Un testimonio sobre la esclavitud en Montevideo
La memoria de Lino Suárez Peña
Jorge Emilio Gallardo
Lino Suárez Peña, uruguayo descendiente de africanos, dejó un testimonio vívido de aspectos de la vida cotidiana de los negros en el Montevideo del siglo XIX. Su manuscrito, citado antes ocasionalmente, se ofrece ahora en versión integral y sin modificaciones ortográficas.
Firmado en Montevideo en 1924, lleva por título Apuntes y datos referentes a la raza negra en los comienzos de su vida en esta parte del Plata. Sus descripciones versan sobre la vida profana y religiosa de los esclavos y sus relaciones con la sociedad poscolonial.
El documento, extraído de una carpeta que se conserva en el Museo Lavalleja, de Montevideo, consta de dos portadas y veintiuna carillas manuscritas en un cuaderno de hojas rayadas.
En la fecha casi solsticial en que firma su manuscrito –el 19 de junio de 1924–, Lino Suárez Peña es un miembro destacado de la colectividad afromontevideana, y cabe entender que por tal razón se le había encomendado la preparación de esta memoria.
El autor tiene recuerdos precisos, emplea una prosa a la manera del siglo XIX y alterna testimonios recogidos de viejos informantes con referencias que por lo entrañables –como en el caso de los ritos fúnebres– aportan el sabor de la vivencia personal.
Sus datos no provienen de archivos ni de libros sino de la memoria propia y de la colectiva de los suyos. Algunas fechas jalonan las breves referencias históricas –los navíos, el caserío, el crecimiento de la población negra, la libertad de vientres, la abolición–, y no faltan menciones al fin del Virreinato y a la ruptura con España.
Como en África, tierra de tradiciones orales, Suárez Peña enhebra su relato sobre la base de lo escuchado. Su pluma captura, por excepción, un instante del fluir tribal, y el resultado es esta síntesis provista de invalorable información y también de patético alegato.
Por momentos tiene exaltación de oda clásica. En otras ocasiones se instala en un terreno principista. Llega a apostrofar a los suyos por no haber imitado la condición indomable del indígena charrúa, y sus párrafos finales reivindican el lugar que el afrouru-guayo merece en el concierto de su patria.
El testimonio ha sido citado en forma limitada por autores como Marcelino Bottaro, Ildefonso Pereda Valdés, Paulo de Carvalho Neto, Roger Bastide. Su texto completo es de elevado interés. En 1991 lo di a conocer, en fotocopias autenticadas por el Museo Histórico Nacional uruguayo, en el Primer Encuentro de Culturas Afroamericanas, realizado en Buenos Aires, con el título El testimonio de Lino Suárez Peña sobre la esclavitud en Montevideo.
La nómina de naciones y salas, así como de algunos de sus reyes, nos revela la existencia de la nación Murena, con sede en la calle Río Negro entre Durazno e Isla de Flores, la cual enarenaba en los días de fiesta el frente de esa casa. No conocemos otra mención de esta colectividad en el Río de la Plata. (Para otras sociedades y naciones ver mi trabajo Etnias africanas en el Río de la Plata. Centros de Estudios Latinoamericanos. Colección de Ensayos Breves, Nº 26, Buenos Aires, 1989)
El Día de Reyes, el Primero del Año y la Navidad, que llamaban Día del Niño, son descriptos con sus características festivas, la receta de la chicha, la romería popular de visita por los candombes vespertinos y nocturnos de cada sala, etcétera. El nombre del candombe es atribuido a su ritmo sacudido, lo que interesa para la etimología de esa palabra, y lo describe como bailado por parejas, al son de
“tamborín”, campana y mate (calabaza).
Al hablar de San Baltasar hay una casi segura referencia a las cofradías, aunque no registra este nombre. Hay, aparte, una excepcional descripción de las ceremonias fúnebres, con funciones claramente animistas reservadas al rey y a la reina de las respectivas salas, cuyo trance ad hoc Suárez Peña considera manifestación del propio extinto. El uso propiciatorio de bebidas sobre el cuerpo yacente, el paseo ritual del cadáver por la sala y el muy tradicional sacudimiento que se le imprimía al cajón retratan, junto con ciertos silbidos misteriosos, con las lenguas y ropajes, los aros y los collares, retazos de un mundo africano que integraron en Montevideo naciones diferentes pero solidarias en los casos de muerte y de enfermedad.
Agradezco a la Dirección del Museo Histórico Nacional de la República Oriental del Uruguay la autorización concedida para reproducir este documento, que bajo el número 127 se encuentra depositado en la Colección de Manuscritos del Archivo y Biblioteca Pablo Blanco Acevedo, Museo Lavalleja, Montevideo.
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Superticiones de la Ignorancia
En todas estas congregaciones escistía la creencia religiosa, su temor a dios estaba por encima de todas las cosas, lo que no es de extrañarse dado que fue uno de los medios que mejor se había utilizado para imponer el temor y sumición, la institución inhumana que tan despiadamente obsurpó los derechos de esta raza Haciendola objeto de los más reprochables vejámenes, cuyas concecuencias humillantes, no recaián solamente sobre aquellos que sentian en carne propia, el sóbrio dolor que su garra producia, sino tambien sobre quienes motibavan la amargura de su triste existencia ya que nadies escapa a las leyes de la ineludible justicia y estas atan el opresor al oprimido. Ignorantes en absoluto, tejian toda clase de superticiones acerca del amor de dios, el terror a los muertos era pánico, creían en la aparición de las ánimas venditas del pulgatorio.
De ese modo para ellos no se hacia nada sin la voluntad de dios, sin esa voluntad no ingresaba nadies en sus institusiones, cuando el hogar de un hijo de alguna de las distintas salas existentes se beia adornada con el avenimiento de un nuevo vastago, concurria el rey y la reina a solicitarlo en nombre de la congregación, sí era sedido, aquel acto daba lugar a un acontecimiento, se le consagraba a un santo y a medida que iba entrando en uso de razón se le empezaba a inculcar su debosión y deberes a llenar con el santo tutelar, ya en la vida adulta; ¡hay de él! si no cumplia extritamente con lo que prescribia su deber, se le imponian ejercicios de duras penitencias. Tenian sus dias y horas para practicar cada uno su deboción, y cuando por olvido involuntario dejaba de hacerlo, el santo lo llamaba y fuese la hora que fuese, estuviese desempeñando la mición que estuviese, la abandonaba en el acto y salía como alma que lleva el diablo a cumplir su penitencia. Las seremonias mortuorias constituían un cuadro extremadamente curioso y conste que al mencionarlas no me anima el ánimo de burla, muy al contrario, me inclino reverenciando lo que fuerón sus costumbres y sus creencias.
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Buenos Aires - Bibliopress n. 9 -
Boletín digital de la Biblioteca del Congreso de la Nación
Septiembre de 2005
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