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Voci dall'America Latina
di Mariella Moresco Fornasier
Altre Voci dall'America Latina
Y en silencio nos fuimos nunca supimos para dónde
fuente de todos los textos de esta página Cronopios – Agencia de Prensa periodismo para el Arte y la Cultura El Defensor del ocio - Columna del Aire para recuperar el tiempo perdido Simultáneamente en Internet y Radionet (850 am) Telefax: (091) 213 05 09 – Bogotá, Colombia defensordelocio@cable.net.co
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nunca
supimos para dónde
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Oración de un desocupadoJuan Gelman El ocio y la poesía van siempre de la mano. No podrían vivir el uno sin la otra ni la otra sin el uno. Comprobémoslo leyendo el poeta argentino. Padre, Desde
los cielos bájate, he olvidado Las
oraciones que me enseñó la abuela, Pobrecita,
ella reposa ahora, No
tiene que lavar, limpiar, no tiene Que
preocuparse andando el día por la ropa, No
tiene que velar la noche, pena y pena, Rezar,
pedirte cosas, rezongarte dulcemente. Desde
los cielos bájate, si estás, bájate entonces, Que
me muero de hambre en esta esquina, Que
no sé de qué sirve haber nacido, Que
me miro las manos rechazadas, Que
no hay trabajo, no hay, Bájate
un poco, contempla Esto
que soy, este zapato roto, Esta
angustia, este estómago vacío, Esta
ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre Cavándome
la carne, Este
dormir así, Bajo
la lluvia, castigado por el frío, perseguido Te
digo que no entiendo, padre, bájate, Tócame
el alma, mírame El
corazón, Yo
no robé, no asesiné, fui niño Y
en cambio me golpean y golpean, Te
digo que no entiendo, Padre, bájate, Si
estás, que busco Que
busco resignación en mí, y no tengo y voy A
agarrarme la rabia y a afilarla Para pegar y voy A gritar a sangre en cuello
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El intrusoGustavo Arango
Gustavo
Arango es escritor y
periodista, profesor de la Universidad de Rutgers, ganador hace pocos días,
con su novela La risa del muerto, de la primera edición del Premio
Internacional de Novela Marcio Veloz Maggiolo, que otorga la Sección de
Literatura de la Casa de la Cultura Dominicana, en Nueva York. Es también
autor de la novela "Criatura perdida" y los libros de cuentos
"Bajas Pasiones" y "Su última palabra fue silencio",
además de ser Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. En el género
periodístico ha publicado: Un
tal Cortázar(1987), Un ramo de nomeolvides:
García Márquez en El Universal' (1995), Retratos (1996) y La voz
de las manos: crónicas sobre escritores latinoamericanos (2001). Hacía mucho no salía del trabajo a esas alturas de la noche. El expediente del pianista asesino me tenía obsedido y no quise salir de la oficina sin haberlo terminado. De la tarde y la noche recuerdo vaguedades: mi atención había cerrado filas en torno a aquella historia y había tal entusiasmo en el esfuerzo que no me sentí cansado. A eso de las once lo di por terminado, puse todas las cosas en su sitio, cerré con doble llave la puerta del despacho, atravesé la soledad del pasillo, esperé con paciencia el ascensor y cuarenta segundos más tarde ya estaba en la calle. Como tenía unos pesos de más y quería llegar pronto a mi casa, decidí tomar un taxi. Cuando me detuve en el cruce con la avenida, un taxista arrancó con el semáforo en rojo, estuvo a punto de chocar en la intersección y se detuvo a mis pies con una actitud inexpresiva. Se me ocurrió decirle que no era para tanto, que yo podía haber esperado a que el semáforo cambiara, pero no tenía deseos de hablar, quería solamente pensar en la historia del pianista y —si me quedaba tiempo— en alguien que quizá me recordara. Con una seriedad en la que estaba implícito el reproche, le dije a dónde iba y enseguida me puse a recordar con la mirada puesta sin énfasis en el paisaje de casas. Seguía sin sorprenderme la falta de cansancio. —Yo he tenido el mismo sueño varias veces —la voz pedregosa del taxista me sorprendió a la mitad del camino. Yo estaba tan absorto que di un salto al oírlo: había olvidado que venía alguien más en ese auto. Quizá sea más exacto decir que había olvidado que estaba en un auto... o decir que me había olvidado de que existía yo mismo. No tuve tiempo de pensar si la conversación me interesaba. El hombre tenía la mirada fija hacia el frente y hablaba como para sí mismo. —Yo me acerco a la ventana de una casa. Veo a una mujer sentada frente a un espejo, peinándose el cabello. Entonces, ladra un perro y un hombre con un machete empieza a perseguirme. —Y qué ocurre —le atribuí mi debilidad a la historia del pianista. En otras circunstancias habría dicho: “Qué interesante” y luego habría seguido mirando el paisaje en completo silencio. —Nada —el taxista me miró por primera vez, estaba verdaderamente preocupado—. No ocurre más nada. Ahí termina el sueño. Yo he querido saber qué más ocurre, cómo es ese sitio, pero unos amigos me dijeron que si me quedo allá me muero. —Es posible —sin mucho sobresalto, comprendí que toda mi atención estaba ahora en esa historia que el taxista me contaba, como si fuera la continuación del expediente del pianista asesino—. ¿Hace mucho tiene ese sueño? ¿Hace años? —De un mes para acá, he soñado lo mismo casi todas las noches—traté de adivinar en él algún hábito