|
Latinoamerica-online
Cultura, Società e Il Mondo dei Caraibi |
|
di Mariella Moresco Fornasier
bandiera ideata nel 1917 da Marcus Garvey per il rientro nella "nuova patria" africana dei neri americani
Archeologia e storia dei caraibi
ogni martedì l'attualità e la cultura dei Caraibi
El genocidio negro en la Argentina (13 maggio 2003) ¿Negros en Buenos Aires? (segunda parte) (15 aprile 2003) ¿Negros en Buenos Aires? (8 aprile 2003)
La mappa di tutte le nostre pagine
|
El genocidio negro en la ArgentinaEmilio J. Corbière LUCAS FERNANDEZ PRECURSOR DEL SOCIALISMO EN EL RIO DE LA PLATAEl primer genocidio en la Argentina y
porque desapareció la nación de color. En el siglo XIX, entre 1850 y
1870, hubo una cultura de la negritud. El socialismo llegó al Río de la Plata mucho antes que la corriente inmigratoria de origen europeo. Fue la comunidad negra de Buenos Aires, la de los ex esclavos liberados recién con la Constitución Nacional de 1853 (en la Asamblea del Año XIII sólo se les concedió la liberación a los por nacer) quienes trajeron las primeras ideas y doctrinas del socialismo utópico, en 1858, seis años antes de la fundación en Europa de la Asociación Internacional de Trabajadores (Primera Internacional) que Marx, Engels y el anarquista Miguel Bakunin impulsaron en 1864. Un intelectual negro, Lucas Fernández, creó y dirigió el semanario El Proletario, que vio la luz el 18 de abril de 1858, el cual expresó servir los "intereses de clase", los de la "clase de color". El movimiento se llamó Democracia Negra y se frustró porque se produjo el exterminio de la comunidad negra durante los aciagos días de la epidemia de fiebre amarilla. La izquierda argentina está en deuda con esos pioneros negros, borrados de la historia y de la memoria. Salvo un trabajo del escritor Dardo Cúneo (El Primer Periodismo Obrero y Socialista en la Argentina, Editorial La Vanguardia, Buenos Aires, 1945) no se ha tenido en cuenta aquel movimiento precursor, mucho más vigoroso y expresión de las clases oprimidas de la época, que las referencias saintsimonianas de Esteban Echeverría y Sarmiento, estudiadas por José Ingenieros en la Evolución de las ideas argentinas. Esa experiencia y su interrupción abrupta está ligada a uno de los hechos trágicos de la historia argentina: el aniquilamiento de la raza negra, el primero de los genocidios producidos en la Argentina. El segundo fue el de los indios, en la ya famosa Conquista del Desierto, que fue una conquista porque en realidad no era un desierto. A los aborígenes, especialmente los del Sur, se les aplicó la guerra bacteriológica mediante el envío de comerciantes a las tolderías que les entregaban mantas que habían estado en contacto con enfermos de viruela. Así fueron diezmados y luego asesinados -hombres, mujeres, niños y ancianos- por el ejército de línea. De todas maneras no fuimos los creadores de esa anticipación vernácula del nazismo. Los norteamericanos utilizaron ese método para la conquista del Oeste y el exterminio indígena. Por mucho tiempo se creyó que había sido el célebre general Custer su inventor, pero nuevas investigaciones realizadas por historiadores de los Estados Unidos, según estudió David Viñas, han comprobado que ese método ya se empleaba desde fines del siglo XVIII. El tercer genocidio fue el de los obreros -en la Patagonia de 1921- donde el Ejército reprimió las huelgas obreras y fueron fusilados cerca de mil quinientos trabajadores. El cuarto genocidio o masacre -que apuntó especialmente a la juventud- lo hemos vivido en los años del llamado Proceso militar. Pero el menos conocido sigue siendo el de los hombres y mujeres de color y con ellos aquella experiencia liberadora, destruida de cuajo, del primer socialismo en Buenos Aires. El esclavismo en el Río de la Plata La cuestión negra, es decir la del sistema de la esclavitud, estaba ligada a los comerciantes porteños, particularmente desde mediados del siglo XVIII hasta la Revolución de Mayo. El partido esclavista era muy fuerte durante el sistema colonial español, y tuvo todavía, en los primeros años de la