero
gigante y bonachón, parecido a Louis Armstrong, que atendió a varias
generaciones de parranderos en el negocio que tenía en el patio de su casa,
situada detrás de la iglesia Chiquinquirá. Sus chistes y sus cuentos eran tan
famosos como sus patacones y chicharrones. García Márquez lo inmortalizó
en esa novela donde además, como diría Álvaro Mutis, «puso todas
sus entrañas» y le soltó la trenza a la escritura, aspirando al poema, narrando
y cantando como Esquilo, Shakespeare o Rubén Darío, mostrando por dentro y por
fuera lo que significa mandar, detentar el poder, decidir por «el
hijo ajeno». No sabemos si Fidel Castro la habrá leído.
De paso por Bogotá
Felipe González era "apenas" secretario del PSOE y había
estado en Bogotá unos días, García Márquez ya estaba alcanzando en nuestra
imaginación la edad de don Guillermo Cano, el director del diario El Espectador,
en donde yo trabajaba cuatro años después, en 1978, cuando lo volví a ver. En
el aeropuerto ElDorado, adonde yo había ido a "cubrir" la llegada de
la actriz argentina Susana Jiménez, vi a don Gabriel García despidiendo con un
abrazo a Felipe González. Se quedó ahí un rato y tuvimos tiempo de hablar de
la revista Alternativa, que él había fundado, un semanario muy dinámico, con
reportajes, análisis y humor en el que muchos jóvenes reporteros soñábamos
trabajar.
Su vocación de pedagogo de un periodismo ético y gozón se despertó desde
entonces, dictando talleres de escritura de guiones cinematográficos y de
crónicas y reportajes. Admiré sus relatos de viaje a Angola con las brigadas
internacionalistas cubanas, pero con el correr de los años sentí que su obra
nos queda debiendo la vertiente africana de nuestro ser mestizo, ya que los «negros»
aparecen en sus relatos como en los guetos de la realidad, vistos
desde lejos.
Él enseña lo que puede enseñar, pero lo otro --su «daimon», su oído,
su suerte, su mirada poética, su fe en la escritura-- son su misterio, su
don divino, su iluminación.
Historias de amigos
Pasaron los años con sus buenas cosechas de libros, entre ellos Crónica de una
muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera, El general en su
laberinto. En el extranjero los libros de nuestros compatriotas nos llegan
como botellas que han atravesado el mar, permitiéndonos brindar. El vino
despierta una mística alegría que se desprende ya desde la forma de la botella,
lo descubrí en París -ciudad donde García Márquez fue en 1954 «enviado
especial» de El Espectador.
A los periodistas nos gusta viajar y en Paris volvimos a cruzarnos la tarde en
que un equipo de televisión lo filmó en el cuarto del hotel de la rue Cujas
donde redactó El coronel no tiene quién le escriba.
Gabriel García Márquez pasó muchos trabajos en el exilio cuando el dictador
Gustavo Rojas Pinilla ordenó cerrar el diario El Espectador que lo había
enviado de reportero a Europa. Uno de los biógrafos de García Márquez, Dasso
Saldívar, cuenta detalles de las errancias del flaco escritor, con su rostro de
árabe, buscando por esas calles del barrio latino alguna posibilidad para cenar
antes de subir a su cuarto del quinto piso de aquel hotel para seguir
escribiendo.
"En París se vuelve uno verdoso, madre", dice García Márquez a través
de un personaje de 'El amor en los tiempos del cólera' para evocar el color
aceituna de su piel de exiliado, obligado al ayuno por necesidad. Las cúpulas
de la Universidad de la Sorbona se ven desde la azotea del célebre "Hotel
de Flandres", situado en el 16 de la rue Cujas, llamado ahora "Hotel
de trois colleges", donde García Márquez escribía, como poseído, la
historia del viejo ex coronel esperando inútilmente su pensión, con todas sus
esperanzas cifradas en un flaco gallo de pelea.
En los años 80 comenzamos a nutrirnos de la obra y la amistad del poeta Álvaro
Mutis, otro de nuestros paradigmáticos hombres de letras, quien no terminó el
bachillerato por su afición a jugar billar y a leer poesía. El es tan amigo de
Gabriel que comparten los argumentos de los libros, como en el caso del último
viaje de Bolívar.
Antes de que me apasionara por una francesa que me trajo a París en mayo del
78, a estudiar literatura, le hice por correo una entrevista al viejo Mutis,
como le decimos para diferenciarlo del otro poeta, el joven Mutis, Santiago.
Entre otras cosas me hablaba de El último rostro, el texto que dio a García Márquez
«pie» para escribir, mucho después, El general en su laberinto.
