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Latinoamerica-online Cultura, Società e Il Mondo dei Caraibi |
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Voci dall'America Latina
di Mariella Moresco Fornasier
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Jotamario
Arbeláez*
para Ingrid Betancourt
Desde hace un año y medio, cuando leí un libro titulado Rabia en el corazón, comencé a enamorarme de una heroína colombiana en desgracia, como que ella misma había ido a dar a esa boca de lobo que son las fauces de la guerrilla.
Heroína en desgracia, pleonasmo,
porque heroína en fiesta es un exabrupto. No debe haber tormento
mayor para un ser humano que el secuestro, sufrimiento extensivo a los
familiares, a los amores. Me prometí hacer algo por ella, pero todo
se me ha ido en autopromesas. Soy pacifista recalcitrante, pero lento
en ejecutorias. Apenas algún artículo en la prensa de provincias, dándole
respiración boca a boca. Y a seguir la película por la televisión,
esperando las pruebas de supervivencia.
Íngrid Betancourt ya había venido sufriendo su calvario con
presidentes de la república que no le daban puesto en su nave. Tozuda
como ella sola, para poder que la atendieran en Palacio se lanzó como
candidata. Oxigenó su
trayectoria, en la que no pocas zancadillas tuvo que sortear, fundando
su movimiento. Y se fue con su amiga Clara Rojas por estos campos de
Dios buscando que la escucharan. Hasta que dio papaya y cayó, en la
región caliente de la insurrección, gobernada por un alcalde de su
movimiento.
Aparte
de la mala poesía, no hay nada que más me deprima que las armas de
fuego. Y más aún esas armas mal manejadas. Como en el caso patético
del intento de rescate del gobernador de Antioquia, de Gilberto
Echeverri y de los ocho militares cautivos.
Mi
hija llega del colegio y dice que tiene que hacer un trabajo sobre el
sueño, que va a meterse a internet. Tienes que ser más creativa, le
dice su madre. No busques datos científicos ni estadísticos. Escribe
algo sobre lo que podría ser el sueño de Colombia. Y mirando una
revista donde está Ingrid, le señala: que podría ser la libertad de
la secuestrada. En ese momento por la televisión muestran el video
entregado por sus captores, con sus declaraciones autorizando al
gobierno para que intente su liberación. Pero que sea una liberación
con todas las seguridades de resultar exitosa. Allí comienza la ironía.
El planteamiento del imposible. Es como comprar la lotería con la
condición de ganarla.
Se
trata, a mi entender, de un nuevo y estratégico desafío de la
guerrilla para ponerse en primer plano y presionar el canje de
prisioneros. Y aunque el vicepresidente declara que el gobierno seguirá
intentando el rescate a la brava de los secuestrados, entre ellos el
de la valiente documentalista, a mí me parece que podría tener los
ribetes de un holocausto.
Nos acordamos del episodio de los indios paeces que sin armas rescataron a un pastor de las manos de la guerrilla. Y se nos ocurre que sea toda Colombia, desarmada, la que vaya por Íngrid, al lugar donde los organismos de inteligencia detecten que la tienen, en vez de disponer de todo un aparataje artillado. Lo que el gobierno se economizase en el operativo bélico, que lo utilice en propiciar el desplazamiento de los colombianos de buena voluntad que quieran sumarse a la cruzada. Adelante iría una delegación de los indígenas duchos en estos rescates. A continuación los integrantes del movimiento Oxígeno, el Defensor del Pueblo y los representantes de las ONG de Derechos Humanos, los familiares y amigos de todos los secuestrados, delegaciones deportivas, estudiantes en vacaciones, los desempleados compulsivos, los homosexuales recientemente derrotados en el Congreso, los poetas en huelga del Festival de Arte de Cali. Y en un único avión los representantes de Francia, segunda patria de la víctima.
¿Qué tal 6.200.000 colombianos presentes en
la manigua -custodiados desde lejos por una retaguardia armada pero
discreta que impida que los secuestren- esperando el gesto de paz de
las FARC que nos devuelva a Íngrid y de paso a los demás plagiados
que estén en el campamento?
El gobierno tendrá asegurado el éxito de su referendo y yo
habré recuperado a mi amor platónico. Con el permiso de Juan Carlos.
* Jotamario Arbeláez, poeta nadaísta, columnista de Cronopios y de los diarios El Tiempo de Bogotá y El País, de Cali.
Cronopios
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