Independencia, una presencia política importante. Los apellidos de los esclavistas permiten advertir su continuidad con el sistema oligárquico. Algunos de esos apellidos fueron Pedro Duval, Tomás Antonio Romero, José de María, Martínez de Hoz, Narciso Irauzaga, Manuel Aguirre, Rafael Guardia, Agustín García, Martín de Alzaga, Andrés Lista, José de la Oyuela, Casimiro Necochea, Francisco del Llano, Cornet, Molino Torres, Manuel Pacheco, Ventura Marcó del Pont, Francisco Antonio Beláustegui, Jaime Llavallol, Francisco Ignacio Ugarte, Diego de Agüero, González Cazón, Juan E. Terrada, Martín de Sarratea, Tomás O'Gorman, Mateo Magariños, Antonio Soler, Domingo Belgrano Pérez, Nicolás del Acha, Miguel de Riglos, Pedro de Warnes, Domingo de Acassuso, Lezica y Torrezuri, Manuel José de Borda. Teniendo en cuenta que en 1816, el general José de San Martín tuvo en su poder un censo de esclavos negros posibles de reclutar militarmente, y que ascendía a 400.000, la pregunta es qué pasó con esos seres humanos en estas tierras. La esclavitud no fue totalmente abolida hasta la consagración de la Constitución Nacional de 1853, es decir, cuarenta y tres años después de haberse iniciado el proceso emancipador. Esta demora se produjo por dos razones, una, porque los negros esclavos fueron utilizados, en esa calidad, como fuerza de los ejércitos criollos; en segundo lugar, porque el partido esclavista era muy poderoso entre los comerciantes porteños. De todas maneras, la esclavitud era incompatible con la ideología del liberalismo burgués (aunque no en la práctica de ese liberalismo). El liberalismo revolucionario nutría a las corrientes más progresistas de la Revolución de Mayo de 1810. Por eso, en la Asamblea Constituyente de 1813 se otorgó la "libertad de vientres", es decir que quedaron libres los niños negros por nacer, pero los otros, toda la masa humana en poder de los amos, continuaron bajo el régimen de la esclavitud o en distintas formas de servidumbre. Fueron esos negros los que nutrieron con su sangre y sacrificio a los ejércitos libertadores y San Martín reconocerá el valor de sus tropas negras y también el ambiente racista de la época ya que no logró unir los batallones negros con los de los mulatos y blancos. Los negros esclavos morirían en la lucha por la Independencia, "por separado", es decir, en riguroso "apartheid". Sarmiento, en su obra de la vejez, Conflicto y armonía de las razas en América, recordará la epopeya negra en nuestra tierra. Esos valerosos negros murieron luchando durante el Cruce de los Andes, en la campaña sanmartiniana, en los famosos batallones (regimientos) 7º y 8º, en las batallas de Chacabuco, Maipú, Cancha Rayada, en la Campaña del Alto Perú. El genocidio negro El comercio de esclavos estaba relacionado principalmente con los comerciantes porteños, es decir, con el partido unitario. El partido saladeril bonaerense, el de Rosas, Anchorena, Roxas y Patrón, Ezcurra, Terrero, carecía de ideas abolicionistas. Los negros también poblaban la campaña bonaerense. Eran utilizados en el trabajo como siervos, especialmente por hacendados y representantes eclesiásticos. Pero los saladeriles no estaban vinculados específicamente con el tráfico de esclavos aunque los utilizaban como mano de obra servil. Cuando Juan Manuel de Rosas asumió el poder -tampoco dio la libertad a los esclavos-, mantuvo, sin embargo, un mejor trato con los hombres y mujeres de color. Rosas mantenía estrecha relación con las capas populares y en relación con los negros, solía participar con miembros de su familia, de las fiestas en el barrio del Tambor, en Monserrat, en San Telmo y en la Recoleta (el viejo Buenos Aires). Eran los famosos candombes y marimbas. Cuando volvieron los antirrosistas al gobierno, después de 1851, no olvidaron a esos negros que habían motivado sus fantasías de terror. La venganza llegaría años después, durante la tragedia de la fiebre amarilla y la Guerra del Paraguay, a fines de los años sesenta. "El Proletario" Desde luego que no se puede hablar de obreros o de proletarios en el Buenos Aires de