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Don Marco Fidel Suárez y su tiempo
Delimiro Moreno, para Cronopios delimiro@epm.net.co
“La historia necesita la distancia, no sólo de las pasiones, las
emociones,
las ideologías y los miedos de nuestras guerras de
religión, sino de las tentaciones todavía más peligrosas de la “identidad”.
(Eric Hobsbawm. “Años interesantes. Una vida en el siglo XX”.
Ed. Crítica, Barcelona, 2003, p. 376)
Las pasiones y las emociones que despertó la figura de don Marco Fidel Suárez en su vida; las ideologías en pugna y los miedos de nuestras guerras civiles, todavía no se han apagado entre nosotros y por eso es difícil escribir un ensayo biográfico más o menos objetivo de Luciano Pulgar. Pero lo intentaremos, tratando de mirar con respeto sus posiciones políticas y filosóficas tan contrarias a las del autor de este ensayo y que tienen tantos defensores todavía entre nosotros.
Porque la finalidad de este texto es presentar la figura de Marco Fidel Suárez sin interés partidista, objetivamente, enmarcándolo en el proceso histórico que le tocó vivir, para señalar el papel que jugó como uno de los principales ideólogos del conservatismo y co-autor de su auge en Colombia; su agudo enfrentamiento con los intelectuales y dirigentes del liberalismo radical de su tiempo, con quienes polemizó aceradamente; y el que desempeñó, quizá muy a su pesar, en el surgimiento del capitalismo en Colombia, y la caída de su partido, gracias a su labor política y administrativa.
El ensayista Fernando Antonio Martínez, en el prólogo a las Obras de Suárez publicadas por el Instituto Caro y Cuervo, que quedaron incompletas porque apenas llegaron, en su tomo tercero, el último publicado, hasta el Sueño de los Silvios, el número 67 de los 173 que Luciano Pulgar escribiera, resume así la vida del señor Suárez:
Nace en 1855, en Hatoviejo, y el periodo de su formación transcurre entre este pueblecillo y Medellín, en cuyo Seminario aprende a buscar el norte de la existencia en las doctrinas católicas. Son cinco lustros de aproximación a Dios y alejamiento de los hombres, que le impelen, sin darle tregua ni respiro, a Él. Cuando se convence, amargamente, que su reino no es de este mundo, ata su fardo, toma el camino y asciende a la altura. El aire frío de la sabana lo tonifica de los vapores enervantes del valle. Luego, entre 1881 y 1927, se convierte en una figura central del mundo político y literario. Muere pobre y acosado por la misma jauría humana que había desgarrado su niñez, su juventud y su ancianidad. Es una vida de amargura en cuyo fondo, para solaz e íntima alegría, titilan apenas con luz inacabable los grandes afectos: la madre, la mujer, los hijos, los libros y, ¿por qué no, si la había perseguido siempre?, la fe. Pocas veces cabe en tan pocas líneas la esencial biografía de un
hombre.
Una hipótesis básica de este ensayo será la de que Suárez llevó la ideología conservadora a su máxima expresión y desarrollo en Colombia, por su acción política y su actividad literaria y filosófica, que lo convierten acaso en el último y más notable ideólogo del conservatismo, pero su acción administrativa como ministro y como presidente cavó la fosa política de su partido, porque creó las condiciones para su muerte: el desarrollo capitalista, con el cual termina el conservatismo colombiano, que empieza a agonizar en los años 20, con la aparición de la industria y el proletariado, fruto en buena parte de la inversión de los 25 millones de dólares de la indemnización por Panamá y el flujo de capital norteamericano, que fueron resultado objetivo de la obra administrativa del señor Suárez. Este desarrollo capitalista causará la caída del partido conservador en 1930.
Y otra: en definitiva, ¿quién fue Suárez? Un campesino, mejor, un aldeano humilde, que logró superar tal condición por su asombrosa inteligencia y el apoyo del clero, primero, y luego de la elite intelectual bogotana bajo el liderazgo de Miguel Antonio Caro; se elevó, por sus méritos intelectuales, a los más altos rangos de la atrasada sociedad campesina de entonces y se convirtió en uno de sus ideólogos principales –con Caro--, sin gozar personalmente de sus ventajas económicas y sociales, porque las despreciaba, convencido de que lo único que valía la pena eran sus estudios lingüísticos y filosóficos; un científico, un auténtico intelectual y filósofo cristiano; un hombre medieval, en una sociedad que no lo era, enredado en la lucha política del partido conservador, con la que estaba de acuerdo, por supuesto, pero que era ajena a su espíritu y su carácter; para la cual no tenía temperamento; la veía como una selva donde sus palabras eran mal interpretadas y sus motivos distorsionados, y no la sabía manejar muy bien porque carecía de las cualidades para ser un buen político: no era buen orador, aunque escribía magistrales discursos; no sabía mentir “tácticamente”, no tenía mucha capacidad de negociar minucias con los demás partidos, por su ortodoxia, aunque era un gran negociador en temas de gran altura e importancia y logró ver triunfante su bandera de la unión conservadora en las dos primeras décadas del siglo XX al conseguir la unión de nacionalistas e históricos, base de su elección presidencial.