pernicioso, pero su actitud y sus gestos eran la normalidad hecha taxista—. Hasta puedo saber cuándo voy a tener ese sueño porque siento que me muevo a gran velocidad. Recorro en instantes un inmenso trayecto y entonces me detengo al pie de la ventana, veo a la mujer peinando su cabello, ladra el perro y el hombre del machete me persigue. —Pero, ¿qué ocurre? ¿se despierta? ¿pasa a otro sueño? Ahora que recuerdo todo aquello, me pregunto por qué no me alarmé cuando el taxista cerró los ojos, levantó el rostro hacia el techo y permaneció así varios segundos sin dejar de conducir. —Me tranquilizo —dijo—. Pienso que estoy a salvo y me despierto. —Y la mujer, ¿es bella? —No sé. Sólo he podido ver su larga cabellera. Por eso es que quisiera quedarme un poco más en ese sueño. Pero me preocupa que me muera. Guardamos silencio unos segundos. Lamenté no poder ayudarle en su problema. —No será algún recuerdo de la infancia. —Si es un recuerdo, no es de esta vida –respondió con la convicción de quien ya ha considerado en exceso y sin éxito muchas posibilidades. —Qué vaina —dije, más para mí que para él—. Cómo son de extraños los sueños. —Tengo otro sueño que también se repite —esta vez me miró con ojos ligeramente desmesurados—. Yo estoy en un caserío en el que no hay nadie —recordé que el pianista habló en su testimonio del horror que sintió cuando era niño y una maestra le dijo que los ojos son las únicas partes dobles del cuerpo que giran al mismo tiempo—. Yo entro a todas las casas y no hay nadie. Ese sueño es la soledad más hijueputa. En el parque que está en el camino hacia mi casa, tuve miedo. Yo le había preguntado al taxista qué pensaba hacer con el sueño de la mujer y él detuvo el vehículo en una zona oscura. Sus ojos giraban al mismo tiempo. —Voy a quedarme –me pareció que buscaba entre mis gestos alguna objeción a su propósito. Volví a respirar sin tropiezos cuando reanudó la marcha. —El hombre aparece después de que ladra el perro. Está completamente vestido y tiene razón para perseguirme porque yo soy el intruso. La próxima vez voy a cuidarme de que el perro no ladre. Lo interrumpí para indicarle mi casa. Tuvo dificultad para encontrar las monedas que debía darme de vuelto. —Tenga cuidado con el hombre del machete –le dije. En eso estoy —me dijo, con un gesto que ya no era de estemundo, y se alejó en su taxi a toda velocidad.
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Pequeño gran dinosaurioAugusto Monterroso (v. in Letteratura: "No sé cómo se hace un cuento")
El 21 de diciembre cumplió 81 años el genial y pequeño gran escritor hondureño y guatemalteco Augusto Monterroso, considerado Gran Maestro de la mini-ficción en temáticas complejas y fascinantes. Los
ociosos creativos, en su honor, leemos algunas de sus obras maestras. Primero, el cuento más corto de la literatura universal: El
Dinosaurio
Cuando
despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
La
Oveja Negra En
un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre
que quedó muy bien en el parque. El
Espejo que No Podía Dormir Había
una vez un espejo de mano que cuando se quedaba solo y nadie se veía en
él se sentía de lo peor, como que no existía, y quizá tenía razón;
pero los otros espejos se burlaban de él, y cuando por las noches los
guardaban en el mismo cajón del tocador dormían a pierna suelta
satisfechos, ajenos a la preocupación del neurótico. El
Burro y La Flauta Tirada en el campo estaba desde hacía tiempo una Flauta que ya nadie tocaba, hasta que un día un Burro que paseaba por ahí resopló fuerte sobre ella haciéndola producir el sonido más dulce de su vida, es decir, de la vida del Burro y de la Flauta. Incapaces de comprender lo que había pasado, pues la racionalidad no era su fuerte y ambos creían en la racionalidad, se separaron presurosos, avergonzados de lo mejor que el uno el otro habían hecho durante su triste existencia. |
No volarás conmigo
El
viernes 20 de diciembre recordamos en el mundo de la poesía, por su cumpleaños,
al poeta chileno Gonzalo Rojas, quien al lado de Huidobro, Neruda, Mistral,
Parra y De Rokha, conforman la palabra inmortal del universo poético chileno. En
su homenaje, el Defensor del ocio recuerda su Retrato de mujer
No
te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago |
Frida y SoniaSonia Truque Sonia Truque es una notable escritora colombiana, destacada cuentista, consagrada lectora y aguda crítica de literatura. Sus libros La otra ventana e Historias anómalas, han sido objeto de elogiosos comentarios de analistas especializados y entendidos en literatura. Pero Sonia Truque, poeta, estaba oculta. El Defensor del ocio, ahora que Frida está de moda por la película de Salma Hayek, presenta este bello poema de Sonia, el primero que se hace público.
Frida
Khalo en primera persona
En este cuarto todo flota mi cuerpo roto se
recoge a la orilla de esta cama Un
vientre enorme veo crecer De
mi ombligo tres cordones de plata Sostienen
tres fetos Que
auscultan la ciudad Veo
la ventana que soslaya el sol Veo
mi cuerpo roto Del
que todo fue vaciado El
olor a éter me adormece Recuerdo
la lluvia Quiero
ver llover y que la lluvia me lleve hasta un río Que el río me lleve hasta un estuario Y
desde allí hasta altamar Para
desprenderme De
esta vida cruel que tanto se encarnizó conmigo.
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