Latinoamerica-online

Cultura, Società e Il Mondo dei Caraibi

Voci dall'America Latina

 

di Mariella Moresco Fornasier

 

 

Altre Voci dall'America Latina

 

Le pagine della cultura

 

 

Y en silencio nos fuimos nunca supimos para dónde

Oración de un desocupado

El intruso

Pequeño gran dinosaurio  

No volarás conmigo  

Frida y Sonia  

 

 

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Cronopios – Agencia de Prensa   periodismo  para el Arte y la Cultura 

El Defensor del ocio  -  Columna del Aire para recuperar el tiempo perdido

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Y en silencio nos fuimos nunca supimos para dónde

 

Alea Sanapí

 

Alea Sanapí nació en la selva del Putumayo, Colombia, donde se hizo amiga de un antropólogo holandés que la enseñó a leer y le regaló muchos libros que le contagiaron la necesidad de escribir cuentos como este que publicamos a propósito del año nuevo. Alea tiene ahora 20 años y comenzará estudios de antropología.

 

Cuando iba a terminar el año viejo regresé a Mitú para recoger todo lo que allí tenía porque quería que apenas comenzara el año nuevo los poetas me enseñaran más palabras para poder estar segura de mí misma pero nadie quiso creerme que volvería al día siguiente a la ciudad donde había descubierto la poesía  tú no te puedes ir me dijo Eloy agarrándome duro la mano por la muñeca y preguntándome qué me había pasado si yo sabía bien que mi mundo era la selva y que en la ciudad me perdería como sucede con los patiblancos que se van del nido tan pequeños y después no saben cómo volver y si acaso lo logran algún día sus padres ya están muertos de tristeza yo le dije que no que en la ciudad había descubierto la poesía y que un poeta me había dicho que mientras la poesía estuviera conmigo nadie podría hacerme daño y Eloy entonces mirándome a los ojos sin quitarme los suyos ni sus lágrimas me dijo qué es la poesía y yo le dije suéltame y te digo y él me soltó y le dije por ejemplo la poesía es una paloma blanca y él me llevó al palomar y dijo toma tenla para que no te vayas pero no me entendía que la poesía no era una paloma blanca de verdad sino de eso que se siente cuando uno dice o escribe paloma blanca y traté de explicarle y él me dijo estás loca y así no puedes irte y yo le dije no yo no estoy loca la poesía puede ser también algo sin nombre y él se quitó el sombrero y se secó las lágrimas y dijo que lo que hubiera que hacer para conseguirme poesía él lo haría porque él me quería y no quería que me fuera y yo le dije mira eso por ejemplo puede ser poesía quererme pero dejarme ir que puedes seguir queriéndome aunque yo me vaya y nunca vuelva y él se quedó en silencio y yo el silencio lo sentí poesía y entonces fui yo quien le cogió la mano pero suave y se la acaricié y puse mis ojos bien firmes en  sus ojos y le dije me voy de nuevo a  la ciudad y si un día tú descubres lo que es la poesía allá te espero pero eso sí te advierto que casi todos los poetas de la ciudad me aman y que yo amo a todos y sólo vine para despedirme yo no creo que vuelva y si tú  vas te quedas pero tienes que decirme ahora mismo si estás interesado en la poesía o si sólo me quieres  a mí para vivir conmigo y tener hijos y eso yo no lo quiero lo que quiero es aprender muchas palabras que aquí nunca se dicen y que si se saben mezclar son poesía y él me dijo que cuáles por ejemplo y yo empecé a decirle como si fuera una cascada de palabras necoclí salsipuedes dónde pajarito ulalume presagio ventolera feijoa pasamanos ayúdame armadillo gaviota dulceabrigo y yo notaba que a medida que iba diciéndole las palabras que a mí me parecían poesía él iba quedando hipnotizado y me quería más y yo decía por ejemplo risa y a él le brotaban carcajadas del sombrero y si yo pronunciaba la palabra tranvía él sacaba la lengua y se ponía la mano en la cintura y si nombraba paranoia él se lleva la mano al corazón y así estuvimos yo diciéndole palabras locas y  él haciendo mil cosas que parecían palabras con las manos y los ojos y el cuerpo y el sombrero y el pelo que florecía lleno de patiblancos perdidos en el vuelo hacia nunca y fue cuando me dijo quiero irme contigo porque ya entiendo y siento qué es la poesía y yo le dije a ver dime palabras que sean poesía y él me dijo no yo no puedo hacer poesía con palabras porque yo aún no conozco la ciudad yo siento mi poesía en el aire de las manos y en cómo me da el sol sobre la cara o me resbala el agua por el pensamiento y yo quedé petrificada porque yo no sabía que de esa clase también podía ser la poesía y le acepté que se fuera conmigo a la ciudad y así nos fuimos los dos al día siguiente en un avión sin decirle nada a nadie porque sabíamos que si contagiábamos a todos con la poesía todos querrían irse con nosotros y el pueblo entonces qué para qué decir pueblo si es caserío más bien aldea pequeña casa de toda la familia y cuando ya estuvimos en el pueblo grande los poetas salieron a recibirnos pero cuando me vieron llegar con Eloy se disgustaron y dijeron que yo no podía traer pareja porque todos me amaban y que Eloy se tenía que devolver y Eloy les dijo no señores yo sé lo que es la poesía y ya tengo derecho de estar aquí con ella y les dijo la poesía no son sólo palabras y les dio explicaciones y demostraciones con sus manos y con sus miradas y con la manera de andar por entre el gentío y todos se quedaron asombrados y acordaron que lo dejaban siempre y cuando con su manera de poetizar no enloqueciera a nadie y ni siquiera se habían dado cuenta que yo ya estaba loca por Eloy y que era mejor la poesía del silencio que la de las palabras y en silencio nos cogió el año viejo cruzando al año nuevo y en silencio nos fuimos nunca supimos para donde.