mitad del siglo pasado. La Primera Revolución Industrial todavía no había llegado a la producción. Pero en aquella Argentina decimonónica había capas o clases oprimidas. Junto a los criollos, el gauchaje y los indios, estaban los negros que realizaban las tareas más humildes de la ciudad o tenían los oficios más duros en el campo. Un intelectual negro, que avizoró claramente las contradicciones políticas de su época y previó, tal vez no en la magnitud que alcanzó finalmente, la animadversión y odio de los blancos hacia sus connacionales de color, trató de impulsar una corriente de opinión ampliamente democratizadora para su época. Y lo hizo enarbolando las concepciones más progresivas de su tiempo, el utopismo social, el humanitarismo liberal, el socialismo. Tales doctrinas, adaptadas a nuestro medio, fueron expuestas a través del periódico El Proletario que apareció el 18 de abril de 1858 para concluir su vida dos meses después, en el mes de junio. Esa corta vida permite, sin embargo, conocer qué pensaba un núcleo de negros, cuáles eran sus ideas, sus reclamos, su visión de los acontecimientos y de la cultura general. La publicación tenía como subtítulo "Periódico Semanal, Político, Literario y de Variedades". Estaba dirigido por Lucas Fernández y su lema era el de Por una sociedad de la clase de color. En su primer editorial, titulado La clase de color, sostenía: "Esta importante y preciosa porción de la sociedad porteña a que nos honramos de pertenecer, no tiene un órgano que alivie las necesidades inherentes a toda clase desvalida y pobre de un país cualquier, y que vigile por sus intereses tan importantes y valiosos como los de las clases más acomodadas y felices; y si lo tuvo, él no pudo llenar sus fines y objetivos primordiales; pero aún cuando así lo hubiera hecho no existe ya. "En la situación actual de nuestra clase, en la precocidad de inteligencia que se nota en la generación que se levanta, ávida de ideas y saber, y sobre todo, en el estado de progreso moral en que se halla el Estado de Buenos Aires, se hace indispensable ese órgano que la estimule y fomente, ya con el ejemplo, ya propendiendo a que se la ensanche por el camino de la educación y de la ciencia, un poco estrecho hasta aquí, y no como debe ser; ayudándola a vencer los obstáculos que le oponen las rancias preocupaciones de unos, y la malevolencia de otros; preocupaciones poderosas por lo mismo que son generales y sancionadas por los siglos; a través de los cuales se han ido transmitiendo con ultraje de la justicia, de una a otra generación, hasta llegar a nosotros, y que ponen una positiva valla a la práctica de ciertas leyes que nos amparan, haciendo que no se cumplan, porque hieren, no los intereses, sino el orgullo vano y malhabido de las clases elevadas". El movimiento Democracia Negra El movimiento progresista de la negritud estaba dirigido, en primer lugar, a formar conciencia entre los negros bonaerenses, particularmente a los sectores alfabetos. Pero tenía, indudablemente, un mensaje hacia los blancos, de todas las clases sociales, previendo los prejuicios y el racismo latentes, salía a identificarse con formas más evolucionadas de la organización social. Defendía en su primer manifiesto los "intereses" de las "clases desvalidas" y apuntaba a fortalecer "la inteligencia que se nota en la generación que se levanta, ávida de ideas y saber", es decir en las nuevas generaciones. Quería que los hombres y mujeres de color se integraran a la sociedad de Buenos Aires desde sus propias raíces pero cultivando las nuevas ideas de redención social. Es indudable que Lucas Fernández, de quien se tienen escasas referencias, no se sabe si murió durante la fiebre amarilla o cuándo ocurrió ese hecho, intentó oponerse al racismo imperante. Denunciaba la "malevolencia" y el "ultraje de la justicia" de la discriminación racial y social. Reclamaba la igualdad ante las leyes para los hombres y mujeres de color y planteaba la necesidad de la educación y el conocimiento de las ciencias como forma de liberación. La tragedia Resulta sorprendente