Legislación
brasileña no consigue impedir la
biopirataría
(v.Organizaciones
de Amazonía protestan contra patente del cupuaçu )
Andiroba, copaíba, ayahuasca, curare, açaí y muchos otros productos y
derivados de la flora y de especies de la fauna brasileña ya tienen marcas y
patentes registradas en el extranjero. Desde el descubrimiento del país,
cuando los portugueses se apropiaron del secreto de la extracción del
pigmento rojo del Pau Brasil, miles de especies nativas son contrabandeadas y
registradas en otros países.
El registro comercial de recursos naturales prospera porque no existe
legislación internacional que prohíba tal actividad. o el conocimiento tradicional,
pero sí a quienes desarrollan nuevas tecnologías. En la mayoría de los
casos, los países requieren la patente apenas de los productos producidos a
partir de determinadas sustancias extraídas de plantas o animales. También
existen casos de patentes de plantas.
La reciente tentativa japonesa de obtener la patente del cupuaçú
de la Amazonía es apenas uno capítulo más de la larga historia
de biopirataría en territorio nacional. La diferencia es que, de esta
vez, la movilización de la opinión pública brasileña podrá impedir que
el facto sea concretizado.
El registro comercial del cupuaçú por la empresa Asahi Foods es contestado
en la justicia japonesa por organizaciones brasileñas y debe llevar hasta un
año para ir a juicio. El argumento de defensa es muy simple: cupuaçú es el
nombre de una planta indígena que caracteriza la propia fruta y, como tal,
no se puede tornar una marca registrada.
La biopirataría no es apenas contrabandear diversas formas de vida de la
flora y de la fauna, es también una actividad altamente rentable, que mueve
billones de dólares e incluye la apropiación y monopolización de
conocimientos de las poblaciones tradicionales en el que se refiere al uso de
los recursos naturales. Brasil, a ejemplo de gran parte de los países en
desarrollo, todavía no dispone de un sistema de protección legal de los
derechos de propiedad intelectual de comunidades tradicionales.
El país detiene 23% de la biodiversidad del planeta, pero es presa fácil
para la codicia internacional. Según cálculos del Instituto de Pesquisa
Económica Aplicada (Ipea), el patrimonio genético nacional tiene un valor
potencial estimado de US$ 2 trillones. Son miles de plantas, frutas, mamíferos,
peces, anfibios e insectos, muchos de ellos aún no descritos por la ciencia.
Se calcula que, anualmente, cerca de 38 millones de animales silvestres pasan
las fronteras ilegalmente, sendo que gran parte de este total es llevada para
fines de biopirataría, como es el caso de las serpientes, cuyos venenos son
pesquisados para servir de principios activos en el fabrico de medicinas.
En Brasil, la biodiversidad y los conocimientos tradicionales son protegidos
por la Medida Provisoria 2.186 de 2001, que condiciona el acceso a recursos
naturales la autorización del Estado y prevé la repartición de beneficios,
en caso de uso y comercialización. Otros tantos proyectos de ley sobre el
asunto también tramitan en el Congreso Nacional, entre ellos el da senadora
y actual ministra del Medio Ambiente, Marina Silva, que establece las
condiciones para autorización de acceso a recursos genéticos nacionales.
Adital/Ambiente
Brasil/Agência Brasil
- 27.mayo/2003
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