¿Por qué, entonces, se lanzó a la lucha política? Primero, por solidaridad con quienes lo apoyaron en los comienzos de su vida pública en especial don Miguel Antonio Caro, bajo cuyas banderas militó siempre. Y segundo, íntimamente ligado a lo primero, para defender la religión católica, de la cual era hijo predilecto y cuya jerarquía, que lo formó intelectualmente, le exigió su participación en la política nacional, por considerarlo su mejor vocero laico.
En una época en que ser militar era casi una condición para ser político, a causa de las permanentes guerras civiles, Suárez no fue militar. Era un pacifista integral. A pesar de que al estallido de la contienda de 1876, la única guerra civil general de la época federal, declarada por la Iglesia Católica y los Estados conservadores de Antioquia y Tolima, tenía 21 años, edad ideal para ser reclutado, y de que como estudiante del Seminario de Medellín parecía estar predestinado a jugar en ella importante papel, no participó activamente en ella; y se burlaba de su única actuación bélica en Antioquia en un conflicto local posterior, en 1879, y hasta se puso un apodo: Frutos Calamocha, que demuestra ese desprecio por el militarismo.
No sabemos muy bien, aparte de su pacifismo, las razones por las cuales no se vio involucrado en la guerra nacional general de 1876, de tan graves consecuencias para Antioquia y para la vida misma del señor Suárez, y sí en el posterior conflicto regional de 1879 contra al presidente radical de Antioquia, Tomás Rengifo con el que acaso tuvo algún conflicto como director de la escuela de su pueblo, de la que en esos días se retiró, o fue retirado por razones políticas.
Nacimiento, infancia y juventud en un estado conservador, amparado por el clero
El poder, en los primeros años de la vida de Suárez era muy lejano y por eso en Antioquia, de 1855 a 1880, cuando decide marchar a Bogotá, el ambiente era totalmente conservador, aunque en el país dominaba el radicalismo federal liberal. El federalismo en Antioquia era conservador y dio origen al grupo “histórico” de ese partido. Suárez se educa en el Seminario, en un estado conservador, dirigido por Pedro J. Berrío y en esos principios se mantiene toda la vida, como explica en los mismos Sueños. Al llegar a Bogotá, en la agonía del radicalismo, precisamente por la acción política de Núñez y la ideológica de Caro, unidas a la crisis económica mundial y su incidencia sobre la economía nacional, Suárez se vincula al “nacionalismo” bajo el ala protectora de Caro y se convierte luego en uno de sus líderes, lo que le permitió en las primeras décadas del siglo XX lograr la unión conservadora con los históricos para llevar a Concha al poder en 1914 y asumir él mismo la presidencia en 1918, pero ya el conservatismo estaba herido de muerte y hasta el fruto de la indemnización de Panamá y la inversión extranjera, tan trabajadas por el señor Suárez, el desarrollo capitalista, le dio el puntillazo final en 1930.
Los políticos sabaneros, entre los que se contaba Suárez, que no puede considerarse un político antioqueño y hasta se hallaba en el polo opuesto de los jefes conservadores de su región, que eran históricos mientras Suárez era nacionalista, no tuvieron objetivos económicos personales en su actividad política, es decir, no trataron de enriquecerse en ella, aunque sí defendían objetivamente los intereses de la oligarquía sabanera. Por eso resulta tan difícil ubicarlos en una historia que pretenda reducir solamente a los intereses económicos la política y la lucha de clases, como le ocurre a algunos historiadores modernos, como Malcom Deas, que no pueden ubicar a esa generación de retóricos (Caro, Marroquín, Suárez, Monseñor Carrasquilla) en la lucha de
clases.
En la biografía de Bernardo Blair Gutiérrez aparece un dato que no figura en la de Sánchez Camacho: hacia 1896 su casa sufrió una “lapidación tumultuaria” con “argumentos sacados de las canteras”, por su propuesta de arreglo limítrofe con Venezuela que el presidente Caro finalmente retiró de la discusión en el Congreso.
De la biografía de Suárez escrita por Bernardo Blair Gutiérrez, surge muy clara la figura de internacionalista de Suárez, poco destacada en la de Sánchez Camacho. La doctrina Suárez o de la Armonía Bolivariana, su máximo desarrollo teórico, es el origen del Pacto Andino. Curiosamente, la bandera del bolivarianismo, enarbolada por este ideólogo conservador fervientemente denigrado por la izquierda nacional, se ha vuelto izquierdista en los últimos tiempos, con Chávez y las FARC.//...
Cronopios
Junio de 2005
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