cómo los historiadores han tratado el tema de la negritud. Lo ignoran, o construyen teorías imaginarias sobre el destino de la enorme masa humana que componía ese sector de la sociedad porteña y bonaerense. Lo cierto es que los negros de la etapa colonial y de las cinco primeras décadas posteriores a la Revolución de Mayo parecen haberse esfumado. Sin embargo hay hechos que desmienten muchas teorías incongruentes. Si se cruza el Río de la Plata, aún hoy, a finales del siglo XX, se encontrarán barrios montevideanos habitados por personas de color. A lo largo del siglo XX, especialmente en la primera mitad, aparecieron revistas, periódicos, diarios, movimientos, como Nuestra Raza, que difundió la cultura de la negritud. A fines de los años cuarenta recibieron la visita del poeta e intelectual cubano Nicolás Guillén que fue agasajado con actos y fiestas. El movimiento negro en Montevideo estaba dirigido por Valentini Guerra. ¿Por qué en la Argentina no ocurrió lo mismo? ¿Qué pasó con los negros anteriores a los años setenta del siglo pasado? Porque si hay entre nosotros negros, muchos de ellos pertenecen a las oleadas inmigratorias posteriores, especialmente caboverdiana, que datan de fines del siglo XIX. ¿Qué ocurrió con las generaciones anteriores? Hay una explicación. Cruenta como trágica. Fueron suprimidos de manera cínica, brutal. Durante la fiebre amarilla de 1871 (en realidad la epidemia reunió variadas enfermedades contagiosas), los barrios más castigados por el flagelo fueron los que habitaban los negros. Eran barrios desprovistos de higiene en una Vieja Aldea que carecía de toda organización sanitaria. Eran los barrios más pobres y en donde la vida era más dura. Allí se desató la tragedia alentada por el hacinamiento, la promiscuidad, la miseria, la suciedad. No eran mejores las condiciones sanitarias y de vida en los barrios blancos, pero en los que habitaban los negros, era peor por la miseria reinante. Había llegado la hora de la venganza y en medio del horror generalizado por la epidemia que no perdonaba ni discriminaba por el color de la piel, el ejército rodeó a los barrios negros y no les permitió la emigración hacia la zona que los blancos constituyeron el Barrio Norte como producto del escape de la epidemia. Los negros quedaron en sus barrios, contra su voluntad, allí murieron masivamente y fueron sepultados en fosas comunes. Algunos historiadores consideran que una de las zonas donde existirían esas fosas es en la Plazoleta Dorrego, en pleno San Telmo. Es necesario investigar todavía en los informes médicos y de las organizaciones solidarias que socorrieron a las víctimas, tragedia inmortalizada por el cuadro La fiebre amarilla del pintor uruguayo Juan Manuel Blanes, donde el artista presenta al jefe del socorro a las víctimas, José Roque Pérez, fundador de la masonería argentina, junto al doctor Cosme Argerich, entrando en una casona en donde encuentran a una mujer muerta en el suelo y un niñito negro a su lado. Todavía, algunos otros negros, especialmente procedentes de la campaña, adonde el flagelo no había llegado, fueron reclutados compulsivamente, junto al irredento gauchaje criollo, y llevados a la guerra contra el Paraguay. Murieron luchando en los esteros guaraníes durante la Guerra de la Triple Alianza. En este final del siglo XX los argentinos deberíamos meditar sobre esta etapa olvidada de nuestra historia. Los historiadores, especialmente los que han dedicado su esfuerzo a la historia del movimiento obrero y social argentino, están en deuda con Lucas Fernández y el movimiento Democracia Negra, una página memorable de la lucha social en la Argentina.
Argenpress, 12 de abril de 2003 |
¿Negros en Buenos Aires?Emilio Ruchansky
[sigue]
Adital/Argenpress - 4 de febrero de 2003 |
¿Negros en Buenos Aires?(SEGUNDA PARTE)
Emilio
Ruchansky El
origen de un destino 'Es
acaso esta la vez primera que vamos a preguntarnos quiénes éramos cuando
nos llamaron americanos, y quiénes somos cuando argentinos nos llamamos.
¿Somos europeos? ¡Tantas caras cobrizas nos desmienten! ¿Somos indígenas?
