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Aspectos ideológicos de la lírica tanguera (I)
Guillermo García Facultad de Ciencias Sociales Universidad Nacional de Lomas de
Zamora (Argentina)
(vease parte II)
El rescate que la literatura tanguera hace de ambientes marginales tales
como el barrio, las calles del arrabal, el patio del conventillo o el 'bulín',
a fin de constituirlos en espacios privilegiados para la representación
de sus historias, presupone una serie de oposiciones ideológicas implícitas
que pueden ser de sesgo propiamente espacial (periferia vs. centro), moral
(valores éticos vs. perdición) e incluso temporal (el ayer 'tradicional'
cifrado en el suburbio vs. la 'modernidad' propia del régimen urbano). La
perfecta correspondencia establecida entre sí por cada uno de los pares
antagónicos, subraya el sentido último de este vastísimo conglomerado
de manifestaciones artísticas populares: nacidas de una cultura que, a
pasos cada vez más acelerados se torna masiva y se moderniza, ellas
mismas se encuentran denunciando, ya desde los estadios germinales de su
conformación, las veladas amenazas y los peligros certeros que esos
procesos conllevan.
No son escasos los tangos, aún de las primeras épocas, que tematizan los
efectos -siempre nocivos- del avance incontenible del progreso sobre los
modos de vida propios del arrabal. "Puente Alsina" [Benjamín
Tagle Lara, 1926] es un ejemplo acabado:
"¿Dónde está mi barrio, mi cuna querida?
¿Dónde la guarida, refugio de ayer?
Borró el asfalto, de una manotada
la vieja barriada que me vio nacer..."
El barrio de origen es entonces vivenciado igual a un compendio de valores
morales positivos (1). Así en "Almagro" [Vicente San Lorenzo
-Seud. Vicente Ronca-, 1930]:
"¡Cómo recuerdo, barrio querido,
aquellos tiempos de mi niñez...!
Eres el sitio donde he nacido
y eres la cuna de mi honradez."
La asociación valores morales-lugar de origen suele ser tan estrecha que
el abandono del segundo implica la pérdida de los primeros. Ello se
observa claramente en tangos que reseñan el itinerario del hombre que,
luego de haber sido seducido por la mala vida propia de la ciudad y la
noche, busca una final redención regresando al barrio natal y, aún más,
a los brazos de la madre vieja. "La casita de mis viejos" [Enrique
Cadícamo, 1929], resume este tópico a la perfección:
"Barrio tranquilo de mi ayer,
en un triste atardecer
a tu esquina vuelvo viejo...
(...)
Vuelvo vencido a la casita de mis viejos,
cada cosa es un recuerdo que se agita en mi memoria...
is veinte abriles me llevaron lejos;
locuras juveniles, la falta de consejos..."
Para concluir:
"¡Sólo una madre nos perdona en este mundo;
es la única verdad,
es mentira lo demás...!"
Acerca de la figura materna como 'lugar' privilegiado donde convergen el
inicio de la vida y la final redención, no se puede dejar de mencionar
aquí la temprana letra de "Madre" [Verminio Servetto, 1922]:
"Madre...
No hay cariño más sublime
ni más santo para mí;
los desengaños redimen
y a los recuerdos del alma volví".
También la de "Hacelo por la vieja" [Carlos Viván y Hector
Bonatti, 1924], donde un hermano mayor ("chorro viejo, escabiador,
mujeriego" y en trance de morir a causa de sus excesos) aconseja así
al menor:
"¡Hacelo por la vieja,
abrite de la barra...!
¿No ves lo que te espera
si continuás así?
¿No ves que es peligroso
tomar la vida en farra?
¡Hacelo por la vieja
si no lo hacés por mí...!"(2)
La ciudad con sus lujos, sus brillos, sus falsas promesas de bienestar y
ascenso social, seduce, aparta del recto camino, atrae hacia la perdición
y el olvido del origen situado en el suburbio que, igual a una madre,
siempre espera dispuesto a perdonar el error. En esos ámbitos 'periféricos'
perviven, aunque más no sea en forma de recuerdos, los valores
tradicionales que la modernidad tiende a matar y que vuelven a cobrar
cuerpo a través de la representación nostálgica de ciertos lugares y
acontecimientos eminentemente emblemáticos.
