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el portal del Caribe |
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Musica
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Óscar
Domínguez G. o_doming@epm.net.co
Cuando
en 1968 el Señor del Son interpretó
“Chocoanita” ante el Papa Pablo VI, al momento de besar el anillo pontificio
estuvo tentado de contarle que el
cura de Quibdó, su tierra natal,
no quería bautizarlo con el nombre escogido
para el crío: Aristarco, como se llamaba un compañero de prisión del apóstol
Pablo. El cura sugirió Aristóbulo o Aristides pero su católica madre, Eufemia
Copete Ledesma, no dio el brazo a
torcer. Finalmente, el nombre original tomado de la Biblia se fue puliendo como
las piedras o las sentencias de los hombres hasta quedar en Arista. De una vez
quedaba prefijado su nombre artístico.
Ese
mismo año de 1968, mientras París vivía la revolución de mayo resumida en el
grafito “seamos sensatos: soñemos
imposibles”, Arista trasladaba a Bogotá su sueño de recorrer el mundo como
intérprete y creador musical. Estos dos oficios que ha ejecutado con todo el
amor y la dedicación de que es capaz, le han permitido ganar la vida, algo
para él más importante que ganarse la vida. Desde
temprana edad, ha sido un hombre hecho de y para la música. De su abuelo y de
sus padres heredó la vena. Claro que al final, Erasmo Perea Hinestrosa, su
padre, cacique político y próspero comerciante, primer clarinete de la banda
de San Francisco del Chocó, declinó apoyarlo cuando el joven optó por la
expresión artística como modus vivendi. Erasmo no quería ‘vagabundos’ en
casa. Arista entendió que tendría
que ingeniárselas sin el baculazo paterno.
Pero,
afortunadamente, un chocoano nace y ya es un artista en formación. Su trabajo
constante y sus raíces afrocubanas - el apellido Perea vino de la isla de Cuba
a lomo de algún son o de un bolero-,
hicieron lo suyo. Y Dios, una constante en su vida por clara herencia
materna, se encargó del resto a través de un angelito, un ser interno que le
ha mostrado el camino, según
comenta el cantautor que tiene la edad que deseen ponerle sus fans.
Acostumbrado
desde niño a nadar contra la corriente y a recibir codazos, a los 8 años
Arista dio los primeros do de pecho en Quibdó como vocalista del
conjunto “La Timba”, de Víctor Dueñas, su mecenas,
la mejor guitarra que ha tenido el Chocó. En esa agrupación le
llovieron a Arista los primeros coscorrones propinados por los cantantes del
conjunto que se negaban a admitir que
un chiquitín audaz se atreviera a ocultarles el sol con su
voz privilegiada que a muchos les recuerda al
Benny Moré, Daniel Santos, Panchito Rizet, el Compae Segundo... Estos
elogiosos paralelos con los grandes intérpretes nunca le quitaron el sueño ni
le hicieron perder el norte de la sencillez y humildad al hombre empeñado desde
siempre en ser fiel a sí mismo, al convencido, como el que más, de la calidad
y originalidad de la obra que ha ido construyendo. Y en la que su forma de
ejecutarla con amor marca la diferencia con sus colegas.
En
Quibdó, en alguna de sus presentaciones a instancias del Banco de la República,
tuvo que asumir un papel insólito: sacudirse el sambenito de “cubano” que
le endosaron algunos malquerientes celosos. Al proclamar su “nacionalidad “
chocoana estaba notificando que no le jala a las imitaciones y que tiene sus
propias musas. Arista puede decir con Bob Dylan: “Cada vez que saco una canción
es como si fuera la primera rosa de mayo”. O en sus propias palabras: “Sólo
quiero ser Arista”. Lo aclara sin resentimientos porque es enemigo personal de
ver su vida con espejo retrovisor.
Arista
es Arista. Así sea denunciando el eterno alzheimer oficial hacia su región con
amago de anexión a Panamá incluida en una de sus canciones, o invitando a
hacer turismo en su exótica y bella tierra, exigiendo paz, divulgando el rico
folclor autóctono, o cantando las penas y alegrías del amor en algunos de sus
boleros, ese centenario género originario de Cuba. En
“Así es la vida”, “Arista son” y ahora, en “Arista son boleros”,
todos grabados con MTM, está sintetizada certeramente su vida y obra artísticas
en las que el amor, la rumba y la denuncia han ido de la mano. Su
desembarco definitivo en Bogotá se produjo el 29 de noviembre de 1969, cuando
vino a cantar y a encantar en “La Herradura”, de Santiago Castro. A él y
sus paisanos músicos los ilusionó pisar un escenario donde habían actuado las
grandes figuras de la canción. Currulaos, abozaos, salsa, son, boleros y hasta
chirimías, una “importación” suya que apenas conocían en Bogotá,
formaron y han formado parte del repertorio de las agrupaciones que antecedieron
a la actual “Arista son”. Fueron ellas “Arista y sus estrellas”, “Los
negros del ritmo”, “Los príncipes negros”, “Arista y sus mensajeros”...
En
el despegue del período bogotano de Arista, músicos de la talla de Alexis
Lozano, de Guayacán, y el “Niche” Jairo Varela, crecieron a su lado. Se
separaron por incompatibilidad de ritmos porque a ellos, y a otros que hicieron
rancho aparte, solo les interesaba la salsa. Y Arista, un romántico que
defiende su condición de pionero de la música folclórica de su departamento
desde cuando fue director de la
Casa del Chocó, le dictaba ahondar – y disfrutar-
las diversas expresiones. Vida no hay sino una y con el tumbao que
tiene al cantar y al componer, Arista ha decidido que nada de lo musical le sea
extraño.
Para
él cantar, actuar, es todo un ritual, una liturgia.
De allí que en sus presentaciones aparezca
siempre impecable, todo de blanco hasta la cabeza vestido. Un sombrero de
corte gardeliano corona un rostro en el que se mezclan la nostalgia con la alegría.
Claro
que cuando es uno más entre la multitud que deambula a lo largo de la Avenida
19, en Bogotá, o cuando atiende su céntrico negocio-tertulia
rociada con borojó preparado en casa o alguna bebida más espirituosa,
Arista no descuida detalle de su pinta. Es su forma de expresar respeto por una
profesión y por quienes disfrutan de su arte en el que siempre hay algo
relacionado con el son que se le mete por todas las rendijas. El apelativo que
lleva de Señor del Son encaja perfecto con su personalidad. Son el uno para el otro. Fue un caso de
amor a primera vista.
Julio de 2005
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