Sonrisas de desdén de nuestras blondas damas nos dan acaso la única
respuesta. ¿Mixtos? Nadie quiere serlo, y hay millones que ni americanos
ni argentinos querrían ser llamados', se interrogaba el escritor y
presidente de la República, Juan Domingo Faustino Sarmiento -en 1883- en
su libro Conflictos y armonía de las razas en América. En esas mismas páginas
predijo la desaparición total de la raza negra durante los siguiente 20 años.
Pocos años después, en 1887, el segundo censo de población argentina
determinó que solo había un dos por ciento de negros entre los 433.375
habitantes que tenía la ciudad y versaba: 'Podemos decir que actualmente
no existen negros en cantidad apreciable, los hay dentro de la provincia
de Buenos Aires y específicamente en la Capital Federal, donde ocupan
preferentemente los puestos de servicio doméstico, principalmente en las
familias ricas'. Ya
a principios del 1900, se decía que para ver un negro había que irse a
Brasil. Sin embargo, por esos años se editaban dos diarios que afirmaban
la presencia de los afroargentinos y hablaban sobre sus problemas. Se
trataba de La Verdad, editado por Benedicto Ferreira, y La Protectora,
publicado por una mutual homónima que existió hasta los '50. También
hubo asociaciones como La Agrupación Patriótica 25 de Mayo, el Círculo
Social Juvencia y la Asociación de Fomento General San Martín. A
principios de los '20, apareció una discoteca atendida casi
exclusivamente por negros en el Teatro Marconi, el legendario 'Shimmy
Club'. Según el historiador Binayán Carmona fue fundado en 1924, contaba
con cientos de miembros y aceptaba blancos. Allí los habitúes concurrían
los primeros sábados de cada mes al club -que quedaba en el barrio de,Almagro-
y durante el carnaval alquilaban un salón, donde bailaban toda la noche
candombe, rumba y una mezcla de ambos. Cultores de esta música,
tradicionalistas y modernistas discutían vivamente, al punto de formar
dos grupos rivales de tambores y bailarines. Sin embargo, el feriado de
carnaval sería eliminado. ¿Pero
por qué se los marginaba? ¿Por qué tratan de negar la existencia de
esta cultura? Para el sociólogo Gino Germani esta supuesta desaparición
era parte de una política inmigratoria racista, cuyo 'primer y explícito
objetivo' consistía en 'modificar substancialmente la composición de la
población' para europeizar a la población. Marvin A. Lewis, autor de El
discurso Afro-Argentino : otra dimensión de la diáspora negra, denuncia
que 'hubo una planificación oficial, que concentró sus esfuerzos en
eliminar a los negros de la sociedad Argentina'. Se les impuso un doble
desarraigo. Perseguidos y secuestrados en su continente, los trajeron a
levantar la América recién descubierta. Luego de edificar la fortuna de
sus raptores, fueron maldecidos por la tierra que los enterró, tras penar
la condena de una ley ajena e indescifrable. Un
viaje sin despedidas El
ingreso sistemático de africanos al puerto de Buenos Aires comenzó poco
después de 1580, a causa de las necesidades de mano de obra y la casi
inexistencia de indios. Procedían mayoritariamente de la costa occidental
africana (Senegal, Gambia, Sierra Leona, Ghana, Guinea, Angola). Víctimas
del hacinamiento, el hambre, la pestilencia, la tortura, el dolor y el pánico,
muchos murieron en el barco durante la penosa travesía que duraba dos
meses. Los que sobrevivían, llegaban enfermos o heridos, lo que
representaba una mala inversión para los mercaderes y eran lanzados al
mar. Los demás, una vez llegados a destino, solían ser cebados o incluso
drogados para que lucieran lo más saludable posible. Luego se los marcaba
con hierro candente en la frente o en la espalda -con un instrumento que
tenía el nombre africano de carimba. Este
comercio triangular entre Africa-Europa-América dejó varias regiones
africanas totalmente despobladas. El investigador André Gunder Frank en