Álvaro Mutis decía: «Bolívar me ha interesado siempre. Hace doce años que
vengo trabajando en una narración sobre sus últimos diez días de vida.
Primero lo intenté como monólogo y fracasé. No tengo suficiente madera de
novelista para entrarle al quite a esa prueba. Luego intenté varias fórmulas
en las que fracasé igualmente. Al fin escogí el truco del diario de un oficial
polaco que llega tardíamente a ofrecer sus servicios al Libertador y, conmovido
por la soledad y el olvido en que ha caído el héroe, resuelve quedarse a su
lado hasta que este muera. Un largo fragmento aparecerá en breve en España en
el tomo de narraciones mías que lanza Seix Barral. Me interesa el aspecto de señorito
afrancesado e insolente de Bolívar, junto con sus capacidades de soñador y su
romántica condición de guerrero tantas veces derrotado. Además nos conocía
tan bien Bolívar, pero tan bien, que leer sus cartas es siempre una lección de
impresionante actualidad».
Tuve la fortuna de poder adaptar para el cine uno de los textos de Álvaro Mutis,
La mansión de Araucaima, realizada por Carlos Mayolo, que el «viejo » había
escrito en México, en los años 70, casi como un guión para su amigo Luis Buñuel.
En la entrevista epistolar le pregunté a Mutis por su relación con el cine y
me respondió: «El cine es un arte secundario, me decía hace unos días entre
en broma y en serio Gabito con su aire pontifical e insolente. Pues si vieras
que no le falta razón. No conozco la obra de arte del cine. Lo que más se
acerca es, para caer en la lista de marras, el Acorazado Potemkin, lo mejor de
Kurosawa y el Citizen Kane. Pero es que hay artes de segunda con las que se goza
mucho y que sirven para removerte y fertilizarte el subsuelo de la imaginación
y de la capacidad de crear».
El sexo de pan
En París, ciudad acostumbrada desde siempre a recibir a quienes jugamos a ser
artistas, tomando distancia de nuestros pueblos para engrandecerlos en
la soledad de los «cuartos de sirvienta», aprendiendo de otros locos que soñaron
y vagabundearon por estas calles -pienso en Chagall, en Wilfredo
Lam-- conocí al pintor y escultor cartagenero Darío Morales, a quien «le sonó
la flauta» logrando desarrollar en pocos años su trabajo, reflejo de
la voluntad humana de vivir manifestándonos, como dice en un poema el cubano
Reynaldo Arenas. Su obra gustaba y se vendía «como pan caliente» y todos estábamos
felices ese otoño del 81.
García Márquez escribió el texto del catálogo de la gran exposición de Darío
Morales en la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de París. En esos días
nos volvimos a ver, compartiendo la alegría de sentir respirar casi las mujeres
desnudas que pintaba y esculpía el joven artista. En la fiesta que hubo esa
noche en el taller de Darío pudimos compartir unas horas con el Gabo, como lo
llama todo el mundo, hasta en los pasillos de la Unesco. Pese a su seriedad de
director de cine y profesor de periodismo seguía, como en su juventud en
Barranquilla, llamándole « panocha» al sexo femenino.
Qué nota ese día
Al año siguiente, en un invierno inolvidable, la noticia se regó como pólvora
sobre la nieve: Gabriel García Márquez había ganado el Premio Nobel de
literatura. Los de la capilla literaria pensábamos, viendo su desfile por las
calles de Estocolmo cubiertas de hielo -como coco rallado-que el joven «cura»
de Aracataca había llegado a «Papa» de las letras universales.
En «Memoria de mis putas tristes» el narrador, más viejo que el Papa, se mira
en el espejo y se describe con una papada similar a la de un Sumo Pontífice.
García Márquez juega en este texto con su autobiografía, con lo que sabemos
de su vida pública, e ignoramos de sus costumbres privadas, inventando un
personaje plausible en medio de una intriga «fantasmal».
Georges Bataille dice que el erotismo es la afirmación de la vida más allá de
la muerte, y en este sentido las memorias de los amores del profesor Mustio
Collado cumplen ese postulado: soñamos siempre como él que la Musa, la Ninfa
Eterna, se mete a la cama con nosotros.
Tras haber alcanzado la edad de padre y casi abuelo de toda una generación de
artistas y periodistas --al igual que Ingmar Bergman o Jean-Luc Godard--- García
Márquez parece decir en su última obra: sí, todo se volverá polvo, pero no
el espíritu, que es el deseo, la alegría de crear, de escribir, de
amar, de compartir algo, más allá del músculo y la ambición, más allá
de las noticias de las guerras en el periódico de hoy.
París, marzo 5 de 2005
cronopios@cable.net.co
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