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Ecos africanos en
formaciones más antiguas de Cuba
Sissi Arencibia -
corresponsal de Prensa Latina en Pinar del Río
Viñales,
Pinar del Río (PL).- Próximo a la ensenada del valle de San Miguel, en
la porción norte de la occidental provincia de Pinar del Río, y entre
farallones de hasta 120 metros de altura, se reproduce un asentamiento
cimarrón, de las escasas referencias visuales que aluden al fenómeno en
Cuba.
Camas de palo alineadas por varas de hasta dos metros de largo, pipas de
fumar hechas de barro cocido, peines tallados en madera de jocuma amarilla
y otras manufacturas artesanales se concentraron en el área para
demostrar la intensidad que cobró aquí la rebeldía del negro esclavo a
partir de 1814.
Dichos hallazgos fueron encontrados por especialistas del grupo de
Arqueología de la provincia en los mogotes de la Sierra de los Organos
-las formaciones más antiguas del país- y se encuentran agrupados a la
entrada de Palenque de los Cimarrones, una instalación turística de este
poblado.
Luego de traspasar unos 80 metros de galería subterránea, de nombre José
Miguel, se llega a la réplica del asentamiento, que reproduce el modo de
vida y las costumbres de las colonias negroides refugiadas en lugares
solitarios y apartados de esta región.
Representativo de lo que se estima haya sido un palenque, en el sitio están
presentes de alguna forma los nombres de Gangá y Obongué, exponentes del
esclavo africano fugitivo cuyo legado contribuyó a conformar la
nacionalidad cubana.
Las huellas constatan la fuerte incidencia en el lugar de los llamados
cimarrones, nombre dado a los negros que huían de las plantaciones cañeras,
dígase las de San Cristóbal o Bahía Honda (más al este), para
liberarse del dominio de sus amos.
Unos 57 sitios ubicados en cuevas de Viñales y otros tantos en La Palma,
también al norte, hablan de refugios naturales, donde la ausencia de
ingenios azucareros condicionó la escasa presencia de colonos españoles
y por ende la proliferación del fenómeno.
Enrique Alonso, responsable del grupo de arqueólogos, aseguró a Prensa
Latina haber dado con el paradero de algunas cuadrillas de negros durante
las muchas expediciones que hizo a lo largo de su vida por la Cordillera.
El especialista corroboró la existencia de ese patrimonio etno-cultural
en cavernas y parajes de esta zona cubana, que ostenta la condición de
Paisaje Cultural de la Humanidad.
Con más de 600 evidencias arqueológicas anotadas en su tarjetero, Alonso
forma parte del equipo que, guiado por las pesquisas del historiador
cubano Luciano Franco, dio con las primeras referencias de cimarrones en
el extremo occidental.
Eramos un grupo de inquietos aprendices que se aventuró un día por la
Sierra de los Organos sin que esa pasión lograra extinguirse con los años,
admitió el investigador, a quien le crea una paz inmensa hablar del
asunto.
En su opinión, las leyendas de Pan de Azúcar, Sumidero y otros parajes
del norte de Pinar del Río fueron "punto de partida para descubrir
una zona silenciosa, donde el diente de perro, el curujey y la jía brava
descritos en los relatos quedaron pequeños ante la realidad del
monte".
Una aproximación a la literatura de entonces, donde se recogen
testimonios de rancheadores (encargados de perseguir las cuadrillas) como
los de Joaquín Miranda (1822), permite extender el tema del cimarronaje a
casi todos los rumbos de por esta vuelta.
En Viñales como en muchas localidades rurales cubanas, la historia de ese
grupo étnico se alimentó de la memoria de muchas generaciones de
pobladores, encargados de hilvanar la madeja de leyendas y tradiciones
bajo la luz de una chismosa.
Saboreando el aroma de un tabaco torcido sobre la pierna, muchos monteros
y campesinos aludieron al hecho en ambientes donde el taburete recostado a
la pared de tabla, la jícara de café, el jarro de aguardiente y el canto
de la lechuza eran presencia constante.
Así llegó a los archivos recopilados por Ricardo Alvarez, historiador
del pueblo, quien considera de mucho interés la ruta trazada por el
esclavo en este pedazo cubano, donde la naturaleza le ofrecía sobradas
ventajas.
El que los espacios rocosos se convirtieran en la guarida ideal para los
negros esclavos determinó que en la zona no pueda hablarse del hallazgo
de un palenque, pero sí del rastro de una tradición, marcada por un eco
de tambores africanos, el humo de la leña y el terral de la sierra.
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11 de Diciembre, 2003 |