su libro La Acumulación Mundial 1492-1789, afirma que fueron 13.750.000
los esclavos traídos a América. Si se añade el número de muertes en el
trayecto más las muertes provocadas en África con motivo de las guerras
de captura, la cifra asciende a un total de veinte millones. En
el período que abarca desde el 1700 hasta principios del 1800, entraron
legal e ilegalmente esclavos africanos al puerto de Buenos Aires traídos
por la Compañía de Guinea -después se sumaría la inglesa South Sea
Company. Los
censos estimaban ya en 1778 que, sobre un total de 24.205 habitantes, había
3.153 mulatos y 4.115 negros. Ellos eran la parte estable que la ciudad
necesitaba, de los esclavos que el puerto -uno de los principales de América-
había recibido. Tras
la llegada, fueron literalmente 'almacenados' en galpones en la zona de
Retiro. Para salir de allí hizo falta que su propia desgracia afectara al
resto de los habitantes, por lo que el gobierno consideró que 'para
preservar a la ciudad de alguna infección o contagio, es no menos útil,
oportuno y conducente, que se renueven las órdenes antiguas, sobre que
los lotes o partidas de negros se depositen y alojen en los extramuros de
la Ciudad (...) a fin de que los mercaderes introductores de negros los
acomoden precisamente al fin de la población por la parte del Sur para
que si hubieren que hacerlos bañar lo practiquen en el río, por aquella
parte, donde no hay que temor que infesten con sus malos humores el agua
por ser río abajo', ordenaba una orden del Cabildo de Buenos Aires. Este
viaje sin despedidas al continente americano fue terriblemente positivo
para el crecimiento económico de los europeos, que ganaron dinero por su
captura en África, su traslado, su venta y su posterior explotación.
Usualmente se señala, entre las razones que impidieron –en el Río de
la Plata- que la gravitación del régimen esclavista alcanzase la
intensidad que tuvo en otras regiones americanas, la falta de plantaciones.
'Así se enmarca a la esclavitud como un fenómeno más urbano
que rural, eso explica la diferencia de trato que tuvieron los africanos
en el campo y en la ciudad', aclara el historiador Alejandro Frigerio y
agrega que: 'En la ciudad era común que en los caserones coloniales
trabajaran alrededor de doce negros'. Pero
los esclavos no se compraban sólo para servir en tareas del hogar, sino
también para obtener ganancias mediante la explotación. Muchas familias
vivían del trabajo de sus esclavos que, siendo hábiles artesanos, eran
empleados en los amplios patios de las casas haciendo escobas, velas o
dulces que luego vendían por las calles. También eran cocineros, mucamos,
albañiles, blanqueadores, cavaban pozos o hacían changas. 'Otro oficio
que tenían era el de sacadores de hormigas u hormiguereros, como ellos se
titulaban', señala José Ingenieros enBuenos
Aires desde 70 años atrás, y comenta que vendían alimentos como, ají,
limón, cebolla y la más importante, las aceitunas: 'Este artículo era
muy vendible, y muchas familias especulaban en ese ramo, no teniendo el
moreno más parte en el negocio que el vendaje; es decir, el tanto por
peso, que generalmente era 10 centavos'. Algo tan irrisorio si se compara
con el precio de su propia libertad que podía costarles 200 pesos, lo
mismo que salía -según afirma el historiador Carlos Mayo- ponerse una
pulpería, esos boliches de campo a los que no tenían permitido el
acceso. En
los años que siguieron al 1810 no se registraron grandes cambios en la
población y en la estructura física de la ciudad de Buenos Aires. Sin
embargo, hubo transformaciones profundas en todos los planos pues la
revolución significó un corte abrupto en el proceso político además de
una ruptura en lo comercial y económico, el pensamiento, las creencias y
las costumbres. La esclavitud empezaba a ser cuestionada, los negros
fueron considerados como personas, sí... Personas de menor categoría.