Así la pormenorizada descripción de una fiesta de conventillo en
"Oro muerto" [Julio Navarrine y Juan Raggi, 1926]:
"El conventillo luce su traje de etiqueta.
Las paicas van llegando dispuestas a mostrar
que hay pilchas domingueras, que hay porte y hay silueta
a los 'garabos' reos deseosos de tanguear".
O de un casamiento de pobres en "Padrino pelao" [Julio Canturias,
1930]:
"¡Saraca, muchachos...! ¡Dequera un casorio...!
¡Uy, Dio, qué de minas...! ¡Está todo alfombrao...!
Y aquellos pebetes, gorriones de barrio,
acuden gritando '¡Padrino pelao!'".
O bien la conmovedora figura del organillero en "Organito de la
tarde" [José González Castillo, 1923] y "Ventanita de arrabal"
[Pascual Contursi, 1927]:
"En el barrio Caferata
en un viejo conventillo
con los pisos de ladrillo
minga de puerta cancel,
donde van los organitos
sus lamentos rezongando,
está la piba esperando
que pase el muchacho aquel".
O el aura de ciertas calles, como ocurre en "Boedo" [Dante A.
Linyera, 1928]:
"Del arrabal la calle más inquieta,
el corazón de mi barrio porteño
la cuna es del pobre y del poeta...
Rincón cordial
reinado azul del arrabal" (3)
Incluso hasta ciertos perfumes, según acontece en "Agua
florida" [Fernán Silva Valdés, 1928], pueden activar las
evocaciones de un tiempo mejor:
"Agua florida, vos eras criolla.
Te usaban las pobres violetas del fango
de peinados lisos como agua e'laguna,
cuando se bailaba alegrando el tango
con un taconeo y una media luna".
Por no mencionar objetos concretos, como en "Viejo smoking" [Celedonio
Flores, 1930]:
Viejo smoking de los tiempos
en que yo también tallaba,
cuánta papusa garaba
en tus solapas lloró;
solapas que con su brillo
parece que encandilaban
y que donde iban sentaban
mi fama de gigoló".
También una fiesta de neta raigambre popular puede ser empleada para
glorificar el pasado en "Carnaval de antaño" [Manuel Romero,
1929]:
"¡Pucha qué lindos los carnavales
de aquellos tiempos que ya no pueden volver!
Mujeres de cartel,
guapeza sin igual
y en medio 'el baile el relumbrón de algún puñal".
Asimismo la pieza de un conventillo será reducto de todo lo bueno perdido
y motivo de un bellísimo tango, "El bulín de la calle Ayacucho"
[Celedonio Flores, 1925]:
"Cotorrito mistongo, tirado
en el fondo de aquel conventillo,
sin alfombra, sin lujo, sin brillo;
cuantos días felices pasé (...)" (4).
Por su parte, "Tiempos viejos" [Manuel Romero, 1926] no
desmiente que aún los recuerdos en estado puro pueden constituir una
abstracta geografía idílica donde hallar refugio:
"¿Te acordás, hermano, qué tiempos aquellos...?
Eran otros hombres, más hombres, los nuestros.
No se conocía coca ni morfina;
los muchachos de antes no usaban gomina..."
En otras ocasiones, algunos de los factores anteriores convergen en una
misma obra. Por ejemplo en "Barrio Pobre" [Francisco García Jiménez,
1929]:
"En este barrio, que es reliquia del pasado;
en esta calle, tan humilde, tuve ayer,
detrás de aquella ventanita que han cerrado,
la clavelina perfumada de un querer...
Aquellas fiestas que en sus patios celebraban
algún suceso venturoso del lugar,
con mi guitarra entre la rueda me contaban
y en versos tiernos entonaba mi cantar..."
(...)
"Por esta calle iba en las pálidas auroras
con paso firme a la jornada de labor;
cordial y simple era la ronda de mis horas;
amor de madre, amor de novia... Siempre amor.
Por esta calle una noche huraña y fría
salí del mundo bueno del ayer,
doblé la esquina, sin pensar lo que perdía,
me fui sin rumbo, para nunca más volver..."
Espéculo.
Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid
http://www.ucm.es/info/especulo/numero27/liricata.html
Marzo de 2005
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