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México - La Jornada, veinteañera
Como periódico, naturalmente, La Jornada forma parte de la historia
actual de México. Aunque La Jornada es también otra historia de México.
Esto no es gran novedad, pues de todos es bien sabido que cada uno cuenta
siempre la historia (o las historias) a su manera. Imaginemos, no obstante,
que La Jornada no existe, imaginemos que no existió durante los últimos
veinte años de la vida mexicana, y, habiendo imaginado eso, imaginemos
ahora una historia de México a la que le falte toda la información y toda
la opinión que, en muchísimos casos, sólo en La Jornada fue posible
encontrar. Es un lugar común decir que no existe nada a que, con propiedad,
podamos llamar la verdad, pero somos mucho más conscientes de ese hecho
cuando nos percatamos de que alguna verdad está faltando. No entenderíamos
el México de hoy si La Jornada no hubiese proclamado su verdad todos los días
que se cuentan en 20 años. Los mexicanos, incluyendo a los adversarios más
acérrimos de su línea, lo agradecerán bastante.
José Saramago
En febrero de 1984 se echó a andar un proyecto informativo que habría de
tomar cuerpo, en septiembre de ese mismo año, hoy hace dos décadas, en la
primera edición de La Jornada. Desde antes de su nacimiento muchos
auguraron una vida efímera a nuestro periódico y advirtieron, con mala fe
o sin ella, que el proyecto no podría salir adelante en el entorno
asfixiante y monocorde que era la vida política nacional en aquellos años,
o bien que la comunidad jornalera sería incapaz de sobrellevar su propia
diversidad, entre otros pronósticos adversos. Desde entonces, es decir,
desde siempre, este diario ha sido objeto de diagnósticos fatales y
extremaunciones anticipadas.
Ello no ha impedido el desarrollo y la consolidación de una propuesta
periodística que, sin dar la espalda al país oficial, encuentra su razón
de ser en las realidades discordantes, amargas, esperanzadoras e
irreductibles de la sociedad real, del país que hace 20 años no salía en
la foto de los medios y que, sin embargo, ha protagonizado las
transformaciones nacionales ocurridas de los años 80 a la fecha: el país
de las oposiciones políticas, las disidencias sindicales, los descontentos
agrarios, los activismos sociales de toda clase; el país de las minorías
étnicas, religiosas y sexuales; el país de los que han entregado su vida a
la pasión artística, académica y científica; el país que no se refleja
en los indicadores macroeconómicos pero que puede percibirse con la mirada
de las amas de casa, los estudiantes, los habitantes de barrios marginales,
los pequeños y minúsculos empresarios, siempre ensalzados por el discurso
gubernamental, e invariablemente sacrificados en aras de los intereses
financieros trasnacionales y de sus franquiciatarios vernáculos.
Hace 20 años resultaba casi inconcebible una cobertura periodística
interesada en posturas alternativas al aplastante discurso oficial, en la
promoción de valores como la pluralidad, el régimen de partidos, el
federalismo real, la separación efectiva de poderes y el respeto pleno al
sufragio, y en el registro cotidiano de la diversidad política y cultural
de la sociedad. No era viable, se adujo entonces, un proyecto informativo
sustentado en esas convicciones. Hoy día, cuando la democratización formal
del país ha experimentado avances indiscutibles, algunos encuentran
exasperante, anticuado y sectario que La Jornada se mantenga fiel a
principios como la defensa de la soberanía nacional y el rechazo a la
intervención -especialmente cuando se trata de invasiones violentas y
criminales, como las que tienen lugar en Irak y Afganistán--, la procuración
de justicia social -sin la cual la democracia es sólo una máscara de sí
misma--, el respeto a los pueblos indígenas y la preservación del
patrimonio público en áreas estratégicas de la economía. Esos empeños,
dicen ahora, acabarán por destruir al diario.
En realidad, la fidelidad de La Jornada para con esos principios
fundacionales es lo que explica su sobrevivencia y su consolidación
institucional y empresarial a lo largo de estas dos décadas, sus primeras
dos décadas, en las cuales el periódico ha participado con espíritu
propositivo en las gestas cívicas y políticas del país. En el curso de
las 7 mil 208 ediciones realizadas entre el 19 de septiembre de 1984 y el día
de hoy, se ha ido estableciendo, entre La Jornada y los sectores sociales
que son sus interlocutores naturales y preponderantes, un pacto sólido y
fructífero que encuentra en las nuevas realidades nacionales razones
fundadas para renovarse. Y es que los cambios experimentados por México en
estos 20 años no siempre han sido para bien. Es cierto que hoy se vive,
como nunca antes, la vigencia de las formalidades democráticas, y que los márgenes
de las libertades individuales han conocido un ensanchamiento que en el
sexenio de Miguel de la Madrid resultaba impensable. En cambio, el país es
hoy más desigual e injusto que entonces, más escindido entre la riqueza y
la miseria extremas, menos solidario y mucho menos soberano. En el exterior,
la disolución del viejo orden bipolar no se ha traducido en un mundo más
pacífico y seguro. Por el contrario, el unilateralismo imperante ha
esparcido la violencia, la barbarie y la inestabilidad.
En estas circunstancias, el proyecto periodístico de La Jornada sigue
siendo fundamental no sólo para dar curso a las convicciones profesionales
de quienes elaboran el diario, sino también para ofrecer a sus lectores una
información cotidiana veraz y atenta no sólo al pulso del poder político
y económico, sino también a la vida de las personas de buena voluntad, los
marginados y los anónimos, así como a quienes resisten, desde todos los ámbitos,
la expansión hegemónica e inescrupulosa del utilitarismo financiero, la
frivolidad del poder ejercido como un fin en sí mismo y las acechanzas
contra las libertades y los derechos fundamentales. Al iniciar su tercera década
de existencia, La Jornada mantiene intactas su pasión por la justicia y por
la verdad, su disposición a aprender de sus propios errores y su simpatía
de inicio para las locuras que apuntan a transformar el mundo. Es, pues, un
diario joven, y se propone seguirlo siendo. Para ello no sólo se requiere
del continuado esfuerzo de sus trabajadores, colaboradores y directivos, y
de la aprobación y el entusiasmo de sus accionistas, sino también de la
participación de los lectores a los cuales, en última instancia, se debe
su proyecto.
nuestramerica@yahoogrupos.com.mx
19/09/2004
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