La
libertad de vientres y la prisión de la piel 'Sabed:
que la Asamblea Soberana general constituyente se ha servido expedir el
decreto del tenor siguiente: 'Siendo tan deshonroso como ultrajante a la
humanidad el que en los mismos pueblos, que con tanto tesón y esfuerzo
caminan hacia su libertad, permanezcan por más tiempo en la esclavitud
los niños que nacen en todo el territorio de las Provincas Unidas del Río
de la Plata sean considerados y tenidos por libres, todos los que en dicho
territorio hubiesen nacido desde el 31 de enero de 1813 inclusive en
adelante, día consagrado a la libertad por la feliz instalación de la
Asamblea general, bajo las reglas y disposiciones que al efecto decretará
la Asamblea general constituyente' decretaba el 5 de febrero de 1813, el
Supremo Poder Ejecutivo Provisorio de las Provincias Unidas del Río de la
Plata. Se terminaba la esclavitud, pero no la discriminación. Muchos de
los esclavos liberados tuvieron que volver a sus antiguas vidas por no
conocer otra, por no tener herramientas ni acceso a un puesto de trabajo. Anunciada
con bombos y platillos, esta ley, según señala el investigador Lyman
Johnson: 'No fue más que un recurso legal para disponer de los esclavos débiles,
enfermos o lisiados que constituían una carga económica para sus amos'.
Los archivos del Cabildo confirman que esto fue tan frecuente que se hizo
necesario prohibir el abandono de los esclavos heridos en las calles de la
ciudad. Ya había esclavos liberados antes de 1813, algunos por participar
de la defensa de la ciudad durante las invasiones inglesas en 1806 y 1807.
En esa ocasión formaron parte del 'Cuerpo de Indios, Pardos y Morenos'.
Otros habían logrado reunir los 200 pesos para pagar su libertad gracias
a que 'las familias de esclavos, al sumar sus recursos, permitieron
acelerar el proceso de acumulación y desempeñaron un papel esencial en
el proceso de manumisión' argumenta Johnson. Pese a esto, debe remarcarse
que solo los mulatos tenían mayores probabilidades que los negros de
obtener su libertad en forma gratuita. Según señala el historiador H.
Hoetnik: 'Dado que los mulatos, y en particular los de piel más clara, se
asemejaban al tipo físico del grupo socio-racial predominante, eran
considerados como una amenaza menor a la permanencia del orden social y
por ende eran los principales beneficiarios de las concesiones de los
blancos'. Pero los mulatos representaban en 1810 mucho menos del 50 por
ciento de la población de esclavos. El
anuncio de la libertad de vientres, no terminó con el racismo. En los
tiempos de formación del país se ejerció desde las elites gobernantes
una suerte de eurocentrismo ligado a las ideas de raza y de cultura que se
tomaron prestadas de las naciones dominantes de la época. Así lo
testimonia, otra frase de Sarmiento: 'Llego feliz a esta Cámara de
Diputados de Buenos Aires, donde no hay gauchos, ni negros, ni pobres.
Somos la gente decente, es decir patriota'. La sociedad argentina acuñó
gran número de prejuicios parecidos a éste a lo largo de su historia.
'Los negros, por llevar la marca de la esclavitud, constituían la casta más
baja' escribió el historiador José Luis Molinari. Este pensamiento
limitaría su vida hasta nuestros días. Así todavía hoy, en el
Instituto Argentino contra la Discriminación y la Xenofobia (INADIX) el
30,5 por ciento de las denuncias son hechas por personas segregadas por su
nacionalidad o su etnia. 'Si sos negro, no podés tener un buen trabajo,
un buen estudio, una buena casa, eso no, no porque es para los blancos,
está comprobado de que no son todos blancos. Los negros están pero están
donde hay pobreza', enfatiza Lamadrid y agrega: 'Acá el negro no pudo
estudiar, y si han podido estudiar y si han podido blanquearse son blancos.
Te digo porque han llamado acá (a la asociación) diciendo: 'Soy blanca,
me tiño el pelo como para parecer más blanca todavía porque es la única
forma de encontrar un trabajo'. Si hay un trabajo para dar, no se lo van a
dar al negrito, se lo van a dar al blanco. La buena presencia la tiene el
blanco, nunca la va a tener un negro por más que se vista bien'. Aunque
Frigerio afirma que los negros en Argentina más que estigmáticos
resultan exóticos, esta conclusión se torna incompleta para responderle
a un joven senegalés, llamado Claude, quién todavía no entiende por qué
en Buenos Aires le fue más fácil encontrar novia que conseguir un
trabajo. |
|
Latinoamerica-online - Cultura, Società e Il Mondo dei Caraibi Ass. Cult. IMAGO MUNDI Direttore Mariella Moresco Fornasier Registrazione presso il Tribunale di Milano n. 768 del 1/12/2000 Tutti i diritti riservati |