Intereses
geopolíticos que apuntan al control de la mayor reserva de agua
potable de Sudamérica y posiblemente del planeta, han movilizado
a sectores sociales en defensa de la soberanía sobre la
biodiversidad regional.
El Acuífero
Guaraní descansa en el subsuelo de los territorios de Brasil,
Uruguay, Paraguay y Argentina, con una extensión de 1,2 millones
de kilómetros cúbicos y, según los expertos, puede abastecer a
unos 360 millones de personas de todo el subcontinente.
El hecho de
que el agua haya pasado a ser, junto al petróleo, centro de la
discordia en los conflictos globales de las últimas décadas y de
que países ricos tengan en la mira a importantes reservas del
preciado líquido, ha levantado una gran movilización en la
batalla 'por la soberanía del agua' y contra los planes de
privatización, alentados por las grandes corporaciones.
La
controversia política en la que están involucradas entidades
ecológicas, parlamentarios, instituciones nacionales, organismos
internacionales y los privados pone como telón de fondo una
eventual estrategia en el manejo de los recursos hídricos a
partir de dos presupuestos antagónicos: un bien común social
ligado al derecho a la vida; versus, recurso 'con valor económico'.
De un lado,
están quienes sostienen que el agua es un derecho humano esencial,
cuyo suministro, saneamiento y preservación debe correr a cargo
del Estado; frente a las tendencias que mueven intereses
corporativos proclives a 'la desregulación de los servicios
estatales', con el fin de su comercialización.
Por otro lado,
a pesar de la antigüedad de este reservorio hidráulico, formado
132 millones de años atrás, la explotación del acuífero por
los países que integran el Mercado Común del Sur es aún
incipiente y requiere de esfuerzos mancomunados para una
preservación sostenible.
De hecho, de
los cuatro socios del MERCOSUR, Brasil es el que más ha hecho uso
de este recurso natural para llevar agua potable a poco más de
300 ciudades a lo largo de los 840 mil kilómetros de reserva
subterránea ubicada en el gigante sudamericano.
'Es bueno que
nos pongamos de acuerdo para cuidar el acuífero, pero debemos
estar alerta ante un intento privatista', subrayó Vilma Rosas, de
la Federación de Funcionarios de Obras Sanitarias del Estado (OSE),
de Uruguay, en referencia a los convenios firmados con
instituciones internacionales para acometer proyectos de extracción
en esta esfera.
Dentro de
estos planes, Rosas recordó el proyecto potenciado por el Banco
Mundial y la Organización de Estados Americanos con participación
de la Agencia Internacional de Energía Atómica a fin de 'regular
el uso del Acuífero Guaraní y evitar su contaminación'.
La nueva 'geopolítica
del agua' El interés alegado de los organismos internacionales (voceros
del primer mundo) para reforzar su presencia en la zona donde
subyace esta imponente reserva de agua dulce, coincidente con el
área que cubre la amazonía brasileña, hace que fluya con fuerza
la cascada de desconfianza de organizaciones sociales e
instituciones del Cono Sur latinoamericano. La red social brasileña
Grito Das Aguas sostiene que el proyecto de protección ambiental
apuntalado por el Banco Mundial proporcionará información estratégica
para los grandes grupos económicos 'orientando sus inversiones
hacia un mercado del agua, y con ello, el control privado de
nuestros recursos naturales'.
Las naciones
del Norte necesitan de los recursos naturales del Sur para
expandir su desarrollo en el proceso de acumulación de riqueza
que caracteriza al modelo neoliberal, de ahí que esté en juego
la soberanía de nuestros pueblos, reitera la organización no
gubernamental. La región del Amazonas, con todo su caudal hídrico,
y la floresta que se extiende sobre una vasta franja verde de
bosques tropicales húmedos constituye el principal pulmón del
planeta y asiento natural de una variedad infinita de especimenes
del reino animal y vegetal.
La amazonía
brasileña aparece registrada en documentos del Departamento de
Estado norteamericano entre los llamados espacios ingobernados,
controlados presuntamente por bandas de narcotraficantes y
contrabandistas, fuera del control de las autoridades nacionales.
Sin embargo,
numerosas organizaciones no gubernamentales han denunciado la
adquisición en esa región de terrenos por parte de ciudadanos
estadounidenses y compañías extranjeras (mayormente,
norteamericanas) para asirse poco a poco del control de los
recursos naturales.
Por otro lado,
el círculo de amenaza se cierra también sobre la llamada 'Triple
Frontera' compartida por Brasil, Argentina y Paraguay-, que no por
casualidad figura en la anunciada agenda 'antiterrorista' de la
administración estadounidense de George W. Bush, desde los
atentados del 11 de septiembre de 2001.
Varias veces
en el año, efectivos del Comando Sur de Estados Unidos se
despliegan con armamentos y equipos de primera tecnología hasta
ese territorio con el pretexto de realizar ejercicios de
entrenamiento y maniobras conjuntas con los ejércitos regionales
en la preparación de tropas élites.
En el libro
'La Guerra Infinita: Hegemonía y Terror Mundial', la
investigadora mexicana Ana Esther Ceceña describe a la Triple
Frontera 'como la llave de acceso político y militar a la región
amazónica'; una especie de límite entre los dos países más
importantes de Sudamérica (Brasil y Argentina).
Lugar rico en
biodiversidad, pero donde el agua se erige reina de la abundancia
con el Gran Amazonas -y sus afluentes-, la Cuenca de la Plata y
las portentosas Cataratas de Iguazú que salpican el río Paraná,
en cuyas márgenes opuestas se levantan las hidroeléctricas más
potentes del mundo, Itaipú (Brasil-Paraguay) y Yacyretá (Paraguay-Argentina).
Pero la
batalla por la preservación y defensa de los recursos hídricos
de la región pasó en los últimos meses del protagonismo de
organizaciones no gubernamentales a la agenda de los presidentes
Luiz Inacio Lula da Silva y Néstor Kirchner, tras la firma de la
Declaración sobre el Agua.
Sin embargo,
no significa que cesen las presiones a través de instituciones
como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional sobre los
gobiernos regionales, bajo el tamiz de proyectos financiados que
esconden verdaderos propósitos hegemónicos.
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