Oración de un desocupado

Juan Gelman

El ocio y la poesía van siempre de la mano. No podrían vivir el uno sin la otra ni la otra sin el uno. Comprobémoslo leyendo el poeta argentino.

Padre,

Desde los cielos bájate, he olvidado

Las oraciones que me enseñó la abuela,

Pobrecita, ella reposa ahora,

No tiene que lavar, limpiar, no tiene

Que preocuparse andando el día por la ropa,

No tiene que velar la noche, pena y pena,

Rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.

Desde los cielos bájate, si estás, bájate entonces,

Que me muero de hambre en esta esquina,

Que no sé de qué sirve haber nacido,

Que me miro las manos rechazadas,

Que no hay trabajo, no hay,

Bájate un poco, contempla

Esto que soy, este zapato roto,

Esta angustia, este estómago vacío,

Esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre

Cavándome la carne,

Este dormir así,

Bajo la lluvia, castigado por el frío, perseguido

Te digo que no entiendo, padre, bájate,

Tócame el alma, mírame

El corazón,

Yo no robé, no asesiné, fui niño

Y en cambio me golpean y golpean,

Te digo que no entiendo, Padre, bájate,

Si estás, que busco

Que busco resignación en mí, y no tengo y voy

A agarrarme la rabia y a afilarla

Para pegar y voy

A gritar a sangre en cuello

 

El intruso

Gustavo Arango  

 

Gustavo Arango es escritor y periodista, profesor de la Universidad de Rutgers, ganador hace pocos días, con su novela La risa del muerto, de la primera edición del Premio Internacional de Novela Marcio Veloz Maggiolo, que otorga la Sección de Literatura de la Casa de la Cultura Dominicana, en Nueva York. Es también autor de la novela "Criatura perdida" y los libros de cuentos "Bajas Pasiones" y "Su última palabra fue silencio", además de ser Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. En el género periodístico ha publicado:  Un tal Cortázar(1987), Un ramo de nomeolvides:  García Márquez en El Universal' (1995), Retratos (1996) y La voz de las manos: crónicas sobre escritores latinoamericanos (2001).

Hacía mucho no salía del trabajo a esas alturas de la noche. El expediente del pianista asesino me tenía obsedido y no quise salir de la oficina sin haberlo terminado. De la tarde y la noche recuerdo vaguedades: mi atención había cerrado filas en torno a aquella historia y había tal entusiasmo en el esfuerzo que no me sentí cansado.

A eso de las once lo di por terminado, puse todas las cosas en su sitio, cerré con doble llave la puerta del despacho, atravesé la soledad del pasillo, esperé con paciencia el ascensor y cuarenta segundos más tarde ya estaba en la calle.

