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Madera
certificada: una esperanza que crece
Antonio
Pita Periodista
Apenas supone una mínima parte del comercio maderero mundial, pero la madera certificada se ha convertido en una pequeña esperanza para nuestros bosques.
La
certificación consiste en un sello que acredita que productos de origen
forestal (madera, papel, tableros, carbón...) han sido extraídos de
bosques bien gestionados desde un punto de vista no sólo económico, sino
también social y ambiental. Es decir, garantiza que su compra no
contribuye a aumentar los graves problemas a los que se enfrentan los
bosques del Planeta y sus habitantes: deforestación, explotación
abusiva, tala ilegal, pérdida de biodiversidad, etc. Algo fundamental si
tenemos en cuenta que cerca del 28% de la superficie terrestre está
cubierta de bosques y las dos terceras partes de estas masas forestales
están sometidas al aprovechamiento comercial de su madera. De hecho, cada
minuto se pierden unas 26 hectáreas de bosque en cualquier parte del
mundo, casi 14 millones de hectáreas al año. La
idea de la madera certificada surgió de un cambio de estrategia por parte
del movimiento ecologista. En la década de los ochenta, las
organizaciones ambientales habían decidido boicotear de forma sistemática
la madera tropical en respuesta al fracaso que supuso la liberalización
del comercio maderero internacional. Aunque el boicot atrajo la atención
sobre el problema de la destrucción de los bosques, no se podía
considerar como una solución a largo plazo y, además, podía tener
efectos no deseados, como la conversión de bosques en tierras de cultivo
o un incremento del uso de productos -el PVC o el aluminio, por ejemplo-
menos ecológicos que la madera. A su vez, al centrarse en los bosques
tropicales, el boicot descuidaba la pérdida de biodiversidad en los
bosques europeos y norteamericanos. Fue así cómo, a principios de los
noventa, se creó el concepto de certificación forestal y etiquetado de
la madera. En
la actualidad existen diversos sistemas de certificación: nacionales,
como el Canadian Standard Association (CSA), la Sustainable
Forestry Initiative (SFI)
o el American Tree Farm
System; regionales, como
el Pan European Forest Certificate (PEFC); etc. Sin embargo, el Forest
Stewardship Council (FSC) es el único sistema que cuenta con el apoyo de
las principales ONG ecologistas o de conservación -el Fondo Mundial para
la Naturaleza (WWF, en sus siglas en inglés), Greenpeace o Amigos de la
Tierra- porque es el único aplicable mundialmente, con criterios de
certificación exigentes y formado por representantes de países del Norte
y del Sur que se reparten el poder de decisión de forma equilibrada.
Desde su fundación, el FSC ha experimentado un crecimiento notable. En
1995, apenas alcanzaba los 4 millones de hectáreas certificadas de
bosques y plantaciones; y contaba con 97 miembros de 25 estados. En la
actualidad ha certificado más de 40 millones de hectáreas y tiene unos
600 miembros en 71 países diferentes. El 63% del área certificada por
FSC se encuentra en Europa (un 40% sólo entre Suecia y Polonia) y entre
Canadá y Estados Unidos albergan un 20% del total mundial.
Pese
a ser hasta un diez por ciento más cara que la común, la demanda de
madera certificada también aumenta. Esto se debe a que, gracias al sello,
el consumidor puede identificar aquellos productos madereros que favorecen
una gestión sostenible y “premiar” a las empresas y propietarios de
bosques comprometidos con el medio ambiente. Es lo que, en economía, se
denomina “valor añadido”: un factor que concede una ventaja
comparativa a una empresa respecto a sus competidores en el sector. Según
un estudio de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) de España
y WWF/Adena, un 40% de los consumidores españoles estaría dispuesto a
pagar entre un 10 y un 14 por ciento por encima del valor de un mueble
para proteger el medio ambiente. Otro
motivo de esperanza es el creciente apoyo de las administraciones públicas
a la madera certificada. Un apoyo en forma de políticas de adjudicaciones
públicas que, en la contratación de obras y suministros, exijan madera
certificada. Aunque todavía queda mucho camino por recorrer, diversos
ayuntamientos europeos ya participan de esta iniciativa. Es el caso de
Rotterdam (Holanda); Oranienburg (Alemania); Habo (Suecia); Horsham (Reino
Unido)... a los que se acaba de unir, en diciembre pasado, el ayuntamiento
de Barcelona, en España. Resulta evidente que, con una cuota de mercado
de un 16% del Producto Interior Bruto (PIB) de la Unión Europea, la
adjudicación pública supone un instrumento potencial de enorme
importancia.
Acostumbrados,
como estamos, al bombardeo de noticias sobre catástrofes medioambientales,
es fácil caer en el “ecopesimismo” y olvidar que existen -por pequeños
que sean- motivos para la esperanza. La madera certificada es buena prueba
de ello. Ahora, es la sociedad civil quien puede, desde una doble faceta,
ayudar a que este sistema crezca: como ciudadanos, exigiendo a nuestros
gobernantes que apoyen su adquisición; y como consumidores, comprando
productos forestales de manera responsable. www.infosolidaria.org 15/1/2004 |
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