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di Mariella Moresco Fornasier

 

 

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Ignacio Ramírez: Hombre y espejo  

 

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Hombre y espejo

 

Ignacio Ramírez: ¿Escritor? ¿Periodista? ¿Aventurero? ¿Cinémano? ¿Teatrófilo? ¿Ex amante? ¿Sostenedor de Cronopios? Su hoja debida no cabe en una hoja de vida. Véase bien la foto y compréndase por qué frente al secreto a voces de su cáncer, diabetes y cirrosis, hasta el último suspiro sostendrá que si de algo ha de morir, tarde o temprano, será de la risa.

 

Cuando se paró frente al espejo no pudo aguantar más: comprendió que tenía que hacer la maleta y marcharse.

No le había prestado atención a los amigos, ni al dolor, ni a las cicatrices, ni al hambre. Pero al espejo tuvo que creerle: el pelo se le caía de tal manera que dejaba ver el cuero del cráneo. Los dientes acabados, negruzcos, bajo un frondoso bigote gris de maniquí.

 - No me parezco a mí -fue lo único que pensó-.

Quiso comunicarle al médico su situación, pero observó el reloj y comprendió que no era la hora conveniente

Salió a caminar por la ciudad.

En la puerta de su casa estaban las prostitutas y los travestidos de costumbre. Esta vez le parecieron espectros, figuras alucinantes propias de la noche. Al pasar frente a ellos comprendió que les hacía falta mirarse en el espejo y tomar determinaciones, porque la vida pasaba y uno cambiaba de tal manera que llegaba el día en que dejaba de parecerse a sí mismo. A partir de entonces ya no habría nada capaz de evitar el éxodo.

La noche le sirvió de cómplice para la despedida.

Hizo un recorrido largo, pesado. Primero por las avenidas pobladas de habitantes nocturnos. Luego, por las calles solitarias que no se había atrevido a inspeccionar jamás. Todo le pareció distinto. Tuvo 1a sensación de desfilar tras un cortejo mortuorio, quizás por aquello de saber que era el último paseo por esos recovecos vecinos que ahora se convertirían en lejanía o en saudade.

Desde hacía mucho tiempo no experimentaba la emoción en esta forma simbiótica de melancolía y gozo. Hasta le dio por hacer simplezas y sentir su significado profundo: recoger papeles, tocar el lomo de las paredes, esperar el paso del aire en las esquinas, soñar de pie, andando, silbar por dentro, sentirse dormido y despierto, vivo y muerto, como un abalorio rodando por la cuerda floja de un cuento.

Iba a sorprenderlo la madrugada cuando apresuró el paso de regreso al cuartito donde vivía, donde estaba el espejo.

Tenía sueño. Se quedó dormido mirando el foco mugriento que colgaba de un cable trenzado desde el centro del techo. Soñó que iba montado en un péndulo gigantesco, moviéndose al comienzo lentamente y cada vez más rápido, de lado a lado, suspendido en el infinito para siempre.

Al día siguiente pensó que tenía las nalgas bituminosas por el sueño y por primera vez observó lentamente sus manos envejecidas, falanges protuberantes, piel apergaminada y algunos dedos amarillentos de inveterado fumador.

 -   De pronto no soy yo -pensó esta vez-. Y corrió a mirarse en el espejo.

No era él, en efecto. Al menos físicamente no se parecía en nada a la imagen que tenía de sí mismo. Quedó tan aturdido que inclusive reburujó en el desorden de sus papeles tratando de encontrar una señal de identidad, al menos un documento donde estuviera su fecha de nacimiento y se comprobara que no pasaba de los treinta y tres años como le quería hacer creer el espejo.

Pero no tenía certificados. Todos sus papeles se habían perdido; jamás los necesitó para nada. Ahora le angustiaba la posibilidad de no ser él y pensaba que alguna pista escrita podría ayudarle. La gran caja de cartón que guardaba debajo del escritorio, repleta de papeles viejos, solo le sirvió para avivar el desconcierto porque había hojas amarillentas, a veces con señales de dientes de ratones, huequecitos de los que trama el tiempo y olor a pasado.

Vertiginosamente leía fragmentos de sus viejos tuntuneos de escritor. Historias que no estaba seguro de haber escrito, palabras de cuyo significado no podía acordarse. Entonces se conformó y decidió ponerse a armar la maleta.

Era una destartalada valija de cartón imitación cuero. También se la habían comido los ratones. Las manijas se le quedaron en la mano cuando trató de levantarla, la ropa desparramada en la cama, en el suelo. Aquel cuarto pequeño parecía más pequeño aun con el desorden.

Se vistió. Sus calzones arrugados y el cabello sobreviviente y despeinado le daban aspecto de espantapájaros alicaído.

Fue a ver al médico. A decirle que se iba y a contarle la historia del espejo.

Estando en la puerta tuvo miedo. Volvió a pensar que posiblemente no era él, que tal vez el médico no lo reconocería.

¡Cómo saber quién era si ni siquiera él mismo se reconocía! Pero de algo estaba seguro: era él, pero por dentro. Tal vez físicamente fuera otro, pero mentalmente no.

Hizo algunos ejercicios de memoria y le surgieron dudas: había muchas cosas que no podía recordar y muchas otras que ni siquiera estaba seguro de haber conocido alguna vez. Y la inquietud fue doble : tal vez ni siquiera por dentro fuera él.

 - Debo ser otro -pensó-. Y sin embargo oprimió el timbre. El oído se le aguzaba presintiendo los pasos lejanos del médico. El tiempo le parecía muy largo y la puerta fue una especie de ábrete sésamo.

El médico, muy despierto y cordial, le saludó : 

- Hola, Juan. Te ves mal. Pasa... ¿No has dormido?