Como tenía unos pesos de más y quería llegar pronto a mi casa, decidí tomar un taxi. Cuando me detuve en el cruce con la avenida, un taxista arrancó con el semáforo en rojo, estuvo a punto de chocar en la intersección y se detuvo a mis pies con una actitud inexpresiva. Se me ocurrió decirle que no era para tanto, que yo podía haber esperado a que el semáforo cambiara, pero no tenía deseos de hablar, quería solamente pensar en la historia del pianista y —si me quedaba tiempo— en alguien que quizá me recordara.

Con una seriedad en la que estaba implícito el reproche, le dije a dónde iba y enseguida me puse a recordar con la mirada puesta sin énfasis en el paisaje de casas. Seguía sin sorprenderme la falta de cansancio.

—Yo he tenido el mismo sueño varias veces —la voz pedregosa del taxista me sorprendió a la mitad del camino. Yo estaba tan absorto que di un salto al oírlo: había olvidado que venía alguien más en ese auto. Quizá sea más exacto decir que había olvidado que estaba en un auto... o decir que me había olvidado de que existía yo mismo.

No  tuve tiempo de pensar si la conversación me interesaba. El hombre tenía la mirada fija hacia el frente y hablaba como para sí mismo.

—Yo me acerco a la ventana de una casa. Veo a una mujer sentada frente a un espejo, peinándose el cabello. Entonces, ladra un perro y un hombre con un machete empieza a perseguirme.

—Y qué ocurre —le atribuí mi debilidad a la historia del pianista. En otras circunstancias habría dicho: “Qué interesante” y luego habría seguido mirando el paisaje en completo silencio.

—Nada —el taxista me miró por primera vez, estaba verdaderamente preocupado—. No ocurre más nada. Ahí termina el sueño. Yo he querido saber qué más ocurre, cómo es ese sitio, pero unos amigos me dijeron que si me quedo allá me muero.

—Es posible —sin mucho sobresalto, comprendí que toda mi atención estaba ahora en esa historia que el taxista me contaba, como si fuera la continuación del expediente del pianista asesino—.  ¿Hace mucho tiene ese sueño? ¿Hace años?

—De un mes para acá, he soñado lo mismo casi todas las noches—traté de adivinar en él algún hábito pernicioso, pero su actitud y sus gestos eran la normalidad hecha taxista­—. Hasta puedo saber cuándo voy a tener ese sueño porque siento que me muevo a gran velocidad. Recorro en instantes un inmenso trayecto y entonces me detengo al pie de la ventana, veo a la mujer peinando su cabello, ladra el perro y el hombre del machete me persigue.

—Pero, ¿qué ocurre? ¿se despierta? ¿pasa a otro sueño?

Ahora que recuerdo todo aquello, me pregunto por qué no me alarmé cuando el taxista cerró los ojos, levantó el rostro hacia el techo y permaneció así varios segundos sin dejar de conducir.

—Me tranquilizo —dijo—. Pienso que estoy a salvo y me despierto.

—Y la mujer, ¿es bella?

—No sé. Sólo he podido ver su larga cabellera. Por eso es que quisiera quedarme un poco más en ese sueño. Pero me preocupa que me muera.

Guardamos silencio unos segundos. Lamenté no poder ayudarle en su problema.

—No será algún recuerdo de la infancia.

—Si es un recuerdo, no es de esta vida –respondió con la convicción de quien ya ha considerado en exceso y sin éxito muchas posibilidades.

—Qué vaina —dije, más para mí que para él—. Cómo son de extraños los sueños.

—Tengo otro sueño que también se repite —esta vez me miró con ojos ligeramente desmesurados—.  Yo estoy en un caserío en el que no hay nadie —recordé que el pianista habló en su testimonio del horror que sintió cuando era niño y una maestra le dijo que los ojos son las únicas partes dobles del cuerpo que giran al mismo tiempo—. Yo entro a todas las casas y no hay nadie. Ese sueño es la soledad más hijueputa.

En el parque que está en el camino hacia mi casa, tuve miedo. Yo le había preguntado al taxista qué pensaba hacer con el sueño de la mujer y él detuvo el vehículo en una zona oscura. Sus ojos giraban al mismo tiempo.

­—Voy a quedarme –me pareció que buscaba entre mis gestos alguna objeción a su propósito.

Volví a respirar sin tropiezos cuando reanudó la marcha.

—El hombre aparece después de que ladra el perro. Está completamente vestido y tiene razón para perseguirme porque yo soy el intruso. La próxima vez voy a cuidarme de que el perro no ladre.

