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Argentina
- Para
no olvidar
Andrés
Gaudin - Periodista de Noticias Aliadas desde Buenos Aires
Campo de exterminio es convertido en espacio
de reflexión y recordatorio de los crímenes del terrorismo de Estado.
La conversión de un ex campo de tortura en museo de la memoria, se
enmarca en una serie de gestos de fuerte contenido emocional con los que
el gobierno del presidente Néstor Kirchner ha asumido la defensa de los
derechos humanos y la condena del terrorismo de Estado.
La Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el mayor de los 340 campos de
exterminio de la última dictadura militar (1976-83), es desde el 24 de
marzo el Museo de la Memoria. Se estima que en los sangrientos años del
terrorismo de Estado pasaron por allí más de 5,000 de los 30,000
desaparecidos.
"Buscamos preservar la verdad histórica, éste será un espacio de
recuerdo y enseñanza en el que la sociedad memorará los crímenes del
terrorismo de Estado para que nunca más vuelva a ocurrir algo así",
dijo Kirchner ante una multitud emocionada, entre la que se encontraban ex
prisioneros y familiares de los desaparecidos.
Ese mismo día —28 aniversario del golpe militar— el presidente había
protagonizado otro episodio de hondo simbolismo. En la galería que
homenajea a los jefes de la Escuela Superior de Guerra, ordenó el retiro
de los óleos que recordaban a dos de sus ex directores: los ex dictadores
Jorge Rafael Videla (1976-81) y Reynaldo Bignone (1982-83).
"La valiente actitud de Kirchner se contrapone con la de los dos últimos
ex presidentes constitucionales —Carlos Menem (1989-99) y Fernando de la
Rúa (1999-2001)—, que intentaron borrar a la ESMA de la historia de los
argentinos", dijo Rosa Roisimblit, madre de dos desaparecidos y
abuela de un nieto apropiado por los militares al que recuperó
recientemente.
Menem había decidido demoler el edificio de la ESMA y erigir allí un
"Monumento a la Unidad Nacional", destinando el resto del predio
de 17 Ha —situado en una de las zonas más cotizadas de Buenos Aires—
a un emprendimiento inmobiliario privado. De la Rúa, por su parte, proponía
crear un "polo académico de excelencia".
El 3 de marzo, tres semanas antes de la creación del museo en el edificio
emblemático de la Marina de Guerra, el almirante Jorge Godoy, jefe de la
Armada, había hecho ante la oficialidad en pleno el mea culpa que todos
sus antecesores desde el fin de la dictadura habían evitado, con la
aquiescencia de los gobiernos de turno.
"Sabemos hoy que la ESMA, que por su elevado destino debió
mantenerse al exclusivo servicio de la formación profesional de nuestros
suboficiales, fue utilizada para la ejecución de hechos aberrantes y
agraviantes de la dignidad humana, la ética y la ley, para acabar
convirtiéndose en un símbolo de la barbarie y la irracionalidad",
admitió Godoy.
Según el relato de los escasos prisioneros que lograron salir con vida
del infierno de la ESMA, los 25 edificios existentes en el predio eran
parte de un verdadero complejo puesto al servicio de la represión. El
Casino de Oficiales era el lugar de ingreso y permanencia de los
secuestrados en los primeros días. Allí funcionaba la sala principal de
torturas.
En otro edificio operaba una imprenta en la que los prisioneros eran
obligados a imprimir documentación falsa: boletas comerciales con las que
se justificaban gastos inexistentes, credenciales de periodistas y la
papelería de empresas fantasmas a las que se transferían los bienes —automotores,
viviendas, empresas— robados a los detenidos.
En otra de las construcciones se habían montado consultorios médicos y
odontológicos para la tortura, a los que se agregó luego una sala de
partos a la que las prisioneras eran llevadas para asistir a sus compañeras
en el momento de dar a la luz. Allí funcionó el mayor centro de
apropiación de bebés nacidos en cautiverio (NA, Dic. 3, 2003).
Los detenidos también eran obligados a trabajar en un taller de reparación
de automotores. Junto a éste operaba el Grupo de Operaciones Especiales
de la Armada (GOEA), los comandos que tenían a su cargo adormecer a los
prisioneros que luego serían llevados en los "vuelos de la muerte",
desde los que se arrojó al mar a cientos de desaparecidos.
Si bien, el 71% de los argentinos respalda la decisión gubernamental de
crear el Museo de la Memoria, el debate está puesto ahora en cómo debe
ser éste. Pero si hay algo en que todos coinciden es que debería ser un
espacio para la reflexión.
Para la organización de derechos humanos independiente Memoria Abierta,
que desde hace años trabaja sobre la idea, la museología moderna apela a
las emociones como recurso educativo. "Se utiliza la recreación del
espacio histórico con objetos, dramatización o música. Otras veces lo
que cuenta es la ausencia, el espacio vacío, los objetos íntimos
contrapuestos a documentos oficiales, estadísticas, los números fríos".
En un trabajo conjunto de los organismos de derechos humanos se afirma que
la ESMA y todos los campos de tormento y exterminio deben preservarse sin
alteraciones para conservar las huellas de los hechos que allí ocurrieron,
constituirse en testimonio permanente para las futuras generaciones y
resguardar su carácter probatorio para los procesos judiciales en curso.
Daniel Faierstein, un estudioso de la museología internacional que dirige
la cátedra de Análisis de las Prácticas Genocidas de la estatal
Universidad de Buenos Aires (UBA), considera que el museo "debe ser
un espacio vivo que se interrogue sobre la identidad de los grupos
sociales aniquilados en el genocidio, su práctica y su vida cotidiana
previas al horror que el Estado aplicó sobre sus cuerpos y,
fundamentalmente, sobre las consecuencias que ese genocidio generó y
sigue generando en el modo que asumen nuestras relaciones sociales".
www.adital.org.br
23.abril/2004
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