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Letteratura

 

 

 

Cien haikús en la tierra de preseas o la poética de Néstor Martínez

 

 

Carlos Ernesto García
 



Me asomo a la poesía de Néstor Martínez, con la curiosidad propia de quien desea encontrar en su lectura, el canto generacional de un hombre que se ha hecho a sí mismo y con todas las limitaciones que produce un país en llamas. Desde un primer momento, descubro en sus versos, la búsqueda de un verso, de una frase, que haga saltar por los aires las imágenes de todos los santuarios. No hay ligereza en sus palabras. Su poesía, la construye de pedazos sueltos de cosas que se va encontrando en el camino y que casi nadie ve o quiere ver. Poemas hechos cuentos en su mayoría de veces, Néstor nos entrega en cada escrito, una historia que por pequeña que sea, constituye mucho de lo salvadoreño que dentro y fuera del país, todos llevamos.
Desde los primeros escritos, se siente el humo de los autobuses, el ruido de los mercados, el olor de las muchachas y porque no decirlo: el temor que da, tomarse por asalto un lugar en la poesía.
El barrio, casi siempre presente en sus versos, crece en la mirada que él da a sus personajes. Los vuelve de repente, héroes anónimos que quizá un día, tendremos que buscar en sus cuentos, pues son recurrentes en cada instante. Y lo son, por el simple hecho de que viven en lo más íntimo del poeta, que se enorgullece de ser vecino de gente común. Pero la grandiosidad de esos seres casi míticos, no reside en el hecho de ser simplemente nombrados, sino de ser presentados al lector como parte de un todo que los vuelve universales, como universales pueden ser los personajes de una novela de Balzac, un cuento de Onetti o la poesía de Pushkin.
La atmósfera es lo que cuenta. No importa que dicho clima se cree a través de las crónicas periodísticas, de la poesía, el cuento, o cualquiera que sea el género literario por el que un autor se decida para contarnos una historia.
Intentando hacer una lectura más objetiva de los últimos trabajos de Néstor Martínez, uno se sorprende de pronto, ante un poema que refleja un nivel más alto del esperado en cualquier poeta de su generación. Cuando se lee por citar sólo un ejemplo: Cómo extraño las aceras vacías, / Las calles y avenidas silenciosas, / La sombra de los árboles, / ahora sepultada por las ventas callejeras/ y la basura acumulada. / Selva de cemento salvaje, / devoradora de seres humanos/ devoradora de la Naturaleza…
Aquí uno no puede menos que rendir homenaje a su poesía reconociendo en ella una nueva era marcada por su fisonomía urbana.
Una radiografía audaz que se aleja en mucho de los tópicos y manidos poemas que quieren hacer de esa terrible realidad un festín literario. Estos versos de su libro inédito titulado Cantos verdes, son lo más cercano que conozco en la poesía salvadoreña –y aquí me perdonará Néstor Martínez- a lo que nos legara el más grande poeta urbano de todos los tiempos: Walt Whitman.
Pero Néstor no es un primerizo en la búsqueda de ese lenguaje, yo diría todo lo contrario, puesto que su poesía apunta desde los comienzos, al desmantelamiento por la vía del canto a la naturaleza, de cualquier forma palaciega y acartonada, mostrándonos, no a la manera de los poetas de generaciones tan próximas como las de la posguerra, un sistema cruel que destruye ciudades, bosques, lagos y ríos en aras de pseudos progresos económicos y sociales, bajo la mirada casi indiferente de sus contemporáneos.
Y en la búsqueda de ese sendero, Néstor somete sus sentimientos a la lectura de algunos clásicos de la dinastía Tang (China que comprende los años que van desde el 618 hasta el 907 de nuestra era), hasta dar un salto que lo lleva al más refinado de los géneros poéticos: El Haikú.
Un viejo estanque;/al zambullirse una rana,/ruido de agua. Este haikú, quizá el más conocido del poeta japonés Matsuo Basho, no fue sin duda alguna, indiferente al oído atento de Néstor Martínez, quien al escribir: Voces ausentes,/hojas y polvo en casa./Viento invernal denota, no sólo su capacidad creadora, sino su habilidad poética para llevar de la mano al lector hasta un terreno hasta hoy, desconocido en la poesía que se ha escrito en los últimos años en El Salvador.
Cien haikús componen este libro, que llevan el sello inequívoco de quien al fin ha encontrado una forma distinta de contarnos las emociones que producen el recuerdo de una madre caminando sobre las calles ardientes de cualquier ciudad en El Salvador; de quien descubre el olor que tiene la noche; que le canta a la ausencia de los pájaros silvestres y al color de las mariposas; de quien sobre todo, nos saluda así, con sus manos llenas de amor a un país que fue testigo de las mil formas de morir que tiene un hombre.
No se escucha en estos versos, el tropel de los batallones con sus tanquetas. Y sí, se escucha el viento. No se presienten los pasos acelerados entre los cafetales buscando un refugios, pero sí, se puede ver que todo ese llanto amasado, esa pesada carga en los mismos hombros, van de la mano en este que es un canto a la vida.

 

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Octubre 2005

 

 

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