Lo interrumpí para indicarle mi casa. Tuvo dificultad para encontrar las monedas que debía darme de vuelto.

­—Tenga cuidado con el hombre del machete –le dije.

En eso estoy —me dijo, con un gesto que ya no era de estemundo, y se alejó en su taxi a toda velocidad.

 

Pequeño gran dinosaurio

Augusto Monterroso

 (v. in Letteratura: "No sé cómo se hace un cuento")

 

El 21 de diciembre cumplió 81 años el genial y pequeño gran escritor hondureño y guatemalteco Augusto Monterroso, considerado Gran  Maestro de la mini-ficción en temáticas complejas y fascinantes.

Los ociosos creativos, en su honor, leemos algunas de sus obras maestras.

Primero, el cuento más corto de la literatura universal:

 El Dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

 

La Oveja Negra

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

 

El Espejo que No Podía Dormir

Había una vez un espejo de mano que cuando se quedaba solo y nadie se veía en él se sentía de lo peor, como que no existía, y quizá tenía razón; pero los otros espejos se burlaban de él, y cuando por las noches los guardaban en el mismo cajón del tocador dormían a pierna suelta satisfechos, ajenos a la preocupación del neurótico.

 

El Burro y La Flauta

Tirada en el campo estaba desde hacía tiempo una Flauta que ya nadie tocaba, hasta que un día un Burro que paseaba por ahí resopló fuerte sobre ella haciéndola producir el sonido más dulce de su vida, es decir, de la vida del Burro y de la Flauta. Incapaces de comprender lo que había pasado, pues la racionalidad no era su fuerte y ambos creían en la racionalidad, se separaron presurosos, avergonzados de lo mejor que el uno el otro habían hecho durante su triste existencia. 

No volarás conmigo

Gonzalo Rojas

 

El viernes 20 de diciembre recordamos en el mundo de la poesía, por su cumpleaños, al poeta chileno Gonzalo Rojas, quien al lado de Huidobro, Neruda, Mistral, Parra y De Rokha, conforman la palabra inmortal del universo poético chileno.

En su homenaje, el Defensor del ocio recuerda su

 

Retrato de mujer


Siempre estará la noche, mujer, para mirarte cara a cara,
sola en tu espejo, libre de marido, desnuda
con la exacta y terrible realidad del gran vértigo
que te destruye. Siempre vas a tener tu noche y tu cuchillo,
y el frívolo teléfono para escuchar mi adiós de un solo tajo.

Te juré no escribirte; por eso estoy llamándote en el aire
para decirte nada, como dice  el vacío: nada, nada,
sino lo mismo y siempre lo mismo de lo mismo
que nunca me oyes, eso que nunca me entiendes nunca,
aunque las venas te arden de eso que estoy diciendo.

Ponte el vestido rojo que le viene a tu boca y a tu sangre,
y quémame en el último cigarrillo del miedo
al gran amor, y vete descalza por el aire que viniste
con la herida visible de tu belleza. Lástima
de la que llora y llora en la tormenta.

 

No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago
tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible,
una nariz de arcángel y una boca de animal, y una sonrisa
que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela en tu frente,
mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.

Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma,
y te quedas como inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo
de la noche, y me besas lo mismo que una ola.
Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás
conmigo. Aquí mujer, te dejo tu figura.

Frida y Sonia

Sonia Truque

Sonia Truque es una notable escritora colombiana, destacada cuentista, consagrada lectora y aguda crítica de literatura. Sus libros La otra ventana e Historias anómalas, han sido objeto de elogiosos comentarios de analistas especializados y entendidos en literatura. Pero Sonia Truque, poeta, estaba oculta. El Defensor del ocio, ahora que Frida está de moda por la película de Salma Hayek, presenta este bello poema de Sonia, el primero que se hace público.

    

Frida Khalo en primera persona

 

En este cuarto todo flota

mi cuerpo roto

se recoge a la orilla de esta cama

 

Un vientre enorme veo crecer

De mi ombligo tres cordones de plata

Sostienen tres fetos

Que auscultan la ciudad

 

Veo la ventana que soslaya el sol

Veo mi cuerpo roto

Del que todo fue vaciado

 

El olor a éter me adormece

Recuerdo la lluvia

Quiero ver llover y que la lluvia me lleve hasta un río

 

Que el río me lleve hasta un estuario

Y desde allí hasta altamar

Para desprenderme

De esta vida cruel que tanto se encarnizó conmigo.  

 

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