Un escalofrío menudo le recorrió la columna vertebral.

 - Yo no soy Juan , doctor -le dijo-: yo soy Anselmo.

-   ¡Ah! Ya comprendo. Pasa de todas maneras. Hace frío...

-   ¿Frío, doctor? Pero si estamos en pleno verano. Si yo estoy sudando -dijo asombrado y lleno de pavor, que conjuró el médico con su respuesta.

-   También lo comprendo. Este invierno ha sido tan severo que muchas personas han tenido que cambiar de nombre para sobrevivir.

Atravesaron un corredor estrecho que llevaba al despacho del médico, quien le hizo señas para que se acostara sobre un diván, mientras él permanecía de pie, yendo y viniendo por el consultorio.

 -   ¿Qué Juan soy yo, doctor? - preguntó el que se creía Anselmo.

-   Tu eres Juan, el que antes era Anselmo -explicó el médico.

-   ¿Puede contarme mi historia, doctor? -inquirió ansioso, trémulo.

El médico movió la cabeza lentamente, de un lado a otro, igual que el péndulo del sueño.

 -   No puedo -dijo-. Yo no conozco tu historia. Cuéntamela tú...

-   Yo no tengo historia, doctor. Yo vine, creyendo que era Anselmo, a decirle que me marchaba, pero ahora que soy Juan no sé sí debo quedarme. ¿Hay un espejo aquí?

El médico siguió moviendo la cabeza. Se levantó. Fue al cuarto de baño de su consultorio. Hizo ruido. Se percibió que estaba parado en algo  como una butaca y que desprendía un objeto de la pared.

Luego se presentó con un gran espejo de tocador y se paró frente al diván, de tal manera que el azogue reflejaba al hombre recostado y al médico solamente le dejaba ver la cabeza y las dos manos que, completamente abiertas, apenas lograban agarrar el cristal con dificultad.

 - Aquí está -dijo el médico-. Fíjate a ver quién eres.

Absorto, el hombre se quedó mirando al espejo. Se levantó un poco y acercó el rostro para auscultar minuciosamente cada arruga. Tenía los ojos trasnochados y tristes y notó que las manos le temblaban cuando para tocarse la calva remontó los dedos hasta la frente y los pasó lentamente por el cráneo. Subió la mirada y encontró el rostro expectante del médico. Lo miró indiferente y muy despacio le dijo

 - Doctor: yo no soy yo. Pero tampoco usted es usted.

El médico dejó de mover la cabeza. Quiso mirarse en el espejo, pero como no podía soltarlo, simplemente dijo:

 - No entiendo.

El hombre se incorporó. Dejó el diván y reemplazó al médico en la tarea de sostener el espejo.

 -   Ande, mírese -le dijo.

Y el médico quedó asombrado.

 -   Yo no soy ese -gritó-. A ese no lo conozco.

-   Se lo dije, doctor, mírese bien.

Estaba perplejo. En el cristal se reflejaba la imagen de un hombre desorientado, con los ojos saltones y rojizos. Diminutos caminos en la piel anunciaban la inminente llegada de las arrugas y en lugar de la mesurada papada de costumbre había un colgajo de cuero fofo y desagradable.

 -   Tendré que decírselo a mi mujer -anunció el médico.

-   No lo haga -dijo el hombre-. Puede ser que no quiera vivir con el otro.

El rostro del hombre asomado por encima del espejo y sus manos estiradas que apenas sobresalían por los lados de la luna, le hicieron pensar al médico que era aquel un cristal de plata, el agua estancada de una laguna vertical, un secuaz del tiempo. Y se puso a pensar en sus pacientes desfilando con divanes al hombro, como cargando cruces. Se extrañó inusitadamente al darse cuenta de que no los reconocía, que unos eran otros y que en realidad o todos eran todos o ninguno ninguno.

 -   ¿Tienes idea de quién soy yo? -preguntó el médico.

El hombre se quedó mirándolo fijamente. Tanto tiempo, que al final sintió los brazos adoloridos por sostener el espejo. Luego, desconcertado, algo incrédulo y temeroso, respondió.

 -   Doctor: mírese de nuevo, porque me parece que usted soy yo.

Y otra vez el rostro del médico en el espejo. Viéndolo bien, no era él sino el otro. Algo tan insólito y súbito le dejaba gris. Entonces subió la mirada y encontró fijos en él los ojos del hombre. Por un instante hubo silencio y luego se dijeron lo que tenían que decirse.

 -   Ya comprendo, doctor. No hace falta que me mire de nuevo en el espejo. Ya sé que ahora yo soy usted.

El médico inclinó la cabeza. Ayudó al otro a colocar de nuevo el gran espejo en su sitio. Procuraron no mirar la reflexión de sus imágenes y si se observaron lentamente el uno al otro fue porque sintieron necesidad de despedirse de sí mismos.

 - Me voy -dijo el médico.

-      Muy bien, cuídese mucho -respondió el hombre, colocando  suavemente su mano sobre el hombro del que se había en él.

-   De todas maneras voy a viajar -dijo-. Y se fue.

El hombre se quedó en el consultorio, pensativo y conforme con su nuevo papel. Calculó el tiempo necesario para que el médico alcanzara a llegar a su cuartito donde estaría templado el foco mugriento, colgado del centro del techo, y cuando presintió que estaría asomándose al espejo, él entró al cuarto de baño e hizo otro tanto.

 -   Soy Juan porque era Anselmo -pensó el del cuartito.

En el consultorio, el hombre frente al espejo supo que ya sabía lo que nunca había aprendido y abrió la puerta al paciente de turno.

 -      Pase - le dijo- ¿Quién es usted?  

 

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